lunes

CRÓNICAS DE LA PATRIA VIEJA (11)





EL EXTERMINADOR

RICARDO AROCENA

"Día 4.- De allí pasé al corral de Sierra al que arresté por sospechoso, habiéndole quitado una pistola; de donde fui a hacer noche a la capilla San Ramón.../ Permanecí en dicho lugar habiendo enviado dos partidas. La 1ra. A cargo del cabo García con objeto de registrar la casa de Isidro Pérez y de don Jerónimo Herrera.../ Día 7.- (recibí) noticias de andar algunas partidas de gauchos por las estancias de Genera..../ Día 9.- Salimos de la barra de Casupá y llegué a las Minas... en esta noche se prendió a Santiago Chirivao por denuncia.../ Día 10.-... llegué al Pueblo Viejo (Maldonado)... donde entregué al preso Chirivao al comandante".

Con estos términos el represor español Larrobla comienza a relatar su sangrienta cruzada contrarrevolucionaria. Había salido de la Guarnición del Cordón a las 10 de la mañana del 3 de Mayo de 1812 a la cabeza de una "partida tranquilizadora" para prevenir el resurgimiento de revueltas y exterminar a los agitadores y guerrilleros. Era un hombre inhumano, duro, brutal, que sentía un profundo desprecio por los "pardos", "sospechosos" y "ladrones", como llamaba a los patriotas artiguistas.

Luego de comer en lo del "difunto Castro" en Toledo, había disfrutado la mezquina satisfacción de pasar la noche en la estancia del sedicioso Artigas, en el Sauce, antes de salir rumbo a lo de Salvador García. Lo habían destinado a vigilar desde Montevideo hasta Rocha, es decir toda la franja Este de la Banda Oriental.

-Primero mataremos a todos los subversivos; luego mataremos a sus colaboradores; luego... a sus simpatizantes; luego... a quienes permanezcan indiferentes; y por último mataremos a los indecisos, -Rumiaba febril, mientras recorría los ranchos de los vecinos denunciados como "bandidos".(*)

No se había equivocado José Artigas al señalar que con la firma del armisticio entre Buenos Aires y Montevideo y el retiro de las tropas patriotas, se dejaba "en un compromiso muy amargo a los habitantes que tan activa parte habían tomado por su libertad", quedando expuestos a la "saña de los españoles".

Es que pese a la traición porteña, pese a la "redota" que había alejado al grueso de la población de su lugar de origen, pese a la presencia extranjera, los rebeldes habían continuado operando, y eso lleva a los gobernantes de Montevideo a lanzar todas las fuerzas de la represión. Sangrientos escuadrones de la muerte comenzarían a partir de mayo de 1812 a recorrer la Banda Oriental sembrando dolor y muerte.

Había llegado la hora del lobo y el Capitán Larrobla era uno de ellos. Luego de recabar información en Maldonado, que le hicieron llegar algunos colaboracionistas, y en "orden al mejor sosiego de la campaña", el represor determina el día 13 el arresto del soto-cura Delgado, de Don José Tabárez, de Don Manuel Urrutia y de Antonio Silva. Luego de controlar que sus órdenes se hubieran cumplido, envía a los detenidos a su compinche José Incháustegui, para su traslado esa misma noche a Montevideo.

Confiado de su absoluta impunidad, antes de dormir Larrobla registraba en forma meticulosa su lóbrega faena en su Diario personal. En él figuran todos y cada uno de los nombres de los detenidos, de los torturados, de los asesinados, pero también el de los colaboracionistas, el de los informantes, el de los traidores:

"Día 15.- Permanezco en Rocha y recibí la noche del mismo día un oficio con fecha 9 por conducto del Alcalde de San Ramón, Irureta, el que vino por las Minas, cuya sustancia era hacerme saber de algunos robos y asesinatos que en la campaña del Cerro Largo se efectuaban por ladrones.../ "Día 26.-... determiné pasar al Cebollatí en la estancia de Juan Francisco Martínez en donde demarqué las asperezas de Anico Pérez y me demoraban al N. O. de la aguja por las que determiné pasar a fin de revisarlas y caer a tomar la Cuchilla Grande por saber que en ella y sus determinaciones andaban.../

Aquella "Caravana", luego de haber pernoctado en un monte, en la falda de uno de los cerros de "Anico" Pérez, el día 28 continúa su expedición. Soplaba un viento fuerte y frío proveniente del interior del continente. Las ráfagas intensas habían producido el brusco descenso de la temperatura y la aparición de líneas de tormenta. Hasta el clima parecía querer acompañar a aquellos emisarios del espanto. Tan gélida como ellos, la corriente de aire los hacía protestar:
-¡Amaneció con pampero, frescachón! -Los propios españoles habían bautizado aquel ventarrón con ese nombre por su procedencia, ni bien arribaron a las costas del Plata cuando la colonización. Les había llamado la atención su sequedad y que soplaba durante los meses del invierno austral.

El descubrimiento de que un grupo de patriotas armados rondaba el lugar había concitado la atención de la partida. A las tres de la tarde del 29 de mayo de 1812 llega a lo de Manuel, el "Cordobés", adonde le informan que unos treinta hombres, comandados por el sedicioso Roque Cabrera, habían sido vistos en la Sierra de Illescas. De acuerdo a los rumores, hacía apenas cuatro días, ocho paisanos de la tropa de Antonio Pereira se habían incorporado a los rebeldes, luego de toparse accidentalmente en el "Paso del Rey". Los combatientes habían perseguido a unos portugueses hasta la estancia de Las Palmas, perteneciente a doña Margarita Viana.

El Capitán Larrobla, montando en cólera, mientras espera, manda "bombearlos".
-Espero las resultas para avanzarlos. -Había lanzado. Pero sus tropas no consiguen detener a la guerrilla y debe quedarse dos días más, hasta que luego de partir, a eso de las 11 de la mañana del 31, un peón de la tropa de Pereira le avisa que había visto a unos combatientes, en un monte, en los cerros de Illescas.

El 1º de junio, de madrugada, protegido por la niebla, y con tiempo cerrado, Larrobla y sus hombres llegan a la sierra, pero solamente encuentran ranchos, fogones y sogas de atar caballos. Trece ranchitos de cuero y la ceniza todavía bastante fresca indicaban que hacía poco que los combatientes se habían ido.

Furioso el Capitán envía una partida de diez hombres a la estancia San Javier, propiedad de Don Juan Francisco, con cuyo capataz los patriotas habían quedado en volver, por haber dejado allí dos caballos... Pero la avanzada no encuentra a persona alguna. El militar español estaba con la sangre en el ojo y luego de anoticiarse por sus "bomberos" que los insurgentes habitaban un monte en la sierra del Olimar, consigna unos veinte hombres, a cargo del sargento Victorio Anca, con el objetivo de sitiarlos.

El 4 de junio había amanecido con tanta cerrazón que el baqueano no se había animado a continuar la marcha. Pero ante la insistencia de Larrobla, el grupo cerca del mediodía se dirige al puesto de las Cuencas, de doña Margarita Viana, más conocida como la Mariscala.

En las inmediaciones de la estancia de Averías estaba el monte adonde habían sido vistos los rebeldes. Mientras recorren el lugar, en lo alto de una cuchilla, divisan a un jinete, que a su vez los observaba. Inmediatamente el Capitán ordena prenderlo, pero los soldados no logran darle alcance, y el paisano huye acompañado de otros dos, a través de la sierra.

Pero muy pronto el militar logra disipar su frustración: al regreso a Las Cuencas se entera de que sus soldados habían detenido en el monte a diez subversivos, logrando escapar solamente dos. No consiguieron arrestar a quien los dirigía por haberse ausentado junto al indio Trápani, aunque sí al resto de los responsables. Aquellos hombres indefensos serían tratados en forma perversa como escarmiento y para desalentar a cualquiera que estuviera pensando en sumarse a la resistencia:

"Habiéndome hecho cargo de los principales delitos de todos, encontré la necesidad de pasar por las armas al segundo y tercer cabeza llamados Matías Gamarra y Juan Fulgencio Tabáres, como al inglés desertor, con una muerte en Santa Lucía y ladrón y a los peones llamados Juan Aroy y Juan Reynoso, de mucho nombre en la campaña por estos hechos, para lo que mandé formar toda la partida y gente de caballada y habiéndoles impuesto que por el rey pena de vida al que pidiera gracia...", confiesa en su Diario Larrobla. Y agrega: "mandé nombrar una escolta de diez y seis hombres a cargo del sargento Vicente Sáez con la que hice conducir a los reos al patíbulo que era un palenque de caballos y se los pasó por las armas, habiendo después mandado quitar las cabezas para dejarlas, la primera en Cuchilla Grande, por el camino real del Cerro Largo; la segunda en el Paso de Illescas, la tercera en Casupá y la cuarta en San Ramón... El resto de los cadáveres fue enterrado cristianamente..."

Mientras arrestaba a Juan Vicente Encina, capataz de Juan F. García, por haber colaborado con los rebeldes pasándoles información, Larrobla ordena colocar la cabeza del segundo caudillo del grupo patriota en un horcón encontrado en la estancia de Sosa. Pero su saña no termina ahí; a la salida de Illescas, pendiente de un sauce ubicado en el Paso Real, asemejando un triste y monstruoso fruto, hace colgar la cabeza del patriota Reynoso.

El lugar había sido limpiado para que fuera divisada de la mejor manera por los viajeros que cruzaban aquellos parajes. La campaña oriental, merced a los oficios de los escuadrones "tranquilizadores", se había transformado en un teatro de horror, exhibido con una escenografía de espanto. El libreto lo escribían máquinas de matar como el Capitán Larrobla, entre otros.

"Día 8.-... vine a hacer noche del otro lado del Santa Lucía, en lo del comisionado Ramón Reina, donde determiné pasar con el fin de despachar a los presos y dejar una cabeza colgada en las inmediaciones del Paso Real./ Junio de 1812.- Día 9. - Despaché al cabo García con siete hombres y siete presos y determiné seguir a San Ramón... y dejar una cabeza en aquel paso. A las tres de la tarde... mandé colocar la cabeza en el paso real de San Ramón."

Ni concordia ni libertad, el único cometido de los "tranquilizadores" era el de avasallar por la vía de la fuerza y el terror, procurando aventar cualquier disidencia. Pretendía controlar no solamente lo que se hacía sino también lo que se decía:

-Por cuanto tengo noticias ciertas que algunas personas de muchas villas y partidos producen expresiones denigrantes contra las disposiciones del Gobierno y su digno Jefe...., siendo el mayor número de éstas algunas mujeres atrevidas que fiadas en lo preferido de su sexo les parece tienen una particular libertad para expresarse de cualquier modo, mando y ordeno a nombre del señor Capitán General de estas provincias por el que me hallo plenamente autorizado para poner el mejor orden y sosiego en esta campaña, que los jueces y comisionados de estas villas y partidos celen a las dichas personas si siguen con tal modo de producirse y convencidos de su reincidencia procedan a su inmediata aprehensión tratándolas como a reos del estado y haciéndolas conducir bajo la segura custodia a la Capitanía General, las entregaran para que el jefe disponga lo que sea de su superior agrado.

Los términos de Larrobla no tienen desperdicio... y dan cuenta de cuál era la única y verdadera causa, que no era precisamente la que él defendía. Justamente la revolución independentista había detonado para gozar de la "particular libertad para expresarse de cualquier modo", y para que terminaran los tiempos en los que las altas autoridades se sentían con derecho de "disponer lo que sea de su superior agrado".

Los partes del Capitán permiten adivinar a una personalidad autoritaria que no vacila en erigirse en juez y determinar el destino de los demás. A quienes luchaban junto a Artigas, de quien se refiere con letras mayúsculas, los consideraba, en forma despectiva, "pardos" a los que se podía exterminar. Con los años sus descendientes serían, para la jerga represora, "pichis", término en alguna manera, por su contenido, bastante similar:

-Es agosto 25... Llegué a Las Vacas por la mañana. Pasé una orden circular cuyo contenido era que todo vecino presentase ante este juez sus armas en el término de 24 horas y de no, si se les encontraban, serían incontinenti pasados por las armas. A esta hora oficié a Chain sobre la noticia que tuve esta madrugada de Mariano Fernández a su hermano en Las Vacas, con fecha 24 del presente en Mercedes, que decía que los pardos están en Paysandú, ARTIGAS pasando el salto y sus partidas llegan al Arroyo Negro, distante de Paysandú cinco leguas...

Amparado en su condición de mandamás de la "partida tranquilizadora", el mismo día 25 ordena al Juez Comisionado de las Víboras, don Juan Quiñones que envíe partidas de vecinos "conocidos y honrados y adictos a la verdadera y sola causa del Rey, por las costas de las Vacas y Víboras, con terminante orden y sin excepción alguna, de quemar o inutilizar toda clase de embarcación menor, sea canoa, bote, piragua, etc."

-Como también que lancha alguna esté bajo cualquier pretexto atracada o amarrada en tierra, debiendo estar situada en medio del río o sobre la costa donde no hubiese recelo de alguna sorpresa de insurgentes Tupamaros..., -Ordena.

En el caso de encontrarse alguna "gavilla de rebeldes" con las armas en la mano, "se les tratará como a reos del Estado y si las urgencias o escasez de gente no le permiten enviarlos a Montevideo o puerto más inmediato de donde con seguridad pueda enviarlos a dicha ciudad, les formará el más breve sumario y convencido de tal hecho, los hará pasar por las armas...".

¡Poco le importaba a Larrobla un "pardo" más o un "pardo" menos! Según los que lo adoctrinaban los paisanos habían sido envenenados con ideas disolventes, que olvidaban que la igualdad era injusta. El militar había sido formado en el concepto de que esa era una antinatural idea, inventada por seres inferiores que no podían destacarse.

Estaba predispuesto, desde muy jovencito, a la obediencia ciega y al rechazo hacia lo diferente, como por ejemplo a los que cuestionaban el orden natural de las cosas. Por eso su condena a todo aquello que no consideraba "una verdadera y sola causa", como la del Rey, en la que había sido formado desde su más tierna infancia.

Se le había inculcado obediencia, sumisión y respeto irracional hacia un ordenamiento vertical, que en su visión era el único posible. El ejército colonial le había ayudado a alejar inseguridades y a canalizar las frustraciones personales hacia enemigos externos, en este momento hacia los "tupamaros", que desafiaban las decisiones de la Corona. Eliminando esos enemigos, que rompían con el mundo feliz en el que creía, todo volvía a su lugar. Todo se pacificaba, todo se tranquilizaba.

Desde Buenos Aires el periódico La Gaceta denunciará el terrorismo del estado colonial: (...) los gobiernos de España prostituidos a sus resentimientos particulares atropellan con respecto a nosotros los sentimientos más sagrados. Considerando a los soldados de la patria como a una gavilla de rebeldes, salteadores y asesinos, tratan como tales a los que desgraciadamente, caen en sus manos sanguinarias. Cualquiera comandante de partida va autorizado para fusilar a los patriotas y proporcionar a los gobernadores el placer de publicar en sus gacetas estos asesinatos con impudencia escandalosa..."

Era indudable que quienes recorrían ciudades y campos sembrando el terror no lo hacían por equivocación, ni mucho menos por la sola voluntad personal. Contaban con el respaldo absoluto y total de quienes los habían enviado, y por eso se movían en la más completa y absoluta impunidad. Lo señala a texto expreso el periodista de La Gaceta de Buenos Aires.

"¿Quién puede persuadirse que sin una especial orden de sus jefes tuviera el Capitán Larrobla la criminal audacia de pasar por las armas a una porción de americanos patriotas a pretexto de ser salteadores y asesinos, sin precedente, causa, ni proceso y sin guardar las formalidades de las leyes que dicen que defienden".

La escalada represiva culminaría con el retorno de las fuerzas patriotas, que le darían un estate quieto a los escuadrones asesinos, volviendo a pintar los pagos con los colores de la esperanza. El segundo sitio de Montevideo iba a concretar el fin del dominio español en nuestra patria oriental.

Los hechos le iban a dar la razón al periodista de La Gaceta que había escrito: "Ellos han creído que cederemos al terror de sus bárbaras atrocidades pero se engañan; porque los hombres libres nunca son más valientes que cuando se ven insultados".

(*) Palabras textuales del General argentino Ibérico Saint Jean, publicadas en el International Herald Tribune el 26 de mayo de 1977, que bien pudo haberlas pronunciado el Capitán Larrobla y cualquier otro represor, de cualquier período histórico, en cualquier parte del mundo.

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+