
16 relatos
HUGO GIOVANETTI VIOLA
SEGUNDA ENTREGA
BISONTES
para Guillermo Büsch y Eduardo Milán
RABÍ BAJA del móvil completamente transpirado y entra chuequeando a la seccional policial. Me atendieron enseguida.
-Menos mal que su hermano traía cédula de identidad y pudimos localizarlo a usted -dice el sargento, agriado.
-¿Qué pasó?
-Lo encontramos borracho en la puerta de un conventillo, provocando a dos malandras. Él dice que lo robaron, pero además de la botella de Chivas que traía en una bolsa debe haberse tomado otra entera. Y eso que lo detuvimos a las tres de la tarde.
-Nunca toma así.
-¿Está bien de la cabeza?
El doctor se aplasta el pelo rubio ya muy raleado y clava la mirada en el mentón del sargento cuando dice:
-Dónde está.
-En la pieza de acá al lado. Si usted pudiera llevárselo firmando un parte médico no tiene ni que pasar la noche en el calabozo. Pero lléveselo lo antes posible, doctor. Hace un rato se le reventó la botella que tenía contra el suelo y uno de los muchachos hizo un chiste sobre el precio del whisky y su hermano lo agredió. Hubo que sosegarlo un poco, pero está todo en orden.
-¿Le pegaron?
-No, doctor. Por favor. Lo que traía era un raspón bastante feo en la mano, aunque él dice que se lo hizo caminando por Helsinki o algo así. No coordina absolutamente nada.
Entonces me froté la nuez y dije:
-Ta. Los finlandeses. Creo que esta semana llegaban unos finlandeses. Le acaban de traducir un libro a mi hermano. Y son todos muy mamertos.
-¿Un libro de qué, doctor? Si se puede saber.
-De poesía, sargento.
RABÍ ENTRA a la piecita y observa la masacre del Chivas Regal sacudiendo la cabeza.
-Opa -lo saludé, sin sentarme. -Cómo andás, flaco.
-Mal. Me trataron de robar hasta el alma en la calle. La calle es el Matto Grosso, doctor Rabí.
-Buenos, vamos a casa. ¿Qué te pasó en la mano?
-Fue un raspón contra la pared de la caverna, me parece.
-Estás muy mamado, loco.
-Sí. Fue por festejar tanto. Vos no sabés los siglos que demoramos en hacer bisontes comme il faut.
-Bueno, dale de una vez. O te vas a tener que quedar a dormir en el calabozo.
-Siglos adentro, viejo. Y la tribu con hambre y con miedo y no había caso: había que dibujárselos.
-Qué había que dibujar.
-A los bisontes, Cristo. O si no reventaban de desesperación. La tribu precisa ver la cosa allí, quieta. ¿Entendés? Y el día que nos salió un bisonte comme il faut durmieron todos, viejo. Y nosotros llorábamos.
El hombre mal vestido y muy alto y muy flaco bizquea sedosamente y murmura:
-Porque habíamos cazado la luz del mundo. Y había paz en la tribu. ¿Entendés o no entendés?
-Sí -contesté. -Vamos, que ya pasó.
El doctor demoró bastante en llevar abrazado a su hermano hasta el móvil. Después hice el parte médico, me devolvieron la cédula de Jerónimo y aquella noche no tuve más remedio que descerrajarle el sermón demoledor que le correspondía.
WHISKY
para Ignacio Suárez
RABÍ TERMINA de revisar al adolescente de largo pelo rubio que ronca en un sofá y diagnostica:
-No es nada. Tomó unos cuantos whiskys y se durmió, nomás. Aunque la forma de alcoholizarse es realmente muy rara.
-Quisiera hablar a solas con usted, doctor -dijo la despampanante dueña de casa, y les pedí al enfermero y al chofer que me esperaran en el móvil.
La mujer se acerca a la mesa donde se alinean dieciocho vasos -catorce con una medida doble de whisky y cuatro vacíos- y agrega:
-Mi hijo se quiso suicidar.
-¿Es su hijo?
-No. Mi hijastro. Pero lo adoro igual que si lo hubiera parido. ¿Usted sabe cómo se suicidó Dylan Thomas?
-No. Ni siquiera lo leí.
Ella agarró un papelito que había arriba de la mesa y antes de dármelo informó lacrimosamente:
-Se mató así. Tomando dieciocho whiskys puestos en fila arriba de un mostrador. Y además Alex dejó estos versos de Dylan Thomas en lugar de una carta.
El papelito escrito con lapicera reza: Y tú, mi padre, allí, en tu triste apogeo / maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia de tus lágrimas. / No entres dócilmente en esa noche quieta. / Rabia, rabia contra la agonía de la luz.
-Es impresionante -me atreví a comentar. -Tengo un hermano poeta que admira a Dylan Thomas.
-¿Y también es alcohólico?
Rabí observa el mentón de la mujer y demora un momento en contestar:
-Tengo que irme, señora. Le aconsejo una consulta psiquiátrica urgente. Más no puedo decirle.
-Yo soy psicóloga. Profesora de literatura y psicóloga -jadeó ella, y el precioso lunar que tenía sobre los labios me empezó a taladrar con un odio encabritado. -¿Por casualidad no leyó el artículo que salió hace dos viernes en El País Cultural sobre Dylan Thomas?
-No. Casi no tengo tiempo para leer.
-Ahí se dice la verdad sobre ese pitufo sucio y mentiroso y borracho.
-Discúlpeme, señora. Pero tengo que seguir trabajando.
Entonces la mujer señala hacia el sofá y ronquea:
-¿Sabe lo que pasó hoy, doctor? Pasó que antes de salir para el aeropuerto mi marido tuvo que contarle la verdad al pichón de poeta: que la madre era borracha y murió de cirrosis a los veintinueve años. Porque Alex ya llegó al colmo de la provocación. Mi marido viajó a París para hacer una especialización y tratamos de almorzar en paz y al nene se le ocurre poner al dúo Presti-Lagoya otra vez. Para torearnos un poquitito más. Vive poniendo eso desde que le trajimos los CD de Alemania, el verano pasado.
-Es un dúo extraordinario.
-¿Los conoce?
-Tengo una hija guitarrista.
-¿Sabe de qué murió Ida Presti a los cuarenta y dos años, doctor? De cirrosis.
-No. No es verdad, señora. Y lo que tocan con el marido es una conversación de rezos enamoradísimos. Así dice mi hermano.
-Váyase, doctor. Rápido.
-Cómo no. Buenas noches.
Y al pasar por el sofá me atreví a acariciarle la cabeza al muchacho y ella aulló:
-No vuelva a tocar a Alex: Alex es mío. Es mi hijo. Y yo no soy ninguna noche quieta, ¿oyeron? Manga de repugnantes.
MADRE
para Saúl Ibargoyen
I
-¿PUDIERON LOCALIZAR a Jerónimo? -pregunta Rabí al entrar al apartamento de su madre.
-Sí. Acaba de llegar. Pidió para quedarse un momento con ella -contestó mi mujer, haciéndome señas de que no pasara al dormitorio.
-¿Quiere un café, doctor? -pregunta la vecina que encontró muerta a la madre de Rabí.
Entonces abracé a mi mujer y me animé a decir:
-Habrá muerto durmiendo.
-No. Se suicidó, doctor -parece sonreír la vieja obesa con facciones de enana. -¿Le traigo un cafecito? Recién lo hice.
-No. Muchísimas gracias.
Rabí cae en el sofá sin dejar de abrazar a su esposa.
-Yo estuve ayer con ella -dijo la vieja. -Y encargamos un pollo al autoservice y nos quedamos viendo televisión hasta tarde porque andaba muy triste. Ella los precisaba mucho a ustedes.
-Yo vine ayer de mañana -dice Rabí, chorreando una palidez verde.
-Pero venían a verla muy de vez en cuando. Y además ella quería vivir con su hermano, desde que él se divorció. Y él no le daba corte.
-Señora, voy a pedirle que nos deje un rato solos. Le agradezco muchísimo lo que hizo por mi madre.
La mujer reculó con total impavidez y antes de cerrar la puerta jadeó:
-Ella los quería con locura a ustedes. Se pasaba todo el día nombrándolos, doctor. Los nombraba mucho más que a su padre, que en paz descanse.
-Hacía mucho que sabíamos que la mujer de nuestro padre estaba enamorada de nosotros -murmura Rabí después de cerrar con llave y pasador. Y se agacha en el suelo como para jugar a la bolita y agrega: -Lo que nunca supimos fue cómo no trató de ahorcarnos para que no creciéramos.
Y entonces me animé a preguntarle a Brenda cómo se había suicidado mi madre y ella apelotonó el pañuelo y dijo:
-Se ahorcó, mi amor.
RABÍ ENTRA al dormitorio y ve a su hermano sentado de espaldas, cargando a la mujer envuelta en una sábana: enfrente -sobre la cómoda- hay una Piedad tridimensional de Miguel Ángel comprada en Roma por el propio Jerónimo. Me acerqué a mirar la cara morada de mi madre y sentí que a mí ya no me quedaba nada por devolverle.
II
RABÍ SE abre paso hasta una mesa del Luzón en donde están comiendo sus hijos y su hermano.
-Tenía razón Jerónimo -se chupó un dedo Poli. -Este gramajo es lo mejor que se inventó en el Uruguay después del dulce de leche.
-¿Pido otra botella de vino? -le pregunta Jerónimo a Rabí. -El de la casa es muy malo.
-Por mí no. Hoy tomo Coca. No tengo hambre, además.
Y me di cuenta que mi hermano ya estaba casi del otro lado y le dije:
-No tomes más por hoy, flaco. En serio. Haceme esa gauchada.
-¿Por qué no le contás a papá lo que te pasó esta tarde en el velorio? -sonríe apenas Senel.
-Che, papá: ¿y si pedís un gramajo grande y lo comemos a medias? -puso cara de nena chica Poli.
-Okey -dice Rabí.
-Yo me voy a tomar una botellita de un cuarto -decidió mi hermano bizqueando con irresistible dulzura, y Senel me hizo una seña y dije:
-Ta bien. Entonces te acompaño con un trago. ¿Qué fue lo que te pasó esta tarde?
Jerónimo vacía su copa y se alisa la pelambre motuda que le rodea la calva antes de cerrar los ojos para contar:
-Le descubrí la línea de flotación a mamá. ¿Viste cuando estuve parado un rato al lado del cajón? De golpe me fue llegando una cara celeste como de alrededor de treinta años, totalmente feliz. Y sentí que esa es la cara que le va a quedar viva.
-Mozo -subió un brazo Poli. -Otro gramajo grande.
-Y otra botella de Cabernet -agrega el doctor Rabí, enderezándose de golpe.
COCODRILO
para Ana María De Caro
-DISCULPE LA indiscreción, doctor: ¿pero usted es judío o no es judío, al final? -pregunta el enfermero cuando el móvil deja atrás un macizo de eucaliptos y la luna aparece como un doblón en la paz suburbana.
-Por parte de padre -dije. -Mi madre era católica.
-Yo no pude ni llorar cuando murió mi madre -parpadea el enfermero.
Y entonces estuve a punto de confesar:
-Yo me pasé la primera parte de mi adultez sufriendo por no entender que mi madre era perversa. Y la segunda mitad sufriendo por haberlo entendido.
Pero Rabí contempla fijamente el amanecer lunar y parece tragarse un bolo de cicuta.
-NO PODEMOS con él, doctor -explica un sacerdote muy joven, mientras avanzan por la galería del convento. -No se cuida para nada. Hoy dio misa a las siete de la mañana y le vino el broncoespasmo. Y ahora lo veo muy mal.
Tuve la sensación de que los ojos del curita me ofrecían un azul demasiado sedoso.
-PARECERÍA UNA gripe virósica, nomás -dice Rabí, después que Rabí le dispara al sacerdote viejo cuatro inhalaciones. -Vamos a hacerle 20 de Prednisona por día y un par de blecomoles cada seis horas. Con eso va a andar bien. ¿Ya se siente mejor?
-Gracias por lo de maestro -se rio el hombre encorvado y de aura inoxidable. -Hace un rato me sentía como un pez en la orilla.
-Dios provee -dice el curita, aplastándose una lágrima con afectada puntillosidad. -Esta vez nos asustamos.
-Dios no precisa el llanto de ningún cocodrilo -retrucó el viejo, seco. -¿Sabe en qué me entretuve durante todo el día, doctor? En combinar avisos de San Juan de la Cruz. Y formé uno que dice: Mejor es vencerse en la lengua que hacer milagros. Eso le calza a todos los hombres de todas las doctrinas. ¿No le parece?
-Cierto.
Rabí mira al enfermero y el viejo tose muy seco y dice:
-La lengua es la guillotina que usan los inquisidores, los pastores de almas maledicentes y los pequeños Judas aristócratas.
-Bueno. Tranquilo, padre -dice el curita hinchado por un azul de acero. -El doctor tiene que irse.
-¿Sabe lo que me recordó mi madre antes de morirse, doctor? -insistió el hombre arqueado. -Que hay que hay que ayudar a Dios, como dice San Pablo en la carta a los corintios. Y de allí sale que Cristo necesita tanto de nosotros como nosotros de él. Para eso trabajamos. Aunque de madrugada haga un poco de frío. No renacemos para nuestra gloria: construimos el perdón.
-CUANDO SE pone a hablar no lo para ni Cristo -se disculpa el curita muy colorado en la puerta del convento. -Qué luna, madre mía.
Yo ni le contesté.
HUGO GIOVANETTI VIOLA
SEGUNDA ENTREGA
BISONTES
para Guillermo Büsch y Eduardo Milán
RABÍ BAJA del móvil completamente transpirado y entra chuequeando a la seccional policial. Me atendieron enseguida.
-Menos mal que su hermano traía cédula de identidad y pudimos localizarlo a usted -dice el sargento, agriado.
-¿Qué pasó?
-Lo encontramos borracho en la puerta de un conventillo, provocando a dos malandras. Él dice que lo robaron, pero además de la botella de Chivas que traía en una bolsa debe haberse tomado otra entera. Y eso que lo detuvimos a las tres de la tarde.
-Nunca toma así.
-¿Está bien de la cabeza?
El doctor se aplasta el pelo rubio ya muy raleado y clava la mirada en el mentón del sargento cuando dice:
-Dónde está.
-En la pieza de acá al lado. Si usted pudiera llevárselo firmando un parte médico no tiene ni que pasar la noche en el calabozo. Pero lléveselo lo antes posible, doctor. Hace un rato se le reventó la botella que tenía contra el suelo y uno de los muchachos hizo un chiste sobre el precio del whisky y su hermano lo agredió. Hubo que sosegarlo un poco, pero está todo en orden.
-¿Le pegaron?
-No, doctor. Por favor. Lo que traía era un raspón bastante feo en la mano, aunque él dice que se lo hizo caminando por Helsinki o algo así. No coordina absolutamente nada.
Entonces me froté la nuez y dije:
-Ta. Los finlandeses. Creo que esta semana llegaban unos finlandeses. Le acaban de traducir un libro a mi hermano. Y son todos muy mamertos.
-¿Un libro de qué, doctor? Si se puede saber.
-De poesía, sargento.
RABÍ ENTRA a la piecita y observa la masacre del Chivas Regal sacudiendo la cabeza.
-Opa -lo saludé, sin sentarme. -Cómo andás, flaco.
-Mal. Me trataron de robar hasta el alma en la calle. La calle es el Matto Grosso, doctor Rabí.
-Buenos, vamos a casa. ¿Qué te pasó en la mano?
-Fue un raspón contra la pared de la caverna, me parece.
-Estás muy mamado, loco.
-Sí. Fue por festejar tanto. Vos no sabés los siglos que demoramos en hacer bisontes comme il faut.
-Bueno, dale de una vez. O te vas a tener que quedar a dormir en el calabozo.
-Siglos adentro, viejo. Y la tribu con hambre y con miedo y no había caso: había que dibujárselos.
-Qué había que dibujar.
-A los bisontes, Cristo. O si no reventaban de desesperación. La tribu precisa ver la cosa allí, quieta. ¿Entendés? Y el día que nos salió un bisonte comme il faut durmieron todos, viejo. Y nosotros llorábamos.
El hombre mal vestido y muy alto y muy flaco bizquea sedosamente y murmura:
-Porque habíamos cazado la luz del mundo. Y había paz en la tribu. ¿Entendés o no entendés?
-Sí -contesté. -Vamos, que ya pasó.
El doctor demoró bastante en llevar abrazado a su hermano hasta el móvil. Después hice el parte médico, me devolvieron la cédula de Jerónimo y aquella noche no tuve más remedio que descerrajarle el sermón demoledor que le correspondía.
WHISKY
para Ignacio Suárez
RABÍ TERMINA de revisar al adolescente de largo pelo rubio que ronca en un sofá y diagnostica:
-No es nada. Tomó unos cuantos whiskys y se durmió, nomás. Aunque la forma de alcoholizarse es realmente muy rara.
-Quisiera hablar a solas con usted, doctor -dijo la despampanante dueña de casa, y les pedí al enfermero y al chofer que me esperaran en el móvil.
La mujer se acerca a la mesa donde se alinean dieciocho vasos -catorce con una medida doble de whisky y cuatro vacíos- y agrega:
-Mi hijo se quiso suicidar.
-¿Es su hijo?
-No. Mi hijastro. Pero lo adoro igual que si lo hubiera parido. ¿Usted sabe cómo se suicidó Dylan Thomas?
-No. Ni siquiera lo leí.
Ella agarró un papelito que había arriba de la mesa y antes de dármelo informó lacrimosamente:
-Se mató así. Tomando dieciocho whiskys puestos en fila arriba de un mostrador. Y además Alex dejó estos versos de Dylan Thomas en lugar de una carta.
El papelito escrito con lapicera reza: Y tú, mi padre, allí, en tu triste apogeo / maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia de tus lágrimas. / No entres dócilmente en esa noche quieta. / Rabia, rabia contra la agonía de la luz.
-Es impresionante -me atreví a comentar. -Tengo un hermano poeta que admira a Dylan Thomas.
-¿Y también es alcohólico?
Rabí observa el mentón de la mujer y demora un momento en contestar:
-Tengo que irme, señora. Le aconsejo una consulta psiquiátrica urgente. Más no puedo decirle.
-Yo soy psicóloga. Profesora de literatura y psicóloga -jadeó ella, y el precioso lunar que tenía sobre los labios me empezó a taladrar con un odio encabritado. -¿Por casualidad no leyó el artículo que salió hace dos viernes en El País Cultural sobre Dylan Thomas?
-No. Casi no tengo tiempo para leer.
-Ahí se dice la verdad sobre ese pitufo sucio y mentiroso y borracho.
-Discúlpeme, señora. Pero tengo que seguir trabajando.
Entonces la mujer señala hacia el sofá y ronquea:
-¿Sabe lo que pasó hoy, doctor? Pasó que antes de salir para el aeropuerto mi marido tuvo que contarle la verdad al pichón de poeta: que la madre era borracha y murió de cirrosis a los veintinueve años. Porque Alex ya llegó al colmo de la provocación. Mi marido viajó a París para hacer una especialización y tratamos de almorzar en paz y al nene se le ocurre poner al dúo Presti-Lagoya otra vez. Para torearnos un poquitito más. Vive poniendo eso desde que le trajimos los CD de Alemania, el verano pasado.
-Es un dúo extraordinario.
-¿Los conoce?
-Tengo una hija guitarrista.
-¿Sabe de qué murió Ida Presti a los cuarenta y dos años, doctor? De cirrosis.
-No. No es verdad, señora. Y lo que tocan con el marido es una conversación de rezos enamoradísimos. Así dice mi hermano.
-Váyase, doctor. Rápido.
-Cómo no. Buenas noches.
Y al pasar por el sofá me atreví a acariciarle la cabeza al muchacho y ella aulló:
-No vuelva a tocar a Alex: Alex es mío. Es mi hijo. Y yo no soy ninguna noche quieta, ¿oyeron? Manga de repugnantes.
MADRE
para Saúl Ibargoyen
I
-¿PUDIERON LOCALIZAR a Jerónimo? -pregunta Rabí al entrar al apartamento de su madre.
-Sí. Acaba de llegar. Pidió para quedarse un momento con ella -contestó mi mujer, haciéndome señas de que no pasara al dormitorio.
-¿Quiere un café, doctor? -pregunta la vecina que encontró muerta a la madre de Rabí.
Entonces abracé a mi mujer y me animé a decir:
-Habrá muerto durmiendo.
-No. Se suicidó, doctor -parece sonreír la vieja obesa con facciones de enana. -¿Le traigo un cafecito? Recién lo hice.
-No. Muchísimas gracias.
Rabí cae en el sofá sin dejar de abrazar a su esposa.
-Yo estuve ayer con ella -dijo la vieja. -Y encargamos un pollo al autoservice y nos quedamos viendo televisión hasta tarde porque andaba muy triste. Ella los precisaba mucho a ustedes.
-Yo vine ayer de mañana -dice Rabí, chorreando una palidez verde.
-Pero venían a verla muy de vez en cuando. Y además ella quería vivir con su hermano, desde que él se divorció. Y él no le daba corte.
-Señora, voy a pedirle que nos deje un rato solos. Le agradezco muchísimo lo que hizo por mi madre.
La mujer reculó con total impavidez y antes de cerrar la puerta jadeó:
-Ella los quería con locura a ustedes. Se pasaba todo el día nombrándolos, doctor. Los nombraba mucho más que a su padre, que en paz descanse.
-Hacía mucho que sabíamos que la mujer de nuestro padre estaba enamorada de nosotros -murmura Rabí después de cerrar con llave y pasador. Y se agacha en el suelo como para jugar a la bolita y agrega: -Lo que nunca supimos fue cómo no trató de ahorcarnos para que no creciéramos.
Y entonces me animé a preguntarle a Brenda cómo se había suicidado mi madre y ella apelotonó el pañuelo y dijo:
-Se ahorcó, mi amor.
RABÍ ENTRA al dormitorio y ve a su hermano sentado de espaldas, cargando a la mujer envuelta en una sábana: enfrente -sobre la cómoda- hay una Piedad tridimensional de Miguel Ángel comprada en Roma por el propio Jerónimo. Me acerqué a mirar la cara morada de mi madre y sentí que a mí ya no me quedaba nada por devolverle.
II
RABÍ SE abre paso hasta una mesa del Luzón en donde están comiendo sus hijos y su hermano.
-Tenía razón Jerónimo -se chupó un dedo Poli. -Este gramajo es lo mejor que se inventó en el Uruguay después del dulce de leche.
-¿Pido otra botella de vino? -le pregunta Jerónimo a Rabí. -El de la casa es muy malo.
-Por mí no. Hoy tomo Coca. No tengo hambre, además.
Y me di cuenta que mi hermano ya estaba casi del otro lado y le dije:
-No tomes más por hoy, flaco. En serio. Haceme esa gauchada.
-¿Por qué no le contás a papá lo que te pasó esta tarde en el velorio? -sonríe apenas Senel.
-Che, papá: ¿y si pedís un gramajo grande y lo comemos a medias? -puso cara de nena chica Poli.
-Okey -dice Rabí.
-Yo me voy a tomar una botellita de un cuarto -decidió mi hermano bizqueando con irresistible dulzura, y Senel me hizo una seña y dije:
-Ta bien. Entonces te acompaño con un trago. ¿Qué fue lo que te pasó esta tarde?
Jerónimo vacía su copa y se alisa la pelambre motuda que le rodea la calva antes de cerrar los ojos para contar:
-Le descubrí la línea de flotación a mamá. ¿Viste cuando estuve parado un rato al lado del cajón? De golpe me fue llegando una cara celeste como de alrededor de treinta años, totalmente feliz. Y sentí que esa es la cara que le va a quedar viva.
-Mozo -subió un brazo Poli. -Otro gramajo grande.
-Y otra botella de Cabernet -agrega el doctor Rabí, enderezándose de golpe.
COCODRILO
para Ana María De Caro
-DISCULPE LA indiscreción, doctor: ¿pero usted es judío o no es judío, al final? -pregunta el enfermero cuando el móvil deja atrás un macizo de eucaliptos y la luna aparece como un doblón en la paz suburbana.
-Por parte de padre -dije. -Mi madre era católica.
-Yo no pude ni llorar cuando murió mi madre -parpadea el enfermero.
Y entonces estuve a punto de confesar:
-Yo me pasé la primera parte de mi adultez sufriendo por no entender que mi madre era perversa. Y la segunda mitad sufriendo por haberlo entendido.
Pero Rabí contempla fijamente el amanecer lunar y parece tragarse un bolo de cicuta.
-NO PODEMOS con él, doctor -explica un sacerdote muy joven, mientras avanzan por la galería del convento. -No se cuida para nada. Hoy dio misa a las siete de la mañana y le vino el broncoespasmo. Y ahora lo veo muy mal.
Tuve la sensación de que los ojos del curita me ofrecían un azul demasiado sedoso.
-PARECERÍA UNA gripe virósica, nomás -dice Rabí, después que Rabí le dispara al sacerdote viejo cuatro inhalaciones. -Vamos a hacerle 20 de Prednisona por día y un par de blecomoles cada seis horas. Con eso va a andar bien. ¿Ya se siente mejor?
-Gracias por lo de maestro -se rio el hombre encorvado y de aura inoxidable. -Hace un rato me sentía como un pez en la orilla.
-Dios provee -dice el curita, aplastándose una lágrima con afectada puntillosidad. -Esta vez nos asustamos.
-Dios no precisa el llanto de ningún cocodrilo -retrucó el viejo, seco. -¿Sabe en qué me entretuve durante todo el día, doctor? En combinar avisos de San Juan de la Cruz. Y formé uno que dice: Mejor es vencerse en la lengua que hacer milagros. Eso le calza a todos los hombres de todas las doctrinas. ¿No le parece?
-Cierto.
Rabí mira al enfermero y el viejo tose muy seco y dice:
-La lengua es la guillotina que usan los inquisidores, los pastores de almas maledicentes y los pequeños Judas aristócratas.
-Bueno. Tranquilo, padre -dice el curita hinchado por un azul de acero. -El doctor tiene que irse.
-¿Sabe lo que me recordó mi madre antes de morirse, doctor? -insistió el hombre arqueado. -Que hay que hay que ayudar a Dios, como dice San Pablo en la carta a los corintios. Y de allí sale que Cristo necesita tanto de nosotros como nosotros de él. Para eso trabajamos. Aunque de madrugada haga un poco de frío. No renacemos para nuestra gloria: construimos el perdón.
-CUANDO SE pone a hablar no lo para ni Cristo -se disculpa el curita muy colorado en la puerta del convento. -Qué luna, madre mía.
Yo ni le contesté.
























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