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INÉDITO EXCLUSIVO DESDE MÉXICO / JORGE ARTURO REYES



ESTACIÓN DE TREN
 El diecinueve de junio del dos mil diez, la pirámide de la conciencia se derrumbó. Le cortaron la lengua a los gatos y la visión crítica fue cubierta con la túnica de la muerte.
En el marco del II Encuentro Nacional de Escritores Ambrosía 2009, celebrado en la ciudad de Uruapan con el objeto de crear nuevos matices en este horizonte de zozobra que nos invade, decidimos rendirle tributo a la obra literaria de uno de los escritores mexicanos con mayor trascendencia intelectual y moral de los últimos tiempos, a la persona que con sus letras nos describió al México del siglo XX y la primer década del XXI; al maestro por excelencia de la crónica y el ensayo, la crítica y la ironía, es decir, Carlos Monsiváis Aceves.
De ahí que con el traje de la lucidez, legó al pueblo mexicano una labor literaria en la que reflejó las diferentes etapas y manifestaciones sociales del país, así como los actos que nos conducen a la barbarie.  
Los compañeros del Taller Ambrosía, sentimos una gran motivación el día en que el maestro aceptó y confirmó su asistencia para la clausura del evento mencionado. En diferentes latitudes del estado de Michoacán se anunció con gran entusiasmo que Monsiváis vendría como invitado especial al Encuentro; la esfera intelectual dudó de su participación, sin embargo, nosotros siempre nos mantuvimos confiados en que llegaría al acto literario. El diseño propagandístico fue un gato rojo de orejas puntiagudas y ojos suspendidos en la inmensidad del tiempo, usaba lentes redondos. El gato estaba sentado a la mesa a punto de devorar un libro.
Bajo los lineamientos de participación horizontal que rigen al Taller, se creó una comitiva para ir a recoger al maestro al aeropuerto de la ciudad de Morelia. El calendario advierte sentencias que se cumplirán, fechas que desgajan o nutren la vida.  
Como soplo luminoso, llegó la clausura, esto es el 23 de abril del 2009, Día Internacional del libro. Sobra decir que en esta fecha Monsiváis pudo haber estado en cualquier parte del país o del extranjero hablando sobre la importancia del libro, no obstante, decidió estar con un grupo desconocido de provincia como el nuestro.
Me nombraron parte de la comisión antes mencionada. Con nervio, abordé el vehículo del compañero Saúl Martínez y partimos rumbo a la realización de la empresa que se nos había comisionado.
Al llegar al aeropuerto, las pupilas se extendieron, esperaban el descenso del avión procedente de la ciudad de México. Al observar a los pasajeros ingresar al área de recepción, un sentimiento de intriga calcinaba mis ojos.
Cuando cerraron la puerta de acceso al área en cita, nos volteamos a ver los rostros, intrigados inspeccionamos la estática de nuestro semblante; pues Carlos Monsiváis ¡no venía! Inmediatamente acudimos a la línea aérea para preguntar si  el escritor de Los rituales del caos había abordado el avión. Obtuvimos una respuesta negativa, entonces, como si tuviéramos los bolsillos repletos de naufragios, nos comunicamos a la capital. Monsiváis nos comentó que se sentía delicado de salud y con gran cansancio, por lo cual no había viajado. También nos dijo que tomaría el siguiente vuelo. Que lo esperáramos un poco más. Incluso estaba en la disposición de cubrir el gasto extra que esto generaba, cosa que a pesar de nuestra parquedad económica, no permitimos.
Después de unas horas de espera, observamos al maestro recorrer los pasillos del aeropuerto. Iba vestido de forma sencilla, cargaba una maleta pequeña, semivacía. Nos presentamos y le extendimos la mano agradeciendo su presencia desinteresada y su ejemplar apoyo.
En la camioneta, me tocó estar sentado al lado del maestro. De inmediato, soltó un comentario irónico de la tierra que pisaba, de sus dirigentes y del efecto que esto tenía en el país. Al notar mi juventud, se intrigó y me preguntó mis generales, inquirió que sí escribía, que cuál era el género al que me enfocaba con mayor determinación, al responder que poesía y ensayo, agregó una pregunta más: ¿qué poetas le gustan? le respondí Mario Benedetti y Ramón Martínez Ocaranza, me dijo que había conocido a ambos y me comentó sobre el sentir de sus creaciones literarias.
A la postre, el cansancio terminó por vencer a Monsiváis –antes, nos comentó que en la noche había llegado de Centroamérica–, por un momento se quedó profundamente dormido.
No recuerdo el motivo por el cual salió a flote el tema del movimiento estudiantil de 1968, pero con opiniones fluidas y argumentos sustentados en la experiencia de un contacto directo con los actores del movimiento, así como la seguridad que genera la investigación del tema, nos dio sin proponérselo una clase magistral. Repudió la actitud de dirigentes que se dejaron seducir por el poder y la falta de coherencia con los lineamientos por los cuales en cierta etapa de su vida lucharon. Posteriormente, evocando esta experiencia leería en su libro No sin nosotros, lo siguiente:
En 1968 se levanta en la ciudad de México una gran protesta estudiantil (en rigor, popular) contra el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970). El 23 de julio la policía golpea con saña y en su centro de estudios a jóvenes de enseñanza media del Instituto Politécnico Nacional. En la noche del 26 de julio, la policía y los agentes judiciales agreden brutalmente a grupos estudiantiles del Politécnico y la UNAM. Estos resisten, hay autobuses y autos quemados, y los estudiantes se concentran en la Preparatoria de San Ildefonso. El 29 de julio, en la noche, el Ejército, con bazukas, toma el edificio y detiene a un centenar de estudiantes. Se habla de muertos y heridos. El gobierno algo admite: murió un joven que ingirió una torta descompuesta.
En los días siguientes, surge un movimiento extraordinario, al que otorga legitimidad la marcha del primero de agosto que preside el rector de la UNAM Javier Barros Sierra, la personalidad más significativa del 68. El 7 de agosto se integra el Consejo Nacional de Huelga (CNH), con representantes de todas las instituciones de enseñanza superior, que vivifica a la ciudad de México y produce de inmediato zonas de libre expresión. […] Durante más de dos meses las multitudes no únicamente estudiantiles recorren la ciudad, obtienen el apoyo de grupos vecinales y de jóvenes profesionistas, y soportan la inmensa campaña de calumnias del gobierno, obstinado en sus técnicas de la Guerra Fría y apoyado por los empresarios, la derecha, la inercia anticomunista y el alto clero.
[…]
El Movimiento se debilita a medida que se acercan los Juegos Olímpicos. El 2 de octubre se celebra un mitin del CNH en la Plaza de las Tres Culturas. El Ejército, cuya presencia esa tarde es injustificable, responde a los disparos de integrantes del Estado Mayor vestidos de civil y se encarniza con la muchedumbre desarmada. Nunca se sabrá el número de muertos y heridos (desaparecen cadáveres, se amedrenta a las familias), hay más de dos mil presos, el terror y la incertidumbre dominan. En los días siguientes a la matanza, el fervor organizativo se cancela. No con un discurso radical sino con disparos se destruye al Movimiento estudiantil.    
Nos detuvimos en el muelle del lago de Pátzcuaro a comer. Como en el trayecto, Monsiváis tarareó la canción Cruz de olvido, le pedimos a un grupo musical que la interpretara. Durante el camino a Uruapan, cantó varias canciones a las que mis compañeros le hacían segunda, de las cuales desconocía su letra. Recuerdo que me dijo: No se sabe ninguna canción verdad...
A pesar del agotamiento que genera el cargar una piedra de miles de historias, Monsiváis irradió alegría y entusiasmo. Al llegar a nuestro destino, quiso pasar al hotel a descansar un poco, situación que no le pudimos cuestionar a pesar de la premura de tiempo. Con una sonrisa amigable y la promesa de volver a encontrarnos en el recinto del evento, cerró la puerta de su habitación.
Al arribar al teatro donde se desarrolló la clausura del Encuentro, Monsiváis fue recibido por una ola de aplausos y reporteros, hecho que lo motivó a decir: con este apoyo estoy considerando seriamente lanzarme a un puesto de elección popular, arrancando la aprobación de cada uno de los asistentes.
Su participación consistió en un debate en el que también estuvo el coordinador del Taller Ambrosía, Ramón Guzmán. Ya clausurado el evento, una larga fila de personas se acercó para que Monsiváis les firmara un libro. Yo mismo engrosé la línea. Cuando le extendí el ejemplar citado, No sin nosotros, me dijo: estoy muerto de cansancio. En una de las primeras hojas de libro me escribió la dedicatoria: Para Jorge Arturo, cuyo pecado es no saberse ninguna canción. El saludo amistoso de Carlos Monsiváis. 
Finalmente, lejos de protocolos, brindamos por el evento y por la compañía del escritor homenajeado. Antes de la media noche, Monsiváis se despidió de nosotros, sus múltiples actividades lo obligaban a estar por la mañana en la ciudad de México. El compañero Armando Salgado lo acompañó a su casa.
Durante los meses subsecuentes mantuvimos contacto con vía telefónica. Lo llamé un par de ocasiones. Me contestaba de una manera amigable y sencilla, tanto que concretamos una visita a su domicilio en la colonia Portales del Distrito Federal.
Hacia allá nos dirigimos, Lenin Guerrero, Salvador Andrés y el suscrito, entintados con el color de la noche, a la antigua Tenochtitlán. Al llegar, las escamas de la historia se impregnaron en la piel de cada uno de nosotros. Los ojos, como centinelas, vigilaron el tono de las sorpresas desagradables. Subimos al gusano subterráneo que recorre cada metro de la ciudad de la esperanza, ciudad que también estrangula sus días. Llegamos a metro Portales y observamos nuestro único referente, la dirección escrita en un pedazo de papel arrugado.
Desorientados, tratamos de dirigirnos a la calle San Simón; al lograr nuestro objetivo, un carnicero nos indicó: ahí vive Monsiváis. Al tocar el interfón, contestó una voz femenina. Después de un breve silencio, preguntó que sí podíamos regresar en un par de horas.
A pesar de su delicado estado de salud, Monsiváis nos recibió con la atención que se hace a un viajero. En una casa poblada por libros y gatos perezosos que presumían su condición de privilegio, el maestro trabajaba. Con líneas artificiales de oxígeno en la nariz, recibió los saludos cordiales de los demás compañeros del colectivo, estiramos unos huaraches típicos de la meseta purépecha y un ejemplar de poesía reunida de Martínez Ocaranza, símbolos de amistad poética. Una extraña sensación me acometió al salir de su casa. Se entreveía la barca que lo llevó a otro sendero.
Como símbolo representativo de esta experiencia, de haber convivido con Carlos Monsiváis, llevo en mi cartera un boleto de metro, ya que el día en que lo conocí, abordé un vagón nuevo en el tren de la literatura; desconozco el lugar al que se dirige y no sé en que estación bajaré, de lo único que estoy seguro es que me dejaré seducir por el vértigo de sus rituales y por las vías de su caos.   

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