domingo

LA BESTIA TRANSFIGURADA (10) - Hugo Giovanetti Viola

                                                            



37 / LUCHA

El lomo de la Punta Gorda montevideana está coronado desde 1960 por un monumento ya emblemático del escultor español Eduardo Díaz Yepes (aunque él se consideraba un artista uruguayo) que siempre fue oficialmente identificado como un homenaje A los Caídos en Actos de Servicios de la Armada.

Yepes viajó por primera vez país a nuestro país en 1934 junto con la familia Torres Piña, se casó con Olimpia (la hija mayor de don Joaquín y Manolita) y volvió enseguida a España, donde concibió (en plena Guerra Civil) esta obra a la cual bautizó La lucha.
                                                                     
Yo prefiero llamarlo La lucha por la individuación, profundiza a propósito del calado raigal del monumento su hijo mayor, Demian Díaz Torres, terapeuta junguiano con el que dialogamos en el libro La heroicidad uruguaya, publicado en 2001: El hecho histórico que le dio origen sucedió en 1956 y fue la llamada “tragedia del banco inglés”, donde una tormenta arrasa con la tripulación de un barco pesquero encallado, a pesar de los esfuerzos de los rescatadores de la Armada Uruguaya que habían ido a buscarlos. Se salvó sólo un pescador que se ató a una madera y fue llevado a la costa por la corriente. Y esta catástrofe desata por una vez una respuesta que es honrar a todo hombre que muere luchando con el mar. Se trata entonces de un contexto perfecto para el desarrollo de un mito, que es lo que cada pueblo necesita: héroes y actos heroicos que denoten valor y espíritu de lucha y coraje, con los que se va tejiendo una visión simbólica de nuestra historia y una identidad comunitaria.

Yepes, al igual que Torres-García, había trabajado con Gaudi y su arte se inscribía en la corriente de las vanguardias recuperadoras de la tensión espiritual, aunque estilísticamente plantease soluciones en apariencia tan opuestas a las de su suegro.

Demian Díaz Torres explicita, además, que para su padre esta obra refería a la lucha del hombre con su naturaleza primitiva, es decir la eterna lucha con los aspectos inferiores del ser, y de la lucha nace la esperanza, simbolizada por la estrella. (…) Se trata de un círculo urobórico, donde el principio y el fin se conectan circularmente. (…) Y lo más sugestivo es que lo espiritual nazca del hueco central, aparentemente de la nada aunque eso no es la nada sino una dimensión del ser desprovista de toda materialidad, temporalidad o limitación. (…) Y el mar que está tan cercano dramatiza la situación y pone al desnudo nuestro apremiante destino: si no luchamos por ascender podemos ser tomados por el agua del inconsciente, ser presa de las fuerzas destructivas y actuar el mal. (…) Como en todo mito del héroe, entonces, aquí hay muerte y resurrección. Por lo que el monumento implica a la vez un recordatorio, un estímulo y una promesa: la recuperación consciente del paraíso original.

Y es importante constatar que la estrella simbolizadora del sí-mismo que corona la lucha está colocada arriba, lo que para nuestros viciosos esquemas históricos, señala Díaz Torres, constituye una inversión insólita (que nos recuerda al ya célebre incrustamiento fálico de Sudamérica en el mapamundi hecho por Torres-García).

Eso pasa cuando se vive en el desierto de una culturita especializada en encorsetar los desafíos transfiguradores.



38 / NEUROSIS

Confesiones 12 / III:

Fue recién leyendo Spinoza, el marrano de la razón de Yirmiyahu Yovel (profesor universitario de filosofía y fundador del Instituto Internacional Spinoza de Jerusalén) que terminé de entender la neurosis de la modernidad que nos sigue cegando.

Esta obra ambiciosa y original, se especifica en la solapa de la lujosa edición, presenta a Baruch Spinoza (1632 – 1677) como el mayor filósofo de la modernidad. Adelantándose a la laicidad, al surgimiento de la ciencia natural, a la crítica bíblica, al iluminismo, al estado liberal democrático y con él, la disolución de los ghettos, Spinoza fundó su revolución filosófica en un nuevo principio que en este libro Yovel llama “la filosofía de la inmanencia” (…) Yovel analiza la influencia de Spinoza en el surgimiento de la mentalidad moderna. Goethe, Kant, Hegel, Heine, Marx, Nietzsche, Freud y Einstein, cada a uno su manera y a veces sin ser conscientes de ello, compartieron son Spinoza, en lo esencial, la filosofía de la inmanencia, base única de toda norma social y única vía de redención humana.

En el capítulo 8 / I de estas confesiones categoricé a Don Quijote y a Moby Dick como los dos símbolos más irreductibles a una sólida clarificación conceptual que conozco, pero acabo de releer las 447 páginas de mi subrayadísimo y anotadísimo libro de Yovel y ahora me arriesgo a definir a la indestuctible y feroz ballena blanca como el símbolo de la fe en el Dios vivo que quiso matar quijotescamente Baruch de Spinoza.

Borges, un spinoziano converso, alaba al hombre engendrador de Dios mimetizándose con la astuta metodología de su maestro que, en lugar de religarse con las culturas religiosas que nos sustentan hace millones de años, las descartó dulcemente y además, desde su adolescencia eterna (enferma de hechicería soberbia) y su irredimible nada, las usó manipulándolas lingüísticamente, simulando prolongarlas.

La filosofía de Yovel podría ser definida como el discurso del lobo-abuela de Caperucita: una especie de maquiavelismo filosófico o barbarie lustrada que habla igual que la víctima para poder comerse mejor la fe en un reino superior al terrestre inspirado por la revelación. Y además trata, deificando la materia desde el llamado tercer género de conocimiento, de sustituir al Hombre Nuevo resucitado por una refinadísima geometrización de las esencias eternas que le generan un bienestar casi místico y consolador de la irreversible mortalidad del alma.

Claramente, puntualiza Yovel, el tercer género de conocimiento es asunto de pocos. A las multitudes hay que domesticarlas con un amor tolerante aunque enérgico, y dejar que subsistan y se sacrifiquen continentadas por las democracias laicas y las religiones inferiores Vale decir: las pobres masas ignorantes jamás serán capaces de acceder al relampaguear de la nueva sabiduría.

Y entonces aparece el profeta americano Herman Melville a contarnos el desastre que se produce cuando el Capitán Ahab (que es un rengo mental) se abalanza sobre el abismo que fosforece crísticamente en la mirada de Moby Dick.

Y a llorar al cuartito.


39 / GUILLOTINA

¿Cómo hubiésemos podido inventar a Dios si no existiera? piensa Andrei Bolkonski, un personaje de Guerra y paz que acaba de vivir su iluminatio tirado en un campo batalla, y en esta escena Tolstoi desemboca en una de las reflexiones más inteligentes que se escribieron en la historia de la Humanidad.
                                                                                     
Porque esta relampagueante introspección (que se parece tanto a la fosforecencia con la que El Greco redimió la apocalíptica negrura de Toledo) es capaz de guiarnos hacia la comprensión del objetivo clave de la Modernidad: descategorizar a la imaginación como fuente de acceso epistemológico a una verdad superior y misteriosa.

En el reportaje aparecido en la revista Humanidades que ya citamos en el capítulo 8 de este centellograma, Guillermo Fernández define al Barroco como un arte de gran precisión e inteligencia. Y enseguida agrega: Es decir, cuando uno mira a los grandes decoradores o estudia los dibujos de los maestros descubre una ingeniería, que nos hace evocar las estructuras expresas de la música barroca. Es todo lo contrario a un arte romántico; cuando uno mira los dibujos de Rembrandt o de Velázquez descubre que tienen un orden inventado, donde se encuentran funciones planas impecables. Eso los lleva, por un lado, al realismo luminoso de los propios Velázquez y Rembrandt y, por otro, a una pintura monumental que es precisa y de un enorme rigor en Tiépolo.

Esto es interesante, contesta William Rey, porque generalmente el discurso neoclasicista dio a entender precisamente lo contrario. El barroco sería sensibilidad pura y no habría una abstracción conceptual en la construcción de la pintura.

Y entonces aparece un análisis magistral de Fernández, capaz de clarificar completamente la raíz básica de la encrucijada cultural que vivimos dede el siglo XVIII hasta la fecha: Todo movimiento nuevo tratar de cortar con el pasado y no reconocerle méritos. El mundo emergente que surge con la Revolución Francesa propone un “hombre nuevo, el hijo de las luces”, que no concede valor a la cultura anterior, haciendo la caricatura y la desnaturalización de los valores. Napoleón inaugura en 1805 “L’École des Beaux Arts” con programas hechos por David, donde se enseñan complejas técnicas imitativas y prácticas que parodian el gran clasicismo romano. Ya se habían guillotinado todos los discursos barrocos para lo imaginario, lo poético y lo religioso. Lo antedicho explica por qué los grandes maestros que admiramos del siglo XIX rechinaban contra el academicismo francés. Lo único que les habían enseñado eran recursos para imitar y no el manejo de sistemas que permitieran la invención. (Subrayamos nosotros.)

Volviendo a Tolstoi, también importa puntualizar que en la segunda mitad del siglo XIX hubo una recuperación de la ingeniería estructural en todas las artes (vía Baudelaire, Mendelssohn, Flaubert o los postimpresionistas) porque, según Cézanne, era imprescindible ponerle un orden al desparramo romántico. Pero la proyección de ese calado arquetípico no alcanzó para espiritualizar las posteriores vanguardias europeas, como lo vivió en llaga propia Joaquín Torres-García.

Y entonces le tocó al Nuevo Mundo la misión de purificar el derrumbe planetario.


40 / APAGÓN

Fragmentos de una entrevista que le realicé a Álvaro Moure Clouzet en enero de 2012:

Los bocetos programáticos que elaboraste en 2005 -cuando se fundó elMontevideano Laboratorio de Artes- están encabezados por cuatro ítems básicos: Visión, Misión, Estrategia y Filosofía. Y allí citás a Artigas como la “piedra angular señalizadora” de un proyecto inspirado en dos referentes aparentemente tan dispares como Paulo Freire y Kevin Kelly. A casi dos siglos de la fundación del “axis mundi” de Purificación, ¿cómo resalta la injerencia artiguista en plena revolución digital?

Es que sin la comprensión de Artigas no podés desarrollar una investigación que se base en rescatar valores. En el apartado del primer ítem eso queda muy claro: Nuestra filosofía es evolucionar y cambiar constantemente en un delicado equilibrio entre magia y razón, utilizando las tecnologías informáticas como un instrumento unificador capaz de desarrollar nuevos talentos y espíritus creativos que sepan transmitir valores culturales y se transformen en ciudadanos conscientes de una nación donde haya igualdad de oportunidades para todos.

Lamentablemente, en “Artigas, La Redota” (que fue esperada como nuestra primera síntesis identitaria a nivel audiovisual) el Protector termina siendo lapidado como un profeta utópico.

Bueno, yo todavía no vi la película, pero te aseguro que el Protector no fue un profeta utópico. Y si pretenden resignificar el mito exhibiendo espejismos paralizantes los va a desmentir la historia. Nuestra propuesta es esencialmente artiguista, y yo sigo sosteniendo que el asalto al cielo masivo de las pantallas globales es muy posible de concretar. Los trabajos de elMontevideano Laboratorio de Artes han logrado introducirse desde un principio en cadenas de Europa, Brasil o países tan remotos como la India o el Japón. Y después del estreno parisino de Itinerarios en 2006 (donde quedó documentada la trayectoria de nuestro compatriota Olver Gilberto De León, un factótum que contraconquistó quijotescamente la sequedad de La Sorbonne) sentimos que el mundo nos dio el okey. Y ahora llegó el momento de contribuir al desarrollo de la industria cinematográfica de nuestro país. Nuestro objetivo es prepararnos para cubrir las necesidades provocadas por la inminente Ley de Medios y el apagón analógico que está previsto para el 2015. Porque ya estamos en plena era digital, y cuando se multipliquen los canales vamos a necesitar, sí o sí, profesionales en todos los frentes del modelo del desarrollo audiovisual.

¿Y si no somos capaces de cubrir esa necesidad?

En ese caso pasaríamos a ser definitivamente una colonia extranjera. Por eso cuando fundamos la Escuela de Cineastas del Uruguay (que ahora se ha transformado  en la Escuela Popular de Cine) ya estábamos muy conscientes de que la representación simbólica de un pueblo en el siglo XXI (donde el papel de la televisión va a pasar a ser cada vez más importante) se verá reflejada en sus modelos audiovisuales.

Sin caer en la pre-resignación que genera el ensoñamiento utópico.

Utópica será tu madrina.

2014

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