domingo

GASTON BACHELARD - LAUTRÉAMONT (CONCLUSIÓN 1)


II (1)

Roger Caillois se nos presenta como el recordman del descenso a la realidad viva, mientras que Armand Petitjean, trabajando en el otro polo de la poesía biológica, destaca las condiciones muy escondidas de las nuevas concreciones vitales.

Roger Caillois nos hace descender en el Maelstrom de la vida, hasta el centro mismo del torbellino que dinamiza la evolución biológica. Al acercarse a ese polo, se comprende que el ser vivo tiene un apetito de formas al menos tan grande como un apetito de materia. Es preciso que el ser vivo, cualquiera que sea, solidarice formas diversas, viva una transformación, acepte metamorfosis, despliegue una causalidad formal verdaderamente actuante, enérgicamente dinámica. Debe entonces encontrarse una cierta correspondencia puntual entre las diversas trayectorias formales; es decir, entre las formas que atraviesan los diferentes seres que se caracterizan por un devenir formal específico. Es entonces cuando se plantea la ecuación cailloisiana fundamental entre el hombre y el animal: (1) “Aquí una conducta, allá una mitología.” Lo que conecta los actos del insecto a una conducta, conecta las creencias del hombre a una mitología.

Un examen profundizado de poesía proyectiva debe llegar a proyectar una conducta animal sobre una mitología humana.

Esta igualdad de la conducta animal y del mito humano tiene una función muy diferente del paralelismo bergsoniano, ya clásico, entre el instinto y la inteligencia. Instinto e inteligencia actúan en efecto impulsados por la necesidad exterior, mientras que las conductas y los mitos pueden aparecer como destinos más íntimos. Entonces el ser actúa contra la realidad y no ya igualándose a la realidad. Tanto las conductas agresivas como los mitos crueles son funciones de ataque, principios dinamizantes. Agudizan al ser. No se trata simplemente de un saber hacer: ya sea sobre el modo de la conducta, o bien sobre el modo del mito; hay que tener ganas de hacer; hace falta la energía de hacer. Entonces devorar es más importante que asimilar; o mejor, sólo se asimila bien lo que se devora.

En el nivel de esta violencia, se descubre siempre un comienzo gratuito, un comienzo puro, un instante de agresión, un instante ducassiano. La agresión es imprevisible tanto para el atacante como para el atacado; esa es una de las más claras lecciones que se obtienen del estudio de Lautréamont.


Notas

(1) R. Caillois, Le mythe et l’homme, p. 81. F. C. E.
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