miércoles

ZARPES DESDE CATALUNYA / LUIS SILVA SCHULTZE



NEW MONTEVIDEO YORK
 Hace dieciséis años, mientras mi compañera miraba a Julie Andrews en “Victor o Victoria”, en el teatro de un segundo piso de un hotel rascacielos neoyorkino, yo, más pobre, subí a esperarla al último piso donde funcionaba una cafetería para astronautas perdidos. Me instalé en un sillón para poder contemplar Montevideo, que según mi corazón se puede apreciar de todos lados, para ver la isla de  la estatua de La Libertad, que traída en barco desde Francia aún espera para entrar, para divisar la isla Ellis, donde examinaban a los emigrantes cuando llegaban al país, más  miles de edificios imponentes como el de las dos Torres Gemelas, donde unas horas antes un árabe nos había retratado besándonos en lo más alto del amor. Allí estaba Manhattan entonces, una voz negra sureña de blues y jazz, el encanto endemoniado de una actriz, el paso apresurado del detective, los reflejos de un vaso de whisky, los vagabundos y los ejecutivos, la imposible quimera de oro de jóvenes de todo el mundo.
 Y abrí el diario El Pais de España y me puse a leer una página cualquiera: “Montevideo estaba en un cuadro pequeño de Jesús Ibañez, un óleo de sesenta por ochenta centímetros, para ser exactos, en el que no se ve una panorámica de la ciudad, sino tan sólo una casa, un árbol, seguramente un plátano, al que aún le quedan en las ramas algunas hojas secas, un trozo de acera, una mancha de cielo azul sobre el tejado plano de la casa, detrás de ramas casi peladas del árbol. De otros árboles cercanos se ve la sombra sobre la fachada de la casa. Todo es exacto de pronto, pero de una exactitud no literal, más fiel de la que podría dar una foto. Yo no sé que puede ver en el cuadro quién no haya estado en Montevideo, hasta que punto le alcanzará la poesía de ese lugar perfectamente común, de la casa con la puerta y las persianas echadas y la acera por la que no pasa nadie. Pero quien ha estado en la ciudad, quien la recuerda, quien ha establecido con ella un vínculo de añoranza y afecto, reconoce en un segundo las cosas que más le gustan de ella, y siente un deseo perentorio de volver enseguida, de pasear otra vez por la avenida Dieciocho de Julio, de bajar hacia el puerto viejo o alejarse por los barrios de calles rectas y casa bajas en las que parece que nos va ganando poco a poco una calma rural, una lentitud de vida laboriosa y modesta, recóndita siempre, igual que la vida que debe existir en la casa del cuadro de Jesús Ibáñez”.
 La sorpresa por el tema de la lectura, tan cercana a mí, me lanzó (no olvidemos que era una cafetería donde llegaban y salían cosmonautas), desde mi sillón en la ventana neoyorkina y caí sentado sobre un tamboril en el Mercado del Puerto. Pedí un medio y medio y seguí leyendo a Antonio Muñoz Molina levantando un poco la escafandra en cada trago : “Es una casa muy simple, de planta baja y primer piso, como tantas en Montevideo, y debe de haber sido construida hacia los años cuarenta, porque es un edificio de un racionalismo estricto, de una modernidad a la vez rigurosa y oblicua, nada enfática, porque nada en Montevideo lo es: los colores, los ángulos rectos de las ventanas y lasa puertas, tienen una pureza de diseño como de la Bauhaus, una sutileza de relaciones aritmética que hace pensar enseguida en Pier Mondrian.” Como Muñoz Molina sabe que soy un montevideano insobornable que he vuelto a los rascacielos de Nueva York, continúa como si me mandara un correo electrónico: “Tiende a pensarse que las mejores arquitecturas de vanguardia corresponden a grandes edificios públicos, a rascacielos de empresas o desaforadas viviendas de potentados. En Montevideo, en sus avenidas principales, hay edificios art decó que están entre la audacia de Le Corbusier y el delirio de las ilustraciones de Flash Gordon, pero a mí lo que me más me gusta es esa modernidad a escala de vecindario y de barrio, como de maqueta habitable, de máquina de habitar no para los ricos ni los exquisitos, sino para la gente común, en los lugares de la vida diaria. Los edificios muy importantes son a veces como la gente muy importante, como las obras maestras demasiado abrumadoras y las ciudades erigidas por una megalomanía exhibicionista de prosperidad y poder: sinfonías y arquitecturas que amenazan con aplastarnos bajo el peso de la grandilocuencia, ciudades en las que nos vamos encogiendo hasta la miniatura y la invisibilidad como el Increíble Hombre Menguante. Montevideo es justo lo contrario. Es una ciudad en gran parte desconocida, que no despierta asociaciones visuales en quien no la haya visitado. Tiene algo del sigiloso cosmopolitismo de Lisboa, y también ese punto de desgaste de capital antigua junto al gran estuario de un río que es casi un mar. Lisboa, Portugal entero, parece establecer su condición de lateralidad  y sigilo por contraste con el sobresalto griterío español: del mismo modo, Montevideo, en la otra orilla del Rio de la Plata, es el reverso de Buenos Aires, un costado más atlántico del mundo, una afirmación de laconismo frente al énfasis, de escala humana y diaria frente a la desmesura, de reserva digna frente a las fastuosidades verbales de una permanente exhibición”.
 Dejé de leer un momento para dejarme llevar por mis recuerdos por lo que necesité otro medio y medio. Pocas ciudades del mundo como Montevideo cuentan con tantos kilómetros cuadrados de barrios con esos árboles, esas veredas anchas, esas casitas decorosas, esa sencillez al vivir, esa calidez de su gente. Sobre todo, la calidez de su gente. Ojalá que todo se  conserve y mejore, y que no la chatura, el consumismo y la frivolidad lo invada todo como me están contando los amigos últimamente. Montevideo es hermoso porque también existen Nueva York, Praga, París, Benarés, Buenos Aires, San Petersburgo y todas estas ciudades, cada una a su manera, son hermosas porque existe Montevideo. En la apasionante diversidad reside el encanto de la vida, de los viajes, de la aventura. Las ciudades funcionan como vasos comunicantes en nuestra memoria afectiva: cuando viajamos en aviones, en novelas o en películas, valoramos mucho más lo nuestro que en el nuevo sitio no encontramos, y a su vez, valoramos más que los indígenas del lugar, aquello que nosotros no tenemos. Entre las enormes dunas donde comienza el Sahara, un marroquí me preguntó una vez cómo era un río, cómo era el mar. Con la pregunta que me hacía valoré aún más nuestra rambla y a la duna que tenía enfrente, y se ve que le gustó mi respuesta, porque a la mañana siguiente me llamó imitándome con burlona simpatía, “ché loco vení”.    
 Y sigo leyendo porque Julie Andrews no me pasa a recoger: “Un poco anticuada y desastrada, a la manera de Lisboa, Montevideo tiene la virtud magnética de atraer muy pronto a su sentido del tiempo y envolvernos en él, en un ritmo lento de conversaciones y caminatas, en una dulzura amistosa de vecindad. En los días nublados el cielo tiene una grisura europea, el color de los edificios que llevan sin pintar demasiado tiempo. Pero en las mañanas de sol el azul del cielo es de una suavidad insuperable, duplicada a veces, al fondo de la calle, por el azul más fuerte y marítimo del río, y los colores apagados reviven, y ya es de verdad como si uno llevara toda una vida caminando por esas calles que lo reciben tan hospitalariamente, con sus pequeños almacenes, y sus cafés en las esquinas, con los árboles que se deshojan en el otoño inverso de mayo. Toda esa melancolía la ha pintado Jesús Ibañez con la misma exactitud con que pinta una hoja seca a punto de ser arrancada por el viento, o la sombra tenue de una rama sobre una pared: por esa acera no pasa nadie y  la puerta y ventanas de la casa de Montevideo, en la que es fácil imaginar una vida acogedora y serena, parecen que están cerradas para siempre”.
 Miro por última vez la Ellis Island  y hago un esfuerzo  por imaginarme bajando de los barcos aquellas muchedumbres de emigrantes. Entre 1892 y 1924 llegaron 16 millones de personas, 5000 por día. Fueron rechazadas 250.000, 3000 se suicidaron. El control era doble: médico, denominado “fondo de ojos” sin instrumento alguno, y un examen de alfabetización. Ellis Island era conocida en todas las lenguas europeas como la isla de las lágrimas. Cuenta Miguel Roig, escritor catalán, que su abuelo llegó a la isla el 13 de abril de 1917 a borde del buque “Montevideo” de la Compañía Transatlántica que había zarpado desde el puerto de Barcelona. Cuando al abuelo le pidieron que abriera bien los ojos aprendió su primera palabra en inglés, eyes, ojos, que se pronuncia prácticamente igual que ajos en catalán. Y la alegría luego lo hizo llorar cuando aprobó el examen en la isla de las lágrimas: “Y qué son las lágrimas sino una de las formas que tienen los ojos para interrumpir su silencio”.

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