jueves

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) 64 - LOS CANTOS DE MALDOROR



CANTO SEGUNDO

12 (2)

No se trata de que el odio conduzca el hilo de mis razonamientos, sino que, por el contrario, tengo miedo de tu propio odio, que, obedeciendo a un orden caprichoso, puede salir de tu corazón y llegar a ser enorme como la envergadura del cóndor de los Andes. Tus sospechosos pasatiempos no están a mi alcance, y yo sería probablemente la primera víctima de ellos. Eres el Todopoderoso, no te discuto ese título porque tú solo tienes derecho de llevarlo y porque tus deseos, por felices o funestas que sean sus consecuencias, sólo en ti tienen término. He ahí justamente la razón por la que me sería doloroso marchar al lado de tu cruel túnica de zafiro, pues no siendo esclavo, podría llegar a serlo de un momento a otro. Es verdad que cuando desciendes dentro de ti mismo para escrutar tu conducta soberana, si el fantasma de una injusticia pasada, cometida contra esa desventurada humanidad que te ha obedecido siempre como tu amiga más fiel, yergue delante de ti las vértebras inmóviles de una espina dorsal vengadora, tu ojo feroz deja caer la lágrima despavorida del remordimiento tardío, y entonces, con los cabellos erizados, crees tú mismo tomar la sincera resolución de suspender para siempre, en las malezas de la nada, los juegos inconcebibles de tu imaginación de tigre, que sería grotesca si no fuera lamentable; pero también sé que la constancia no ha fijado en tus huesos, al modo de una médula tenaz, el arpón de su morada eterna, y que caes a menudo, tú con tus pensamientos recubiertos por la lepra negra del error, en el lago fúnebre de las sombrías maldiciones. Quiero creer que estas son inconscientes (aunque no por eso dejan de contener su veneno fatal), y que el bien y el mal reunidos, se derraman en saltos impetuosos desde tu regio pecho gangrenado, como el torrente de las rocas, por el encanto secreto de una fuerza ciega; pero nada hay que lo pruebe. He visto demasiado a menudo rechinar de rabia a tus inmundos dientes y enrojecer como carbón encendido a tu augusto rostro recubierto por el moho del tiempo, a causa de alguna futilidad microscópica que los hombres habían cometido, para detenerme por más tiempo frente al poste indicador de esa hipótesis bonachona. Todos los días, con las manos unidas, elevaré hacia ti los acentos de mi humilde plegaria, pues hay que hacerlo; pero te suplico que tu providencia no piense en mí; déjame a un lado como a la lombricilla que se arrastra bajo tierra. Has de saber que preferiría alimentarme ávidamente de las plantas marinas de islas desconocidas y salvajes, que las olas tropicales transportan, en medio de esos parajes, en su seno espumoso, que saber que me observas, y aproximas a mi conciencia tu sarcástico escalpelo. Ella misma acaba de revelarme la totalidad de mis pensamientos, y espero que tu prudencia aplaudirá en estos el sano juicio cuya huella imborrable conservan.
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