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16/ El Caldero de la Bruja [Anna Rhogio] - La novela WEB de magia y hechicería para niños

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34 / Hacer del telar una máquina útil y fácil de usar, es una empresa que los entusiasma.
Prueban.
Cambian.
Y son muchos los aciertos y los fracasos.
Aceptan sugerencias de la gente; algunas sirven, otras no y avanzan despacio pero seguros.
El señor de las cucharas observa de reojo a su hechicera mientras trabajan y nota que las arrugas de preocupación de su frente se borran cuando tiene ante sí un desafío.
Porque la ayuda a olvidarse del futuro.
Del miedo.
Esa mañana invernal, Laal propone a sus amigos ir a patinar al arroyo cercano.
Caminar entre los pinos es una experiencia sobrenatural.
El bosque es un silencioso castillo de cristal.
La energía potente de la magia lo envuelve como una capa protectora.
Un sol tímido atraviesa los carámbanos que cuelgan de las ramas.
Hace de estos, translúcidos adornos que resaltan cada minúsculo punto de luz y los convierte en irisados abanicos sobre la nieve y en el aire quieto.
Parecen los vitrales de un templo y los niños quieren atraparlos.
Los reflejos son fantásticos y las manos se agitan como mariposas.
-¿Cómo será deslizarse con zuecos, Laal?
-¡Oh! ¡Supongo que muy interesante! -ironiza. -Como la mayoría de las cosas que intentamos; probaremos poco a poco, cuidándonos de los porrazos.
Druss tuvo razón al predecir las caídas y las carcajadas.
-Espero que esos dos estén acá para el invierno que viene y puedan patinar con nosotros...
-¿De quién hablas?
-De Druss y Vlassa, Laal; extraño mucho a mi hermana.
-“Esos dos” andan recorriendo la tierra y divirtiéndose en grande; no te ilusiones con que vuelvan pronto.
Nahala resbala y se cae sentada.
Sin ganas de tolerar las bromas de Laal se queda allí, mirando cómo los pequeños aprenden rápido, ayudados por Elmo, Nepo y los demás duendes que usan ropas coloridas en contraste con las propias, grises, oscuras, sin vida.
La escena es encantadora.
Como un cuadro pintado por las manos diestras de los gnomos que saben dar color a todo lo que tocan.
Los vestidos.
Los tapices con los que abrigan sus hogares...
Decide que tienen que ir a llevarles lo que Gnesen les pidió en la lista que Elmo leyó para ella, más los cientos y cientos de zuequitos que les hizo el señor de las cucharas.
Las mujercitas le darán el secreto de los tintes y así podrán pintar la vida con nuevos matices.

35 / Es cierto que Vlassa y Druss se divirtieron, conocieron distintas culturas y gente extraña de costumbres bárbaras en la era en que no había fronteras y se podía andar libremente por el mundo.
Pero sufrieron frío, hambre y algunas calamidades.
Cuando Vlassa protestaba, Druss replicaba:
-No te quejes; tú elegiste seguirme...
Con eso, dominaba su hablar y su genio picantes.
Continuaron hacia el sur y debieron cruzar una selva tenebrosa que les cerraba el paso.
Allí no había sonidos, ni trinos, ni rumores.
La sensación de miedo era tan fuerte que los hacía temblar.
La oscuridad no se disipó hasta que encendieron antorchas. Y con la claridad incierta de las llamas, los vieron.
Eran gigantes sin cuerpo.
Sólo ondeaban como si estuvieran vestidos de bruma.
Se escondían pegados a los árboles, espantados, cuando la luz los rozaba.
Tenían vergüenza de que los miraran y una infinita tristeza.
Vlassa pensó en Nahala.
Recibió al instante una idea que la orientaba:
“Avanzar sin molestarlos”.
-Por todos los dioses, Druss, ¡no me sueltes de tu mano!
-No te soltaré; camina con cuidado que estás cargando mi tesoro.
-Mucho me temo que MI tesoro nazca en la oscuridad y lejos del agua, si no salimos pronto de aquí.
-¿Te sientes bien?
-Perfectamente.
De pronto la selva se convirtió en un jardín iluminado con todas las bendiciones y aquellos pobres espectros errantes fueron trocados en hombres y mujeres reales, al paso milagroso de aquel niño no nacido.
Y los adoraron como a divinidades celestiales...
Salieron de la penumbra fresca del jardín.
El clima de la región era cálido.
Ante sus ojos se extendía un arenal de elevados médanos.
Tersos por la continua caricia del viento.
Sin una sola huella.
Lejos, muy lejos, escucharon el constante bramido del mar.

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