RETRATO DE UN HOMBRE ALTO
por Soledad Bauzá
(reportaje recuperado de El País Cultural, 1 / 9 / 2000)
Este es el año de Manuel Espínola Gómez, declara unánime la prensa, la crítica y un público entusiasta por acercarse a la obra de este artista enorme nacido hace 79 años en Solís de Mataojo, Lavalleja. El viernes 9 de junio inauguró una retrospectiva en el Subte Municipal y habrá más muestras de su trabajo antes de fin de año. No exponía desde hace veinte años, y su bajo perfil pesa mucho en la expectativa que generan estos acontecimientos. Hay pistas bastante accesibles que conducen a la personalidad de este hombre rebelde y robusto conocido como “el Peludo”: el apasionamiento casi feroz por la excelencia y el rigor intelectual, una fundamentación de la esencia del acto creativo de curioso corte científico, una actitud casi antropológica frente a las propias (y curiosas) manifestaciones de un espíritu desarraigado del que es el más extrañado testigo.
AGOSTO DE 1999. Un bar del centro. Es el primer encuentro de varios que preludian una entrevista que el artista prefiere realizar por escrito. A través de los años se han cansado de ver distorsionados sus conceptos, explica, aunque también alude a la disconformidad que lo asalta cada vez que se enfrenta a su propio discurso desordenado, una vez transcrito. En medio del encuentro lo aborda Marcelo Legrand, uno de los “jóvenes talentosos” que parecen interesarle. Espínola Gómez lo alienta y saluda. Notoriamente melómano, el maestro recuerda la última edición del festival Viva el Tango en Montevideo, donde se extasió con una pareja de bailarines. “Acompañaban al grupo japonés Astrorico. Él era uruguayo y ella, japonesa. Bailaban como los dioses, me gustaría conseguir el video de la actuación. Me impresionó muchísimo el desplazamiento de la pareja, un arabesco continuo lejos del tango ‘pateado’ de los porteños”. A principios de los ’70, cuenta, escuchó a la orquesta de Aníbal Troilo en el local de Marcha y durante un dulcísimo parlamento de acordeón, vio lagrimear a “un pardito sombrío con pinta de malevo inconmovible”. Supo entonces: “cualquiera sufre el embate de la ternura”.
LAS DISTANCIAS Y LAS HORAS. Un muchacho de 17 años llamado Manuel se paró un mediodía de 1938 frente a la carpa del circo que había llegado al pueblo. Era el preámbulo de una obra que lo lanzaría a la arena pictórica y lo arrancaría definitivamente de Solís de Mataojo. En 1940 un óleo precoz, Circo al mediodía, ganó un Premio Adquisición en el Salón Municipal de Artes Plásticas, adonde no hubiera llegado nunca sin la intermediación del músico Eduardo Fabini, compinche intelectual en Solís de Mataojo del adolescente Manuel. Entonces Fabini encuadró el óleo y lo envió al Salón por su cuenta. A partir de allí se sucedieron muestras individuales y colectivas, premios, participación en bienales, asesorías y actuaciones como jurado en concursos, el diseño de escenografías teatrales, logotipos como el del Frente Amplio y la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT), estrados políticos y militancia gremial. La última muestra de Espínola Gómez había sido una retrospectiva en Galería Latina, en 1980.
JUNIO, 2000. Subte Municipal. Espínola está contento y se le nota. Acude diariamente a la galería a conversar con los visitantes. Su locuacidad, nada novedosa, es llamativa, al decir del periodista Jorge Abbondanza, en el panorama de las artes plásticas, cuyos exponentes trabajan con una materia “callada y suelen carecer de consistencia de lenguaje hablado o escrito”. Cuando se entusiasma con sus interlocutores, para evocar la semblanza que trazó Abbondanza, “Espínola está magnetizado como sólo pueden estarlo ciertas figuras confiadas en la luz que despiden y no en la que reciben: un hombre-estrella y no un hombre-planeta, como conviene a alguien que debe dejar al mundo una obra creativa que no brota a través de la condescendencia sino de la imposición”. Retraído contra una pared esperando se hagan las 21 horas para irse -como si un tarjetero invisible lo comprometiera con su público- retoma el diálogo del año anterior. -¿Lo tienen loco con las entrevistas? -Sí. La verdad es que no me gusto yo, no ellos. Me siento incómodo. Y lo peor es que cuando es en vivo, ¡qué tiempos matadores! Uno cree que se expresó bien pero después lo ve y no se conforma. Yo soy un perfeccionista. -¿Sigue tan salidor? -Acá vengo todos los días, y almuerzo afuera. Voy mucho a Tres Cruces, que está calentito. Conciertos, ahora menos. El interés decrece, la absorción tiene un límite, uno con la edad ha visto bastante, ¿no? Y se fatiga más. (Como acostumbra, pronto se motiva hablando de música, esta vez de jazz.) A Duke Ellington lo vi hace como 30 años cuando vino al auditorio del Sodre. Lo tuve a medio metro: era pintún, a pesar que ya tenía sus años y las marcas del tiempo, una orografía preciosa en la cara. El jazz es una cosa maravillosa. ¿Usted sabe que hasta Fabini tenía que ver con el jazz? Escribió tres fox trot. Uno lo grabó Gustavo Huertas, si no me equivoco. Parece que se perdieron, no estoy seguro. Cuando fue a Estados Unidos -Fabini fue el primer uruguayo en grabar para el sello RCA- se debe haber empapado, digo yo, ¿no? En mi pueblo se bailaba mucho, y Fabini gastaba los tamangos, con fox trot y jazz, sí señor.
JULIO, 2000. Otro bar. -Una vez comentó lo mucho que le molestan “las intromisiones psicoanalíticas” en la interpretación de lo que pinta. ¿Qué cree que ha sucedido en el contexto de esta agitación que ha provocado su muestra en el Subte? -Creo que hay un error de interpretación. Alguna vez le comenté a esa tapicista excepcional que es Magalí Sánchez Vera, que me parecía imprudente -por decirlo así- hacerse analizar por un psicoanalista a propósito de sus ocurrencias expresivas no demasiado comunes, o de los propios sueños vinculados a posteriori con dicha obra, ya que enfrentarse a la urdimbre de misterios insondables, contendría para ella una magia tremendamente succionadora. Yo siempre sostuve que cualquier obra expresiva resultará en definitiva autobiográfica, y por lo tanto cuanto mayor aparezca el asedio analítico, tanto más conveniente. En tanto a la agitación provocada por mi muestra -según usted- no podría decirle en qué consiste. Puede ser que una cierta sensación de belleza que se desprende de muchas obras renacentistas -pero, claro está, a una escala infinitamente menor-, haya llegado a la percepción de los visitantes. Hoy en día, los expresivistas plásticos apuntan a otros objetivos acaso más ríspidos, menos dulcificantes. -A veces se observa que cierto público busca ansiosamente el cartelito con el título junto al cuadro. ¿Acaso la arbitrariedad de la fantasía provoca incomodidad? -No. Eso se debe en forma principalísima a la desconexión que existe entre el público general y lo que un autor inmoviliza fuera de sí con ánimo testimonial, actividad de corte investigativo o científico. -¿Desde qué perspectiva le parece que debe ejercerse la crítica especializada? -Un autor siempre se propone cosas más o menos definidas o más o menos borrosas, de las cuales sólo consigue alguna, todas o ninguna, pero obtiene infinidad de otras cosas por ser un acto extremadamente misterioso, ingobernable en su totalidad. Y esas son las cosas, precisamente, que los críticos y analistas deben pesquisar, enriqueciendo así el conocimiento del autor respecto de su propia obra, así revisada, y de su propia naturaleza como ser viviente, incluso. -La profesora Alicia Haber ha expresado que usted tiende al disenso más que al consenso. ¿Eso se dio en cuanto al montaje en esta muestra? -No creo que sea tan así. En cuanto al montaje, desde un principio adelanté la exigencia de que yo haría la muestra siempre que el montaje estuviera a mi exclusivo cargo. Ella era partidaria de una línea exponencial de orden cronológico, y yo era partidario de un hecho mostrativo más sorprendente, pero dentro de ciertos límites más o menos comunes. Y nada más. -Llaman la atención las arritmias epocales y de altura de colocación entre algunos cuadros dispuestos en contigüidad. -El contraste vecinal entre coloraciones, enfoques, tamaños y temas diversos me atrae por su potencial, aunque debe reconocerse que la muestra no solamente expone tales criterios. -¿Cómo se lleva con los calendarios, suele mirarlos? -No, para nada. Un día por casualidad recordé mi cumpleaños a las dos de la mañana, orinando solo en un café cercano al Palacio Legislativo. Era un café que nunca había frecuentado ni frecuenté después. -En las fotos de sus 20 años se lo ve de traje, con cabello prolijo y expresión seria. Ahora destila un ardor travieso en su mirada y tiene una apariencia bohemia. ¿Cree que la fisonomía desnuda el alma? -Sí. La fisonomía muestra claramente qué clase de persona tenemos delante. Hay que saber leer en la orografía de un rostro, cuestión que tiene sus dificultades, desde luego. Pero no representa algo de por sí fuera de nuestro alcance analítico. -¿Es posible que un proceso de madurez excepcional lo conduzca a transitar el tiempo hacia atrás? -Sí, pienso que puede ser posible, pero ignoro cómo se desarrollaría, pues los elementos que configuran el comportamiento humano son de suyo inabarcables, por su número y por su constitución íntima. -¿Encuentra más motivos para rebelarse a medida que pasan los años? -Sí y no. Porque los motivos aumentan sin cesar, se multiplican, y no porque los años que se han acumulado van apagando los impulsos protestantes. -¿Cómo se sentía usted de adolescente en Solís de Mataojo? -Sentía que no era demasiado fácil. Tampoco demasiado difícil sumarse con posibilidades de incidencia en el curso histórico de la comunidad. Todo parecía depender de la idiosincracia de cada protagonista y de las oportunidades que existieran al alcance de la mano. Filosóficamente considerando, mi lugar en el mundo lo tenía, como lo tiene cualquiera. No había prisa por desarrollar en ese lugar lo que potencialmente se encontraba en mis adentros a los efectos de proyectarse hacia la intemperie. Claro está que llegó un instante donde me di cuenta de la conveniencia de radicarme en Montevideo. Pero sin ponerme nervioso. -¿Cómo conoció a Fabini? -A los 14 o 15 años, un retrato pintado con soltura por mí representando al violinista español Manolo Quiroga, amigo de Fabini, amistad tal vez amasada durante los años juveniles de su permanencia en Bruselas, me franqueó la amistad del músico para siempre. -¿Él le sugirió que pintara ciertos temas? -Fabini me hablaba siempre de la posibilidad de transcribir sobre el lienzo alguna manguera de piedra que todavía quedaba en pie. No allí -en Solís no había ninguna- sino cerca de Solís. O de retratar esos tipos característicos de los pueblitos del interior, humildes, mandaderos de los demás, chacoteados a veces para hacerlos renegar. -Situándonos en el 2000, ¿cree que en este país se está desplazando la identidad autóctona? -Mire, al estar convencido que nuestro sistema educativo es deficiente -yo ya lo percibí cuando iba a la escuela-, que no proporciona una base filosófica firme, profunda, independiente, sensible, abarcadora, etc., el que la juventud así, desguarnecida, se vea envuelta por “facilidades mecanizadas”, constituye un panorama confuso. Hay un gran bajón cultural en todos los órdenes, merced a ese sistema educativo deficiente que comprende a la enseñanza primaria, a la enseñanza secundaria y a la Universidad de la República. A partir de ahí los peligros de dispersión identificatoria -por llamarlo de algún modo- se acrecientan. -¿Es verdad que su cuadro “El ventilador y el diablo” alude a una idea que le inspiró un poema? -Sí, lo tengo, es el diablo caliginoso enfrentado con un ventilador moderno cuya existencia desconocía. Como no lo conocía intenta tocarlo y le vuelan algunos dedos, mientras el industrial y el financista, sonriendo desde la sombra, acciona la palanca de la velocidad, con lo cual el pobre diablo va quedando cada vez más reducido físicamente, desdiablándose del todo. Pero, el cuadro no tiene nada que ver con esto. -Entiendo que “Sifón” provocó, al aparecer, un revuelo conectado a sus alusiones escatológicas, poco frecuentes en el panorama de la pintura nacional. ¿Le interesa particularmente la creación asimilada a la “poesía de lo abyecto”? -Yo no quise escandalizar, sino acostumbrar a la gente a situarse con la misma naturalidad frente a un florero que frente a un inodoro o un bidet. Esas alusiones no es que fueran poco frecuentes en el panorama de la expresión plástica capitalina. En realidad no eran nada frecuentes, y como para mí todo es “natural”, entonces la pregunta suya pierde un poco de sentido. -¿Cómo se vinculó a la Unión de Artistas Plásticos Contemporáneos? -La UAPC es un “invento” que me pertenece en su mayor parte, aunque respondía a cierta necesidad grupal o colectiva de ese momento. Como también la Confederación de Organizaciones Culturales (COC), aprovechando la solidaridad demostrada por los diferentes organismos culturales con la actitud protestataria de los plásticos a fines de 1963. Fue una etapa fermentativa, muy entusiasmante, con la ocupación subsiguiente del Subterráneo Municipal, trasladándonos luego al tercer piso del Teatro Artigas donde constituí cabinas para alojar a las organizaciones solidarias, como la UAPC, la Sociedad de Escritores del Uruguay (SEU) y la Federación Uruguaya de Teatros Independientes (FUTI), los músicos -que tenían sus dificultades constitutivas- y demás. En el Artigas hicimos hasta un baile de carnaval que titulamos “Carnaval Pop”. -Entiendo que durante el período 1963-1972 tuvo una “interrupción creativa”, jerarquizó la actividad político-gremial a través del Frente Izquierda de Liberación, y luego recorrió un camino hacia el escepticismo político. ¿Podría fundamentarlo? -Mi escepticismo político se relaciona directamente con la incultura reinante en el propio sistema político, consecuencia ésta a su vez de un sistema educativo mal pergeñado. Pero más que debido a un escepticismo proveniente de supuestas desilusiones, mi apartamiento de la lucha política o político-gremial se debió a una agotadora saturación militante por vivir todas las instancias experimentadas, como quien dice a fondo, donde fue preciso abandonar mis legítimos intereses personales, mayormente intransferibles. -¿Qué cree que sucederá con el proyecto del museo del espacio que hoy habita? -Por lo que dije antes acerca de los políticos en general, no creo que tenga andamiento. Debe ser el único país del mundo donde el Estado se desentiende airosamente de esa dificultad, habiéndoles donado yo toda mi obra (se supone que el Estado es la representación constitucional del pueblo), de manera que el gasto sería solamente de carácter locativo. Uno a veces tiene la sospecha de que aquí se confundió cultura con ilustración. La cultura comienza cuando comienza el más ínfimo grado de elaboración individual, la ilustración es apenas información proveniente de elaboraciones ajenas. Así de sencillo. (La entrega de ese edificio por parte de la administración Sanguinetti conllevó el compromiso, incumplido hasta hoy, de transformarlo en museo, a cambio de la donación de toda su obra al Estado que el artista propuso). -¿Tiene obras en mal estado por mala conservación o filtraciones de agua? -Sí. El local que me proporcionó el Estado en calidad de préstamo tiene humedad y las obras donadas en algún momento sufrieron el ataque de los hongos. Afortunadamente fueron combatidos con éxito. -A propósito de los salones que remodeló en el Edificio Independencia, ¿le molesta recordar la censura? -No, en absoluto. Sí me da tristeza, no por mí sino por ellos y por el país, que algunos políticos se han referido groseramente a lo que allí se hizo. Y pensar que tienen en sus manos parte del destino público. -Entiendo que ha vendido pocas obras, ¿podría indicarme cuántas están en manos de particulares, cuántas en museos, y cuántas pertenecen al Estado? En manos particulares no son muchas. Yo creo que los cuadros deben estar colgados en los museos. En los museos tampoco son muchas, más bien poquísimas. En manos del estado, todas las que estoy exponiendo y las que voy a mostrar en el Museo de Arte Contemporáneo, que dirige María Luisa Torrens. Más cierta cantidad de grafitos y crayolas que guardo en mi casa. -¿Cuántas piezas integran su obra? -Serán 45 o 46, más los grafitos que son unos 70, un poco más de 100 quizá, sin contar las boligrafías. -¿Le molesta la fama? -No me siento para nada cómodo con ella. Siempre me gustó más situarme lejos del ruido, de la lonja percutida del tambor.
























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