(Versión castellana de DIORKI)
DECIMOSEXTA ENTREGA
SEGUNDA FASE: LA VIDA EN EL CAMPO (7)
Añoranza de soledad
Cierto que había veces en que era posible -y hasta necesario- mantenerse alejado de la multitud. Es bien sabido que una vida comunitaria impuesta, en la que se presta atención a todo lo que uno hace y en todo momento, puede producir la irresistible necesidad de alejarse, al menos durante un corto tiempo. El prisionero anhelaba estar a solas consigo mismo y con sus pensamientos. Añoraba su intimidad y su soledad. Después de mi traslado a un llamado "campo de reposo", tuve la rara fortuna de encontrar de vez en cuando cinco minutos de soledad. Tras el barracón de suelo de tierra en el que trabajaba y donde se hacinaban unos 50 pacientes delirantes, había un lugar tranquilo junto a la doble alambrada que rodeaba el campo. Allí se había improvisado una tienda con unos cuantos postes y ramas de árboles para cobijar media docena de cadáveres (que era la cuota diaria de muertes en el campo). Había también un pozo que llevaba a las tuberías de conducción de agua. Siempre que no eran necesarios mis servicios solía sentarme en cuclillas sobre la tapa de madera de este pozo, contemplando el florecer de las verdes laderas y las lejanas colinas azuladas del paisaje bávaro, enmarcado por las mallas de la alambrada de púas. Soñaba añorante y mis pensamientos vagaban al norte, al nordeste y en dirección a mi hogar, pero sólo veía nubes.
No me molestaban los cadáveres próximos a mí, hormigueantes de piojos; sólo las pisadas de los guardias, al pasar, me despertaban de mis sueños; o, a veces, una llamada desde la enfermería o para recoger un nuevo envío de medicinas para mi barracón, envío consistente en cinco o diez tabletas de aspirina, para 50 pacientes y varios días.
Las recogía y luego hacía mi ronda, tomándole el pulso a los pacientes y suministrándoles media tableta si se trataba de casos graves. Pero los casos desahuciados no recibían medicinas. No les hubieran ayudado y, además, habrían privado de ellas a los que todavía tenían alguna esperanza. Para los enfermos leves no tenía más que unas palabras de aliento. Así me arrastraba de paciente en paciente, aunque yo mismo me encontraba exhausto y convaleciente de un fuerte ataque de tifus. Después volvía a mi lugar solitario sobre la tapa de madera del pozo. Por cierto, este pozo salvó una vez la vida de tres compañeros prisioneros. Poco antes de la liberación, se organizaron transportes masivos hasta Dachau y estos tres hombres, acertadamente, intentaron evitar el viaje. Bajaron al pozo y allí se escondieron de los guardias. Yo me senté tranquilamente sobre la tapa, con aire inocente, tirando piedrecitas a la alambrada de púas, como si se tratase de un juego infantil. Al reparar en mí, el guardia dudó un momento, pero pasó de largo. Pronto pude decir a los hombres que estaban abajo que lo peor había pasado.
Juguete del destino
Resulta difícil para un extraño comprender cuan poco valor se concedía en el campo a la vida humana. El prisionero estaba ya endurecido, pero posiblemente adquiría más conciencia de este absoluto desprecio por la vida cuando se organizaba un convoy de enfermos. Los cuerpos demacrados se echaban en carretillas que los prisioneros empujaban a lo largo de muchos kilómetros, a veces entre tormentas de nieve, hasta el siguiente campo. Si uno de los enfermos moría antes de salir, se le echaba de todas formas, ¡porque la lista tenía que estar completa! La lista era lo único importante. Los hombres sólo contaban por su número de prisionero. Uno se convertía literalmente en un número: que estuviera muerto o vivo no importaba, ya que la vida de un "número" era totalmente irrelevante. Y menos aún importaba lo que había tras aquel número y aquella vida: su destino, su historia o el nombre del prisionero. En los transportes de pacientes a los que yo, en calidad de médico, tenía que acompañar desde un campo de Baviera a otro, hubo un prisionero joven cuyo hermano no estaba en lista y al que, por tanto, había que dejar atrás. El joven suplicó tanto que el guardia decidió hacer un cambio y el hermano ocupó el lugar de un hombre que, de momento, prefería quedarse. ¡Con tal de que la lista estuviera correcta! Y esto era fácil: el hermano cambió su número, nombre y apellido con los del otro prisionero, pues, como ya he dicho antes, carecíamos de documentación; ya teníamos bastante suerte con conservar nuestro cuerpo que, al fin y al cabo, seguía respirando. Todo lo demás que nos rodeaba, como los harapos que pendían de nuestros esqueletos macilentos, sólo tenía interés cuando se ordenaba un transporte de enfermos. Se examinaba a los "musulmanes" con curiosidad descarada, con el fin de averiguar si sus chaquetas o sus zapatos eran mejores que los de uno. Después de todo, su suerte estaba echada. Pero los que quedaban en el campo, capaces aún para algún trabajo, debían aguzar sus recursos para mejorar las posibilidades de supervivencia. No eran sentimentales. Los prisioneros se consideraban totalmente a merced del humor de los guardias -juguetes del destino- y esto les hacía más inhumanos de lo que las circunstancias habrían hecho presumir. Siempre había pensado que, al cabo de cinco o diez años, el hombre estaba siempre en condiciones de saber lo que había repercutido favorablemente en su vida. El campo de concentración me proporcionó mayor precisión: con frecuencia sabíamos si algo había sido bueno al cabo de cinco o diez minutos.
En Auschwitz me impuse a mí mismo una norma que resultó ser buena y que todos mis camaradas observaron más tarde. Por regla general, contestaba a todas las preguntas con la verdad, pero guardaba silencio sobre lo que no se me pedía de forma expresa. Si me preguntaban la edad, la decía; si querían saber mi profesión, decía "médico", sin más explicaciones. En la primera mañana en Auschwitz un oficial de las SS asistió a la revista.
Teníamos que agruparnos atendiendo a diferentes criterios: prisioneros de más de cuarenta años, de menos de cuarenta, trabajadores del metal, mecánicos, etc. Luego examinaban si teníamos hernias y algunos prisioneros tenían que formar otro grupo. El mío fue llevado a otro barracón, donde nos alinearon de nuevo. Tras otra selección y después de más preguntas sobre mi edad y profesión, me enviaron a un grupo más reducido. De nuevo nos condujeron a otro barracón agrupados de forma diferente. Este proceso continuó durante un tiempo y yo me sentía muy desdichado al encontrarme entre extranjeros que hablaban lenguas para mí ininteligibles. Por fin pasé la última revisión y me hallé de nuevo en el grupo que estaba conmigo en el primer barracón. Mis compañeros apenas se habían dado cuenta de que durante aquel tiempo yo había andado de barracón en barracón. Fui consciente de que en los pocos minutos transcurridos me había cruzado con un destino distinto en cada ocasión.
Cuando se organizó el traslado de los enfermos al "campo de reposo", mi nombre (es decir, mi número) estaba en la lista, ya que se necesitaban algunos médicos. Pero nadie creía que el lugar de destino fuera de verdad un campo de reposo. Unas semanas atrás se había preparado un traslado similar y entonces todos pensaron que les llevaban a la cámara de gas. Cuando se anunció que quien se presentara voluntario para el temido turno de noche sería borrado de la lista, de inmediato se ofrecieron voluntarios 28 prisioneros. Un cuarto de hora más tarde se canceló el transporte pero aquellos 28 prisioneros quedaron en la lista del turno de noche. Para la mayoría de ellos significó la muerte en un plazo de quince días.

























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