jueves

2/ El Caldero de la Bruja [Anna Rhogio]


5/ La nieve cruje debajo de sus pies.
Al pasar por el redil da un vistazo a la majada que se hacina para conservar el calor.
Todo está en calma.
Blatt la sigue de cerca olisqueando con el hocico pegado al suelo, sacudiéndolo para librarse del hielo que se adhiere a sus bigotes.
Hace bastante ruido e interrumpe el silencio blanco y total de la mañana.
La atmósfera es translúcida.
Diseña con nitidez los perfiles oscuros, azulados, de las cabañas y del bosque cercano.
Los techos en engalanan con fumarolas que suben rectas al cielo.
Hoy no hay viento.
Llega a la casa del señor de las cucharas y toca en la puerta:
-¿Laal? ¿Puedo pasar?
-Entra y cierra ligero. No encendí el fogón todavía.
-¡Ni el fuego ni la lámpara! ¡Qué oscuridad! ¿No tienes más aceite o tu avaricia no te lo permitió?
Laal es joven, fuerte a pesar de su delgadez y muy alto. Hace un gesto de disgusto que más que ver, ella adivina.
-¡Estoy bromeando! ¡Tú eres generoso! ¿Cómo está tu madre?
-Ven acá, pequeña flor...
-¡Oh! ¡Pero si estás allí! ¡Tan envuelta en tus mantas que no puedo verte! ¡Acércame la luz, Laal! ¡Enciende el fuego enseguida!
-¡Ya voy! ¡Dame tiempo! ¡Eres atropellada y embistes como un vendaval! ¡Cuando entras acá, lo pones todo de cabeza!
-¿Te duelen las piernas, Okila?
-Mucho.
-En cuanto tu perezoso hijo tenga lista la lumbre, arreglaremos eso -de una bolsita de cuero que lleva entre sus ropas toma una pizca de hierbas secas. -Dame el mortero, Laal, tengo que machacar la medicina. Necesito agua bien caliente. ¡Apúrate, hombre!
En pocos minutos prepara un té amarronado que le hace beber directamente del mortero para que no pierda efecto.
Tiene ganas de molestar a Laal al verlo tan hosco:
-¡Mira, mira, mira! ¡Cómo te has esmerado al tallar la mano del mortero! ¡Jamás contemplé una cara tan terrible! ¿Quién es? ¿Un feroz dios, habitante de las profundidades de la tierra? ¡De tan feo, resulta hermoso!
-¡Ya basta, Nahala! ¡Déjame en paz!
-¡Aconséjale a uno de nuestros actores que se pinte así cuando tenga que hacer de villano la próxima vez!
Laal le contesta con un bufido.
Ella ríe escondiendo la cabeza, en tanto destapa a Okila.
La fuerza que emana de sus manos es tan benéfica que al ponerlas sobre las rodillas de la madre de Laal, se le alivian los dolores.
-¡Tu hijo es un zoquete! ¿Por qué no me avisó que estabas enferma? ¡Pero ya estás mejor! ¿Verdad?
La habitación se ilumina con su presencia.
El muchacho está asando carne:
-¿Quieres?
-Gracias. Ya desayuné. ¿Qué tallarás hoy? -le pregunta respetuosa para borrar el enojo de su amigo.
-Varios juegos completos de cucharas para los hijos de Kem.
-Quiero mirar.
-Siéntate y cállate. No me distraigas con tonterías.
Nadie es tan serio como él cuando trabaja.
Y siempre la sorprende con sus herramientas y su artesanía.
No se cansa de observar sus manos hábiles.
Se deleita con el perfume de las virutas y respira con los ojos cerrados para apreciarlo mejor.
Cree que su tarea puede inspirarla para el asunto del caldero.
Su intuición no la está ayudando para nada hoy.
Y la labor de Laal tampoco.

6 / Se marcha y camina hacia el bosque.
Los pinos son casi tan grandes como el tocón del teatro. Algunos tienen acaracolados huecos que llegan al centro del tronco.
Al reparo del frío y del viento, viven los duendes.
Allí, en su mundo de madera.
Nahala sabe que no tiene mucho tiempo; la noche viene temprano en la estación de los hielos y sus manos se están poniendo peligrosamente moradas.
El aliento de su respiración es un soplo que desaparece en el aire.
-¡Elmoooo! -grita dándose palmadas en los brazos en tanto salta para calentarse los pies. -¡Epoooo! -insiste. -¡Necesito que me ayuden! ¡Vengan de inmediato!
Ambos aparecen seguidos por los otros duendes.
Traen acordeones y faroles.
Sus trajes son verdes, calzan zapatos lustrados y usan galeras elegantes adornadas con tréboles de cuatro hojas.
Sujetan los cinturones con hebillas de plata cinceladas con guardas de hojas y flores.
Sus caras simpáticas de narices coloradas, sonríen:
-¡Hechicera de hechiceras! ¡Aquí estamos! -saluda Elmo.
-¡Dinos qué deseas, alteza!
Nepo tiene la costumbre de halagarla.
Luego se tapa la boca con la bufanda a rayas.
-¡Tengo que resolver un gran problema, amigos! ¡Mussi me molesta desde ayer para que haga una olla, pero no me dice cómo ni con qué!
-¿Te molesta sólo desde ayer? ¡Pues tienes suerte! ¡Puede que eso dure toda tu vida porque es pertinaz como una nevada! -le dice Elmo.
-Permítenos armar un fueguito para quitarnos el frío.
Nepo se estremece.
En un espacio libre de nieve y en un santiamén, acomodan las astillas y las llamas de la pequeñísima fogata crepitan bailando.
Se sientan a su alrededor para recibir su benévolo amparo que no va más allá de la claridad que genera.
-¿Cómo hacen esos encantadores instrumentos? -les pregunta cuando uno de ellos comienza a tocar.
-¿Su música es preciosa, verdad? Pero ustedes no podrían elaborarlos; son técnicas dificilísimas y no tienen herramientas. ¡Mira su tamaño! ¡Vuestras manotas no tocarían nada con ellos!
-¡No me comprendieron! ¡Yo digo de hacerlos de acuerdo a nuestras medidas, no a las vuestras!
-¡Ni lo sueñes! -corean riendo.
-¡No sean mezquinos!
-¡Aprenderán cuando les llegue el tiempo, hechicera!
-Entonces deben ayudarme con lo del caldero.
Piensan con el ceño fruncido fumando sus pipas.
Acaso el dios Humo podría inspirarlos.
Nepo interrumpe sus reflexiones para bromear:
-¿Tus poderes mágicos no alcanzan para ayudarte?
-¿Los vuestros tampoco, hombrecitos?
Poco a poco, las sombras violáceas del anochecer van estirando las siluetas.
Nahala suspira.
Las brasas se consumen.
Se agitan y se transforman en rescoldos resplandecientes.
Se apagan y regresa la oscuridad.
Los duendes encienden los farolitos y las luces doradas son apenas recuerdos del sol.
Producen diminutas esferas radiantes que son el universo en el que habitan los seres ígneos.
-Te prometemos pensarlo, hermana mayor -la expresión de Elmo es tan seria, que causa gracia.
-Pero por ahora no tenemos ninguna idea que sirva para ayudarte -termina Nepo.
La joven es gentil, bondadosa y bella.
Les da vergüenza fallarle.
-¡Está bien! Regresen a casa. Me marcho. Vengan a la fiesta de la luna llena y traigan los acordeones.
-¡Allí estaremos!
Los mira alejarse por una cuesta, apoyándose en toscos y nudosos bastones hechos con ramas; tantean el camino para no caer en un pozo.
Muchas veces han tenido que correr a rescatarlos al oír sus chillidos pidiendo socorro por haberse hundido en un hoyo.
Las luces se alejan.
Desaparecen entre los abetos.
La negrura es total.
Al darse en vuelta para ponerse en pie, ve unos ojos verdosos, fosforecentes y oblicuos que la miran.
Se queda hincada y nota que se le erizan los cabellos de la nuca.
Percibe un hálito caliente en la cara...
“¿Quién soy para tener miedo? ¿Una hechicera con grandes poderes y virtudes o una simple aprendiz de bruja?” se pregunta sonriendo.
Recibe un lambetazo pegajoso en la mejilla que se apresura a limpiar con la manga...
-¡Señor Blatt! ¡Deja de hacerme bromas que asustan! ¡Creí que eras un diablo salido del fondo del abismo! ¡Guíame a casa que no veo el sendero!
El lobo se pega a sus piernas y ella lo toma del pelaje. La conduce como si estuviera ciega.
Cerca de la aldea, huele el humo de la leña que arde en los fogones de las cabañas de techos de paja.
Distingue las llamaradas de las teas con las que alumbran el lugar.
Ama el sitio donde nació.


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