domingo

IDEA VILARIÑO - JULIO HERRERA Y REISSIG: ESTE HOMBRE DE TAN BREVE VIDA (8)


La prehistoria de Herrera y Reissig nos había deparado algunos poemas en que la naturaleza desempeñaba su “natural” y excesivo papel romántico. Por ejemplo en el interminable y farragoso Naturaleza, donde se historian un crepúsculo y los avatares de la noche, y donde las carencias de color y de paisaje locales que tan a menudo le fueron enrostradas se ven henchidas hasta el hartazgo en centenares de endecasílabos poblados de cardos y flechillas y de toda la flora y la fauna comarcanas. Y cuya mediocridad -salvo raros chispazos de poesía- debería demostrar que las acusaciones de exotismo que se hacen a su obra no apoyan el partido de la poesía; que el mero color local puede ser inoperante y que ese rubro, como en otros, no importa tanto el qué como el cómo.

¡Constelación de luminosas chispas,
explosión de topacios brilladores,
caravana de fúlgidas avispas,
almas lumíneas de las mismas flores,
rocíos de oro, perlas de fulgores,
átomos de crepúsculos dorados,
enjambre fulgural de gotas de agua,
fosfórea floración de centelleos,
las luciérnagas brillan cual chispeos
de alguna inmensa y escondida fragua!

Este pobre poema de 1899, en que una fogosa imaginación hace lo que puede -pero puede poco-, revela hasta qué punto fue deliberado, consciente y radical su espectacular vuelvo en la factura de la materia poética, y también en la manipulación de los datos de la “naturaleza”. Ya no se tratará de entonarla con el propio ánimo, ya no se tratará de cantarla o de ponerla en verso, sino de elaborarla para los fines del poema, de usufructuarla como escenario o como marco, y como proveedora de elementos de luz, de olor, de color, de sabor o de sonido, de datos a organizar, a relacionar en un nuevo orden, nuevo, en un cuadro orgánico donde, modificándose, contrastándose, identificándose, se conciertan, coordinan, combinan formas, sustancias, seres, abstracciones, objetos. A veces, algún leve matiz, algún verbo revelador, explican la voluntad, la actitud que gobiernan el poema:

Ripian en la plazuela sobre el último banco
el señor del castillo con su galgo y su rifle.

(Bostezo de luz)

Una técnica impar y compleja integra todo eso en la materia poética. Participan en ella, además de todas las posibilidades prosódicas y sintácticas, todas las figuras, a partir de las más corrientes del habla y de la creación literaria, eludiendo siempre, eso sí, la facilidad, creando siempre, apoyando en lo que sea para que cada verso golpee con su riqueza, para que ninguno sea opaco o vacío. A tal punto que, a menudo, y muy a menudo, quedan, a cualquier altura del soneto, uno o dos versos que bien pudieran ser el magnífico final:

Y el sol un postrer lampo, como una aguja fina,
pasa por los quiméricos miradores de encaje.

dice el final del primer cuarteto de El teatro de los humildes.

A menudo las figuras se imbrican de una manera casi inextricable. Las correspondencias y analogías que enlazan todo íntimamente se enredan entre sí y con las comparaciones, las metáforas, las grandes imágenes, con la animación, la personificación de lo inanimado y de lo abstracto, claves de la constante impresión de vida y movimiento.

Y como una pastora, en piadoso desvelo,
con sus ojos de bruma, de una dulce pereza,
el Alba mira en éxtasis las estrellas del cielo.

(El alba)

En este caso es fácil separar los campos de la comparación y de la prosopopeya, pero vaya a saber dónde comienza y dónde termina cada figura en el sencillo verso que dice:

Rasca un grillo el silencio perfumado de rosas…

(El teatro de los humildes)

La misma complejidad puede darse cuando, en el proceso inverso, cosifica, como en este excelente zeugma de El guardabosque:

De jamón y pan duro y de lástima toscas
cuelga al hombro un suspiro y echa a andar taciturno;

Y cosifica a cualquier nivel, tanto a los “dos turistas, muñecos rubios de rostro inmóvil”, de Dominus vobiscum, como a “Dios que retumba en la tarde, urna de oro”, de Las madres. En Idilio hace gesticular el fuego, animándolo, personificándolo,

Y en lácteas vibraciones de ópalo, gesticula
allá, bajo una encina, la mancha de una hoguera

para, en el segundo verso, cosificarlo un punto más, quitándole lo que tiene de brío, de autonomía, de vida, inmovilizándolo en una mancha, como si fuera uno de los detenidos detalles de un cuadro. Otras veces podría simplemente decirse que llega a cosificar “cosas”, es decir, a agravar la materialidad de cosas que parecen incorpóreas o intangibles:

El sol es miel, la brisa pluma, el cielo pana.

(Los perros)

No es la égloga clásica. Viven en ella los rudos hombres del trabajo, los campesinos que sufren sus ropas los domingos, el barbero intrigante, el médico cazurro, los chicos del seminario, los perros y el gallinero; no tiene el corazón puesto en pastores que confían a una lengua elaborada e imposible sentimientos sofisticados o complejos. Sus campesinos, que habitan unos pocos sonetos, aunque idealizados, aunque dueños de tiempo y a veces de delicados sentimientos o intuiciones, son casi siempre creíbles y muy poco conversadores.

A pesar de ellos, y a pesar de una media docena de retratos -El cura, El alma, La llavera, incluso El monasterio porque está personificado-, el gran protagonista de la colección es el teatro de los humildes, el paisaje; un paisaje historiado, dramático, en el que, mediante la animación y la cosificación, la enumeración más o menos caótica y el polisíndeton nivelador, cabe y se instala todo: hombres y bestias, cielo y tierra, Dios y el Diablo, en un mismo nivel de valores poéticos.
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