jueves

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) - LOS CANTOS DE MALDOROR (1)


(Barral Editores / Barcelona 1970)


NOTA DEL EDITOR

La totalidad de la obra literaria de Isidore Ducasse se imprimió entre 1868 y 1870, es decir entre la fecha del regreso de su segunda estancia en América y la de su misteriosa muerte. Y dentro de ese mismo período fueron escritos los pocos textos no literarios del poeta que han llegado hasta nosotros: las cartas a su frustrante editor Lacroix y al banquero de su padre en París. M. Darasse. Durante esos dos años, públicos respecto a la historia de la literatura, después del rescate de los textos cuatro lustros más tarde, y secretos en cuanto a la biografía, y que, seguramente, él consideraba el arranque de una carrera en las letras, Ducasse vio impresa su obra casi a medida que la escribía, pero no estrictamente publicada, puesto que no llegó a convencer a Lacroix de que pusiera en venta la edición bruxelense de los Cantos, el primero de los cuales había impreso en París, a sus costas, en agosto de 1868 y republicado unos meses después en Burdeos, formando parte de una entrega poética de diversos autores titulada Parfums de l’âme. La primera edición de las Poesías es de 1870 (París, Librairie Gabrie) y la nonata de los Cantos de Maldoror de Lacroix-Verboekhoven estaba impresa en el otoño de 1869. No es pues clara hasta 1890, fecha de la edición de León Genonceaux, en París, de los Cantos, la presencia de Lautréamont en la literatura francesa. Esa edición y un primer estudio de Remy de Gourmont (Mercure de France, 1891) incorporó la figura de Ducasse a la nómina de la gran poesía francesa y, por obra del entusiasmo de los simbolistas tardíos, primero, y de los surrealistas al comienzo de la década de los veinte (las Poesías, fueron reeditadas por Breton en 1919 y por Philippe Soupault en 1923), a la mitología poética universal.

Sin duda el misterio que, a pesar del empeño de los investigadores, envuelve la biografía de Ducasse ha sido un importante estímulo para la devoción que su obra ha despertado en diversas generaciones literarias a lo largo del siglo XX. Se sabe que nació en Montevideo el 4 de abril de 1846 y no faltan datos fundamentales acerca de la identidad de sus padres y de las familias de las que procedían, pero nada se sabe de la infancia rioplatense del poeta. El cargo relativamente importante del padre, François, en el servicio consular y su doble fama de funcionario eficiente y de persona cultivada, de costumbres galantes, hacer suponer cómoda la infancia de Ducasse; el período de la historia del Uruguay en que se desarrolla puede inclinar a imaginarla agitada. De su primera estancia en Francia, de 1859 a 1865, no se conocen más que los escuetos datos de su comportamiento escolar en los liceos imperiales de Tarbes y de Pau, datos poco reveladores, con la sola excepción de un condiscípulo de Pau, Paul Lespès, que ya octogenario, en 1927, contó a un biógrafo de Lautréamont, lo que recordaba, sobre todo de las tribulaciones del poeta en las clases de retórica. Según Lespès Ducasse odiaba la composición latina, era entusiasta de Sófocles, de Corneille y de Racine y admiraba a Poe y a Gautier. Tomaba rigurosamente en serio la grandilocuencia de su estilo y era muy sensible al poco aprecio que la desmesura de sus gustos y propósitos literarios despertaba en el circunspecto profesor Hinstin. Lespès no recordaba, por lo demás, a Ducasse como un muchacho ni extraordinario ni extravagante. Se sabe que en 1865 Ducasse volvió al Uruguay, pero no se conoce de ese período otra cosa que los vagos recuerdos de Prudencio Montagne, que ha descrito el lugar donde vivía y unos paseos dominicales. A su regreso a Francia, el poeta, seguramente, se detuvo en Burdeos donde conocía a Evariste Carrance, que fue, como sabemos, uno de sus primeros editores (Parfums de l´âme), y se instaló en París, a mediados de 1867, en un hotel de la calle Notre-Dame-des-Victoires. Desde esa fecha hasta la de su muerte, cambió por lo menos tres veces de señas que corresponden en todo caso a alojamientos confortables y de precio más bien alto. Eso y lo que estrictamente reflejan las cartas que la presente edición reproduce, es todo lo que se sabe del breve período de vida, llamémosla profesional, del escritor Ducasse. Lautréamont, uno de los fundadores de la imaginación moderna, que murió en París el 24 de noviembre de 1870.

La presente traducción de Aldo Pellegrini, publicada por primera vez en Buenos Aires en 1964, es la primera versión castellana de la obra y la primera íntegra de los Cantos de Maldoror.


ADVERTENCIA SOBRE LA PRESENTE TRADUCCIÓN DE LOS CANTOS DE MALDOROR

Cada canto está dividido en estrofas que en el original no llevan numeración. Para la precisión de las citas que figuran en el estudio preliminar y para comodidad del estudioso, los hemos numerado, siguiendo el ejemplo de algunas ediciones francesas, pero no en forma corrida, como se encuentra en estas sino recomenzando a numerar en cada canto.

Para el texto del primer canto hemos seguido la edición completa de Lacroix que para el autor fue la definitiva. La edición original del primer canto, que se publicó anónima en 1868, presenta algunas diferencias con la versión definitiva que seguimos. La diferencia más importante consiste en la eliminación del nombre de Dazet, que figura en varias ocasiones en la primera versión. En las notas al pie de página, hemos dado algunos ejemplos de estas diferencias. Dazet fue condiscípulo de Ducasse en el liceo imperial de Tarbes.


CANTO PRIMERO (I)

1

Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma, igual que el agua impregna el azúcar. No es aconsejable para todos leer las páginas que seguirán; solamente a algunos les será dado saborear sin riesgo este fruto amargo. Por lo tanto, alma tímida, antes de penetrar más en semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante. Escucha bien lo que te digo: dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante, del mismo modo que los ojos de un niño se apartan respetuosamente de la augusta contemplación del rostro maternal; o, mejor, como un ángulo, extendido hasta donde alcanza la vista, de grullas friolentas y meditabundas que durante el invierno vuelan briosamente a través del silencio, a toda vela, hacia un punto determinado del horizonte, de donde parte repentinamente un viento extraño y violento, precursor de la tempestad. La grulla más vieja, convertida en avanzada solitaria, al ver esto mueve la cabeza -y a continuación hace crujir también su pico- como una persona razonable que no se siente satisfecha (yo tampoco lo estaría en su lugar), mientras su viejo cuello desplumado, contemporáneo de tres generaciones de grullas, se agita en ondas exasperadas que presagian la tormenta cada vez más próxima. Después de arrojar, demostrando sangre fría, repetidas miradas a todos lados, con ojos saturados de experiencia, muy prudentemente, y la primera de todas (pues ella tiene el privilegio de mostrar las plumas de su cola a las otras grullas inferiores en inteligencia), con un grito alertador de centinela melancólico que hace retroceder al enemigo común, gira con flexibilidad la punta de la figura geométrica (podría ser un triángulo, pero no se ve el tercer lado que forman en el espacio esas curiosas aves de paso) sea a babor, sea a estribor, como una hábil capitana; y, maniobrando con alas que no parecen mayores que las de un gorrión, como no es estúpida, emprende así un nuevo camino filosófico y más seguro.

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