domingo

MARYSE RENAUD / EXCLUSIVO DESDE POITIERS - FRANCIA


EL ASALTO QUE NO CESA O EL ENIGMA DEL MAL

(Introducción a EL MAL EN LA LITERATURA LATINO AMERICANA / Centre de Recherches-Américaines-Archivos / Université de Poitiers- CRS / Coordinación de Maryse Renaud y Marie Estripeaut-Bourjac / 2016)


PRIMERA ENTREGA

El mal mantiene con la literatura universal poderosas afinidades. Hasta podría avanzarse la idea de su consubstancialidad a ésta, tan frecuentes, turbadores y hasta vertiginosos resultan los vínculos que los textos ficcionales tejen con las fuerzas transgresivas. La literatura latinoamericana, objeto de nuestros análisis, no falta a esta ley. Casi no hay obra literaria en el Nuevo Mundo que, por obvias razones históricas -la Conquista europea y la empresa aculturadora que ésta acarreó- no esté atravesada, en mayor o menor grado, por el pensamiento y hasta por la obsesión del Mal. Así, el poema épico Caramurú (1781) de Santa Rita Durâo, plantea precisamente, desde el primer canto, la inevitable cuestión del origen del Mal. Lo que la metafísica cristiana condena generalmente con arrogancia en nombre de sus propias certezas -la barbarie del indígena, la insignificancia del Otro-, lo que la Leyenda Dorada intenta opacar, la Leyenda Negra y los relatos de la Modernidad y Posmodernidad, en cambio, se esfuerzan por reconsiderarlo, volviendo del revés, como un guante, el mensaje condescendiente o denigrante fraguado por las autoridades políticas o religiosas de antaño.

A la versión oficial de la Conquista, a la celebración de los beneficios de la colonización, se opone la enfatización de sus efectos destructores. Desplegando el vasto abanico de las modalidades del Mal, los discursos ensayístico y ficcional sacan a relucir expoliaciones, vejámenes, atropellos, violaciones, esclavitud, desmanes de toda clase inferidos a los moradores del Nuevo Mundo. Las soberbias carabelas del Descubrimiento, por ejemplo, no consiguen hacer olvidar la bodega asfixiante y mortífera de los barcos negreros, infame correlato si cabe de la empresa colonizadora. A la “nueva ola histórica” latinoamericana le toca entonces como meta el desvelamiento de los aspectos más problemáticos de la conquista y la colonización. Buen ejemplo de ello son las barroquizantes ficciones de Abel Posse aquí analizadas: Daimón, Los perros del paraíso El largo atardecer del caminante. En ellas se va desarrollando, con base en atípicos conquistadores -Lope de Aguirre, Cabeza de Vaca cargado de años y como seducido por el multiculturalismo o, por lo menos, por cierto relativismo cultural.

Volvamos a Daimón: aquí es una visión vertiginosa, abierta, la que se nos brinda. En esta novela el Mal y el Bien resultan tan viciosamente imbricados que el lector, zarandeado por verdades contradictorias, se queda como alelado ante la trayectoria personal de la excepcional figura del demoníaco, el excéntrico, el clarividente, el valeroso, el revoltoso, el loco, el “americano” Aguirre, paradójicamente compenetrado, al terminar la novela, con este Nuevo Mundo que, inicialmente, pretendía sojuzgar. La “auténtica literatura”, como lo subrayara Bataille en La literatura y el mal (1), es por esencia prometeica, rebelde, amante de cuestionamientos y rupturas que sacudan las leyes fundamentales de la sociedad y los saberes constituidos. A la “regularidad”, la “prudencia”, el “interés colectivo”, la “razón” y el “futuro”, fundamentos de toda vida social organizada, opone una serie de valores como el instante, el presente, la “despreocupación infantil”, la libertad, la muerte. “Inorgánica”, “irresponsable”, capaz de todas las osadías, la literatura busca “una comunicación fundamental con el lector”. La “inocencia y la embriaguez del ser”, el éxtasis son para Bataille la “auténtica emoción literaria”. Como ya lo hemos insinuado, ciertas figuras de las ficciones aquí  analizadas, como el extravagante Aguirre, no son ajenas a ese “exceso proliferante del ser” que, según el ensayista francés, alienta en la auténtica literatura. Es más, toda la novela de Abel Posse parece abrevarse directamente en sus planteamientos teóricos. La condición nietzscheana del vasco Aguirre es la que permite al personaje la plena aceptación de esa “parte maldita” -la del juego, de lo aleatorio, de lo peligroso- ensalzada por Bataille, que lo sustrae de la finitud ordinaria, situándolo más allá del Bien y del Mal.

Impenitente merodeador, el Mal siempre parece andar con ganas de desplazarse, de salir al asalto de nuevos territorios. Del campo, del mar Caribe de los filibusteros, como en la novela Son vacas, somos puercos de Carmen Boullosa, pasa cada vez más a menudo en la literatura contemporánea a ambientes urbanos. Sigilosamente, se filtra entre los intersticios de relatos aparentemente anodinos, dinamita suavemente, como nos lo van revelando los ácidos y humorísticos cuentos de Silvina Ocampo, la cotidianeidad más apacible. El niño -al igual que el adulto exaltado o el loco-, con maléfica despreocupación, como quien juega, valiéndose de esta “soberanía” celebrada por Bataille, se hace el inocente instrumento de la destrucción de los códigos y lugares comunes de la pequeña burguesía, del lenguaje acartonado de la colectividad. El Mal va perdiendo, en los textos actuales, parte de aquel oscuro resplandor épico que lo caracterizara en la narrativa de los siglos anteriores (XIX y XX). Ahora bien, que el Mal exhiba su vertiente íntima (en el marco de la familia, la pareja, o la conciencia de sujetos adultos o juveniles), nunca deja de provocar en el lector, mezclado con una ambigua fascinación, un sobrecogimiento lleno de perplejidad, cuando no de angustia y horror.

En ocasiones, el Mal no pasa de ser un “prejuicio”: una construcción ideológica cómoda y rentable, para algunos; para muchos, una consensual aceptación de la tergiversación de la verdad, un producto exótico de fácil consumo, como se echa de ver en el análisis de la mala fama, muy exagerada, de la ciudad de Tijuana, en la frontera mexicana con los Estados Unidos. En contados casos la presencia del Mal, irrefutable, da lugar a una paródica estrategia narrativa capaz, en última instancia, y para mayor alegría del lector, de conjurar los horrores de las dictaduras más repelentes: el neopolicial se hace entonces, en Papel picado, del argentino Rolo Diez, el vector del aniquilamiento del Mal.

Cualquiera que sea la tónica del texto, las variopintas y repetitivas ocurrencias del Mal -violencia directa u oblicua, espontánea, oscuramente pasional, calculada, sofisticada, ejercida contra la colectividad o el individuo, contra el cuerpo o el espíritu- suscitan  no pocas veces de parte de los mismos personajes un intento por comprender el mundo, por comprenderse a sí mismos. Distanciamiento crítico que el lector virtual, ya superada la fascinación estética frecuentemente experimentada ante el espectáculo del Mal -elevado  provocativamente en ciertos textos al mismo rango de las “Bellas Artes”-, no deja de compartir con estos seres de papel y tinta.


Notas

(1) Georges Bataille, La literatura y el mal, España, Edtorial Taurus, 1959. (Texto original: La littérature et le mal, Éditions Gallimard, 1957).
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+