domingo

JULIO HERRERA Y REISSIG (2) - EPÍLOGO WAGNERIANO A LA “POLÍTICA DE FUSIÓN”


Con surtidos de psicología sobre el Imperio de Zapicán

Todos estos peajeros, y estos Reyes, y estos mercaderes; todos estos guardianes de países y de tiendas, todos son mis enemigos. Abomino todo sacrificio al dios vulgo o al dios éxito. Me repugna lo trivial. Odio la hipocresía y el servilismo como los mayores crímenes. He de decir la Verdad aunque me aplaste el Universo.

NIETZSCHE:

Así hablaba Zaratustra.


En vez de Juan Carlos Gómez y mi pariente Melchor, algunos ingleses y alemanes que hacen inútilmente pensar en sabe Dios cuántas cosas que no interesan a los uruguayos, se hospedan en mi cuchitril. De un mordisco helado y hondamente acerbo me han roto el umbilical del nacionalismo, del pandillaje, del énfasis de partido, del ceremonial caribe, de la ingenuidad celícola, del cazurro catonismo; hicieron trizas los viejos goznes convencionales. De un salivazo han desteñido mi caduca divisa roja, no dejando en ella sino un débil rosicler que se halla en buenas relaciones con el siglo XX y el dandysmo neurasténico. No vayas a entender por esto que soy un disolvente, un paradojista, un Nietzscheano. No, no, es demasiada pedantería tener ideas a ese respecto, pretender hallarse en lo cierto; la verdad no se halla en nada, y ni se sabe si existe. En caso de que palpite, bien lo saben los filósofos, quienes están más cerca son los blancos o los colorados… Sólo soy un receptor pasivo, y en mi país un cartujo. Soy incapaz de escribir una página de historia patria, la menor apología de sus héroes mitológicos… Sólo alguno que otro bostezo de literatura, un hipo de malhumor, o una risa distraída de pereza burlona; todo por falta de sentido práctico, o por lo que Bonaparte fue vencido…

En una extensa obra crítica enciclopédica sobre el país, que saldrá a luz próximamente, inserto un juicio tan largo como tu “Política de fusión” sobre lo que en mi concepto significan los partidos tradicionales.

Todo eso que tanto te preocupa, esos fenómenos sociológicos, esos estallidos del espíritu, esas inquietudes nerviosas del temperamento nacional; esas anomalías atorbellinadas; esas turbulencias anfibológicas, todo ese flujo y reflujo de una política umbrática no es otra cosa que acción refleja tres x. No son los hombres en particular los responsables de tal o cual acontecimiento; Cerrito, Quinteros, la Cruzada, Paysandú y hasta el crimen de la familia de Traversi, son el país dividido en dos clases de acción refleja; acción refleja blanca y acción refleja colorada, como quien dice vino blanco o vino negro… Te transcribiré dos líneas de introducción al capítulo titulado “Caracteres intelectuales”, para que formes un juicio de lo que pienso al respecto.

Nada tan simple y tan reducido como la concepción que de los hechos tienen los uruguayos. Cautivos de la rutina, incapaces de la menor inducción, de un razonamiento que trasponga la línea de sus experiencias, de sondar una premisa con relación al futuro, dan vuelta en el estrecho círculo de lo evidente y lo atávico, chapoteando en el apocamiento unilateral de los sucesos y de las trivialidades de la vida diaria. Una política de triquitraque, de sortilegios, de divisas, de muecas arqueológicas, de vicios inveterados, sin cambios fundamentales, sin evolución organizativa, sin tendencias de progreso, de una enojosa igualdad en sus procedimientos q         ue marcha con una venda en los ojos como las mulas tahoneras; una política al por menor que no discierne, ni discute, que no se aviene con los hechos universales, que da popa a los adelantos científicos; que obra inopinadamente con un carácter nervioso, señala una inferior representatividad de los individuos, una familiarizamiento pueril de la inteligencia con las impresiones recibidas, un cementerio fosílico de emotividad pretérita, de fenomenalismo salvaje…

Y cito la política, como acto colectivo, como ocupación innata, porque es donde más puede apreciarse la falta de espíritus de doble ancho, la rudeza psico-fisiológica del uruguayo, el vínculo inferiorísimo que existe entre las ideas y las cosas, y la burda representación que adquieren esas ideas. Es en política donde se palpa esa frontera oscura que divide levemente los conceptos intelectuales de los movimientos nerviosos que provoca una acción externa. Difícilmente habrá una política más estúpida que la nuestra. Los partidos podrían servir de símbolos de necedad, de atraso, de superstición. En el capítulo de los “Caracteres Emocionales” he probado extensamente, apoyándome en Comte, Stuart-Mill, Bain, Spencer, Lombroso, etc., que estos partidos son estratificaciones cerebrales de odio, sanguinarismo y acción refleja, de acometividad primitiva. El charrúa vive en el partidario… Los hombres dirigentes de esta política, y casi la mayoría de los secuaces se manifiestan maniquíes de instinto, sin ideas originales, inconscientes de un porvenir general, de un bienestar que huye de sus yerros mecanizados, y de su psique llena de musgo. Por lo que respecta a los actos de los gobernantes, nótase en el atolondramiento, en la cólera inusitada, en las fulminaciones de que hacen víctimas a los amigos y a los adversarios, el predominio de la acción refleja.

Esos actos presuponen lo que llama Spencer deducciones prontas, irrevocables, ante la menor indicación. En sus ideas sencillas que surgen confusamente y se exteriorizan por movimientos de una voluntad motora puede verse más que un acto de los centros superiores, el trabajo de los nervios sensitivos. Si nos dirigimos a los partidarios, estos son “formas de herencia”; clichés arcaicos de escolástica burguesa; sus antepasados viven en ellos perfectamente; los llevan en la madre encefálica, como quien dice: son “autómatas del intelecto”. Representaciones y asociaciones del tiempo antiguo organizadas en su cerebro se traducen mecánicamente en actos de trivialidad pastoril, en fogonazos atávicos; la política no es idea para espíritus tan primitivos, sino emoción transplantada…
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