domingo

LA TIERRA PURPÚREA (63) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XVI / LA ROMÁNTICA HISTORIA DE MARGARITA (5)

“Pasaron años. Era capitán y militaba bajo las órdenes del general Oribe en el sitio de mi ciudad natal. Un día, capturaron dentro de nuestras líneas a un muchacho a quien casi fusilaron por sospecharse que fuese espía; había salido de Montevideo y me andaba buscando. Me dijo que Tránsito de la Barca, quien le había mandado, yacía enferma en la ciudad y deseaba mucho hablar conmigo antes de morir. Pedí y obtuve permiso de nuestro general -quien me tenía un gran afecto personal- para penetrar en la ciudad. Esto era, por supuesto, peligroso, y tal vez más todavía para mí de lo que hubiera sido para muchos de mis compañeros, siendo yo muy conocido por los sitiados. No obstante, logré mi deseo, persuadiendo a los oficiales de un buque de guerra francés surto en la bahía, que me ayudasen. En ese tiempo los franceses mantenían relaciones amistosas con los oficiales de ambos ejércitos, y en una ocasión, tres de ellos visitaron a nuestro general para pedirle permiso de cazar avestruces en el interior. Él me los entregó a mí, y llevándolos a mi estancia, les festejé y cacé con ellos durante varios días. Se habían mostrado sumamente agradecidos por esta hospitalidad, invitándome repetidas veces a que les visitase a bordo, y diciéndome que tendrían el mayor gusto en hacerme cualquier diligencia personal en la ciudad que yo desease, la cual ellos visitaban con frecuencia. No me gustan los franceses, pues los considero los más egoístas y presumidos, y, por consiguiente, los menos caballerosos de los hombres; pero estos oficiales me tenían empeñado su agradecimiento y resolví pedirles su ayuda. Fui a bordo del buque de guerra francés al abrigo de la noche; les hablé de mi trance y les pedí que me permitiesen acompañarles a tierra disfrazado como uno de ellos. Después de vencer cierta oposición, consintieron, y así pude, al siguiente día, entrar a Montevideo y hallarme una vez más con mi Tránsito, por tanto tiempo perdida. La encontré tendida en una cama, extenuada y pálida como la muerte, en el último período de una fatal enfermedad pulmonar. En la cama, a su lado hallábase una niñita de dos a tres años de edad, hermosísima como su madre, pues una mirada me bastó para cerciorarme de que era hijita de Tránsito.

“Agobiado de pena de encontrarla en tan triste condición, me arrodillé a su lado y derramé las últimas lágrimas que han caído de estos ojos. Nosotros, los orientales, no somos hombres sin lágrimas, y por cierto que he llorado desde aquella fecha, pero sólo ha sido de rabia y aborrecimiento. Mis últimas lágrimas de amor las vertí sobre mi desdichada Tránsito, moribunda ante mis ojos.

“Brevemente me contó su historia. Ninguna de mis cartas jamás había llegado a manos de Basilio; se supuso que yo habría muerto en alguna batalla o que mi amor se hubiese enfriado. Parece que cuando estaba para morir su madre en Montevideo, la fue a ver una rica señora argentina -una tal señora Romero- que había oído hablar de la singular hermosura de Tránsito y deseaba verla por mera curiosidad. Quedó tan encantada con la niña que ofreció tomarla y criarla como si fuese su propia hija. A esto, la madre, quien estaba en la miseria y muriéndose, consistió gustosa. Así que Tránsito fue llevada a Buenos Aires, donde tuvo maestros que la instruyeron y vivió con gran lujo.

La novedad de aquella la embelesó durante cierto tiempo; los placeres de una gran ciudad y la admiración general que inspiraba la ocuparon y la hicieron feliz. A los diecisiete años, la señora dio la mano de Tránsito a un rico joven de Buenos Aires, llamado Andrade. Era hombre de mundo, jugador y sibarita, y habiéndose apasionado de la muchacha, logró ganarse a la señora, quien apoyó su cortejo. Antes de casarse con él, Tránsito le dijo francamente que jamás podría tenerle un gran cariño; a él eso no le importaba, pues, sólo deseaba, como animal que era, poseerla por su belleza.

Al poco tiempo después de casarse, la llevó a Europa, sabiendo muy bien que un hombre con la cartera repleta y cuyo ser es una mezcla de puerco y cabro, encuentra la vida en París más agradable que en el Plata. En París, Tránsito llevó una vida animada pero muy triste. La pasión que su marido le tenía luego se apagó, sucediéndole la frialdad y los insultos. Después de tres años de desdicha, Andrade la abandonó enteramente para ir a vivir con otra mujer; entonces, con la salud quebrantada, ella volvió con su hijita a la patria. A los pocos meses después de llegara Montevideo, oyó casualmente que yo estaba todavía vivo y con el ejército sitiador, y deseosa de comunicarle a su amigo sus últimos deseos, me había mandado llamar.
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