VIGESIMOVENA ENTREGA
21.
MI JURAMENTO (1)
Todos los días de la semana eran iguales en la vida de la tribu. Tampoco había modo de saber en qué mes vivíamos. Er evidente que el tiempo no contaba para ellos. Un día tuve la extraña sensación de que era Navidad. No estoy segura del motivo. En aquel lugar no había nada que sugiriera ni remotamente un árbol de Navidad o una jarra de cristal llena de ponche de huevo. Pero probablemente era el 25 de diciembre. Eso me hizo pensar en los días de la semana y en un incidente que había ocurrido en mi consultorio unos años antes.
En la sala de espera había dos ministros de la Iglesia cristiana que entablaron una conversación en torno a la región. Empezaron a acalorarse cuando se pusieron a discutir si el auténtico Sabbath era el sábado o el domingo, según la Biblia. Allí, en el Outback, aquel recuerdo me pareció cómico. En Nueva Zelanda era ya 26 de diciembre y en el mismo instante era Nochebuena en Estados Unidos. Imaginé la sinuosa línea roja que había visto pintada sobre el océano azul en el atlas. El tiempo empezaba y se detenía ahí, en una frontera invisible en un mar en constante movimiento, donde nacía cada nuevo día de la semana.
También recordé que en mi época de estudiante en el Instituto St. Anges me hallaba sentada un viernes por la noche en un taburete de Allen’s. Teníamos unas hamburguesas gigantes ante nosotros y esperábamos a que el reloj diera la medianoche. Un mordisco de carne el viernes significaba el pecado mortal instantáneo y la condenación eterna. Años más tarde se cambió la regla, pero nadie me respondió a la pregunta de qué les había ocurrido a las pobres almas ya condenadas. En el desierto todo aquello parecía totalmente estúpido.
No se me ocurría un modo de honrar el sentido de la Navidad que la forma de vivir de los Auténticos. No celebran días de fiestas anuales como nosotros. Cierto es que honran a cada miembro de la tribu alguna vez durante el año, pero no el día de su cumpleaños sino más bien cuando desean expresar su gratitud a la persona por su talento, su contribución a la comunidad y su madurez espiritual. No celebran el hecho de envejecer; celebra que cada vez son mejores.
Una mujer me contó que su nombre y su talento significaban Guardiana del Tiempo. Ellos creen que todos tenemos múltiples talentos y que vamos progresando en sus diferentes niveles. En aquel momento, la mujer era una artista del tiempo y trabajaba con otra persona que tenía una gran capacidad memorística. Cuando le pedí que me explicara más cosas, me informó que los miembros de la tribu pedirían consejo y me dirían más tarde si podría tener acceso a aquel conocimiento.
Durante tres noches no me tradujeron las conversaciones. Supe sin preguntar que la discusión se centraba en decidir si me comunicarían cierta información especial o no. También que no me consideraban únicamente a mí sino también el hecho de que yo representaba a todos los demás Mutantes. Me pareció que el Anciano hablaba claramente en mi favor durante esas tres noches. Tuve la sensación de que Outa era quien más se oponía. Comprendí que me habían elegido para tener una experiencia única que no se había permitido a ningún otro extraño. Tal vez el conocimiento del cómputo de tiempo era pedir demasiado.
Continuamos nuestra marcha por un terreno accidentado con rocas, arena y algo de vegetación, no tan lindo como el que habíamos atravesado previamente. Parecía haber una depresión en la tierra por donde habían caminado generaciones de aquella raza negra. El grupo se detuvo sin previo aviso y se adelantaron dos hombres, que separaron los arbustos entre dos árboles e hicieron rodar unas rocas hacia un lado. Tras ellas había una abertura en la ladera de una colina. También retiraron la arena que se había acumulado ante la entrada. Outa se volvió hacia mí y me dijo:
“Ahora te permitiremos conocer el cómputo del tiempo. Cuando lo veas comprenderás el dilema en que se ha debatido mi gente. No puedes entrar en este lugar sagrado hasta que preste juramento de que no revelarás el emplazamiento de esta cueva.”
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