martes

[FE DE UN SEMINARISTA - 4] Fray Pablo del Reino


La mañana que se viene / es una vieja sensación.
Fito Páez

Azucena fue la excusa en aquellas calles secas, donde un tipo horizontal buscaba una fisura para enterrar su miseria, y el monótono chillido del Jamaica era una jaula alegre para una edad de barba tonta.
El hombre-quieto me regaló un puñadito de desprecio cuando lo supo.
Yo no podía entender la densidad de mis pasos, ni por qué la luna insistía en acariciar mis cortinas con temporadas negras. Y buscando en la espalda de aquella ciudad de azúcar, la vi.
Se había parado en un retazo del viento que refregaba mi frente, y gustando algunas partes de mis músculos, se vengaba de la vida: yo colgué aquel verde irrepetible de su cara entre las guirnaldas polvorientas de mi casa. Y aunque su corazón de mimbre flojo rascaba mi ventana cuando su madre invernaba con la tranquilidad de una oruga, ya nunca la esperé. Porque yo soñaba el tiempo de una mecedora sin espacio para su lengua sensible.
El hombre-quieto me pegó con su ala estrecha cuando lo dije.

Penetré en tu ombligo con mi hierro calcinado
para hundirme entre sus ramas
donde cargaba otra muerte
Le creí a esos vientos de azúcar impalpable
te acaricié la espalda con mi semen despreciado
y también mentí
Quise ser viejo
y redimido entre tu pan
lamer la niña que afiebró mis dos traiciones
Hoy la perdono
ahorcado de su noche
borracho por su vientre doblemente ajeno

Que el gusano de alquitrán vaya tragando mi falange
y partido sin tu sal
se transforme mi cintura

El hombre-quieto estrangulaba mis venas cuando miraba al oeste.
Él ahora es un líquido olvidado en el miedo de las manos, que recuerdan un sol escaso, parecido a un amanecer de estrellas rosadas en un país de árboles dormidos. Pero hay que extirpar la huella de la cuna hasta temblando, y sostener con fuerza los minutos lluviosos, que aguantan lo quebrado. Porque la vida fermenta en el cáliz de un niño, y las hojas sucias son un cúmulo de sinceridad para tocar la morada más honda, donde la teta y la espina ya no acarician.
Dicen que allí el aire está hecho de raíces impensables y una sustancia serena de pasos astillados.
El hombre-quieto se paró en el filo del océano con su temporada de lagañas.
Yo me demoraba, divertido en aquellas torres morenas. Pero hay un segundo de cenizas, siempre llega. Es un temblor de elefantes en los huesos, cuando los hombres lloran empapando la luna, y el Jamaica no tiene un fósforo que rasque diferente.
Entonces viene el reino de los troncos partidos y la desnudez de las uñas saliendo del bolsillo, donde la paz será un lujo hasta que se vuelva pan. Y el niño de verdadero barro, sin leones ni camellos, amasará la redondez de la aurora.
El hombre, quieto, sacó el dedo de mi frente y clavó la espalda en su almohada de pino.


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