domingo

IDEA VILARIÑO - JULIO HERRERA Y REISSIG: ESTE HOMBRE DE TAN BREVE VIDA (10)


Ese mundo riente resultaría un tanto falso y beato si no lo tiñeran a veces esos sentimientos de melancolía, de misterio, de abandono que se adueñan por momentos de la naturaleza o de los hombres. Si la noche no mirara “con ojos viudos / de cierva sin amparo que vela ante su cría”, si Cibeles no esquivara “su balsámica ubre / con un hilo de lágrimas en los párpados vagos”, si sobre la pretendida ciencia de los hombres no guiña “la eterna y muda comba interrogadora”, si el llanto de una gaita no volviera “la tarde triste”.

Herrera abarca ese mundo amorosa, delicadamente, pero sabe reírse de vez en cuando de sus gentes, de sus cosas, de sus debilidades. Ese humor, que no es el que brilla ocasionalmente en Los parques abandonados, ni menos el de sus poemas nocturnos, y que falta totalmente en sus Cromos exóticos, se despliega aquí, especialmente en los retratos -El ama, El cura, El labrador-. Los preferidos blancos de sus burlas son las simplicidades del alma y de las conductas campesinas o aldeanas, y las gentes y las cosas de la iglesia. Uno de los posibles juegos consiste en destinar el vocabulario y los elementos del culto a los sujetos más inverosímiles, como el palomar de La granja:

Monjas blancas y lilas de su largo convento.
las palomas ofician vísperas en concilio,
y ante el Sol que, custodia regia, bruñe el idilio,
arrullan el milagro vivo del Sacramento…

O como cuando al final del retrato de El ama, “en sus manos canónicas golondrinas y grullas / comulgan los recortes de las hostias que fríe”. Es sólo un decir juguetón el que, después de dar vida a “las vírgenes de cera (que) duermen en su decoro”, anima risueñamente al santo que “se hastía de tocar al trompeta” o a la pileta que, “sedienta, abre su boca de mármol”,

Mientras, por una puerta que da a la sacristía
irrumpe la gloriosa turba del gallinero.

Ese humor no es nunca agresivo ni ácido. Ni siquiera cuando, después de decir la vida heroica y humilde de El cura, agrega que “el único pecado que tiene es un sobrino”. Tal vez el único caso en que tras la sonrisa se sospecha una visión cáustica, se dé en el comienzo de La casa de Dios:

Flamante con sus gafas de muchos retintines,
ataca a sus enfermos el médico cazurro:
al bien forrado, es lógico, lo cura con latines,
y en cuanto al pobre, rápido, receta desde el burro…

De 1900 a 1908, coincidiendo a partir de 1904 con la elaboración de Los éxtasis de la montaña, Herrera va componiendo Los parques abandonados, ese conjunto considerable de -frecuentemente- tan liviana materia, aplicándose sucesiva o contemporáneamente a uno u otro mundo, a uno u otro verso. Es una masa de lírica amorosa y, sin embargo, dijimos, tampoco estos parecen ser poemas confesionales. Alguno de ellos lo será, sin duda; muchos tal vez deriven o se sirvan de una situación, un momento, un sentimiento vividos, pero en estos éxtasis del jardín como en los de la montaña, el autor es un artista que organiza sus materiales, y lo que puede custodiar de vivencias propias pasa, cuando cabe, a incrustarse en la composición, a integrarse en el nuevo ordenamiento, a servir a un fin que puede apuntar a algo totalmente diferente de la experiencia original. Julio Herrera y Reissig está creando una obra y no contando su vida.

Por lo demás, tampoco cuenta gran cosa: la anécdota, en casi todos los casos es mínima. Se trata en la mayoría de los casos de encuentros amorosos pero, salvo excepciones, no hay elementos narrativos. Son momentos, instantáneas de la emoción, de la sensibilidad, de la sensualidad, y a menudo el soneto es una construcción en la que esa instantánea, ese momento, ocupan sólo dos o tres versos. Así sucede en los casos en que el escenario, la hora, un paisaje ligado o no simpáticamente a los agonistas, ocupan la mayor parte de los versos; en Nirvana crepuscular, por ejemplo. Así sucede también en aquellos en que uno o los dos cuartetos se ocupan de dar el clima de una situación -de expectación amorosa, de enojo, de incomunicación, de amor que se ignora- mientras que los tercetos, o sólo uno de ellos, cargan de significación el hecho mínimo que cierra o resuelve esa situación, el hecho que pretexta el poema.

En una tercera parte de los casos tal hecho es nada más que un beso, un suspiro, una lágrima, una risa. Puede ser menos aun: una frente que se inclina, una mano tendida; puede ser más: una confesión, una reconciliación, un adiós. Uno de los más hermosos sonetos de la colección, La sombra dolorosa, dedica un cuarteto a las voces acongojadas, lúgubres, gimientes que ahogan “los silencios campesinos”, y que preparan para la doliente figura femenina, en cambio muda, del segundo. El primer terceto menciona eficaz pero someramente un mal compartido, y eso es todo; en el último terceto, abandonando esa apenas anécdota, la atención se vuelve al paisaje, alejando, agrandando la escena, y confiando al grito de una ajena máquina distante la sugestión de ausencia que puede comunicar, el aullido del dolor que jamás permitirá Herrera a sus parcos enamorados:

Mientras unidos por un mal hermano
me hablaban en suprema confidencia
los mudos apretones de tu mano,

manchó la soñadora transparencia
de la tarde infinita el tren lejano
aullando de dolor hacia la ausencia.
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