TANTA BELLEZA TAN CERCA DE CASA
El sábado 11 de diciembre se realizó en nuestro Salón Lumière una primera muestra de los cortometrajes elaborados en la Escuela de Cineastas del Uruguay durante 2010.
Fue una aproximación a lo que contendrá el DVD a editarse en marzo de 2011, y pudimos ver cuatro ficciones y un documental completos, además de cuatro avances: todo en estado de espiralamiento hacia esa completud transfiguradora de almas que se llama belleza.
Los novísimos directores recibieron en público, además, los certificados de su primer año de cursos.
Decía Wilde -y esto es una de las frases más inteligentes que se han escrito- que la vida imita al arte, escribía un muy joven Juan Carlos Onetti en 1939: Es necesario que nuestros literatos miren alrededor suyo y hablen de ellos y de su experiencia. Que acepten la tarea de contarnos cómo es el alma de su ciudad. Es indudable que si lo hacen con talento, muy pronto Montevideo y sus pobladores se parecerán de manera asombrosa a lo que ellos escriban.
Y con el cine empezó pasar lo mismo, y con la convicción estética de que los goles de Forlán que le pintaron la cara al mundo fueron hechos con vocación celeste, artiguista y universal.
El propio Onetti, que fue ninguneado hasta los sesenta años por este país con forma de corazón donde sigue sobrando -desde Purificación hasta la fecha- tanta y tanta basura, terminó por ganar el Premio Cervantes.
Otra de las frases más inteligentes que se han escrito en esta cambalachesca modernidad la grabó sobre la piedra León Tolstoi en Guerra y paz: ¿Cómo hubiésemos podido inventar a Dios si no existiera?
Se le puede llamar Dios o Voz Profunda o Estrellerío Interior, pero es solamente ese tesoro -ni más ni menos- lo que el cineasta debe encontrar para hipnotizarse a sí mismo y a la tribu. Nuestra boda con el cosmos.
La felicidad de los aplausos y los rostros que resplandecieron anoche en nuestro Salón Lumière demostró que si aprendemos a domar la Jabulani que hincha la red de la meta mediática habremos hecho patria.
Y sin seducir demagógicamente a nadie. Eso sería imitar al consumismo salvaje, que es capaz de incendiarnos el amor para vender tristeza.
Y volvemos a Onetti, que siempre reverenció la luminosidad rabiosa de nuestro gran profeta, Joaquín Torres García. Lo que importa es durar en una ciega, gozosa y absurda fe en el arte, como en una tarea sin sentido explicable, pero que debe ser aceptada virilmente, porque sí, como se acepta el destino.
El sábado 11 de diciembre se realizó en nuestro Salón Lumière una primera muestra de los cortometrajes elaborados en la Escuela de Cineastas del Uruguay durante 2010.
Fue una aproximación a lo que contendrá el DVD a editarse en marzo de 2011, y pudimos ver cuatro ficciones y un documental completos, además de cuatro avances: todo en estado de espiralamiento hacia esa completud transfiguradora de almas que se llama belleza.
Los novísimos directores recibieron en público, además, los certificados de su primer año de cursos.
Decía Wilde -y esto es una de las frases más inteligentes que se han escrito- que la vida imita al arte, escribía un muy joven Juan Carlos Onetti en 1939: Es necesario que nuestros literatos miren alrededor suyo y hablen de ellos y de su experiencia. Que acepten la tarea de contarnos cómo es el alma de su ciudad. Es indudable que si lo hacen con talento, muy pronto Montevideo y sus pobladores se parecerán de manera asombrosa a lo que ellos escriban.
Y con el cine empezó pasar lo mismo, y con la convicción estética de que los goles de Forlán que le pintaron la cara al mundo fueron hechos con vocación celeste, artiguista y universal.
El propio Onetti, que fue ninguneado hasta los sesenta años por este país con forma de corazón donde sigue sobrando -desde Purificación hasta la fecha- tanta y tanta basura, terminó por ganar el Premio Cervantes.
Otra de las frases más inteligentes que se han escrito en esta cambalachesca modernidad la grabó sobre la piedra León Tolstoi en Guerra y paz: ¿Cómo hubiésemos podido inventar a Dios si no existiera?
Se le puede llamar Dios o Voz Profunda o Estrellerío Interior, pero es solamente ese tesoro -ni más ni menos- lo que el cineasta debe encontrar para hipnotizarse a sí mismo y a la tribu. Nuestra boda con el cosmos.
La felicidad de los aplausos y los rostros que resplandecieron anoche en nuestro Salón Lumière demostró que si aprendemos a domar la Jabulani que hincha la red de la meta mediática habremos hecho patria.
Y sin seducir demagógicamente a nadie. Eso sería imitar al consumismo salvaje, que es capaz de incendiarnos el amor para vender tristeza.
Y volvemos a Onetti, que siempre reverenció la luminosidad rabiosa de nuestro gran profeta, Joaquín Torres García. Lo que importa es durar en una ciega, gozosa y absurda fe en el arte, como en una tarea sin sentido explicable, pero que debe ser aceptada virilmente, porque sí, como se acepta el destino.
























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