martes

CASA DEL CIERVO


Hugo Giovanetti Viola

primera edición web de una nouvelle editada en el volumen colectivo Aunque se llene de sillas la verdad (Ediciones Caracol al Galope / Taller Literario Universo, 2004)

PRIMERA ENTREGA

Cuando los dinkas del Nilo Blanco, por ejemplo, matan un hipopótamo, le abren el vientre y uno de ellos penetra en su cuerpo, se arrodilla ante la columna vertebral y le dirige al alma del hipopótamo, que consideran está en la médula espinal, la siguiente plegaria: “Querido y buen hipopótamo: perdónanos por haberte matado. No ha sido por maldad, sino porque apreciamos tu carne. No les digas a tus hermanos y a tus hermanas que te han matado, diles que amas a los hombres. También nosotros te amamos y te comemos gustosos. Si tú te enfadaras le dirías a tus hermanos y hermanas que se alejaran, y nosotros no tendríamos ya carne”.
C. G. Jung


-Es un bálsamo -respondió Don Quijote- de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte ni pensar de morir de herida alguna. Y así, cuando yo lo haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por el medio del cuerpo -como muchas veces suele acontecer-, bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sutileza, antes que la sangre se hiele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo en encajarla igualmente y al justo. Luego me darás a beber sólo dos tragos del bálsamo que he dicho, y verasme quedar más sano que una manzana.
Cervantes


UNO: EL CORDERO

1 / Estoy terminando de pintar el Cristo en el altillo y mamá llega de la casa Soler y me grita que baje enseguida. Abel Rosso era un ciervito completamente blanco y usaba ropa de chiquilín, aunque no siempre caminaba en dos patas.
-Te compré algo divino para que estrenes en la fiesta -me muestra una moña de escuela con cascabeles mamá. -Y mañana tenemos que ir a probarte unos guantes blancos.
-Pero eso lo usan los abanderados -apoyó las patas delanteras Abel en la mesa de planchar donde su abuela estaba repasando la túnica.
-Pero vos vas a recitar, que es lo mismo.
La mujer-muchacha con pelo a lo Susan Hayward desenvolvió la moña tintineante y la vieja sonrió:
-Con eso va a parecer un cordero en lugar de un ciervo. No puedo más de la cadera, Chela.
Mi abuela es gordísima y apenas empieza a quejarse se le ve el esqueleto.
-Sentate que te hago un masaje -suspiró Chela y le arrimó un sillón-hamaca de paja. -Yo no entiendo por qué te ponés a planchar.
Y mientras mamá va a buscar el alcohol la vieja llora un poco de baba y me cuenta desde la calavera:
-Cuando a papito lo agarraba el reuma lo único que lo calmaba era una costilla de cordero vivo. Pobres bichos: había que sacárselas sin matarlos.
-Pero se morían igual.
-Sí. Y nadie protestaba. Porque después que se morían desangrados eran un manjar.
Abel volvió al altillo y al rato tomó la leche y salió a jugar con el Walter.

2 / El Walter juega todo el día a las procesiones: canta Los cielos la tierra levantando una rama que se le cayó a la palmera de Agraciada y mamá dice que es tarado. Valentín Gómez se cortaba en un declive pantanoso del Prado lleno de garcitas blancas.
-Cuando venga mi padre le vamos a llevar sopa al Náufrago que se mudó al torreón -se echó el ciervo en la sombra todavía caliente de la vereda.
Walter termina de berrear y se sienta al lado mío, oliendo casi tan horrible como mi abuela.
-El Náufrago es un pintor del Taller Torres-García -agregó Abel. -Y mi padre está preparando barro para curarle las manos.
Walter todavía no va a la escuela: vive en una casilla con gallinas y es panzón y tiene ojos color moco.
-Recién terminé de pintar un Cristo -sonrió el ciervo.
-Entonces vamos a jugar a una procesión -pega un salto y se mete en el sol.
-A eso no me dejan jugar. Y menos por la calle.
-No. Es porque sos un bicho.
-No soy un bicho -se paró en dos patas Abel. -Soy un artista.
-Mi madre dice que debés echar soretes redondos como las ovejas.
Entonces me da una pataleta y él trata de reventarme el lomo con la rama y mi abuelo grita desde el patio del costado:
-Entrá de una vez y no le hagas más a nadie, mijo. Me cago en Dios.

3 / -Me cago en Dios -se pone a tomar mate el viejo frente al ventanal con vidrios de colores que da al patio. -No lo dejan en paz, carajo.
El ciervo pataleaba y lloraba como si le hubiesen dado cuerda y la madre terminó por auparlo para echarle colonia.
-Esa María Antonia es más puta que las batarazas y nos trata a nosotros de bichos -deja de hamacarse mi abuela. -Yo ya no puedo más del dolor.
La mujer-muchacha de peinado jolivudense soltó a Abel y empezó a masajear a la vieja. Entonces veo que el esqueleto de mi abuela se va poniendo dorado con el atardecer y me escapo al altillo.

4 / -Mirá esas garzas volando en pareja -me acaricia el hocico mi padre cuando cruzamos los transparentes del baldío. -Van al torreón.
El Náufrago acababa de mudarse a una ruina de molino que se recortaba lechosamente sobre el estrellerío.
-Esa sopa huele a gloria -nos espera con las muñecas vendadas. -Y ver atardecer desde aquí es igual que castigarse con Mozart.
Y prende dos pedazos más de vela que huelen como el sótano del Señor de la Paciencia.
-Ya tenés la azotea llena de garzas -sirvió la sopa el padre de Abel y empezó a cebarse mate con el otro termo. -Dice Collell que el barro va a estar pronto mañana.
El Náufrago se toma todo y no puedo dejar de mirarle las vendas color vino.
-Entonces capaz que puedo ayudarte esculpiéndote una pieza para el pesebre -sonrió el hombre-muchacho peludo y flaquísimo. -Siempre que tu hijo se anime a posar.
-¿Un ciervo en un pesebre? -se le ponen muy verdes los ojos a mi padre.
El muchacho le hizo una guiñada a Abel y se levantó para abrir la canilla y desenvolverse las manos con los dientes: después las dejó caer en la mesada como si fueran medusas y esperó que los muñones terminaran de sangrar bajo el chorro. Yo me acuerdo de las costillitas que le calmaban el reuma a mi bisabuelo.
-Desde qué horas tenías puestas las manos -preguntó Abel.
-Desde que se fue Gurvich -le hace otra guiñada el Náufrago a mi padre. -Los amigos y las garzas nunca faltan, botija. Y además esto tiene una ventaja bárbara. Porque cuando sangrás se te va mucho odio.

5 / Cuando volvemos a casa subimos a escuchar el Sodre y de golpe mi padre cierra un libro de Torres-García y le dice a mi Cristo:
-Hay que ser un héroe de verdad, maestro.
Después cenaron sopa, costillas con lomo y tortilla de papas. La vieja se hace dos huevos fritos para ella y mi abuelo eructa:
-Menos mal que no tenés reuma en los dientes, carajo.
-Y cuánto tiempo le duran pegadas las manos al desgraciado -preguntó la madre del ciervo, como si le estuvieran contando una película.
-Dos o tres horas. Pero no puede vendárselas más de una vez por día o se desangra del todo.
-¿Y ese barro sagrado quién lo inventó? -se ríe mi abuela, con la calavera llena de jazmines del país.
-Ese barro es más viejo que el mundo. Pero hay que aprender a fabricarlo -prendió un Sinniko fino el padre de Abel.

6 / Y esa noche sueño que ya es Navidad y Collell cura a los corderitos que mandaba carnear mi bisabuelo.
-Chela -gritó la vieja a las tres de la mañana desde su dormitorio.
Y mamá se levanta a masajearla y mi padre prende un cigarrillo y suspira:
-Es terrible, Señor.

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