
SEGUNDA ENTREGA
I / SANTA MARÍA: NOSTALGIA DEL PARAÍSO
Bajo distintas formas, ciertos temas se encuentran en casi todas las mitologías. Los mitos paradisíacos dentro de los mitos de los orígenes, se conocen con algunas variantes en África, en Indonesia, en la India, en Oriente (21). En todas partes existe el recuerdo de una época en la que el hombre primordial gozaba de una espontaneidad y una beatitud que perdió a raíz de algún acontecimiento ocurrido en los orígenes. La nota común a estas historias es la inmortalidad, la juventud y la felicidad.
I. 1. La ciudad junto al río.
Conocemos a Santa María, la ciudad creada por Brausen, desde que es apenas una idea fugaz que proviene de otra idea anterior, del recuerdo del lugar
“donde había sido feliz años antes, durante veinticuatro horas y sin motivo” (VB, 21). (*)
La felicidad inmotivada es una de las características de la época primordial, en contraposición a la felicidad escatológica, de la salvación como gracia y recompensa.
Allí, donde vivía el médico, Brausen había estado una sola vez, pero recordaba el aire, los árboles,
“la placidez con que llegaba la balsa por el río” (VB, 20).
El río de Santa María conserva su importancia desde al principio al fin de la novela. “Díaz Grey, la ciudad y el río” es el título del segundo capítulo, en donde, además de la visión primera, ya aparece la nueva ciudad con su plaza, su iglesia, sus coches, su confitería, pero mantiene las características topográficas de la primera pequeña ciudad junto al río.
El río, la balsa, la incesante llegada de pasajeros, ya son datos suficientes para reconocer en los sueños de asociación de Brausen, las imágenes alegóricas con las que traduce Sócrates, antes de morir, la imaginaria aventura del alma en el contexto órfico de la metempsicosis (22).
Si recordamos la versión socrática del río Aqueronte, ninguna descripción del movimiento del puerto de Santa María resultará arbitraria. Para Sócrates, el Aqueronte no es el Infierno, que con más propiedad sería el Tártaro homérico, el lugar más profundo del reino de los muertos, sino una de las cuatro corrientes mayores de la Tierra subterránea. Es también el nombre de una de las cuatro regiones del Hades, el invisible mundo de los muertos. El Aqueronte es un lugar de pasaje donde son enviadas las almas de aquéllos que no fueron encontrados “ni enteramente criminales ni enteramente inocentes”. En ese río “embarcan en barquichuelos” que los llevan hasta los lugares donde van a tener su residencia (23).
La incesante llegada de pasajeros, los grupos de gente que “aumentaban y se empequeñecían junto al muelle”, la visión del muelle, a veces oscuro, otras “blanco de sol” (VB, 108), indicaría que algunos se van, pasan, otros están saliendo de las tinieblas. Es quizá el momento el momento en que las almas son “devueltas a este mundo para animar nuevos cuerpos”, como dice el Diálogo platónico (24).
Todo sirve a la aventura psíquica de Brausen. Las imágenes socráticas añaden sentido implícito a muchas circunstancias que podremos ver más adelante, especialmente en los capítulos finales.
Todas las mitologías tienen algún relato relacionado con la caída y con la culpa, que sirven de antecedente a la situación actual del hombre. Esto a Brausen no le interesaba. No porque esos sentimientos no existan en la novela, sino quizá porque están presentes de otra manera:
“Este médico, dice Brausen de Díaz Grey, debía de poseer un pasado tal vez decisivo y explicatorio que a mí no me interesaba” (VB, 21).
El pasado de Díaz Grey era el propio Brausen, que lo había “hecho nacer en Santa María con treinta o cuarenta años” ¿de pasado? En La muerte y la niña, Díaz Grey conoce su diferencia con las demás personas; se sabe, a pesar de todo, un ser muriente a quien Brausen irá matando, obligatoriamente, “por respeto a las grandes tradiciones que desea imitar”. Muchas de éstas podríamos encontrar para aproximarnos al demiurgo Brausen, pero todavía vamos a preocuparnos del río de Santa María.
Sócrates no se ocupa de los antecedentes mitológicos del Aqueronte, que también era un dios del que hay varias versiones en leyendas que fueron añadidas a los mitos.
Entrando en el juego mitológico, podemos tomar algunas de las versiones biográficas del Aqueronte. Este dios, hijo del Sol y de la Tierra, un día fue transformado por Zeus en el río que conduce a las tinieblas, en castigo por haberle suministrado agua a los Titanes. Hubo quizá una ruptura en el universo cuando este promisorio representante de la vida humana, pasó a residir en lo profundo de la tierra. Quizá haya conservado siempre la nostalgia de la luz.
Siguiendo la etimología griega (“a-regocijo”) se le ha llamado al Aqueronte, “río de la Tristeza”. En la nueva Santa María van a pasar los hechos que conocemos también por otros relatos posteriores (¿hechos de terror y de espanto, something pernicius and dread, como dice Whitman en el acápite general que Onetti elige para La Vida Breve?).
I / SANTA MARÍA: NOSTALGIA DEL PARAÍSO
Bajo distintas formas, ciertos temas se encuentran en casi todas las mitologías. Los mitos paradisíacos dentro de los mitos de los orígenes, se conocen con algunas variantes en África, en Indonesia, en la India, en Oriente (21). En todas partes existe el recuerdo de una época en la que el hombre primordial gozaba de una espontaneidad y una beatitud que perdió a raíz de algún acontecimiento ocurrido en los orígenes. La nota común a estas historias es la inmortalidad, la juventud y la felicidad.
I. 1. La ciudad junto al río.
Conocemos a Santa María, la ciudad creada por Brausen, desde que es apenas una idea fugaz que proviene de otra idea anterior, del recuerdo del lugar
“donde había sido feliz años antes, durante veinticuatro horas y sin motivo” (VB, 21). (*)
La felicidad inmotivada es una de las características de la época primordial, en contraposición a la felicidad escatológica, de la salvación como gracia y recompensa.
Allí, donde vivía el médico, Brausen había estado una sola vez, pero recordaba el aire, los árboles,
“la placidez con que llegaba la balsa por el río” (VB, 20).
El río de Santa María conserva su importancia desde al principio al fin de la novela. “Díaz Grey, la ciudad y el río” es el título del segundo capítulo, en donde, además de la visión primera, ya aparece la nueva ciudad con su plaza, su iglesia, sus coches, su confitería, pero mantiene las características topográficas de la primera pequeña ciudad junto al río.
El río, la balsa, la incesante llegada de pasajeros, ya son datos suficientes para reconocer en los sueños de asociación de Brausen, las imágenes alegóricas con las que traduce Sócrates, antes de morir, la imaginaria aventura del alma en el contexto órfico de la metempsicosis (22).
Si recordamos la versión socrática del río Aqueronte, ninguna descripción del movimiento del puerto de Santa María resultará arbitraria. Para Sócrates, el Aqueronte no es el Infierno, que con más propiedad sería el Tártaro homérico, el lugar más profundo del reino de los muertos, sino una de las cuatro corrientes mayores de la Tierra subterránea. Es también el nombre de una de las cuatro regiones del Hades, el invisible mundo de los muertos. El Aqueronte es un lugar de pasaje donde son enviadas las almas de aquéllos que no fueron encontrados “ni enteramente criminales ni enteramente inocentes”. En ese río “embarcan en barquichuelos” que los llevan hasta los lugares donde van a tener su residencia (23).
La incesante llegada de pasajeros, los grupos de gente que “aumentaban y se empequeñecían junto al muelle”, la visión del muelle, a veces oscuro, otras “blanco de sol” (VB, 108), indicaría que algunos se van, pasan, otros están saliendo de las tinieblas. Es quizá el momento el momento en que las almas son “devueltas a este mundo para animar nuevos cuerpos”, como dice el Diálogo platónico (24).
Todo sirve a la aventura psíquica de Brausen. Las imágenes socráticas añaden sentido implícito a muchas circunstancias que podremos ver más adelante, especialmente en los capítulos finales.
Todas las mitologías tienen algún relato relacionado con la caída y con la culpa, que sirven de antecedente a la situación actual del hombre. Esto a Brausen no le interesaba. No porque esos sentimientos no existan en la novela, sino quizá porque están presentes de otra manera:
“Este médico, dice Brausen de Díaz Grey, debía de poseer un pasado tal vez decisivo y explicatorio que a mí no me interesaba” (VB, 21).
El pasado de Díaz Grey era el propio Brausen, que lo había “hecho nacer en Santa María con treinta o cuarenta años” ¿de pasado? En La muerte y la niña, Díaz Grey conoce su diferencia con las demás personas; se sabe, a pesar de todo, un ser muriente a quien Brausen irá matando, obligatoriamente, “por respeto a las grandes tradiciones que desea imitar”. Muchas de éstas podríamos encontrar para aproximarnos al demiurgo Brausen, pero todavía vamos a preocuparnos del río de Santa María.
Sócrates no se ocupa de los antecedentes mitológicos del Aqueronte, que también era un dios del que hay varias versiones en leyendas que fueron añadidas a los mitos.
Entrando en el juego mitológico, podemos tomar algunas de las versiones biográficas del Aqueronte. Este dios, hijo del Sol y de la Tierra, un día fue transformado por Zeus en el río que conduce a las tinieblas, en castigo por haberle suministrado agua a los Titanes. Hubo quizá una ruptura en el universo cuando este promisorio representante de la vida humana, pasó a residir en lo profundo de la tierra. Quizá haya conservado siempre la nostalgia de la luz.
Siguiendo la etimología griega (“a-regocijo”) se le ha llamado al Aqueronte, “río de la Tristeza”. En la nueva Santa María van a pasar los hechos que conocemos también por otros relatos posteriores (¿hechos de terror y de espanto, something pernicius and dread, como dice Whitman en el acápite general que Onetti elige para La Vida Breve?).
Perdurará en Brausen, que quizá tuvo ocasión de asomarse una vez a la antigua felicidad del dios Aqueronte, el recuerdo de un día feliz. La expresión “veinticuatro horas”, el aparente transcurrir de ese tiempo breve, seguirán siendo el símbolo de un paréntesis de felicidad.
I. 2. Un nombre bíblico.
“Santa María, porque yo había sido feliz allí” (VB, 21).
El nombre de Santa María tiene un claro sentido bíblico, alusivo a la nostalgia del Paraíso y a la pureza original.
Una interpretación mariológica del capítulo III del Génesis, atribuye a la Madre del Salvador (a su linaje) el poder de aplastar la cabeza de la serpiente, causa de la caída. Dios maldice allí a la serpiente. En el Nuevo Testamento, la Madre del Salvador se llama María. La tradición la llama “Santa María”.
La profecía del Génesis no es promesa de felicidad terrena sino anuncio de que el mal será vencido. De esta manera, una esperanza de pureza reconquistable y un recuerdo de felicidad edénica, motivan el nombre de la ciudad de provincia, escenario de todos los sucesos.
I. 3. La felicidad, un acto de la memoria.
Las sociedades arcaicas o tradicionales practican numerosos ritos de “vuelta a los orígenes”, tema al que volveremos al referirnos al capítulo “Pequeñas muerte y resurrección”. Aquí empezaremos por recordar los hechos del principio de la novela, anteriores a la creación de Santa María, que no tiene la exclusividad de la opresión, la angustia y la nostalgia.
La Vida Breve empieza con un capítulo titulado “Santa Rosa”. Estaban todos todavía en Buenos Aires esperando que estallara la tormenta, convencidos de que la lluvia transformaría la ciudad en un “territorio feraz”. Lo que resulta más significativo es que esa esperanza telúrica pueda transformarse en esperanza de felicidad. De la lluvia, de la fertilidad, esperaban que pudiera surgir:
“la dicha repentina y completa como un acto de la memoria” (VB, 14)
¿Es una reminiscencia, una huella que los mitos documentan? Es siempre la imagen de los principios: in illo tempore, el hombre era feliz.
La repentina alusión a “Santa Rosa” nos indica que estamos situados en algo nuestro: nada saben de esa tormenta en el Egeo o en el Nilo. Este dato de realidad regional, es de todos modos impreciso como referencia a la “ciudad de provincia” que muchos se afanan por ubicar.
Algo semejante ocurrió con el Paraíso terrenal bíblico (Gén 2,8-14). Durante mucho tiempo se creyó que podía localizarse el lugar donde había estado situado el Edén (o estepa) que Jahvéh plantó y convirtió en un paraíso. También el Paraíso terrenal estaba regado por un río que se repartía en cuatro brazos: el Pisón, el Guijón, el Tigris y el Eufrates. La existencia de dos ríos en Asia, denominados “Eufrates” y “Tigris”, confundió el hecho mítico con un acontecimiento histórico, y se creyó que esos ríos habían correspondido a los límites geográficos del Paraíso que un día quedó separado del resto del mundo que lo había perdido.
En La Vida Breve, la mitología y la recreación mítica corresponden a una realidad objetiva posible. Ambas intercambian las imágenes que conforman una tercera realidad interior representativa del todo de la existencia.
La colonia de labradores suizos que marca el otro límite de la ciudad de Santa María, es un ejemplo de doble significación, de intercambio posible de significaciones.
Nuestro país tiene un lugar en el departamento de Colonia llamado “Colonia Suiza”, porque unos labradores suizos se instalaron allí a fines del siglo pasado.
Una colonia de labradores es una demorada representación de una edad sociocultural que tuvo su comienzo diez siglos antes de nuestra era: todavía en plena era industrial o atómica, hay grupos étnicos que viven de la agricultura. Una característica constante de este tipo de organización sociocultural es la de ser expansiva, avanza continuamente sobre nuevas tierras aptas para el cultivo. Nos encontramos así con el dato verosímil que registraría la llegada de hombres rubios al puerto de Santa María. Nunca se sabrá con seguridad si vienen de la colonia o de la laguna Aquerusíades. Lo seguro es que el tinte rubio significará la juventud (Díaz Grey, Owen). Similares características tiene algún personaje homérico tomado de la mitología. No es casual que siempre que se nombra a Radamanto se diga que era rubio. Este hijo de Zeus y asistente de Cronos, podía, seguramente, detener su propio tiempo y conservar su juventud. Decharme, en su Mythologie de la Gréce antique, recuerda que en el cuarto canto de la Odisea, “le blond Radamanthe” o Radamantis reinaba en los Campos Elíseos donde los hombres viven dichosamente.
Podemos decir, siguiendo una de las realidades de la novela, que Santa María está por aquí, (o por donde anda Onetti): cerca de Buenos Aires, de Pérgamo, de Colonia Suiza, de Montevideo, es algo nuestro. Esto, la nueva ciudad. De la época anterior, de las veinticuatro horas felices, si consultamos con algún nativo de Indonesia, Oceanía o Australia, nos dirá que es una ciudad de “aquel tiempo” anterior a la ruptura entre el Cielo y la Tierra, cuando los dioses descendían y se mezclaban con los humanos, y los hombres podían ascender por un árbol, una montaña o una liana, o llevados por los pájaros, sin tener que morir.
Dice el aforismo 84 de Kafka:
“Fuimos creados para vivir en el paraíso, el paraíso estaba destinado a servirnos. Nuestro destino ha sido modificado…” (25).
Notas
(*) Las citas de La Vida Breve (VB) corresponden a su primera edición, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1950.
I. 2. Un nombre bíblico.
“Santa María, porque yo había sido feliz allí” (VB, 21).
El nombre de Santa María tiene un claro sentido bíblico, alusivo a la nostalgia del Paraíso y a la pureza original.
Una interpretación mariológica del capítulo III del Génesis, atribuye a la Madre del Salvador (a su linaje) el poder de aplastar la cabeza de la serpiente, causa de la caída. Dios maldice allí a la serpiente. En el Nuevo Testamento, la Madre del Salvador se llama María. La tradición la llama “Santa María”.
La profecía del Génesis no es promesa de felicidad terrena sino anuncio de que el mal será vencido. De esta manera, una esperanza de pureza reconquistable y un recuerdo de felicidad edénica, motivan el nombre de la ciudad de provincia, escenario de todos los sucesos.
I. 3. La felicidad, un acto de la memoria.
Las sociedades arcaicas o tradicionales practican numerosos ritos de “vuelta a los orígenes”, tema al que volveremos al referirnos al capítulo “Pequeñas muerte y resurrección”. Aquí empezaremos por recordar los hechos del principio de la novela, anteriores a la creación de Santa María, que no tiene la exclusividad de la opresión, la angustia y la nostalgia.
La Vida Breve empieza con un capítulo titulado “Santa Rosa”. Estaban todos todavía en Buenos Aires esperando que estallara la tormenta, convencidos de que la lluvia transformaría la ciudad en un “territorio feraz”. Lo que resulta más significativo es que esa esperanza telúrica pueda transformarse en esperanza de felicidad. De la lluvia, de la fertilidad, esperaban que pudiera surgir:
“la dicha repentina y completa como un acto de la memoria” (VB, 14)
¿Es una reminiscencia, una huella que los mitos documentan? Es siempre la imagen de los principios: in illo tempore, el hombre era feliz.
La repentina alusión a “Santa Rosa” nos indica que estamos situados en algo nuestro: nada saben de esa tormenta en el Egeo o en el Nilo. Este dato de realidad regional, es de todos modos impreciso como referencia a la “ciudad de provincia” que muchos se afanan por ubicar.
Algo semejante ocurrió con el Paraíso terrenal bíblico (Gén 2,8-14). Durante mucho tiempo se creyó que podía localizarse el lugar donde había estado situado el Edén (o estepa) que Jahvéh plantó y convirtió en un paraíso. También el Paraíso terrenal estaba regado por un río que se repartía en cuatro brazos: el Pisón, el Guijón, el Tigris y el Eufrates. La existencia de dos ríos en Asia, denominados “Eufrates” y “Tigris”, confundió el hecho mítico con un acontecimiento histórico, y se creyó que esos ríos habían correspondido a los límites geográficos del Paraíso que un día quedó separado del resto del mundo que lo había perdido.
En La Vida Breve, la mitología y la recreación mítica corresponden a una realidad objetiva posible. Ambas intercambian las imágenes que conforman una tercera realidad interior representativa del todo de la existencia.
La colonia de labradores suizos que marca el otro límite de la ciudad de Santa María, es un ejemplo de doble significación, de intercambio posible de significaciones.
Nuestro país tiene un lugar en el departamento de Colonia llamado “Colonia Suiza”, porque unos labradores suizos se instalaron allí a fines del siglo pasado.
Una colonia de labradores es una demorada representación de una edad sociocultural que tuvo su comienzo diez siglos antes de nuestra era: todavía en plena era industrial o atómica, hay grupos étnicos que viven de la agricultura. Una característica constante de este tipo de organización sociocultural es la de ser expansiva, avanza continuamente sobre nuevas tierras aptas para el cultivo. Nos encontramos así con el dato verosímil que registraría la llegada de hombres rubios al puerto de Santa María. Nunca se sabrá con seguridad si vienen de la colonia o de la laguna Aquerusíades. Lo seguro es que el tinte rubio significará la juventud (Díaz Grey, Owen). Similares características tiene algún personaje homérico tomado de la mitología. No es casual que siempre que se nombra a Radamanto se diga que era rubio. Este hijo de Zeus y asistente de Cronos, podía, seguramente, detener su propio tiempo y conservar su juventud. Decharme, en su Mythologie de la Gréce antique, recuerda que en el cuarto canto de la Odisea, “le blond Radamanthe” o Radamantis reinaba en los Campos Elíseos donde los hombres viven dichosamente.
Podemos decir, siguiendo una de las realidades de la novela, que Santa María está por aquí, (o por donde anda Onetti): cerca de Buenos Aires, de Pérgamo, de Colonia Suiza, de Montevideo, es algo nuestro. Esto, la nueva ciudad. De la época anterior, de las veinticuatro horas felices, si consultamos con algún nativo de Indonesia, Oceanía o Australia, nos dirá que es una ciudad de “aquel tiempo” anterior a la ruptura entre el Cielo y la Tierra, cuando los dioses descendían y se mezclaban con los humanos, y los hombres podían ascender por un árbol, una montaña o una liana, o llevados por los pájaros, sin tener que morir.
Dice el aforismo 84 de Kafka:
“Fuimos creados para vivir en el paraíso, el paraíso estaba destinado a servirnos. Nuestro destino ha sido modificado…” (25).
Notas
(*) Las citas de La Vida Breve (VB) corresponden a su primera edición, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1950.
(21) Eliade, ob. cit. 75-91.
(22) Platón, ob. cit. 67 ss.
(23) Platón, íd. 71.
(24) Platón, íd.
(25) Franz Kafka, Journal intime, Grasset, Paris, 1945, p. 271 (traducción nuestra).
(22) Platón, ob. cit. 67 ss.
(23) Platón, íd. 71.
(24) Platón, íd.
(25) Franz Kafka, Journal intime, Grasset, Paris, 1945, p. 271 (traducción nuestra).
























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