viernes

SALINGER - FRANNY Y ZOOEY


(Traducción de Isabel de Juan)

DECIMOTERCERA ENTREGA

ZOOEY (7)

Su disculpa había sido sincera y la señora Glass lo sabía, pero evidentemente no pudo resistir la tentación de aprovechar esa ventaja, quizá debido a su rareza.

-No eres amable -dijo, observando cómo enjuagaba la maquinilla-. No eres nada amable, Zooey. Ya tienes edad de intentar al menos mostrar un poco de amabilidad aunque estés irritado. Buddy, por lo menos, cuando se siente…

Contuvo el aliento y simultáneamente dio un gran respingo cuando la maquinilla de Zooey, con hoja nueva y todo, cayó con estrépito dentro de la papelera metálica.

Probablemente Zooey no había tenido intención de arrojar su maquinilla a la papelera, sino que bajó la mano izquierda con un gesto tan repentino y violento que se le escapó. En cualquier caso, era seguro que no había querido golpearse la muñeca en el borde del lavabo y hacerse daño.

-Buddy, Buddy, Buddy -dijo-. Seymour, Seymour, Seymour -se había vuelto hacia se madre, a quien el ruido de la maquinilla al caer había sobresaltado y alarmado pero no asustado realmente-. Estoy tan harto de sus nombres que podría cortarme el cuello -su rostro estaba pálido pero casi sin expresión-. Toda esta maldita casa apesta a fantasmas. No me importa demasiado que me persiga un fantasma muerto, pero maldita la gracia que me hace que me persiga un fantasma medio muerto. Me encantaría que Buddy se decidiera. Hace todo lo que hizo Seymour… o lo intenta. ¿Por qué diablos no se suicida y acaba de una vez?

La señora Glass parpadeó, sólo una vez, y al instante Zooey apartó la vista de su cara. Se agachó y recogió la maquinilla de la papelera.

-Somos bichos ratos los dos, Franny y yo -anunció, levantándose-. Yo soy un bicho rato de veinticinco años y ella es un bicho rato de veinte, y esos dos bastardos son los culpables -dejó la maquinilla en el borde del lavabo, pero ésta resbaló ruidosamente al fondo. La recogió y esta vez no la soltó-. Los síntomas se manifiestan con algo más de retraso en el caso de Franny que en el mío, pero también es un bicho rato, no lo olvides. Te lo juro, podría asesinarlos a los dos sin pestañear siquiera. Los grandes maestros. Los grandes emancipadores. ¡Dios mío! Ni siquiera puedo sentarme a comer con un hombre y tomar parte en una conversación decente. Me aburro tanto o me pongo tan retórico que, si el hijo de puta tuviera algo de sentido común, me rompería la silla en la cabeza.

De repente abrió el armarito y se quedó con la mirada perdida en su interior, como si no recordase para qué lo había abierto; luego colocó la maquinilla húmeda en su sitio en uno de los estantes. La señora Glass permaneció inmóvil, observándole, con el cigarrillo casi consumido entre los dedos. Le vio poner el tapón en el tubo de la crema de afeitar. Le costó un poco encontrar la rosca.

-No creo que le interese a nadie, pero soy incapaz aun hoy, de sentarme a comer sin pronunciar los Cuatro Grandes Votos en un susurro, y te apuesto lo que quieras a que Franny tampoco es capaz. Nos entrenaron con tan condenado…

-Los cuatro grandes ¿qué? -le interrumpió la señora Glass con cautela.

Zooey apoyó una mano a cada lado del lavabo e inclinó el pecho un poco hacia delante, con los ojos fijos en el panorama general de porcelana esmaltada. A pesar de la ligereza de su cuerpo, en ese momento parecía dispuesto a hundir el lavabo en el suelo y capaz de conseguirlo.

-Los Cuatro Grandes Votos -dijo con rencor y cerró los ojos-. Por más innumerables que sean los seres, juro salvarlos; por muy inagotables que sean las pasiones, juro extinguirlas; por muy inconmensurables que sean los dharmas, juro dominarlos; por muy incomparable que sea la verdad de Buda, juro alcanzarla. Sí, equipo. Sé que puedo hacerlo. Póngame a prueba, entrenador -seguía teniendo los ojos cerrados-. Dios mío, he musitado esto antes de las tres comidas de cada día todos los días de mi vida desde que tenía diez años. No puedo comer si no lo digo. Intenté saltármelo una vez cuando estaba con LeSage. Me atraganté con una maldita almeja -abrió los ojos y frunció el ceño, pero mantuvo su peculiar postura-. ¿Por qué no te vas ahora, Bessie? Lo digo en serio. Déjame terminar mis malditas abluciones en paz, por favor.

Volvió a cerrar los ojos y pareció dispuesto a hacer un nuevo intento de hundir el lavabo en el suelo. A pesar de que tenía la cabeza ligeramente inclinada, se había puesto pálido.

-Me gustaría que te casaras -dijo la señora Glass de repente, con melancolía.

Todos los miembros de la familia Glass, Zooey tanto como los demás, estaban ciertamente acostumbrados a esta especie de incoherencia de la señora Glass. Florecía mejor, de un modo más sublime, en medio de un estallido emocional como éste. Esta vez, sin embargo, cogió a Zooey desprevenido. Emitió un sonido explosivo, principalmente por la nariz, que no podía ser risa o lo opuesto a la risa. La señora Glass se inclinó hacia adelante rápida y ansiosamente para ver si era risa. Lo era, más o menos, y se echó hacia atrás, aliviada.

-Pues sí, me gustaría -insistió-. ¿Por qué no te casas?

Relajando sus músculos, Zooey sacó un pañuelo de hilo doblado del bolsillo de su pantalón, lo abrió y se sonó una, dos, tres veces. Guardó el pañuelo, diciendo:

-Me gusta demasiado viajar en tren. Una vez que te casas ya no puedes sentarte junto a la ventanilla.

-¡Eso no es una razón!

-Es una razón perfecta. Vete, Bessie. Déjame en paz. ¿Por qué no te das un buen paseo en ascensor? Por cierto, te vas a quemar los dedos si no apagas ese maldito pitillo.

La señora Glass apagó su cigarrillo contra el interior de la papelera. Luego se quedó tranquilamente sentada durante un momento, sin buscar el paquete de cigarrillos y las cerillas. Miró a Zooey mientras éste cogía un peine y se hacía la raya en el pelo.

-Necesitas un corte de pelo, jovencito -dijo-. Pareces uno de esos húngaros locos o algo de eso al salir de una piscina.

Zooey sonrió perceptiblemente, continuó peinándose unos segundos y se volvió de repente. Agitó el peine en dirección a su madre.

-Otra cosa, antes de que me olvide. Y escúchame bien, Bessie -dijo-. Si se te vuelve a ocurrir, como anoche, llamar al maldito psicoanalista Philly Byrnes para que vea a Franny, haz una cosa, es lo único que te pido. Piensa en lo que el análisis le hizo a Seymour -hizo una pausa para dar más énfasis-. ¿Me oyes? ¿Lo harás?

Inmediatamente, la señora Glass dio un innecesario tirón a su redecilla, luego sacó los cigarrillos y las cerillas, pero únicamente los sostuvo en la mano.

-Para tu información -aclaró-, yo no dije que fuera a llamar al psicoanalista Philly Byrnes, sólo dije que estaba pensando en hacerlo. En primer lugar, no se trata de un psicoanalista cualquiera. Da la casualidad de que es un psicoanalista católico y muy devoto, y pensé que podría ser mejor eso que quedarse sentado y ver cómo esa niña…

-Bessie, te lo advierto, maldita sea. Me da lo mismo que sea un veterinario budista muy devoto. Si llamás a algún…

-No es preciso ponerse, sarcástico, jovencito. Conozco a Philly Byrnes desde que era un niño pequeño. Tu padre y yo actuamos con sus padres en el mismo programa durante años. Y sé seguro que ir al psicoanálisis ha convertido a ese muchacho en una persona absolutamente nueva encantadora. Estuve hablando con su…

Zooey dejó el peine dentro del botiquín con un golpe seco, luego cerró la puerta del armarito con un gesto de impaciencia.

-¡Qué estúpida eres, Bessie! -exclamó-. Philly Byrnes. Philly Byrnes es un pobre hombre, impotente, sudoroso y cuarentón, que ha dormido durante años con un rosario y un número de Variety debajo de la almohada. Estamos hablando de dos cosas tan distintas como el día y la noche. Ahora escúchame, Bessie -Zooey se volvió para mirar de frente a su madre y la examinó cuidadosamente, con la palma de la mano sobre el lavabo, como buscando apoyo-. ¿Me estás escuchando?

La señora Glass terminó de encender otro pitillo antes de comprometerse. Luego, exhalando el humo y sacudiendo imaginarias briznas de tabaco de su regazo, contestó sombríamente:

-Te escucho.

-De acuerdo. Ahora te estoy hablando muy en serio. Si tú… Escúchame bien. Si no quieres, o no puedes, pensar en Seymour, sigue adelante y llama a algún psicoanalista ignorante. Hazlo. Llama a algún analista experto en adaptar gente a los placeres de la televisión, de la revista Life todos los miércoles, de los viajes a Europa, de la bomba atómica, de las elecciones presidenciales, de la portada del Times, de las responsabilidades de la Asociación de Padres y Profesores de West Point y Oyster Bay, y Dios sabe qué otras cosas gloriosamente normales…, hazlo, y te juro que, en menos de un año, Franny estará en un manicomio o vagando por un maldito desierto con una cruz ardiente entre las manos.

La señora Glass sacudió más briznas de tabaco imaginarias.

-Está bien, está bien. No te alteres tanto -dijo-. Por Dios santo, nadie ha llamado a nadie.

Zooey abrió bruscamente la puerta del armarito, contempló el interior, sacó una lima de uñas y cerró la puerta. Cogió el cigarrillo que había puesto en el borde del estante de cristal y le dio una chupada, pero estaba apagado.

-Toma -dijo su madre, y le tendió su paquete extralargos y su carterita de cerillas.

Zooey cogió un cigarrillo del paquete y llegó a ponérselo entre los labios y a encender una cerilla, pero la presión de sus pensamientos le impidió encenderlo, y apagó la cerilla y se quitó el pitillo de la boca. Sacudió la cabeza con impaciencia.

-No sé -dijo-. Me parece que debe haber un psicoanalista escondido en alguna parte que podría ayudar a Franny…, lo pensé anoche -hizo una ligera mueca-. Pero yo no conozco a ninguno. Para que un psicoanalista le sirva de algo a Franny, tendría que ser un tipo muy especial. No sé. Tendría que creer que si tuvo la inspiración de estudiar psicoanálisis fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que, si no le atropelló un maldito camión antes de que obtuviera su licencia para ejercer, fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que si posee la inteligencia natural que le permite ayudar en algo a sus malditos pacientes es por la gracia de Dios. No conozco a ningún buen analista que piense nada parecido. Pero ese es el único tipo de psicoanalista que podría servirle a Franny. Si da con alguien terriblemente freudiano, o terriblemente ecléctico, o sólo terriblemente mediocre, alguien que ni siquiera sienta una absurda y misteriosa gratitud por poseer intuición e inteligencia…, saldrá del análisis en peor estado que Seymour. Me preocupé horrores pensando en ello. No hablemos más del asunto, si no te importa.

Se tomó tiempo para encender el cigarrillo. Luego, exhalando el humo, lo puso en el borde del estante de cristal junto al cigarrillo apagado, y adoptó una postura un poco más relajada. Empezó a pasarse la lima por debajo de las uñas, que estaban perfectamente limpias.

-Si no te pones a parlotear -dijo, después de una pausa-, te diré de qué tratan esos dos libritos de los que Franny no se separa. ¿Te interesa o no? Porque si no te interesa, a mí no me apetece…


Sí me interesa! ¡Claro que me interesa! ¿Acaso crees que soy…?

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