viernes

PAN EN LOS OJOS / webnouvelle de Hugo Giovanetti Viola


SEGUNDA ENTREGA

3 / SENEL acaba de tirarse boca arriba en el pasto del fondo cuando se abre la puerta de la cocina. Ya cayó el gordo a atomizarme. Rabí se agacha al lado del muchacho con complexión de garza y observa largamente el estrellerío antes de murmurar:
-Te juro que no es sermón whiskero, Senel. Pero costó veintidós años formar esta familia y si ustedes no ayudan un poquito se va a ir todo a la mierda. ¿Había necesidad de prestar ese libro sin pedirle permiso a tu hermana?
-Creo que sí -traté de disimular el chillido del pecho. -Estoy seguro que hubiese armado terrible quilombo. Fue mucha mala suerte que se le ocurriera agarrarlo justo ahora. No te olvides que ella no lo quiso leer porque yo se lo pedí para vicharlo apenas lo compró, después de ver Siete años en el Tibet. No se pudo bancar que el macho dueño de Dios lo leyera primero. ¿Entendés?
-Y ahora había tanta necesidad de sacárselo de la bibilioteca.
El muchacho se frota el pelo con los ojos cerrados y jadea:
-Te aseguro que era cuestión de vida o muerte, gordo. Lo que tendría que hacer Poli es tratar de tocar para los que la precisan y no agarrarse a patadas con la humanidad. Que no estudie, si la embola encerrarse. Que vaya a la panadería y golpeé y les dé un concierto a Coto y a Marti, por ejemplo.
-Esa gente está de duelo, Senel.
-Escuchar tocar a Poli es como darse baños con estrellas, papá. Tiene uno de los toques guitarrísticos más sanadores que deben haber existido jamás. Tío Jerónimo se lo decía desde que era chiquita.
-Bueno, nosotros vamos un momento hasta lo de tus abuelos. Volvemos para la cena.
Y la humillación que le empantanaba la voz me obligó a murmurar:
-El Espíritu va a ayudarnos, gordo. No te preocupes.
-Si te pescás una pulmonía lo veo un poco difícil.
Entonces el muchacho se sienta como impulsado por un resorte y chilla:
-Suspendida la contemplación, Señor. Y avisale a mamá que ahora pueden seguir puteándose tranquilos.

4 / POLI frena un momento para volver a sonarse la nariz frente a la panadería cerrada ya hace tres meses y ve a Marti entreabriendo el portón del garage. Era la primera vez que nos encontrábamos después del entierro de sus hijos.
-Hola -sonríe la chiquilina, empapada por el atardecer color malvón.
Marti vino a darme un beso y me invitó a pasar: tenía la cara como demasiado ancha o algo así, pero estaba super bien arreglada.
-Coto a veces va a buscarme al trabajo antes de terminar el reparto -prende el gas la mujer. -Te sirvo un cafecito.
-¿Coto sigue repartiendo?
-Sí. Lo que no quiere es volver a abrir la panadería, pero el encargo lo hace.
-Mirá vos. No sabés lo que extraño los bizcochos.
Y recién me di cuenta que el comedor diario estaba lleno de fotos de Rodrigo y Ariel.
-Le ponés edulcorante o azúcar -pregunta Mari al rato.
-Edulcorante. Dos.
-¿Cuándo tenés concierto?
-El martes. Pero te juro que ya es imposible estudiar en mi casa. Desde que murió mi tío pinta todo imposible.
-¿Porqué no estudiás aquí? Para Coto sería bárbaro. Y vos tendrías hasta los bizcochos calientes.
-No. Mamá va a empezar a decir que molesto.
-Dale. Tocá algo ahora. Para mí. Por favor. Aquella pieza española que le gustaba tanto a Rodrigo. La última vez que te escuchó tocar se pasó chiflando eso toda la semana.
-Debe ser la Serenata de Malats.
-Él estaba enamorado de vos desde la escuela.
Entonces miré una foto de Rodrigo en la escuela y ahora lo encontré lindo.
-Coto anda muy entusiasmado con el libro que le mandaste, además.
-¿Qué libro?
-El de los tibetanos. Lo lee todas las noches. Y cuando viene Senel toman mate y lo repasan. Yo todavía ni empecé a leerlo.
Poli se suena la nariz y saca la guitarra.

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