domingo

IDEA VILARIÑO - JULIO HERRERA Y REISSIG: ESTE HOMBRE DE TAN BREVE VIDA (7)


Una vez dado el gran paso, una vez decidida su actitud poética, Herrera irá creando en cauces paralelos, en por lo menos cuatro zonas de caracteres diversos y bien definidos, lo que confirma una singular maestría estilística, porque los poemas de cada grupo tienen una estructura y un trabajo interno, propios, y propios de cada grupo son, también, su vocabulario, sus motivos, y las experiencias vitales, espirituales o afectivas en que se apoyan. Y sus paisajes. Porque Herrera no se limita a trabajar con diferentes técnicas su material sino que selecciona en su entorno o en su experiencia los datos que sirven a uno u otro estilo.

Para su prodigiosa imaginación su reducido mundo fue más que suficiente y hasta inagotable manantial. Sabemos que, si bien su Torre de los Panoramas era un pobre altillo desde el cual no se divisaba gran cosa, la azotea que lo rodeaba era otro cantar. “La azotea ofrecía otro panorama”, dice en aquella conferencia Miranda, uno de los asiduos visitantes de la Torre y uno de los mejores amigos, si no el mejor, del poeta: “Al Sur el río color de sangre, color turquesa o color estaño; al Norte el macizo de la edificación urbana; al Este la línea quebrada de la costa, con sus magníficas rompientes, y más lejos el Cementerio, Ramírez y el semicírculo de la Estanzuela (1) hasta el mojón blanco de la farola de Punta Carretas; al Oeste más paisaje fluvial, el puerto sembrado de steamers, y sobre todo el Cerro con su tono color pizarra y sus casitas frágiles de cal o terracota…”. A todo ello se habrán sumado los románticos jardines de fines de siglo, las señoriales “casas-quinta” de su infancia, las granjas de los ejidos, y las cortas estancias en el interior del país donde cosechó olores y faenas, sonidos y lejanías. En las “propias campiñas de la patria cuya belleza monótona sonríe siempre con su misma sonrisa de modestia orográfica” descubre las también modestas sierras de Minas (2), pero para él se abre “un telón mágico de panteísmo” ante “esas toscas facciones de la geometría (…), esos grandes lóbulos de la psique del paisaje, esa tempestad momia de sierras que se destacan como un símbolo bajo la inmensa rotonda impávida (…) ese anfiteatro severo de alturas que sonríen en la mañana de cristal con los mil pliegues de su rostro venerable (…) esos abismos que hacen muecas fantásticas al vacío”. Así se alimentó y así trabajó su imaginación y estas mismas prosas revelan algunos de sus mecanismos de apropiación y de trasmutación. Otros modos de la realidad le habrán dado esa teoría de mujeres jóvenes -niñas a veces- de abanico, de pianos en el crepúsculo, de citas prohibidas que pueblan sus Parques abandonados. Los libros seguramente le dieron mucho, en especial la materia de sus Cromos exóticos y de sus Sonetos asiáticos.

Dejando caer algunas composiciones menores, y diversas piezas sueltas, por esos cauces van sus sonetos campesinos de Los éxtasis de la montaña, los que llamara eglogánimas, en alejandrinos; los sonetos endecasílabos; y en octosílabos, naturalmente, las décimas de Desolación absurda y de Tertulia lunática, sus nocterimias.

La poesía de Los éxtasis de la montaña ensimismada en su orbe de paisajes, emociones, cosas, gentes, vocabulario, tan ajenos a los que confinan las otras series de sonetos, es poesía campesina y es égloga, pese al empeño que pone en parecer poesía natural, sencilla, e incluso rústica y ruda; ruda hasta animarse a meter en uno de los más hermosos finales de soneto los vahos más elementales y famosamente desagradables:

los vahos que trascienden a vacunos y cerdos
y palomas violetas salen como recuerdos
de las viejas paredes arrugadas y oscuras

(Claroscuro)

El propio Herrera previene contra esas apariencias, contra el hábito de creer que “lo sincero, lo real, lo espontáneo, es siempre lo simple”; “porque en el fondo del diamante está la noche del carbón”. Nada menos espontáneo, nada más cuidadosa y, si creemos al autor, nada más trabajosamente hecho que estas luminosas eglogánimas.


Notas

(1) Se trata de una playa y de una zona de parques -que incluye un lago y una cantera- a la orilla del mar, lo que puede explicar algunos versos en que Herrera parece mezclar sus paisajes.
(2) “A la ciudad de Minas”, en Prosas, Montevideo, Maximino García, 1918.
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