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SERGIO VIERA - 30 AÑOS DE ARTE PLÁSTICO URUGUAYO




(Nota aparecida en un número especial de la publicación argentina Trastienda / noviembre de 2014)

Referirse a los acontecimientos de los últimos 30 años del arte plástico uruguayo en unas pocas líneas no resulta tarea sencilla. Por una parte implica un recorte involuntario de aspectos importantes de dicho período y además será necesario hacer alguna breve referencia histórica a modo de introducción.  Pero sabiendo que en muchos aspectos lo que se pierde en un sentido puede ser ganancia en otro, intentaremos destacar a pesar de esta limitación, lo positivo que aporta la síntesis.

En el Río de la Plata las corrientes modernistas llegaron tempranamente, debido a que los artistas mediante viajes o becas de estudio, se interiorizaban de las problemáticas del arte en los centros culturales más importantes de Europa, conocimientos e inquietudes que a su retorno traían consigo. Así es que a comienzos del siglo XX surge una variante del naturalismo denominada planismo, con influencia del luminismo español, en el cual el tratamiento por planos de las formas se une a un fuerte colorido de los mismos.

Más adelante, en el año 1934, llega a Montevideo el reconocido artista  Joaquín Torres García, quien provoca una revolución en el manso devenir cultural de la ciudad, con su enérgica postura y su particular posición teórica que difundió en conferencias, en libros y con el magisterio de su taller. Su retorno provocó además una ampliación del panorama estilístico de la modernidad local, que en muchos casos se dio por oposición a su propuesta constructiva. Entre éstos, el movimiento geométrico o concreto que respondía a una visión más purista del arte, tuvo sus representantes  y posteriormente en  la década de los sesenta varios artistas adhirieron a estilos que privilegiaban la materia, la textura y la gestualidad, compartiendo la escena pictórica con quienes tenían una postura crítica en el aspecto social, expresándose con variados recursos modernistas, aunque generalmente conservando cierta referencia a la figura humana.       

Si a estos cambios les ha costado imponerse a nivel popular, no sólo ha sido por falta de  vitalidad -que tenían en su origen europeo-, sino también a que buena parte del  público montevideano vivía aún dentro de una serena calma provinciana y les resultaba ajena la naturaleza compleja de la modernidad y de las distintas vanguardias confrontativas.

Estos hechos han dado lugar en la actualidad a una situación particular, que consiste en el paso directo de una “modernidad no asimilada totalmente” a corrientes de arte posmoderno, sin la necesaria comprensión de los acontecimientos.       

El vértigo de cambios en aspectos comunicacionales y la consolidación total de las leyes del mercado a nivel planetario, han provocado impensados giros e inflexiones en aspectos sociales, culturales y políticos y por extensión en las artes en general. Como parte de esos cambios asistimos a un mayor interés por los espectáculos de masas, que debido a su menor exigencia, al ser “más  livianos al paladar “, resultan más atractivos al público. Esto ha contribuido al cierre de muchas galerías, que en otros tiempos permitían por continuidad dar un reconocimiento a sus artistas, posibilitando las ventas y la profesionalización de  la actividad.

En este contexto complejo, donde las nuevas realidades van presionando sobre los valores tradicionalmente aceptados -y lo hacen con tanta urgencia que resulta difícil su asimilación-, el rol del Estado se hace más necesario, potenciando imparcialmente todas las orientaciones creativas en las artes plásticas y brindando las garantías para posibilitarlo, ya que éstas van conformando el imaginario cultural del país. Justo es decir que se ha hecho un gran esfuerzo en cuanto a asignación de recursos, lamentablemente, desde la Dirección de Cultura, organismo que debiera crear el ámbito adecuado para intentar clarificar y comprender estos procesos, se producen interferencias, ya que apoya de manera concreta,  corrientes de lo que se ha denominado “arte contemporáneo”, lo que esconde debajo de un aparente cambio de estilo, una clara orientación ideológica de la cultura y deja en total desprotección a quienes no se alinean en esa corriente.

En la actualidad el papel más importante en la comercialización de las artes plásticas lo han ocupado las casas de remates. Generalmente su público, más conocedor, mantiene aún cierta independencia de las mencionadas presiones institucionales y continúa apreciando obras ya reconocidas que integran la historia del arte local. La dificultad mayor la tienen los artistas que producen actualmente sin apoyos oficiales y que no contando aun con una reputación y por ende un valor de mercado, tienen que bregar en un medio que da pocos incentivos. 

Afortunadamente y a pesar de esta difícil realidad, o como reacción ante esta compleja situación (tal vez por ser portadores de una fuerte cultura heredada), es que muchos  artistas templan su sensibilidad y continúan produciendo objetos artísticos significativos, de calidad tal, que permiten augurar el mantenimiento y la alta estima de la creación del arte plástico uruguayo

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