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IDEA VILARIÑO - JULIO HERRERA Y REISSIG: ESTE HOMBRE DE TAN BREVE VIDA (6)


(prólogo de POESÍA COMPLETA Y PROSA SELECTA, Biblioteca Ayacucho, 1978)

Herrera, como la mayor parte de sus grandes contemporáneos, tuvo la conciencia y la sabiduría de su oficio. Algunos de los pocos ensayos que escribió y algunas páginas sueltas muestran sus preocupaciones, sus reflexiones, sus conclusiones con respecto a la palabra, a la escritura, a la relación entre el artista y el mundo, a los engranajes de la poesía.

“¿Cuántas facetas tiene el vocablo?” se pregunta en Conceptos de estética. La palabra himética, la que el poeta acosa como la abeja a la flor de la que, por alquimia, fabricará su oro, “designa en sí fenómenos táctiles, olfativos, visuales, de audición y de gusto; (…) en la metafísica de la palabra se llega a un punto en que se pierde pie. ¿Qué es la idea sin el signo? ¿Qué es el signo sin la idea? Y bien, todo es idea y todo es signo”. Y más adelante: “En el verso culto las palabras tienen dos almas: una de armonía y  otra ideológica. De su combinación ondula un ritmo doble (fonético-semántico, diríamos hoy)”, “fluye un residuo emocional: vaho extraño del sonido, eco último de la mente…”. Y en una nota al pie de El círculo de la muerte completa: “Pienso que el triunfo de un verdadero estilo está precisamente en una compenetrabilidad hermética y sin esfuerzo de lo que llamaríamos sub-estilos, palabra y concepto. (…) Es una complicidad armónica y semejante; trátase de que la idea tome inmediatamente la forma del vocablo, como un peri-sprit la forma del cuerpo donde mora, confundida con él y fraternizando hasta parecer tangible; y a su vez de que la palabra se imprima en el pensamiento y entre él, de un modo ágil, ni más ni menos que como en un molde preciso y pulcro la cera caliente”.

Y eso implica complejas operaciones; el arte nunca es sencillo, aunque a menudo la apariencia de lo simple engañe y nadie pregunte a la frase, dice, “cómo se ha formado para ser tan diáfana, su tardía aventura por las selva enmarañadas del pensamiento”. Y vuelve reiteradamente sobre los procesos y las tareas que tocan al poeta, que no es un mero inspirado, que es un artesano, un artista. Su actitud frente a la naturaleza, a la realidad, nunca es pasiva ni se limita a trasmitir una imagen. La poesía impone “los refinamientos de una tarea y de un intercambio con el medio ambiente tan lógicos y tan químicos como los que existen entre el aire y el vegetal”. Y detalla: “El artista es, en su arte, un colaborador de la Naturaleza, que pule, que aclara, que perfecciona al reproducir” Y que “al mismo tiempo, interpreta, da forma, sintetiza, sanea, deja de lado y amplía”. Porque “el arte es combinación, indagación, auscultación, interpretación”; y “no depende únicamente de la imaginación (…) sino que está ligado a las facultades superiores del espíritu”. El poeta debe tener un sexto sentido, que es más bien una capacidad excepcional; un sentido que “en la gama sensorial explora hasta el ultra-violado; que en Ontología es un instinto del alma, revelador de lo oscuro, adelantado caviloso de la gran sombra que piensa…”.

Y con el mismo cuidado ha atendido a la tarea poética en su intimidad, ya desligada de su relación con la realidad, con el entorno. Al fin de su laudatorio prólogo al libro de Oscar Tiberio, dedica una o dos páginas a precisar las carencias del argentino, y esa lista es, a la vez, la de algunas de sus exigencias.

“Es que Oscar Tiberio no ha sido un apasionado del ritmo imitativo, de las aventuras métricas, del neologismo bronceado, del acertijo musical por asociación de sonidos, de las morbideces que resultan de la diéresis y del eclipse de una sinalefa, del mimo que se obtiene eliminando las r, de la ingenuidad amaneciente de las u, del delirio y la fineza palatina de las delicadas i… y de las y de las x. De ahí que nuestro liróforo adolezca, a mi parecer, de esa deficiencia hispánica de matiz y de harmonía, que consiste en negar a las palabras la personalidad autónoma del diamante o la corchea, haciendo ningún caso del divino dios pagano de Esmaltes y Camafeos”. Y antes de sumirse en otras elogiosas vaguedades le reprocha aun los pecados de la “falta de novedad en la estructura de las poesías, y del empleo monótono de las consonantes usadas”.

La extensión de las transcripciones fue necesaria para resumir y organizar las ideas de Julio Herrera sobre su arte, y para hacer así evidente que el poeta sabía lo que hacía.
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