sábado

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) 56 - LOS CANTOS DE MALDOROR


CANTO SEGUNDO

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Gracias, por los innumerables servicios que me habéis prestado. Gracias, por las extrañas cualidades con que habéis enriquecido mi inteligencia. Sin vosotras, quizás hubiera resultado vencido en mi lucha con el hombre. Sin vosotras, él me hubiera hecho revolver por la arena y besar el polvo de sus pies. Sin vosotras, me hubiera lacerado las carnes y los huesos con sus pérfidas garras. Pero he estado siempre en guardia como un atleta experimentado. Vosotras me proporcionasteis la frialdad que surge de vuestras concepciones sublimes, exentas de pasión; me serví de ella para rechazar con desdén los placeres efímeros de mi corto viaje, y para alejar de mi puerta los ofrecimientos atrayentes pero engañosos de mis semejantes. Vosotras me proporcionasteis la prudencia tenaz que se descubre a cada paso en vuestros métodos admirables de análisis, de síntesis y de deducción; me serví de ella para malograr los ardides perniciosos de mi enemigo mortal, para atacarlo a mi vez con habilidad, y hundir en las vísceras del hombre un puntiagudo puñal que quedará clavado para siempre en su cuerpo, pues es una herida de la cual nunca se recuperará. Vosotras me proporcionasteis la lógica llena de sabiduría, que es como el alma misma de vuestras enseñanzas; con sus silogismos, cuyo complicado laberinto los hace en realidad más comprensibles, mi inteligencia sintió que se duplicaban sus audaces poderes. Con la ayuda de este terrible auxiliar descubrí en la humanidad, nadando hacia los bajos fondos, frente al arrecife del odio, la maldad negra y horrorosa que vegetaba en medio de miasmas deletéreos, admirándose el ombligo. Fui el primero en descubrir en las tinieblas de sus entrañas, ese vicio funesto, ¡el mal!, que en él supera al bien. Con esa arma emponzoñada que me prestasteis, hice descender de su pedestal, construido por la cobardía del hombre, ¡al Creador mismo! Rechinó los dientes y soportó esta afrenta ignominiosa porque tenía por adversario a alguien más fuerte. Pero lo dejaré a un lado como un ovillo de hilo, con objeto de volar más bajo… El pensador Descartes hacía cierta vez la reflexión de que nada sólido se había edificado sobre vosotras. Era un modo ingenioso de dar a entender que el primer advenedizo no podía, sin más ni más, descubrir vuestro inestimable valor. En efecto, ¿hay algo más sólido que las tres cualidades principales ya mencionadas, que se elevan, entrelazadas en una corona única, sobre la cima augusta de vuestra arquitectura colosal? Monumento que crece incesantemente con los diarios descubrimientos en vuestras minas de diamantes y con las exploraciones científicas en vuestros soberbios dominios. ¡Oh santas matemáticas, ojalá pudierais, mediante perpetua asistencia, consolar el resto de mis días de la maldad del hombre y de la injusticia del Gran Todo!

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