
16 relatos
HUGO GIOVANETTI VIOLA
PRIMERA ENTREGA
A veces pienso en ganar alturas, pero no escalando hombres.
Antonio Porchia
Pecadores no son los que hacen lo que quieren, sino lo que no quieren.
Epicteto
Tengo un miedo terrible de ser un animal de blanca / nieve, que sostuvo padre /
y madre con su sola circulación venosa. / Y que, este día espléndido, solar y arzobispal, /
día que representa así a la noche, / linealmente / elude este animal estar contento, respirar /
y transformarse y tener plata.
Sería pena grande / que fuera yo tan hombre hasta ese punto.
César Vallejo
ESTRELLAS
para Manuel Espínola Gómez
EL DOCTOR Rabí vuelve de trabajar muy tarde y recién al salir del garage descubre que hay un cuerpo tirado en el jardín y se le acerca dando grandes zancadas chuecas.
-Senel -dije. -Carajo. ¿Qué hacés aquí a esta hora? Casi me da un infarto.
-No grites -sonríe el muchacho desproporcionado y perfecto como una garza.
-¿Pero qué estás haciendo, carajo?
-Mirando estrellas. Te pido por favor que no armes líos: si mamá se despierta ya no se duerme más.
Entonces me senté en el pasto y confesé:
-Yo ya no entiendo nada.
-Lo que pasa es que estás destruido, viejo. Agarraste muchas guardias juntas. Cuando estemos en Valizas voy a invitarte a darnos baños de estrellas en el mirador. Ahí se te pasa todo.
-¿Pero tu madre sabe que te das estos baños?
El muchacho sonríe y murmura sin arrancar los ojos del infinito:
-Me parece que no. No le cuentes, mejor. Va a empezar a joder otra vez con que preciso un psicólogo.
-¿Y cómo diablos hacés para tirarte aquí a las cuatro de la mañana sin que ella se dé cuenta?
-Salgo por la ventana.
-¿Todos los días?
-Depende. Ya había probado alguna vez el verano pasado.
Tuve ganas de despatararme al lado de él, pero me puse a morder un pastito y dije:
-Te juro que no es sermón, Senel. Me imagino que debe estar buenísimo bañarse con estrellas. Pero te quedaron ocho materias para febrero. Y lo único que te vemos hacer es dormir y escuchar música y hablar por teléfono con las chiquilinas.
-Pero no tengo ganas de morirme.
Rabí baja el perfil con los ojos cerrados y su papada se hunde en la decrepitud.
-Cada vez que volvés de una guardia muy jodida o mamá va al cementerio o nos puteamos groso con Poli te ponés a gritar que te querés morir. Es lamentable, viejo. Ya no se banca más. Te juro que es lamentable.
Entonces me dejé caer en el pasto y recién me di cuenta que estaba amaneciendo.
-Y yo te juro que con los pacientes trato de ser un santo -retruca Rabí, pálido.
Senel me agarró una pierna.
-¿Qué edad tenía aquel chiquilín que encontraste tirado en la calle esperando que lo pisara un auto para irse al cielo? -demora en preguntar el hijo de Rabí.
-Tendría cinco o seis años.
-¿Y vos no lo llevaste a la casa y lo calmaste explicándole que el cielo empieza en el suelo?
-Sí.
-Y es la pura verdad.
-Che: ya se están apagando casi todas las estrellas y yo dejé el garage abierto.
-Yo entro por la ventana -se desperezó Senel. -Mirá que Poli y mamá me obligaron a dejarte un pedazo de torta de puerros por si venías con hambre.
-Gracias -dice Rabí. -Venía muerto de hambre.
NAVIDAD
para Jodi Themmes
RABÍ DEJA de presionar el cuello del paciente y dice:
-Ya calmó. Espectacular. Menos de diez segundos.
El tipo siguió mirándose la tetilla que ya no le saltaba y preguntó:
-Qué me hizo.
-Un masaje carotídeo.
El doctor espera que termine de correr el electrocardiograma mientras el paciente cincuentón de mirada muy azul y facciones graníticas parece juntar aire para murmurar:
-Usted cree en Dios.
No me pude dar cuenta si era una pregunta, así que diagnostiqué observando a la mujer gorda que prendía un cigarrillo con el otro al lado de la cama:
-Su esposo tuvo una taquicardia paroxística supraventricular, señora. -Nada grave. Tiene que evitar los estimulantes -café, mate y ese tipo de cosas- y hacerse los estudios que le mande el cardiólogo. Usted acaba de explicarme que hay un factor subjetivo importante de por medio, además.
-Mi hermano siempre fue ateo -dice el hombre de rostro muy poceado y mirada de transparencia casi troglodita. -Pero yo nunca supe si creer o no creer.
Entonces me di cuenta que la mujer iba a empezar a llorar otra vez y le hice señas al enfermero para que levantáramos campamento.
EL MÉDICO se despide del paciente y sale del dormitorio a las zancadas, mientras el enfermero le pregunta a la mujer cuál es su apellido de soltera y descubre que fueron compañeros en el liceo Rodó. Y de golpe vi a la chiquilina saludándome desde la puerta-ventana que daba al balcón y nunca podré saber por qué fui a darle un beso.
-Mi papá ya está bien -pregunta ella, ofreciendo el brillo de su ortodoncia.
Apenas pude contestarle con la cabeza, porque en ese momento descubrí al hombre-cadáver sentado en el balcón: no podía pesar más de cuarenta quilos y me miró tratando de sonreír.
-Jessica -grita la mujer, después que el enfermero y el chofer salen del apartamento creyendo que Rabí ya está en la calle. -¿No podés dejar tranquilo al doctor? ¿Por qué no te quedaste en tu cuarto?
-Vení, Jessica -dije, agarrándola de la mano. -Buenas noches, señor.
Pero el hombre que está sentado en la reposera clava sus grandes córneas en un lugar remoto del piso y no contesta.
-JESSICA -SE desorbita la mujer. -¿Qué hacés que con eso puesto? Ya te expliqué mil veces que el traje de comunión no es para disfrazarse de novia.
-Tío Julio me pidió que me lo pusiera.
Yo recién me daba cuenta que aquello significaba algo más que un vestido blanco con una crucecita colgando.
-Bueno, andá a ver a papá -le acaricia el pelo la mujer a la niña de ojos enormemente azules y prende otro cigarrillo. -Lo acompaño, doctor.
Y apenas salimos al palier cerró la puerta de calle y murmuró:
-La verdad es que cuando le dije que mi cuñado Julio estaba muriéndose me olvidé de aclararle que había venido a pasar las fiestas en casa.
-¿Y cómo se animó a viajar en ese estado?
-Ellos son muy unidos. Es horrible decirlo pero ya no podemos aguantar verlo sentado allí todo el día. Sin hablar. Gasta toda la fuerza que le queda en comer o ir al baño o acostarse. Nada más. Y nos mira.
-¿Tiene cáncer?
-No. SIDA. Vuelve al Brasil mañana de mañana, a internarse en una clínica de Santa María.
La mujer y el doctor se despiden sonriendo suavemente.
ORO
-ME CASÉ con la muchacha de los ojos de oro -dice Rabí cuando su esposa le trae el mate a la cama.
Ella se quedó parada un momento en el sol y sentí como nunca que era la floración más impar del planeta.
-Qué está tocando Poli -pregunta el hombre, eufórico.
-Walton -contestó Brenda. -Pa: otra vez el teléfono. No paró de sonar desde que ella empezó a estudiar.
-No atiendas. Quedate aquí conmigo. ¿Vos sabés que al principio me pareció Piazzolla?
-Teléfono para vos, papá -entra al dormitorio una chiquilina diminuta y de rasgos casi orientales que parece llevar puesta sólo una camisa blanca.
-Quién es.
-El enfermero.
-¿Pero qué carajo quiere a esta hora? Lo aguanté todo el fin de semana a ese lumpen baboso y me viene a llamar el lunes a mediodía? ¿No se puede vivir un podrido minuto de paz en este mundo?
Brenda y Poli se miraron.
-Decile que estoy bañándome -ronca Rabí mordiendo la bombilla.
-No precisás hablarle. Dice que te paga una jugada al Cinco de Oro, a ver si salís de pobre. Cantame a mí los números y chau. Capaz que la embocamos.
-Yo no juego a esas porquerías.
-Pero te invita él. Capaz que la embocamos y me puedo comprar un bulín y no tengo que mancarte todo el día con esa histeria, hermano.
-Basta, Poli -dijo Brenda.
-Mirá -ruje Rabí. -Avisale a ese alma podrida con berretines de médico que una cosa es aguantarle el atrevimiento y la autosuficiencia porque les barre el patio a los de arriba y otra cosa es aguantar que pretenda cambiarme la vida. ¿Me entendés? Aquí hay una guitarra de concierto flamante que nos costó ochocientos dólares, pero fueron ganados laburando con dignidad. Yo a los diecinueve años daba inyecciones a pata por todo el centro para comprar mis libros y me hubiera mordido bien la lengua antes de insultar a mi viejo.
-Basta, gordo -dijo Brenda.
-Mi padre se está bañando y no puede atenderlo -destapa el tubo del teléfono la chiquilina, llorando blandamente.
Pero apenas cortó se arqueó como para zambullirse y dijo:
-Vos no sos un histérico, papá. ¿Sabés lo que sos vos? Una mierda. Yo me voy a estudiar a lo de Olga porque el domingo quiero tocar Walton aunque se acabe el mundo. Y aunque nadie me pague.
RABÍ SACA las piernas afuera de la cama y se pone a tomar mate. Y a los cinco minutos escuché a mi mujer diciendo en el jardín:
-Chau, hijita. Tomate un taxi, si querés. Y si te quedás a dormir en lo de Olga avisame con tiempo.
-Bárbaro -ladra Rabí, cuando Brenda entra al cuarto. -Tengo una suerte bárbara. Es como para jugarle a todas esas porquerías juntas que inventan para que la gente se masturbe soñando con ser feliz en Cancún en lugar de ser gente. Y encima soy una mierda.
-Pero la heriste, gordo.
Nos quedamos callados durante un rato largo, hasta que ella fue el baño y al volver me acarició una sola vez la espalda.
-Senel está durmiendo -dice Brenda, desnuda.
Y después sentí que éramos una especie de guante lleno de oro invisible.
SUDOR
-¿CONOCE ESTE club, doctor? -le pregunta el enfermero a Rabí cuando el móvil de emergencia para frente al Marítimo Punta Gorda.
-Sí -le contesté mecánicamente. -Aquí jugaba al básquetbol mi hermano. La cancha estaba en un terreno baldío que había enfrente.
-Me acuerdo. Yo aquí vine a jugar varias veces con Defensores de Maroñas. ¿Le pasa algo, doctor?
-Estoy muerto -le dije, aunque debí decir: -Esta mañana discutí con mi hija y la herí como mi padre jamás me hubiera herido. Y lo más repugnante de todo es que yo tenía razón. Lo que más me importó fue tener razón, mierda.
-Me parece que usted se toma las cosas muy a pecho, doctor. Toma más precauciones que si fuera a atajar un tiro libre de Bengoechea.
Rabí observa de reojo al chofer pero ninguno de los dos se ríe.
-BUENO -INFORMA Rabí. -Es muy probable que los dolores sean de origen coronario, aunque el electro no da nada.
El paciente era un gordo muy morocho que me miraba con demasiado cariño.
-Entonces no va a haber que trasladarlo -interfiere el enfermero. -Esta noche ve la televisión tranquilo.
Pero el gordo no le dio la menor pelota, y me dijo con una lunita en cada ojo:
-Yo era delegado de mesa cuando su hermano jugaba en los menores del Marítimo. ¿No se acuerda de mí? En el club me decían el Oso Barney.
-No -se frota la papada arcillosa y lampiña el doctor. -Yo soy cuatro años menor que Jerónimo.
-¿Su padre vive?
-No.
-Su padre era un tipo bárbaro. Sin despreciar a nadie.
-¿Se tomaba las cosas muy a pecho? -se volvió a desbocar el enfermero, empezando a levantar campamento.
-Mire: mejor vamos a trasladarlo -sonríe Rabí de golpe. -No creo que tenga nada del otro mundo, pero hay que prevenir.
Y sentí que el sudor de la espalda se me volvía una especie de flotación dorada.
-EL MARÍTIMO ya no existe como club -dice el hombre instalado en la camilla de la ambulancia, mientras le van poniendo el suero. -De mañana funciona un Jardín de Infantes público. Y de noche hay karate.
Y apenas arrancamos me preguntó:
-¿Y su hermanoooooo?
-Hizo un paro. Fibrila -ruje Rabí.
Y le dimos un choque de 300 Joules y retornó al ritmo cardíaco enseguida, con lucidez y todo.
-QUÉ LO parió. Un día de estos va a tener que darme lecciones de precaución con la marcha atrás -le desliza una guiñada el chofer a Rabí, cuando suben al móvil para hacer el siguiente llamado.
El enfermero hundió la cabeza como si le hubieran pegado un gancho en el estómago. Pero Rabí retruca:
-No. Yo soy un peligro. El que seguía dar marcha atrás a toda velocidad y sin herir a nadie era mi viejo, loco.
HUGO GIOVANETTI VIOLA
PRIMERA ENTREGA
A veces pienso en ganar alturas, pero no escalando hombres.
Antonio Porchia
Pecadores no son los que hacen lo que quieren, sino lo que no quieren.
Epicteto
Tengo un miedo terrible de ser un animal de blanca / nieve, que sostuvo padre /
y madre con su sola circulación venosa. / Y que, este día espléndido, solar y arzobispal, /
día que representa así a la noche, / linealmente / elude este animal estar contento, respirar /
y transformarse y tener plata.
Sería pena grande / que fuera yo tan hombre hasta ese punto.
César Vallejo
ESTRELLAS
para Manuel Espínola Gómez
EL DOCTOR Rabí vuelve de trabajar muy tarde y recién al salir del garage descubre que hay un cuerpo tirado en el jardín y se le acerca dando grandes zancadas chuecas.
-Senel -dije. -Carajo. ¿Qué hacés aquí a esta hora? Casi me da un infarto.
-No grites -sonríe el muchacho desproporcionado y perfecto como una garza.
-¿Pero qué estás haciendo, carajo?
-Mirando estrellas. Te pido por favor que no armes líos: si mamá se despierta ya no se duerme más.
Entonces me senté en el pasto y confesé:
-Yo ya no entiendo nada.
-Lo que pasa es que estás destruido, viejo. Agarraste muchas guardias juntas. Cuando estemos en Valizas voy a invitarte a darnos baños de estrellas en el mirador. Ahí se te pasa todo.
-¿Pero tu madre sabe que te das estos baños?
El muchacho sonríe y murmura sin arrancar los ojos del infinito:
-Me parece que no. No le cuentes, mejor. Va a empezar a joder otra vez con que preciso un psicólogo.
-¿Y cómo diablos hacés para tirarte aquí a las cuatro de la mañana sin que ella se dé cuenta?
-Salgo por la ventana.
-¿Todos los días?
-Depende. Ya había probado alguna vez el verano pasado.
Tuve ganas de despatararme al lado de él, pero me puse a morder un pastito y dije:
-Te juro que no es sermón, Senel. Me imagino que debe estar buenísimo bañarse con estrellas. Pero te quedaron ocho materias para febrero. Y lo único que te vemos hacer es dormir y escuchar música y hablar por teléfono con las chiquilinas.
-Pero no tengo ganas de morirme.
Rabí baja el perfil con los ojos cerrados y su papada se hunde en la decrepitud.
-Cada vez que volvés de una guardia muy jodida o mamá va al cementerio o nos puteamos groso con Poli te ponés a gritar que te querés morir. Es lamentable, viejo. Ya no se banca más. Te juro que es lamentable.
Entonces me dejé caer en el pasto y recién me di cuenta que estaba amaneciendo.
-Y yo te juro que con los pacientes trato de ser un santo -retruca Rabí, pálido.
Senel me agarró una pierna.
-¿Qué edad tenía aquel chiquilín que encontraste tirado en la calle esperando que lo pisara un auto para irse al cielo? -demora en preguntar el hijo de Rabí.
-Tendría cinco o seis años.
-¿Y vos no lo llevaste a la casa y lo calmaste explicándole que el cielo empieza en el suelo?
-Sí.
-Y es la pura verdad.
-Che: ya se están apagando casi todas las estrellas y yo dejé el garage abierto.
-Yo entro por la ventana -se desperezó Senel. -Mirá que Poli y mamá me obligaron a dejarte un pedazo de torta de puerros por si venías con hambre.
-Gracias -dice Rabí. -Venía muerto de hambre.
NAVIDAD
para Jodi Themmes
RABÍ DEJA de presionar el cuello del paciente y dice:
-Ya calmó. Espectacular. Menos de diez segundos.
El tipo siguió mirándose la tetilla que ya no le saltaba y preguntó:
-Qué me hizo.
-Un masaje carotídeo.
El doctor espera que termine de correr el electrocardiograma mientras el paciente cincuentón de mirada muy azul y facciones graníticas parece juntar aire para murmurar:
-Usted cree en Dios.
No me pude dar cuenta si era una pregunta, así que diagnostiqué observando a la mujer gorda que prendía un cigarrillo con el otro al lado de la cama:
-Su esposo tuvo una taquicardia paroxística supraventricular, señora. -Nada grave. Tiene que evitar los estimulantes -café, mate y ese tipo de cosas- y hacerse los estudios que le mande el cardiólogo. Usted acaba de explicarme que hay un factor subjetivo importante de por medio, además.
-Mi hermano siempre fue ateo -dice el hombre de rostro muy poceado y mirada de transparencia casi troglodita. -Pero yo nunca supe si creer o no creer.
Entonces me di cuenta que la mujer iba a empezar a llorar otra vez y le hice señas al enfermero para que levantáramos campamento.
EL MÉDICO se despide del paciente y sale del dormitorio a las zancadas, mientras el enfermero le pregunta a la mujer cuál es su apellido de soltera y descubre que fueron compañeros en el liceo Rodó. Y de golpe vi a la chiquilina saludándome desde la puerta-ventana que daba al balcón y nunca podré saber por qué fui a darle un beso.
-Mi papá ya está bien -pregunta ella, ofreciendo el brillo de su ortodoncia.
Apenas pude contestarle con la cabeza, porque en ese momento descubrí al hombre-cadáver sentado en el balcón: no podía pesar más de cuarenta quilos y me miró tratando de sonreír.
-Jessica -grita la mujer, después que el enfermero y el chofer salen del apartamento creyendo que Rabí ya está en la calle. -¿No podés dejar tranquilo al doctor? ¿Por qué no te quedaste en tu cuarto?
-Vení, Jessica -dije, agarrándola de la mano. -Buenas noches, señor.
Pero el hombre que está sentado en la reposera clava sus grandes córneas en un lugar remoto del piso y no contesta.
-JESSICA -SE desorbita la mujer. -¿Qué hacés que con eso puesto? Ya te expliqué mil veces que el traje de comunión no es para disfrazarse de novia.
-Tío Julio me pidió que me lo pusiera.
Yo recién me daba cuenta que aquello significaba algo más que un vestido blanco con una crucecita colgando.
-Bueno, andá a ver a papá -le acaricia el pelo la mujer a la niña de ojos enormemente azules y prende otro cigarrillo. -Lo acompaño, doctor.
Y apenas salimos al palier cerró la puerta de calle y murmuró:
-La verdad es que cuando le dije que mi cuñado Julio estaba muriéndose me olvidé de aclararle que había venido a pasar las fiestas en casa.
-¿Y cómo se animó a viajar en ese estado?
-Ellos son muy unidos. Es horrible decirlo pero ya no podemos aguantar verlo sentado allí todo el día. Sin hablar. Gasta toda la fuerza que le queda en comer o ir al baño o acostarse. Nada más. Y nos mira.
-¿Tiene cáncer?
-No. SIDA. Vuelve al Brasil mañana de mañana, a internarse en una clínica de Santa María.
La mujer y el doctor se despiden sonriendo suavemente.
ORO
-ME CASÉ con la muchacha de los ojos de oro -dice Rabí cuando su esposa le trae el mate a la cama.
Ella se quedó parada un momento en el sol y sentí como nunca que era la floración más impar del planeta.
-Qué está tocando Poli -pregunta el hombre, eufórico.
-Walton -contestó Brenda. -Pa: otra vez el teléfono. No paró de sonar desde que ella empezó a estudiar.
-No atiendas. Quedate aquí conmigo. ¿Vos sabés que al principio me pareció Piazzolla?
-Teléfono para vos, papá -entra al dormitorio una chiquilina diminuta y de rasgos casi orientales que parece llevar puesta sólo una camisa blanca.
-Quién es.
-El enfermero.
-¿Pero qué carajo quiere a esta hora? Lo aguanté todo el fin de semana a ese lumpen baboso y me viene a llamar el lunes a mediodía? ¿No se puede vivir un podrido minuto de paz en este mundo?
Brenda y Poli se miraron.
-Decile que estoy bañándome -ronca Rabí mordiendo la bombilla.
-No precisás hablarle. Dice que te paga una jugada al Cinco de Oro, a ver si salís de pobre. Cantame a mí los números y chau. Capaz que la embocamos.
-Yo no juego a esas porquerías.
-Pero te invita él. Capaz que la embocamos y me puedo comprar un bulín y no tengo que mancarte todo el día con esa histeria, hermano.
-Basta, Poli -dijo Brenda.
-Mirá -ruje Rabí. -Avisale a ese alma podrida con berretines de médico que una cosa es aguantarle el atrevimiento y la autosuficiencia porque les barre el patio a los de arriba y otra cosa es aguantar que pretenda cambiarme la vida. ¿Me entendés? Aquí hay una guitarra de concierto flamante que nos costó ochocientos dólares, pero fueron ganados laburando con dignidad. Yo a los diecinueve años daba inyecciones a pata por todo el centro para comprar mis libros y me hubiera mordido bien la lengua antes de insultar a mi viejo.
-Basta, gordo -dijo Brenda.
-Mi padre se está bañando y no puede atenderlo -destapa el tubo del teléfono la chiquilina, llorando blandamente.
Pero apenas cortó se arqueó como para zambullirse y dijo:
-Vos no sos un histérico, papá. ¿Sabés lo que sos vos? Una mierda. Yo me voy a estudiar a lo de Olga porque el domingo quiero tocar Walton aunque se acabe el mundo. Y aunque nadie me pague.
RABÍ SACA las piernas afuera de la cama y se pone a tomar mate. Y a los cinco minutos escuché a mi mujer diciendo en el jardín:
-Chau, hijita. Tomate un taxi, si querés. Y si te quedás a dormir en lo de Olga avisame con tiempo.
-Bárbaro -ladra Rabí, cuando Brenda entra al cuarto. -Tengo una suerte bárbara. Es como para jugarle a todas esas porquerías juntas que inventan para que la gente se masturbe soñando con ser feliz en Cancún en lugar de ser gente. Y encima soy una mierda.
-Pero la heriste, gordo.
Nos quedamos callados durante un rato largo, hasta que ella fue el baño y al volver me acarició una sola vez la espalda.
-Senel está durmiendo -dice Brenda, desnuda.
Y después sentí que éramos una especie de guante lleno de oro invisible.
SUDOR
-¿CONOCE ESTE club, doctor? -le pregunta el enfermero a Rabí cuando el móvil de emergencia para frente al Marítimo Punta Gorda.
-Sí -le contesté mecánicamente. -Aquí jugaba al básquetbol mi hermano. La cancha estaba en un terreno baldío que había enfrente.
-Me acuerdo. Yo aquí vine a jugar varias veces con Defensores de Maroñas. ¿Le pasa algo, doctor?
-Estoy muerto -le dije, aunque debí decir: -Esta mañana discutí con mi hija y la herí como mi padre jamás me hubiera herido. Y lo más repugnante de todo es que yo tenía razón. Lo que más me importó fue tener razón, mierda.
-Me parece que usted se toma las cosas muy a pecho, doctor. Toma más precauciones que si fuera a atajar un tiro libre de Bengoechea.
Rabí observa de reojo al chofer pero ninguno de los dos se ríe.
-BUENO -INFORMA Rabí. -Es muy probable que los dolores sean de origen coronario, aunque el electro no da nada.
El paciente era un gordo muy morocho que me miraba con demasiado cariño.
-Entonces no va a haber que trasladarlo -interfiere el enfermero. -Esta noche ve la televisión tranquilo.
Pero el gordo no le dio la menor pelota, y me dijo con una lunita en cada ojo:
-Yo era delegado de mesa cuando su hermano jugaba en los menores del Marítimo. ¿No se acuerda de mí? En el club me decían el Oso Barney.
-No -se frota la papada arcillosa y lampiña el doctor. -Yo soy cuatro años menor que Jerónimo.
-¿Su padre vive?
-No.
-Su padre era un tipo bárbaro. Sin despreciar a nadie.
-¿Se tomaba las cosas muy a pecho? -se volvió a desbocar el enfermero, empezando a levantar campamento.
-Mire: mejor vamos a trasladarlo -sonríe Rabí de golpe. -No creo que tenga nada del otro mundo, pero hay que prevenir.
Y sentí que el sudor de la espalda se me volvía una especie de flotación dorada.
-EL MARÍTIMO ya no existe como club -dice el hombre instalado en la camilla de la ambulancia, mientras le van poniendo el suero. -De mañana funciona un Jardín de Infantes público. Y de noche hay karate.
Y apenas arrancamos me preguntó:
-¿Y su hermanoooooo?
-Hizo un paro. Fibrila -ruje Rabí.
Y le dimos un choque de 300 Joules y retornó al ritmo cardíaco enseguida, con lucidez y todo.
-QUÉ LO parió. Un día de estos va a tener que darme lecciones de precaución con la marcha atrás -le desliza una guiñada el chofer a Rabí, cuando suben al móvil para hacer el siguiente llamado.
El enfermero hundió la cabeza como si le hubieran pegado un gancho en el estómago. Pero Rabí retruca:
-No. Yo soy un peligro. El que seguía dar marcha atrás a toda velocidad y sin herir a nadie era mi viejo, loco.
























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