HUGO GIOVANETTI VIOLA
1ra edición 1994 / 1ra edición Web 2012
SEGUNDA ENTREGA
UNO: ESTRELLITAS Y DUENDES (2)
AL VOLVER a la casa nadie nos prestó atención, porque mi abuela había empezado con la cantinela: “Pensar que cuando nos mudamos al Paso Molino lloraba todo el día, también. Pero después que murió Antoñito y nació la Chela era tan lindo, aquello. Más lindo que el campo”. La Chela es mamá. Y Antoñito un tío mío que se murió muy chico. Ahora nosotros vivimos desde hace casi un año en Punta Gorda, al otro lado del mapa.
“A mí qué importa el mar” moquea mi abuela, vigilando imperceptiblemente los ojos de mis tías: “Es todo arena, aquello. Y el viento se te clava hasta en la rabadilla”. Yo miro las olas de sombra de los viñedos y siento que el domingo es más triste aquí que en casa. “Pero ahora tenés gallinas, vieja” dice mamá. “Sí. El gallinero quedó lindo” sonríe mi abuela, bajando la papada donde una raja de baba se abre paso entre pelos-espinas: “Pero nos mandamos mudar del Paso por el puterío y el conventillerío que había enfrente y fuimos a dar al lado de un tugurio donde los mamados se acuchillan igual que si abrieran chanchos”.
Entonces mi padre me prensó suavemente un hombro y me llevó hasta los viñedos y se sentó a fumar arriba de un tronco. “Ya se pueden distinguir los cambios de luz, Monaquito” me dijo. Pero como él me enseñó a estudiar la gradación del atardecer dándole la espalda al sol, yo miré el caserón y eructé una rasposa mezcla de pena y asco. “Mirá: ese es un sol color bilirrubina” dijo mi padre, rozándome un hombro.
MI ABUELA ya está arriba de la jardinera, sonriendo como un Buda. Acaba de robarle la felicidad a mamá y hasta a mis dos tías, que ni siquiera son felices. Tía Ángela nunca nos acompaña a esperar el tranvía. En el carro hay un lugarcito para mí, pero prefiero caminar con mi padre. La yegua se llama Rosalía y tengo esperanzas de ir cantando juntos un merengón, aunque él ya puso cara de miedo al cáncer: el martes le hacen análisis porque se pasó toda la semana escupiendo hasta el amanecer.
La ventaja que nos sacó la jardinera en el primer quilómetro fue disminuyendo enseguida, y cuando alguna de las mujeres daba vuelta la cara podíamos verla parpadear frente al sol anaranjado. Entonces pruebo a cantar un merengón del Papalote: Yo fui tocando mil veces / ay Rosalía / pa’ que me abrieras la puerta / pero tu amor enloquece / y a veces le da sordera”. Y mi padre retruca recién al rato: Y fui a parar en un monte / allá por la serranía / y me vestí de naranjo / al no tener compañía / las flores me acompañaban / los grillo’ y los manantiales / por más que busco no encuentro / tu boca en los matorrales.
La jardinera desapareció tras el filo del repecho, y el camino y los viñedos empezaron a resplandecer como bajo una lava de geranios. Y terminamos dándonos vuelta juntos para buscar a Venus y berrear: Y así me paso la vida / como lucero en ventana / quisiera yo ser la colcha, oye / para alumbrarte la cama.
El Día de los Muertos habían asesinado al Papalote en el boliche de al lado de casa. Y al otro día se habían llevado a Ma-Sa del barrio. Hoy es la primera vez que vuelvo a escuchar cantar a mi padre. Ahora llegamos al final del repecho, y las sombras se nos empiezan a encoger y a azular bajo la flotación rojiza que todavía remolinea sobre las huellas de la yegua y el carro. Mi padre se entrepara a prender un cigarrillo y alza un perfil transfigurado por una dura mansedumbre. Cuando desembocamos en la chatura del tramo que entronca con Simón Martínez, la jardinera parece haber perdido más terreno. Y mi padre murmura: Por el camino violeta / va la pastora dejando / su alma en lágrimas lilas. Y a los pocos pasos canta, con una media voz de terciopelo: Ojalá que llueva café en el campo / pa’ que en el conuco no se sufra tanto / pa’ que t’os los niños canten el campo / ojalá que llueva café.
Entonces empecé a correr. Fue como si hubiese descubierto de golpe qué era lo que pesaba tanto en aquel carro. La única que me oyó fue mamá. “Abelito” chilló: “¿Qué te duele?”. Y yo apenas le contesto con una sonrisa y me trepo a mi lugar antes que Ismael tenga tiempo de despabilarse y frenar a Rosalía. No hablo ni miro a nadie.
Ya había muchas estrellas, desparramadas a lo largo del lomo tormentoso que llegaba del norte. Cuando cerré los ojos seguí viéndolas, mientras dejaba que el duende de Yemanjá del mar Dulce -como rebautizó el Papalote a María Sara- apoyara su tristeza sobre mi hombro derecho. Y ahí se empezó a escuchar el merengón, alcanzándonos con la velocidad del poniente: Oye me dio una fiebre el otro día / por culpa de tu amor, cristiana / que fui a parar a enfermería / sin yo tener seguro’e cama.
El duende de Ma-Sa se despierta y pestañea, y yo entorno los ojos y coreo mentalmente la segunda estrofa: Y me inyectaron suero de colores / y me sacaron la radiografía / y me diagnosticaron mal de amores / al ver mi corazón cómo latía. Todavía no hay nadie que se dé vuelta, pero la Polola larga una risita y mi otra tía marca el ritmo con los pies. Hasta que el merengón chispea sobre nosotros: Y me trataron hasta el alma / con rayos x y cirugía / y es que la ciencia no funciona / sólo tus besos, vida mía. / Ay negra mira búscame un catéter / inyéctame tu amor como insulina / y dame vitamina de cariño / que me ha subido la bilirrubina. Y yo coreo en voz alta, junto con los dos cantores que ahora berrean a cada lado de la jardinera: Me sube la bilirrubina / cuando te miro y no me miras / y no lo quita la aspirina / ni un suero con penicilina / es un amor que contamina / me sube la bilirrubina.
De golpe Ismael largó una carcajada y todos se dieron vuelta a mirar a mi padre. Pero Ma-Sa y yo torcimos la cabeza hacia el otro costado de la jardinera para ver la silueta del Papalote: la guayabera el rostro el panamá y la rosa que le colgaba de la oreja parecían de oro puro. Igual que el perrazo que lo acompañaba. Y cuando él levantó dulcemente a Yemanjá y se la encabalgó sobre los hombros para llevársela a través de los viñedos se oyó un trueno rocoso. Y Rosalía empezó a trotar y mi padre se encaramó en el estribo y siguió aullando: Ay negra mírame búscame un catéter / inyéctame tu amor como insulina / vestido tengo el rostro de amarillo / y me ha subido la bilirrubina.
Al bajarnos en Simón Martínez todo el mundo lloraba de la risa, y mi padre pareció pedirme con los ojos que no hablara con nadie de aquel milagro. Y muy poco rato después -mientras esperábamos el tranvía de la Barra- se comió toda la morcilla y el pan casero, él solo.

























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