martes

C. G. JUNG / EL HOMBRE Y SUS SÍMBOLOS


NOVENA ENTREGA


ACERCAMIENTO AL INCONSCIENTE (VIII)


El papel de los símbolos


Cuando el médico psicólogo se interesa por los símbolos, primeramente se ocupa de los símbolos “naturales”, distinguiéndolos de los símbolos “culturales”. Los primeros se derivan de los contenidos inconscientes de la psique y, por tanto, representan un número enorme de variaciones en las imágenes arquetípicas esenciales. En muchos casos, aun puede seguirse su rastro hasta sus raíces arcaicas, es decir, hasta ideas e imágenes que nos encontramos en los relatos más antiguos y en las sociedades primitivas. Por otra parte, los símbolos culturales son los que se han empleado para expresar “verdades eternas” y aun se emplean en muchas religiones. Pasaron por muchas transformaciones e, incluso, por un proceso de mayor o menor desarrollo consciente, y de ese modo se convirtieron en imágenes colectivas aceptadas por las sociedades civilizadas. Tales símbolos culturales mantienen, no obstante, mucho de su original luminosidad o “hechizo”. Nos damos cuenta de que pueden provocar una profunda emoción en ciertos individuos, y esa condición psíquica hace que actúen en forma muy parecida a los prejuicios. Son un factor con el cual tiene que contar el psicólogo; es tontería desdeñarlos, porque, en términos racionales, parezcan absurdos o sin importancia. Son integrantes de importancia de nuestra constitución mental y fuerzas vitales en la formación de la sociedad humana, y no pueden desarraigarse sin grave pérdida. Allí donde son reprimidos o desdeñados, su específica energía se sumerge en el inconsciente con consecuencias inexplicables. La energía psíquica que parece haberse perdido de ese modo sirve, de hecho, para revivir e intensificar todo lo que sea culminante en el inconsciente; tendencias que, quizá, no tuvieron hasta entonces ocasión de expresarse o, al menos, no se les permitió una existencia no inhibida en nuestra consciencia. Tales tendencias forman una “sombra” permanente y destructiva en potencia en nuestra mente consciente. Incluso las tendencias que, en ciertas circunstancias, serían capaces de ejercer una influencia beneficiosa, se transforman en demonios cuando se las reprime. Esa es la razón de que mucha gente bienintencionada le tema incomprensivamente al inconsciente y, de paso, a la psicología. Nuestros tiempos han demostrado lo que significa abrir las puertas del inframundo. Cosas cuya enormidad nadie hubiera imaginado en la idílica inocencia del primer decenio de nuestro siglo han ocurrido y han trastocado nuestro mundo. Desde entonces, el mundo ha permanecido en estado de esquizofrenia. No sólo la civilizada Alemania vomitó su terrible primitivismo, sino que también Rusia está regida por él y África está en llamas. No es de admirar que Occidente se sienta incómodo. El hombre moderno no comprende hasta qué punto su “racionalismo” (que destruyó su capacidad para responder a las ideas y símbolos numínicos) le ha puesto a merced del “inframundo” psíquico. Se ha librado de la “superstición” (o así lo cree), pero, mientras tanto, perdió sus valores espirituales hasta un grado positivamente peligroso. Se desintegró su tradición espiritual y moral, y ahora está pagando el precio de esa rotura en desorientación y disociación extendidas por todo el mundo. Los antropólogos han descrito muchas veces lo que ocurre a una sociedad primitiva cuando sus valores espirituales están expuestos al choque de la civilización moderna. Su gente pierde el sentido de la vida, su organización social se desintegra y la propia gente decae moralmente. Nosotros estamos ahora en la misma situación. Pero nunca comprendimos realmente lo que perdimos, porque, por desgracia, nuestros dirigentes espirituales estaban más interesados en proteger sus instituciones que en entender el misterio que presentan los símbolos. En mi opinión, la fe no excluye el pensamiento (que es el arma más poderosa del hombre), pero, desgraciadamente, muchos creyentes parecen temer tanto a la ciencia (y, de paso, a la psicología) que miran con los ojos ciegos las fuerzas psíquicas lumínicas que por siempre dominan el destino del hombre. Hemos desposeído a todas las cosas de su misterio y luminosidad; ya nada es sagrado. En las edades primitivas, cuando los conceptos instintivos brotaban en la mente del hombre, la mente consciente no dudaba en integrarlos en esquema psíquico coherente. Pero el hombre “civilizado” ya no es capaz de hacerlo. Su consciencia “avanzada” le privó de los medios con los que podía asimilar las aportaciones auxiliares de los instintos y del inconsciente. Esos órganos de asimilación e integración eran símbolos numímicos, aceptados comúnmente como sagrados. Hoy día, por ejemplo, hablamos de “materia”. Describimos sus propiedades físicas. Realizamos experimentos de laboratorio para demostrar algunos de sus aspectos. Pero la palabra “materia” sigue siendo un concepto seco, inhumano y puramente intelectual, sin ningún significado psíquico para nosotros. Qué distinta era la primitiva imagen de la materia -la Gran Madre-, que podía abarcar y expresar el profundo significado emotivo de la Madre Tierra. De la misma forma, lo que era el espíritu se identifica ahora con el intelecto, y así deja de ser el Padre de Todo. Ha degenerado en los limitados pensamientos del ego del hombre; la inmensa energía emotiva expresada en la imagen de “nuestro Padre” se disipa en la arena de un desierto intelectual. Estos dos principios arquetípicos residen en los cimientos de los dos sistemas opuestos del Este y del Oeste. Sin embargo, las masas y sus dirigentes no se dan cuenta de que no hay diferencia importante entre llamar al mundo principio masculino y padre (espíritu), como hace Occidente, o femenino y madre (materia), como hacen los comunistas. Esencialmente, sabemos tan poco de uno como de lo otro. En los tiempos primitivos, estos principios eran adorados en toda clase de ritos, los cuales, por lo menos, mostraban la significancia psíquica que tenían para el hombre. Pero ahora se han convertido en meros conceptos abstractos. Al crecer el conocimiento científico, nuestro mundo se ha ido deshumanizando. El hombre se siente aislado en el cosmos, porque ya no se siente inmerso en la naturaleza y ha perdido su emotiva “identidad inconsciente” con los fenómenos naturales. Estos han ido perdiendo paulatinamente sus repercusiones simbólicas. El trueno ya no es la voz de un dios encolerizado, ni el rayo su proyectil vengador. Ningún río contiene espíritus, ni el árbol es el principio vital del hombre, ninguna serpiente es la encarnación de la sabiduría, ni es la gruta de la montaña la guarida de un gran demonio. Ya no se oyen voces salidas de las piedras, las plantas y los animales, ni el hombre habla con ellos creyendo que le pueden oír. Su contacto con la naturaleza ha desaparecido y, con él, se fue la profunda fuerza emotiva que proporcionaban esas relaciones simbólicas. Esa enorme pérdida se compensa con los símbolos de nuestros sueños. Nos traen nuestra naturaleza originaria: sus instintos y pensamientos peculiares. Sin embargo, por desgracia, expresan sus contenidos en el lenguaje de la naturaleza, que nos es extraño e incomprensible. Por tanto, nos enfrenta con la tarea de traducirlo a las palabras racionales y conceptos del habla moderna, que se ha librado de sus primitivos estorbos, en especial, de su participación mística en las cosas que describe. Hoy día, cuando hablamos de fantasmas y otras figuras numínicas, ya no las estamos conjurando. Se les ha extraído el poder y también la gloria a esas palabras tan poderosas en otros tiempos. Hemos dejado de creer en fórmulas mágicas; no han quedado demasiados tabúes y restricciones análogas; y nuestro mundo parece estar desinfectado de todos esos númenes supersticiosos como “brujas, hechiceros y aojadores”, por no hablar de hombres-lobo, vampiros, espíritus del bosque y todos los demás seres extraños que poblaron los bosques primitivos. Para ser más exacto, las superficie de nuestro mundo parece estar más limpia de todos los elementos supersticiosos e irracionales. No obstante, que el verdadero mundo interior humano (no la ficción que calma nuestros deseos acerca de él) esté también libre de primitivismo es otra cuestión diferente. ¿No es todavía tabú el número 13 para mucha gente? ¿No hay todavía muchas personas poseídas por prejuicios irracionales, proyecciones e ilusiones infantiles? Una descripción realista de la mente humana revela muchos de esos rasgos y supervivencias primitivos que aun desempeñan su papel como si nada hubiera ocurrido durante los últimos quinientos años. Es esencial apreciar este punto. De hecho, el hombre moderno es una mezcla curiosa de características adquiridas a lo largo de las edades de su desarrollo mental. Este ser mixto es el hombre y sus símbolos, de los que tenemos que tratar, y también tenemos que examinar muy minuciosamente los productos de su mente. El escepticismo y la convicción científica existen en él codo a codo con anticuados prejuicios, añejos modos de pensar y de sentir, falsas interpretaciones obstinadas e ignorancia ciega. Tales son los seres humanos contemporáneos productores de los símbolos que investigamos los psicólogos. Con el fin de explicar esos símbolos y su significado, es vital aprender si sus representaciones se refieren a una experiencia puramente personal o si han sido escogidos por un sueño, para su propósito particular, de un acervo de conocimiento consciente general. Pongamos, por ejemplo, un sueño en el que surge el número 13. La cuestión es si el soñante cree habitualmente en la mala suerte de ese número o si el sueño alude meramente a gente que aun consiente tales supersticiones. La respuesta hace que la interpretación sea diferente. En el primer caso, hay que contar con el hecho de que el individuo está aun bajo el hechizo del funesto 13 y, por tanto, se sentirá muy molesto en la habitación número 13 de un hotel o sentándose a una mesa de 13 comensales. En el último caso, el 13 puede no significar más que una descortesía o una observación insultante. El soñante “supersticioso” aun siente el hechizo del 13; el soñante más “racional” ha desprovisto al 13 de su originaria resonancia emotiva. Este argumento ilustra la forma en que aparecen los arquetipos de la experiencia práctica: son, al mismo tiempo, imágenes y emociones. Se puede hablar de un arquetipo sólo cuando estos dos aspectos son simultáneos. Cuando meramente se tiene la imagen, entonces es sólo una imagen oral de escasa importancia. Pero al estar cargada de emoción, la imagen gana luminosidad (o energía psíquica); se hace dinámica, y de ella han de salir consecuencias de alguna clase. Me doy cuenta de que es difícil captar este concepto, porque estoy tratando de emplear palabras para describir algo cuya verdadera naturaleza la hace incapaz de definición exacta. Pero, puesto que hay mucha gente que se empeña en considerar los arquetipos como si fueran parte de un sistema mecánico que se puede aprender de memoria, es esencial insistir en que no son meros nombres ni aun conceptos filosóficos. Son trozos de la vida misma, imágenes que están íntegramente unidas al individuo vivo por el puente de las emociones. Por eso resulta imposible dar una interpretación arbitraria (o universal) de ningún arquetipo. Hay que aplicarlo en la forma indicada por el conjunto vida-situación del individuo determinado a quien se refiere. Así, en el caso de un cristiano devoto, el símbolo de la cruz sólo puede interpretarse en su contexto cristiano, a menos que el sueño proporcione una razón poderosa para buscar más allá de él. Aun así, el específico significado cristiano debe tenerse presente. Pero no podemos decir que, en todo momento y en todas las circunstancias, el símbolo de la cruz tenga el mismo significado. Si eso fuera así, quedaría privado de su luminosidad, carente de vitalidad y se convertiría en simple palabra. Quienes no se den cuenta del especial trono sensible del arquetipo, desembocan en una mezcolanza de conceptos mitológicos que se pueden enhebrar juntos para mostrar que cada uno de ellos significa algo o nada, en definitiva. Todos los cadáveres del mundo son químicamente idénticos, pero los individuos vivos, no. Los arquetipos toman vida sólo cuando intentamos descubrir, pacientemente, por qué y de qué modo tienen significado para un individuo vivo. El mero uso de palabras es fútil cuando no se sabe qué significan. Esto resulta especialmente verdad en psicología, donde hablamos de arquetipos como el ánima y el ánimus, el hombre sabio, la gran madre y demás. Se puede saber todo sobre santos, sabios, profetas y otros hombres piadosos, y todas las grandes madres del mundo. Pero si son meras imágenes cuya numinosidad no hemos experimentado nunca, será como estuviéramos hablando en un sueño, porque no sabremos de qué hablamos. Las meras palabras que empleemos serán vacías y sin valor. Adquieren vida y significado sólo cuando se tiene en cuenta su numinosidad, es decir, su relación con el individuo vivo. Sólo entonces comenzaremos a comprender que sus nombres significan muy poco, mientras que la forma en que nos son relatadas es de la mayor importancia. La función productora de símbolos de nuestros sueños es, de este modo, un intento de llevar la originaria mente del hombre a una consciencia “avanzada” o diferenciada, en la que jamás estuvo antes y que, por tanto, jamás estuvo sometida a autorreflexión crítica. Porque, en las largas edades del pasado, esa mente originaria era la totalidad de la personalidad del hombre. Al desarrollar su consciencia, su mente consciente fue perdiendo contacto con parte de aquella energía psíquica primitiva. Y la mente consciente jamás conoció aquella mente originaria; porque en el proceso de evolución se prescindió de la verdadera consciencia diferenciada, la única que hubiera podido darse cuenta de ella. Sin embargo, parece que lo que llamamos inconsciente ha conservado características primitivas que formaban parte de la mente originaria. Es a esas características a las que constantemente se refieren los símbolos de los sueños, como si el inconsciente tratara de volver a todas las cosas antiguas de las cuales se libró la mente al evolucionar: ilusiones, fantasías, arcaicas formas de pensamiento, instintos fundamentales y demás. Esto es lo que explica la resistencia, incluso el miedo, que muchas veces tiene la gente al acercarse a las cuestiones inconscientes. Estos contenidos supervivientes no son neutrales o indiferentes. Al contrario, están tan saturados que muchas veces resultan más que simplemente incómodos. Pueden producir verdadero miedo. Cuanto más se los reprime, más se extienden en forma de neurosis por toda la personalidad. Esta energía psíquica es la que les da importancia tan vital. Es, precisamente, como si un hombre que hubiera pasado por un período de inconsciencia, se diera cuenta, de repente, de que había un hueco en su memoria, que se habían producido hechos importantes que no podía recordar. Mientras supusiera que la psique es un asunto exclusivamente personal (que es la suposición corriente), trataría de recuperar los recuerdos infantiles aparentemente perdidos. Pero los huecos en el recuerdo de su infancia son meros síntomas de una pérdida mayor: la pérdida de una psique primitiva. Al igual que la evolución del cuerpo embrionario repite su prehistoria, también la mente evoluciona a través de una serie de etapas prehistóricas. La principal tarea de los sueños es retrotraer una especie de “reminiscencia” de la prehistoria, así como del mundo infantil, directamente al nivel de los más primitivos instintos. Tales reminiscencias pueden tener, en ciertos casos, notable efecto saludable, como ya lo vio Freud hace mucho tiempo. Esta observación confirma la idea de que un hueco en los recuerdos de la infancia (la llamada amnesia) representa una pérdida positiva y su recuperación puede traer un aumento positivo de vida y de bienestar. Como el niño es físicamente pequeño y sus pensamientos conscientes son escasos y sencillos, no nos damos cuenta de las complicaciones de largo alcance de la mente infantil basadas en su identidad originaria como la psique prehistórica. Esta “mente originaria” está tan presente y en funcionamiento en el niño como las etapas evolutivas de la humanidad en su cuerpo embrionario. Si el lector recuerda lo que dijimos anteriormente respecto a los notables sueños de la niña que regaló a su padre el relato de sus sueños, se hará buena idea de lo que queremos decir. En la amnesia infantil, encontramos extraños fragmentos mitológicos que, con frecuencia, también aparecen en posteriores psicosis. Las imágenes de esa clase son sumamente numínicas y, por tanto, muy importantes. Si tales reminiscencias reaparecen en la vida adulta, pueden causar, en algunos casos, profundas alteraciones psicológicas, mientras que en otras personas pueden producir milagros de curación o de conversiones religiosas. Muchas veces retrotraen un fragmento de vida, perdido por mucho tiempo, que da una finalidad a la vida y de ese modo la enriquece. La reminiscencia de recuerdos infantiles y la reproducción de formas arquetípicas de la conducta psíquica pueden crear un horizonte más amplio y una extensión mayor de consciencia, a condición de que se consiga asimilar e integrar en la mente consciente los contenidos perdidos y luego recuperarlos. Puesto que no son neutrales, su asimilación modificará la personalidad al igual que ellas tendrán que sufrir ciertas alteraciones. En esa parte de lo que se llama “proceso de individuación” (que la doctora M. L. von Franz describe en otra sección de este libro) la interpretación de los símbolos desempeña un papel práctico importante. Porque los símbolos son intentos naturales para reconciliar y unir los opuestos dentro de la psique. Naturalmente que, sólo ver los símbolos y luego dejarlos a un lado, no tendría ese efecto y sólo restablecería el antiguo estado neurótico y destruiría el intento de llegar a una síntesis. Pero, desgraciadamente, las escasas personas que no niegan la verdadera existencia de los arquetipos, casi invariablemente los tratan como meras palabras y olvidan su realidad viva. Cuando su numinosidad se ha disipado de ese modo (ilegítimo), comienza el proceso de sustitución ilimitada, en otras palabras, se va deslizando con facilidad de arquetipo en arquetipo en que todo significa de todo. Es muy cierto que las formas de los arquetipos son intercambiables en amplia medida. Pero su numinosidad es un hecho y sigue siéndolo y representa el valor de un suceso arquetípico. Este valor emotivo debe conservarse en la mente y admitirlo en la totalidad del proceso intelectual de interpretación del sueño. Sólo que es muy fácil perder ese valor porque pensar y sentir son tan diametralmente opuestos que el pensamiento desecha casi automáticamente los valores del sentimiento, y viceversa. La psicología es la única ciencia que tiene que contar con el factor del valor (es decir, sentimiento), porque es el vínculo entre los hechos psíquicos y la vida. A la psicología se la acusa con frecuencia de no ser científica a ese respecto; pero sus críticos no llegan a comprender la necesidad científica y práctica de conceder la atención debida al sentimiento.

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