domingo

JUAN CARLOS ONETTI - PARA UNA TUMBA SIN NOMBRE (14)


IV (2)
Como debía haberlo previsto desde la mañana, vino a visitarme aquella misma noche. Se había empeñado en poner en condiciones al caballo o sólo buscaba distinguirse de los amigos de su edad que, habiendo vivido su infancia, en los mejores casos, encima de un caballo, sólo montaban ahora, por deporte, en las cabalgatas matinales de los domingos, después de la heroica primera misa. Muchachos con breeches de palafrenero, estribando corto sobre monturas inglesas, negando al animal con la languidez del cuerpo; jovencitas vestidas como ellos, confundibles, chillonas, reclamando el paso, la rodilla apoyada en la del compañero. Antes, en el alba, la visión de cuerpo entero de una amazona, con un diminuto látigo, en el espejo del dormitorio; después, en el hotel de ma­dera sobre el río, o en Villa Petrus, las fotografías, las poses junto o encima de los caballos, las ac­titudes gauchas y desaprensivas. Porque todos ellos, los amigos de su niñez, tenían o usaban automóviles, jeeps y motocicletas; ayudaban así a que la ciudad, Santa María, olvidara también sus orígenes, su propia infancia, su próximo pasado de carretas, carricoches, bueyes y distancias.

Vino a caballo, aquella misma noche de sábado, haciendo resonar los cascos del animal sobre la franja de primer silencio, contra el fondo negro de calor, de perfumes vegetales resecos, de sonidos de trabajo en el río. Lo oí silbar y me asomé a la ventana para decirle que subiera.

Ya había casi olvidado la historia de Rita y el chivo; cuando lo vi entrar y poner la botella sobre la mesa sólo pude pensar en otra mujer, en un recuerdo de veinte años, en una asquerosa sobrevi­viente. Pero él venía decidido, y le importaba el tiempo: no el que pudiera perder o gastar aque­lla noche sino el anterior, el que había separado de esta nuestra entrevista del último verano. Es­taba decidido y resuelto a modificar, a cualquier precio, aquella otra noche de diciembre. Bebió de pie, hablando con impaciencia de cualquier co­sa, de las que yo le iba deslizando para que se apoyara. Después, midiéndome, se puso a cargar la pipa. Estaba eligiendo el camino más fácil o el más corto. No sabía aún que era posible sentarse y decir: “No quiero esto o aquello de la vida, lo quiero todo, pero de manera perfecta y definitiva. Estoy resuelto a negarme a lo que ustedes, los adultos, aceptan y hasta desean. Yo soy de otra raza. Yo no quiero volver a empezar, nunca, ni esto ni aquello, una cosa y otra, por turno, porque el turno es forzoso. Pero una sola vez cada cosa y para siempre. Sin la cobardía de tener las espal­das cubiertas, sin la sórdida, escondida seguridad de que son posibles nuevos ensayos, de que los juicios pueden modificarse. Me llamo Jorge Mala­bia. No sucedió nada antes del día de mi naci­miento; y, si yo fuera mortal, nada podría suceder después de mí”.

Pero no habló de nada de esto; lo hubiera escuchado y le habría dicho que sí.

-Usted debe recordar las últimas vacaciones; -empezó con una sonrisa de excusa, pero no excusándose a sí mismo-. El encuentro en el ce­menterio y la noche en que anduvimos hablando. El cabrón de la pata de palo.

-El chivo y la mujer -asentí-. Bueno, me puse a adivinar cosas y las escribí. Ya lo tenía olvidado. Pero me gusta que pueda leerlo y opinar. Es muy corto.

Me puse a buscar en el escritorio mientras él callaba y trataba de hacerme sentir su silencio.
-Una pocas páginas -dije el acercárselas-. El insomnio, el aburrimiento y la incapacidad de participar en otra forma.

Entonces miró el reloj, no tuvo más remedio que expresar su hostilidad; él y yo sabíamos que iba a quedarse todo el tiempo que fuera necesario. Se sentó e introdujo en la luz la cara joven, un poco menos que el año pasado, endurecida por la voluntad, afeada apenas por un extraño miedo. To­mé un libro pero lo dejé en seguida.

Durante media hora lo miré leer lo que yo había escrito y fumar; sabía que mis ojos lo molestaban, que le era difícil mantener la clausura de su ros­tro. No era el mismo muchacho de un año antes, pero yo no podía saber cómo estaba distinto, qué suciedades se habían incorporado en los doce me­ses y si estas durarían. Cuando terminó de leer limpió la pipa y volvió a llenarla; sin mirarme, pen­sativo y calculando con rapidez, como si yo no estuviera allí, pero me encontrara a punto de irrumpir. Después fue hasta la ventana, balan­ceando el cuerpo en cansancio de jinete, haciendo sonar las botas, flamante o recién lustradas. Unas botas demasiado nuevas, en todo caso, para el disfraz campesino que usó aquellas vacaciones. Asomó la cabeza y le habló con cariño al caballo. Volvió lentamente hacia la luz de encima del es­critorio, sonriendo, seguro de haber elegido bien o lo mejor posible.

-Es muy bueno eso -murmuró con seriedad y como si se lo dijera a sí mismo, contento, un poco asombrado.

“Ya hay algo, pensé: aprendió a tomarse en serio, y no con la desesperación y el sentido de fa­talidad de antes, sino tranquilamente, sin intuir el ridículo y la propia miseria. Casi como se toman en serio su padre y cualquiera de los hombres de la mesa de póker del Club Progreso”.

-Me alegro -le dije-. Pero no importa que esté bien o mal. Ya le dije que sólo buscaba adivinar cosas.

-Las adivinó. Todo fue así, sólo que... -Tal vez no estuviera muy seguro del tipo de mentira que era conveniente usar para destruir aquel pa­sado. Volvió a sentarse y volvió a sonreír con disculpa-. Es sorprendente. Hubo un hombre que inventó el cuento para viajeros, otro que agregó el detalle del chivo, absurdo pero eficaz. Y es cierto que ella pasó del odio al amor, que el chivo fue al principio una humillación impuesta y que después lo defendió de cualquier manera, de to­das las maneras necesarias, a lo largo de mudan­zas, de hombres, de ayunos, de resoluciones sui­cidas. Como se defiende el objeto de amor, es decir, lo único que uno tiene. Porque si tenemos algo más, por poco que sea, hay que inventar otro nombre, menos ambicioso. Su objeto de amor. La corriente es una sola, y no podemos saber cuál y cuánto es el amor que va hacia él y cuál y cuánto el que extraemos de él. Y también es cierto que lo hizo por el chivo, para tener el dinero que le permitiera protegerlo. Yo hubiera podido, con poco sacrificio, darle ese dinero. Pero preferí convertirme en el hombre cuya cara, según usted, yo deseaba conocer. El hombre de turno, condena­do al anonimato, que la esperaba en la pieza. Pero desapareció, no lo vi nunca, me tocó sustituirlo sin conocerlo. Así que yo pasé a ser el hombre de turno y algo más. Era yo el tipo que esperaba en alguna de las mugrientas habitaciones que ocupábamos sucesivamente, arrastrados o expulsados por el chivo. Pero necesité algo distinto, algo más, y lo tuve. Aquel fue un año, o casi, de apoyar y refregar el lomo en eso que llaman abyección; un año de no pisar la Facultad, de reírme a solas pen­sando en la visita imposible, sorpresiva de mi padre; imaginándolo entrar en uno u otro de los cubos hediondos que fuimos habitando, verlo y sentirlo, por una vez, incapaz de un comentario orde­nado gramaticalmente, con puntos y aparte, con los paréntesis que él Indica alzando una mano y una ceja. Porque, además, durante todo aquel año en el que lo estafé, fui el hijo corresponsal perfecto. No perdí un tren, como dicen en casa. Mugriento, sudando esa mezcla de odio y angustia que ennegrece la piel como ningún abandono, como ningún trabajo, frío y emporcado, les escribí mi carta cada semana. Y aquella vez sí; aquella vez, aquel año, mis cartas parecían copiadas de un epistolario para hijos ausentes y amantes. Volví a leerlas.

Me mostró los dientes, interrumpido por la fatiga o la desconfianza, y sirvió de beber.
“Dos, pensé. La segunda suciedad es que se le ha muerto la pasión de rebeldía y trata de susti­tuirla con cinismo, con lo que está al alcance de cualquier hombre concluido.” Tal vez lo hizo sospechar el asentimiento de mi cabeza, mi silencio o mi mirada; fue otra vez a conversar con el caballo desde la ventana y regresó con aire de cansancio y sueño. Regresó también rejuvenecido, casi exactamente en un año; pero esto duró poco porque yo había aprendido a manejarlo.

-Entonces todo está bien -dije, recogí mis páginas adivinatorias y les sonreí con cariño y orgullo-. Después se encontró con usted, o usted provocó el encuentro, vivieron un tiempo juntos, ella se enfermó y vino a morir a Santa María. Sólo faltaría escribir el final; pero esto es más fácil, en un sentido, porque lo conozco: el velorio, el entierro.
-Sí, pero no -repuso en seguida, ardiente, un poco triunfal, como si yo lo hubiera ofendido sin querer. Nadie, y yo mucho menos, podría repro­charle que alargara el silencio para lograr un efec­to-. No tan simple porque la mujer que enterra­mos aquel año (“ya no era el año pasado, sino cualquiera, remoto, inubicable”), la mujer muerta que descansa en paz en el Cementerio de Santa María no se llamaba Rita.
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