miércoles

LA TIERRA PURPÚREA (19) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


V / UNA COLONIA DE CABALLEROS INGLESES (2)


Por cierto no era un pequeño paraíso inglés con el que había tropezado en esta soledad oriental, y como siempre me disgusta ver a jóvenes entregarse a la bebida y portarse como asnos, no me entusiasmó mucho el sistema del “viejo Cloud”. No obstante, era agradable encontrarme con ingleses en esta lejana tierra, y por último, logró hacerme medianamente feliz. El descubrimiento de que yo cantaba les agradó mucho, y cuando, un tanto alborozado por los efectos del fuerte tabaco cavendish y el té con caña, prorrumpí a toda voz en:

Y que el alma en el cielo esté
Del que inventó la caña con té,

todos se pusieron de pie y bebieron a mi salud en grandes vasos, declarando que jamás me permitirían dejar la colonia.

Todos los invitados se fueron antes de anochecer, excepto el capitán. Se había sentado con nosotros a la mesa, pero estaba demasiado ebrio para tomar parte en la conversación y chacota. A cada rato rogaba a alguien que le diera lumbre para encender su pipa, y entonces después de aspirar sin resultado dos o tres veces, la dejaba apagarse. También había tratado una que otra vez de repetir el estribillo de alguna canción, pero luego volvía de nuevo a su condición de idiota insensibilidad.

No obstante, al día siguiente, en el desayuno, refrescado por una noche bien dormida, le encontré un sujeto bastante agradable. Me dijo, en confianza, que todavía no tenía casa propia, no habiendo recibido su dinero de Inglaterra, así que vivía almorzando en una casa, comiendo en otra y durmiendo en una tercera. -¡No importa! -me dijo-, luego será mi turno y entonces los recibiré a todos durante unas seis semanas y así quedará ajustada la cuenta.

Ninguno de los colonos trabajaba, sino que pasaban el tiempo holgazaneando y visitándose unos a otros y tratando de hacer soportable su monótona existencia, fumando y bebiendo té con caña continuamente. Habían probado a bolear avestruces, visitar a sus vecinos orientales, cazar tinamúes y correr carreras de caballos, etc., pero los tinamúes eran demasiado mansos, nunca lograban cazar un avestruz, y los orientales no les entendían jota, así que por último habían renunciado a todos estos entretenimientos. En cada establecimiento se empleaba un peón para cuidar de las ovejas y atender la cocina, y como las ovejas parecían cuidarse a sí mismas y la cocina se reducía a asar un trozo de carne en el asador, los peones no tenían gran cosa que hacer.

-¿Por qué no hacen ustedes mismo todo eso? -pregunté, inocentemente.

-No creo que sería exactamente propio de nosotros, ¿no es así? -dijo el señor Winchcombe.

-¡No! -añadió, gravemente, el capitán-, hasta ese extremo no hemos llegado todavía.

Me llamó mucho la atención oírlos hablar de esa manera. Yo había visto a ingleses en otras partes viviendo rudamente sin quejarse, pero la soberbia de estos diez gentlemen, bebedores de caña, era para mí una experiencia enteramente nueva.

Habiendo pasado una mañana algo apática, me convidaron que los acompañara a la casa del señor Bingley, uno de los “ilustres cuatro”. El señor Bingley era realmente un joven sumamente agradable, que habitaba una casa mucho más merecedora de ser llamada así que el desaliñado rancho en que vivía su vecino, el señor Wichcombe. Era el favorito de la colonia; poseía más fortuna y tenía dos peones. En sus días de recepción siempre les ofrecía a sus convidados pan caliente con mantequilla fresca, además de la indispensable botella de caña y una tetera con té. Por eso era que cuando le tocaba a él recibir, nunca faltaba a su mesa ninguno de los nueve.

Después de nuestra llegada empezaron a aparecer los otros convidados, cada uno, al entrar, tomando asiento a su hospitalaria mesa y agregando otra bocanada de humo a la nube que obscurecía el ambiente. Hubo mucha bulliciosa conversación; se cantó y se consumieron enormes cantidades de té, caña, pan y mantequilla y tabaco; pero fue una reunión muy cargante, y una vez concluida, yo estaba harto de esa clase de vida.

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