sábado

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) 73 - LOS CANTOS DE MALDOROR


CANTO SEGUNDO

15 (3)

Hace mucho tiempo de eso, pero sospecho que ahora ya conoce mi morada; se cuida de entrar en ella; ambos vivimos como monarcas vecinos que conocen sus fuerzas respectivas, y ni pudiéndose vencer el uno al otro, están hartos de las batallas inútiles del pasado. Él me teme, yo le temo; uno y otro, sin haber sido vencidos, hemos experimentado los rudos golpes del adversario, y nos conformamos con eso. Sin embargo, estoy dispuesto a recomenzar la lucha cuando él quiera. Pero que no espere un momento favorable para sus ocultos designios. Estaré siempre en guardia, sin apartar de él mi mirada. Que no vuelva a la tierra la conciencia y sus tormentos. Enseñé a los hombres cuáles son las armas para combatirla con ventaja. Todavía no están familiarizados con ella, pero sabes que para mí es como paja que lleva el viento. Ese es el caso que le hago. Si quisiera aprovechar la oportunidad que se me presenta de sutilizar tales discusiones poéticas, agregaría que hasta hago más caso de la paja que de la conciencia, pues la paja es útil para el buey que la rumia, mientras que a conciencia sólo sabe mostrar sus garras de acero. Estas últimas sufrieron una penosa derrota el día que se enfrentaron conmigo. Como la conciencia había sido enviada por el Creador, creí conveniente no dejarme cerrar el paso por ella. Si se hubiera presentado con la modestia y humildad propias de su rango, y de las que nunca hubiera debido separarse, yo la habría escuchado. No me gustó su orgullo. Extendí la mano y mis dedos trituraron las garras, que cayeron hechas polvo bajo la presión multiplicada de ese mortero de nuevo estilo. Extendí la otra mano y le arranqué la cabeza. Inmediatamente después arrojé de mi casa a latigazos a aquella mujer, y no la he vuelto a ver más. Conservé su cabeza como recuerdo de mi victoria… Con una cabeza en la mano, cuyo cráneo yo roía, me erguí sobre un pie como una garza real, al borde del precipicio tallado en las laderas de la montaña. Me han visto descender al valle, mientras la piel de mi pecho estaba inmóvil y tranquila como la losa de una tumba. Con una cabeza en la mano cuyo cráneo yo roía, atravesé a nado los remolinos más peligrosos, salvé los escollos mortales, y me sumergí por debajo de las corrientes para asistir como forastero a los combates de los monstruos marinos; me separé de la costa hasta que mi vista penetrante no la alcanzara; y los horrorosos calambres, con su magnetismo paralizador, rondaban alrededor de mis miembros que hendían las olas con movimientos firmes, sin osar acercarse. Me han visto volver sano y salvo hasta la playa, mientras la piel de mi pecho estaba inmóvil y tranquila como la losa de una tumba. Con una cabeza en la mano cuyo cráneo yo roía, subí los escalones ascendentes de una elevada torre.
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