UN CORAZÓN SENCILLO
PRIMERA ENTREGA
Durante medio siglo las vecinas acomodadas de Pont-l'Évêque envidiaron a la señora de Aubain su criada Felicitas.
Por cien francos al año cocinaba, arreglaba la casa, cosía, lavaba y planchaba, sabía embridar un caballo, cebar las aves de corral, batir la manteca; y además se mantuvo fiel a su ama, la que, sin embargo, no era una persona agradable.
Se había casado con un buen muchacho sin fortuna que murió a comienzos de 1809, dejándole dos niños muy pequeños y una cantidad de deudas. Entonces vendió sus fincas, con excepción de la granja de Toucques y la de GefTosses, cuyas rentas ascendían a 5.000 francos a lo sumo, y dejó su casa de Saint-Melaine para vivir en otra menos costosa que había pertenecido a sus antepasados y se hallaba detrás del mercado.
PRIMERA ENTREGA
Durante medio siglo las vecinas acomodadas de Pont-l'Évêque envidiaron a la señora de Aubain su criada Felicitas.
Por cien francos al año cocinaba, arreglaba la casa, cosía, lavaba y planchaba, sabía embridar un caballo, cebar las aves de corral, batir la manteca; y además se mantuvo fiel a su ama, la que, sin embargo, no era una persona agradable.
Se había casado con un buen muchacho sin fortuna que murió a comienzos de 1809, dejándole dos niños muy pequeños y una cantidad de deudas. Entonces vendió sus fincas, con excepción de la granja de Toucques y la de GefTosses, cuyas rentas ascendían a 5.000 francos a lo sumo, y dejó su casa de Saint-Melaine para vivir en otra menos costosa que había pertenecido a sus antepasados y se hallaba detrás del mercado.
Esa casa, con techo de pizarra, estaba entre un pasaje y una callejuela que iba a dar al río. Tenía interiormente diferencias de nivel que hacían tropezar. Un vestíbulo estrecho separaba la cocina de la sala, donde la señora de Aubain pasaba todo el día sentada junto a la ventana en un sillón de paja. Contra el zócalo, pintado de blanco, se alineaban ocho sillas de caoba. Un viejo piano soportaba, bajo un barómetro, un montón piramidal de cajas y sombrereras. Dos butacas tapizadas flanqueaban la chimenea de mármol amarillo y de estilo Luis XV. El reloj, en el centro, representaba un templo de Vesta, y toda la habitación olía un poco a moho, pues el entarimado quedaba más bajo que el jardín.
En el piso alto estaba en primer lugar el dormitorio de "la señora", muy grande, revestido con un papel de flores pálidas y adornado con el retrato del "señor" ataviado a lo lechuguino. Esa habitación se comunicaba con otra más pequeña, donde se veían dos camitas de niño sin colchones. Luego venía el salón, siempre cerrado y lleno de muebles enfundados. A continuación un pasillo llevaba a un gabinete de estudio; libros y papelotes guarnecían los estantes de una biblioteca que rodeaba por tres de sus lados a un gran escritorio de madera negra. Los dos entrepaños en ángulo se ocultaban bajo dibujos a pluma, paisajes a la acuarela y grabados de Audran, recuerdos de una época mejor y de un lujo desaparecido. En el segundo piso, un tragaluz iluminaba la habitación de Felicitas, que daba a las praderas.
Felicitas se levantaba al amanecer para no perder la misa, y trabajaba hasta la noche sin interrupción; luego, terminada la cena, en orden la vajilla y la puerta bien cerrada, ocultaba los rescoldos bajo las cenizas y se dormía ante el hogar con el rosario en la mano. Nadie mostraba más obstinación en los regateos. En cuanto a la limpieza, el bruñido de sus cacerolas causaba la desesperación de las otras sirvientas.
Económica, comía con lentitud y recogía de la mesa con los dedos las migajas de su pan, un pan de doce libras cocido ex profeso para ella y que duraba veinte días.
En todas las estaciones llevaba un pañuelo de indiana sujeto a la espalda con un alfiler, una toca que le ocultaba el cabello, medias grises, falda roja y sobre la camisola un delantal con pechero, como las enfermeras de los hospitales.
Su rostro era enjuto y su voz aguda. A los veinticinco años se le calculaba cuarenta. Desde la cincuentena ya no mostró edad alguna; y siempre silenciosa, con el cuerpo erguido y los gestos mesurados, parecía una mujer de madera que funcionaba de manera automática.
II
Había tenido, como cualquier otra, su historia amorosa. Su padre, albañil, se había matado al caer de un andamio.
Luego murió su madre, sus hermanas se dispersaron, la recogió un labrador y la dedicó desde pequeñita a guardar las vacas en el campo. Tiritaba bajo los harapos, bebía boca abajo el agua de los charcos, le pegaban con cualquier motivo y finalmente la echaron por un robo de un franco y medio que no había cometido. Entró en otra granja, donde trabajó como moza de corral, y como era del agrado de los patrones, sus compañeras la envidiaban.
Una noche de agosto, cuando tenía dieciocho años, la llevaron a la feria de Colleville. En seguida la aturdieron y dejaron estupefacta el estruendo de los músicos de aldea, las luces en los árboles, el abigarramiento de los vestidos, los encajes, las cruces de oro y la multitud de gente que saltaba al mismo tiempo. Ella se mantenía apartada modestamente, cuando un joven bien trajeado, y que fumaba su pipa apoyado en la lanza de un carricoche, la invitó a bailar. La obsequió con sidra, café, galletas y un pañuelo de seda, e imaginándose que ella barruntaba su intención, se ofreció a acompañarla. A la orilla de un campo de avena la revolcó brutalmente. Ella se asustó y comenzó a gritar. El joven se alejó.
Otra noche, en el camino de Beaumont, quiso adelantarse a un carretón de heno que avanzaba lentamente, y al pasar rozando las ruedas reconoció a Teodoro.
Él se le acercó con aire tranquilo y le dijo que debía perdonarle todo, porque "la culpa la tenía la bebida".
Ella no supo qué responder y deseaba huir.
Inmediatamente él habló de las cosechas y de los notables del pueblo, pues su padre se había trasladado de Colleville a la granja de los Ecots, de manera que ahora eran vecinos.
-"¡Ah!" -dijo ella
Él añadió que deseaban casarlo. Pero no tenía prisa y esperaría hasta encontrar una mujer de su gusto. Felicitas bajó la cabeza y Teodoro le preguntó si pensaba en el matrimonio. Ella contestó, sonriendo, que hacía mal en burlarse.
-¡Pero no, se lo juro!
Y con el brazo izquierdo le rodeó la cintura; disminuyeron el paso. El viento soplaba suavemente, las estrellas brillaban, el carretón de heno oscilaba delante de ellos, y los cuatro caballos, arrastrando las patas, levantaban el polvo.
Luego, sin que se lo ordenaran, giraron hacia la derecha. Él la abrazó una vez más y ella desapareció en la oscuridad.
A la semana siguiente Teodoro consiguió algunas citas.
Se encontraban en el fondo de los corrales, detrás de tina tapia, bajo un árbol solitario. Ella no era inocente a la manera de las señoritas -los animales la habían instruido pero la razón y el instinto del honor le impidieron caer. Esa resistencia exasperó el amor de Teodoro, tanto que para satisfacerlo, o ingenuamente tal vez, le propuso casamiento.
Como ella vacilaba en creerle, le hizo grandes juramentos.
Pronto él confesó algo enfadoso: el año anterior sus padres le habían comprado un hombre, pero de un día a otro podían volver a llamarlo, y la idea del servicio militar le espantaba. Esa cobardía fue para Felicitas una prueba de cariño, y aumentó el suyo. Se escapaba por la noche y cuando llegaba a la cita Teodoro la torturaba con sus inquietudes y súplicas.
Por fin anunció que iría él mismo a la Prefectura para tomar informes y los traería el domingo siguiente entre las once y las doce de la noche.
Económica, comía con lentitud y recogía de la mesa con los dedos las migajas de su pan, un pan de doce libras cocido ex profeso para ella y que duraba veinte días.
En todas las estaciones llevaba un pañuelo de indiana sujeto a la espalda con un alfiler, una toca que le ocultaba el cabello, medias grises, falda roja y sobre la camisola un delantal con pechero, como las enfermeras de los hospitales.
Su rostro era enjuto y su voz aguda. A los veinticinco años se le calculaba cuarenta. Desde la cincuentena ya no mostró edad alguna; y siempre silenciosa, con el cuerpo erguido y los gestos mesurados, parecía una mujer de madera que funcionaba de manera automática.
II
Había tenido, como cualquier otra, su historia amorosa. Su padre, albañil, se había matado al caer de un andamio.
Luego murió su madre, sus hermanas se dispersaron, la recogió un labrador y la dedicó desde pequeñita a guardar las vacas en el campo. Tiritaba bajo los harapos, bebía boca abajo el agua de los charcos, le pegaban con cualquier motivo y finalmente la echaron por un robo de un franco y medio que no había cometido. Entró en otra granja, donde trabajó como moza de corral, y como era del agrado de los patrones, sus compañeras la envidiaban.
Una noche de agosto, cuando tenía dieciocho años, la llevaron a la feria de Colleville. En seguida la aturdieron y dejaron estupefacta el estruendo de los músicos de aldea, las luces en los árboles, el abigarramiento de los vestidos, los encajes, las cruces de oro y la multitud de gente que saltaba al mismo tiempo. Ella se mantenía apartada modestamente, cuando un joven bien trajeado, y que fumaba su pipa apoyado en la lanza de un carricoche, la invitó a bailar. La obsequió con sidra, café, galletas y un pañuelo de seda, e imaginándose que ella barruntaba su intención, se ofreció a acompañarla. A la orilla de un campo de avena la revolcó brutalmente. Ella se asustó y comenzó a gritar. El joven se alejó.
Otra noche, en el camino de Beaumont, quiso adelantarse a un carretón de heno que avanzaba lentamente, y al pasar rozando las ruedas reconoció a Teodoro.
Él se le acercó con aire tranquilo y le dijo que debía perdonarle todo, porque "la culpa la tenía la bebida".
Ella no supo qué responder y deseaba huir.
Inmediatamente él habló de las cosechas y de los notables del pueblo, pues su padre se había trasladado de Colleville a la granja de los Ecots, de manera que ahora eran vecinos.
-"¡Ah!" -dijo ella
Él añadió que deseaban casarlo. Pero no tenía prisa y esperaría hasta encontrar una mujer de su gusto. Felicitas bajó la cabeza y Teodoro le preguntó si pensaba en el matrimonio. Ella contestó, sonriendo, que hacía mal en burlarse.
-¡Pero no, se lo juro!
Y con el brazo izquierdo le rodeó la cintura; disminuyeron el paso. El viento soplaba suavemente, las estrellas brillaban, el carretón de heno oscilaba delante de ellos, y los cuatro caballos, arrastrando las patas, levantaban el polvo.
Luego, sin que se lo ordenaran, giraron hacia la derecha. Él la abrazó una vez más y ella desapareció en la oscuridad.
A la semana siguiente Teodoro consiguió algunas citas.
Se encontraban en el fondo de los corrales, detrás de tina tapia, bajo un árbol solitario. Ella no era inocente a la manera de las señoritas -los animales la habían instruido pero la razón y el instinto del honor le impidieron caer. Esa resistencia exasperó el amor de Teodoro, tanto que para satisfacerlo, o ingenuamente tal vez, le propuso casamiento.
Como ella vacilaba en creerle, le hizo grandes juramentos.
Pronto él confesó algo enfadoso: el año anterior sus padres le habían comprado un hombre, pero de un día a otro podían volver a llamarlo, y la idea del servicio militar le espantaba. Esa cobardía fue para Felicitas una prueba de cariño, y aumentó el suyo. Se escapaba por la noche y cuando llegaba a la cita Teodoro la torturaba con sus inquietudes y súplicas.
Por fin anunció que iría él mismo a la Prefectura para tomar informes y los traería el domingo siguiente entre las once y las doce de la noche.
Cuando llegó el momento, Felicitas corrió hacia el enamorado.
En su lugar encontró a uno de sus amigos.
Éste le dijo que no volvería a verlo. Para librarse del servicio Teodoro se había casado con una vieja muy rica, la señora Leoussais, de Toucquet.
La aflicción de Felicitas fue muy grande. Se arrojó por tierra, gritó, invocó a Dios, y se quedó gimiendo sola en el campo hasta la salida del sol. Luego volvió a la granja, declaró su propósito de irse, y al cabo de un mes, cuando recibió su salario, guardó todas sus pobres pertenencias en un pañuelo y se dirigió a Pont-l'Évêque.
Delante de la posada, interrogó a una señora con capelina de viuda y que, precisamente, buscaba una cocinera. La muchacha no sabía gran cosa, pero parecía tener tan buena voluntad y tan pocas exigencias, que la señora de Aubain terminó por decirle:
-Está bien, la acepto.
Un cuarto de hora después, Felicitas estaba instalada en su casa.
En su lugar encontró a uno de sus amigos.
Éste le dijo que no volvería a verlo. Para librarse del servicio Teodoro se había casado con una vieja muy rica, la señora Leoussais, de Toucquet.
La aflicción de Felicitas fue muy grande. Se arrojó por tierra, gritó, invocó a Dios, y se quedó gimiendo sola en el campo hasta la salida del sol. Luego volvió a la granja, declaró su propósito de irse, y al cabo de un mes, cuando recibió su salario, guardó todas sus pobres pertenencias en un pañuelo y se dirigió a Pont-l'Évêque.
Delante de la posada, interrogó a una señora con capelina de viuda y que, precisamente, buscaba una cocinera. La muchacha no sabía gran cosa, pero parecía tener tan buena voluntad y tan pocas exigencias, que la señora de Aubain terminó por decirle:
-Está bien, la acepto.
Un cuarto de hora después, Felicitas estaba instalada en su casa.
Al principio, vivió en ella en una especie de temblor que le causaban "el tono de la casa" y el recuerdo del "señor" que se cernía sobre todo. Pablo y Virginia, el uno de siete años y la otra de apenas cuatro, le parecían hechos de una materia preciosa; los llevaba a cuestas como un caballo y la señora de Aubain le prohibió que los besara a cada minuto, lo que le mortificaba. Sin embargo, se sentía feliz. La apacibilidad del medio ambiente había disipado su tristeza.
Todos los jueves iban los amigos de la casa a jugar una partida de Boston. Felicitas preparaba de antemano los naipes, y los braseros. Llegaban a las ocho en punto y se retiraban antes de que dieran las once.
Todos los lunes por la mañana el chamarilero que vivía bajo la recova instalaba en el suelo su chatarra. Luego la ciudad se llenaba de un zumbido de voces, con las que se mezclaban relinchos de caballos, balidos de ovejas, gruñidos de cerdos y el ruido seco de los carros en la calle. Hacia el mediodía, cuando el mercado estaba en su mayor actividad, aparecía en la puerta un viejo campesino de alta estatura, la gorra echada hacia atrás y nariz aquilina. Era Robelin, el arrendatario de Geflòsses. Poco después llegaba Liébard, el arrendatario de Toucques, pequeño, colorado, obeso, vestido con pelliza gris y polainas armadas con espuelas.
Los dos ofrecían a la propietaria gallinas o quesos. Felicitas desbarataba invariablemente sus astucias y ellos se iban llenos de consideración por ella.
En épocas indeterminadas la señora de Aubain recibía la visita del marqués de Gremanville, uno de sus tíos, arruinado por la crápula y que vivía en Falaise de la última parcela de sus tierras. Se presentaba siempre a la hora del almuerzo, con un horrible perro de aguas que ensuciaba todos los muebles con las patas. A pesar de sus esfuerzos para parecer caballero, hasta el punto dé descubrirse cada vez que decía: "Mi difunto padre", se dejaba llevar por la costumbre, bebía un vaso tras otro y decía chocarrerías. Felicitas lo echaba cortésmente, diciéndole:
-Ya está cansado, señor de Gremanville. ¡Hasta la próxima!
Y cerraba la puerta.
La abría complacida al señor Bourais, ex procurador. Su corbata blanca y su calva, la pechera de su camisa, su amplia levita parda, su manera de tomar rapé arqueando el brazo, toda su persona le causaba la turbación en que nos sume el espectáculo de los hombres extraordinarios.
Como administraba las propiedades de "la señora", se encerraba con ella durante horas en el despacho del "señor". Temía siempre comprometerse, sentía un respeto infinito por la magistratura y tenía pretensiones de latinista.
Para instruir a los niños de una manera agradable les regaló una geografía con láminas que representaban diferentes paisajes del mundo, antropófagos con plumas en la cabeza, un mono raptando a una señorita, beduinos en el desierto, una ballena arponeada, etcétera.
Todos los jueves iban los amigos de la casa a jugar una partida de Boston. Felicitas preparaba de antemano los naipes, y los braseros. Llegaban a las ocho en punto y se retiraban antes de que dieran las once.
Todos los lunes por la mañana el chamarilero que vivía bajo la recova instalaba en el suelo su chatarra. Luego la ciudad se llenaba de un zumbido de voces, con las que se mezclaban relinchos de caballos, balidos de ovejas, gruñidos de cerdos y el ruido seco de los carros en la calle. Hacia el mediodía, cuando el mercado estaba en su mayor actividad, aparecía en la puerta un viejo campesino de alta estatura, la gorra echada hacia atrás y nariz aquilina. Era Robelin, el arrendatario de Geflòsses. Poco después llegaba Liébard, el arrendatario de Toucques, pequeño, colorado, obeso, vestido con pelliza gris y polainas armadas con espuelas.
Los dos ofrecían a la propietaria gallinas o quesos. Felicitas desbarataba invariablemente sus astucias y ellos se iban llenos de consideración por ella.
En épocas indeterminadas la señora de Aubain recibía la visita del marqués de Gremanville, uno de sus tíos, arruinado por la crápula y que vivía en Falaise de la última parcela de sus tierras. Se presentaba siempre a la hora del almuerzo, con un horrible perro de aguas que ensuciaba todos los muebles con las patas. A pesar de sus esfuerzos para parecer caballero, hasta el punto dé descubrirse cada vez que decía: "Mi difunto padre", se dejaba llevar por la costumbre, bebía un vaso tras otro y decía chocarrerías. Felicitas lo echaba cortésmente, diciéndole:
-Ya está cansado, señor de Gremanville. ¡Hasta la próxima!
Y cerraba la puerta.
La abría complacida al señor Bourais, ex procurador. Su corbata blanca y su calva, la pechera de su camisa, su amplia levita parda, su manera de tomar rapé arqueando el brazo, toda su persona le causaba la turbación en que nos sume el espectáculo de los hombres extraordinarios.
Como administraba las propiedades de "la señora", se encerraba con ella durante horas en el despacho del "señor". Temía siempre comprometerse, sentía un respeto infinito por la magistratura y tenía pretensiones de latinista.
Para instruir a los niños de una manera agradable les regaló una geografía con láminas que representaban diferentes paisajes del mundo, antropófagos con plumas en la cabeza, un mono raptando a una señorita, beduinos en el desierto, una ballena arponeada, etcétera.
Pablo explicaba esos grabados a Felicitas, y esa fue toda su educación literaria.
La de los niños estaba a cargo de Guyot, un pobre diablo empleado en la Alcaldía, famoso por su buena letra y que afilaba el cortaplumas en la bota.
Cuando hacía buen tiempo iban temprano a la granja de Geffosses.
La de los niños estaba a cargo de Guyot, un pobre diablo empleado en la Alcaldía, famoso por su buena letra y que afilaba el cortaplumas en la bota.
Cuando hacía buen tiempo iban temprano a la granja de Geffosses.
El corral estaba en pendiente, la casa en el centro, y el mar, a lo lejos, parecía una mancha gris.
Felicitas sacaba de la cesta lonjas de carne fría que comían en una habitación contigua al establo de las vacas. Era lo único que quedaba de una casa de recreo ya desaparecida. El papel de la pared, hecho jirones, se agitaba con las corrientes de aire. La señora de Aubain inclinaba la cabeza, abrumada por los recuerdos; los niños no se atrevían a hablar.
-¡Pero jugad!", les decía, y los niños se iban.
Pablo subía al hórreo, cazaba pájaros, hacía rebotar piedras en la charca, o golpeaba con un palo los grandes toneles, que resonaban como tambores.
Virginia daba de comer a los conejos, corría para recoger azulejos y la rapidez de sus piernas dejaba en descubierto sus pantaloncitos bordados.
Felicitas sacaba de la cesta lonjas de carne fría que comían en una habitación contigua al establo de las vacas. Era lo único que quedaba de una casa de recreo ya desaparecida. El papel de la pared, hecho jirones, se agitaba con las corrientes de aire. La señora de Aubain inclinaba la cabeza, abrumada por los recuerdos; los niños no se atrevían a hablar.
-¡Pero jugad!", les decía, y los niños se iban.
Pablo subía al hórreo, cazaba pájaros, hacía rebotar piedras en la charca, o golpeaba con un palo los grandes toneles, que resonaban como tambores.
Virginia daba de comer a los conejos, corría para recoger azulejos y la rapidez de sus piernas dejaba en descubierto sus pantaloncitos bordados.
Una tarde de otoño regresaban por los pastos.
La luna, en cuarto creciente, iluminaba una parte del cielo y la niebla flotaba como una faja sobre las sinuosidades del Toucques. Unos bueyes tendidos en la hierba contemplaban tranquilamente el paso de aquellas cuatro personas. En el tercer pasto se levantaron algunos y se colocaron en círculo delante de ellos.
-No teman -dijo Felicitas.
Y murmurando una especie de lamento acarició el lomo al que estaba más cerca; el buey volvió grupas y los otros lo imitaron. Pero cuando ya habían atravesado el pasto oyeron un mugido terrible. Era un toro oculto por la niebla, que avanzaba hacia las dos mujeres. La señora de Aubain se disponía a correr.
-¡No, no, más despacio! -les gritó Felicitas.
Pero ellas aceleraron el paso, oyendo a su espalda un resoplido sonoro que se acercaba. Las pezuñas del toro golpeaban como martillos la hierba de la pradera, ¡y en aquel momento galopaba! Felicitas se volvió, arrancó con las dos manos unos terrones y se los arrojó a los ojos. El toro bajaba el hocico, sacudía los cuernos, temblaba de furor y mugía horriblemente. La señora de Aubain, ya en la linde del prado con los niños, buscaba, fuera de sí, la manera de pasar al otro lado. Felicitas seguía retrocediendo ante el toro y le lanzaba continuamente terrones que le cegaban, mientras gritaba:
-¡Corran! ¡Corran!
La señora de Aubain bajó a la zanja, alzó a Virginia y luego a Pablo y cayó muchas veces al tratar de trepar por el talud, pero a fuerza de coraje lo consiguió.
El toro había acosado a Felicitas contra una tranquera y le lanzaba su baba a la cara; un segundo más e iba a destriparla. Pero ella tuvo tiempo para deslizarse entre dos estacas, entonces, el furioso animal, muy sorprendido, se detuvo.
Ese acontecimiento fue durante muchos años un tema de conversación en Pont-l'Évêque.
La luna, en cuarto creciente, iluminaba una parte del cielo y la niebla flotaba como una faja sobre las sinuosidades del Toucques. Unos bueyes tendidos en la hierba contemplaban tranquilamente el paso de aquellas cuatro personas. En el tercer pasto se levantaron algunos y se colocaron en círculo delante de ellos.
-No teman -dijo Felicitas.
Y murmurando una especie de lamento acarició el lomo al que estaba más cerca; el buey volvió grupas y los otros lo imitaron. Pero cuando ya habían atravesado el pasto oyeron un mugido terrible. Era un toro oculto por la niebla, que avanzaba hacia las dos mujeres. La señora de Aubain se disponía a correr.
-¡No, no, más despacio! -les gritó Felicitas.
Pero ellas aceleraron el paso, oyendo a su espalda un resoplido sonoro que se acercaba. Las pezuñas del toro golpeaban como martillos la hierba de la pradera, ¡y en aquel momento galopaba! Felicitas se volvió, arrancó con las dos manos unos terrones y se los arrojó a los ojos. El toro bajaba el hocico, sacudía los cuernos, temblaba de furor y mugía horriblemente. La señora de Aubain, ya en la linde del prado con los niños, buscaba, fuera de sí, la manera de pasar al otro lado. Felicitas seguía retrocediendo ante el toro y le lanzaba continuamente terrones que le cegaban, mientras gritaba:
-¡Corran! ¡Corran!
La señora de Aubain bajó a la zanja, alzó a Virginia y luego a Pablo y cayó muchas veces al tratar de trepar por el talud, pero a fuerza de coraje lo consiguió.
El toro había acosado a Felicitas contra una tranquera y le lanzaba su baba a la cara; un segundo más e iba a destriparla. Pero ella tuvo tiempo para deslizarse entre dos estacas, entonces, el furioso animal, muy sorprendido, se detuvo.
Ese acontecimiento fue durante muchos años un tema de conversación en Pont-l'Évêque.
Felicitas no se envaneció por ello y ni siquiera sospechó que hubiese hecho algo heroico.
Tenía que atender exclusivamente a Virginia, quien, a consecuencia del susto, sufrió una afección nerviosa. El señor Poupart, el médico, aconsejó los baños de mar en Trouville.
En esa época no eran frecuentes. La señora de Aubain se informó, consultó a Bourais e hizo preparativos como para un largo viaje.
Su equipaje salió la víspera en el carro de Liébard. Este llevó al día siguiente dos caballos, uno con silla de mujer y respaldo de terciopelo, y el otro con una manta enrollada como asiento en la grupa. La señora de Aubain montó en él detrás de Liébard. Felicitas se encargó de Virginia, y Pablo montó a horcajadas en el asno del señor Lechaptois, que se lo prestó con la condición de que lo cuidara bien.
El camino era tan malo que sus ocho kilómetros exigieron dos horas. Los caballos se hundían hasta las ranillas en el barro, y para salir de él hacían movimientos bruscos con las ancas, o bien tropezaban en los baches; otras veces, tenían que saltar. La yegua de Liébard se paraba de pronto en ciertos lugares. El esperaba pacientemente a que volviera a ponerse en marcha, y hablaba de las personas cuyas propiedades se hallaban al borde del camino, agregando a su relato reflexiones morales. Por ejemplo, al llegar a Toueques, al pasar bajo las ventanas rodeadas de capuchinas, dijo, con un encogimiento de hombros:
-He ahí una, la señora Lehoussais, que en vez de elegir un joven...
Felicitas no oyó el resto: los caballos trotaban, el asno Y galopaba; todos enfilaron un sendero, giró una barrera, aparecieron dos mozos, y se apearon ante el estiércol en el umbral mismo de la puerta.
La tía Liébard, al ver a su ama, prodigó las manifestaciones de alegría. Les sirvió un almuerzo en el que había un solomillo, mondongo, morcilla, guisado de pollo, sidra espumante, una tarta de compota y ciruelas en aguardiente, acompañándolo todo con cumplidos a la señora, que parecía gozar de muy buena salud; a la señorita, que se había puesto "magnífica"; al señorito Pablo, hecho un buen mozo; sin olvidar a sus abuelos difuntos que los Liébard habían conocido, pues estaban al servicio de la familia desde hacía muchas generaciones. La granja tenía, como ellos, aspecto de antigüedad. Las vigas del techo estaban carcomidas; las paredes, ennegrecidas por el humo; los vidrios, grises de polvo. Un aparador de roble sostenía toda clase de utensilios: jarras, platos, escudillas de estaño, cepos para lobos, esquiladoras para las ovejas, y una jeringa enorme que hizo reír a los niños. En los tres patios no había un árbol que no tuviera setas al pie, o una mata de muérdago en las ramas. El viento había derribado muchos, que volvían a brotar por el medio, y todos se encorvaban bajo el peso de la gran cantidad de manzanas. Los techos de paja, parecidos a terciopelo oscuro y de espesor desigual, resistían a las borrascas más fuertes. Sin embargo, la carretería estaba completamente arruinada. La señora de Aubain dijo que se ocuparía de ello y ordenó que volvieran a aparejar los caballos.
Tardaron otra media hora en llegar a Trouville. La pequeña caravana se apeó para pasar los Écores; era un acantilado desde donde se dominaba las embarcaciones; y tres minutos después, al final del muelle, entraron en el patio de El Cordero de Oro, propiedad de la vieja David.
Desde los primeros días, Virginia se sintió menos débil como consecuencia del cambio de aire y de la acción de los baños. Los tomaba en camisa, a falta de traje de baño, y su niñera la vestía en una caseta de aduanero que utilizaban los bañistas.
Por las tardes iban con el asno hasta más allá de Roches Noires, por el lado de Hennequeville. El sendero subía al principio por terrenos ondulados a modo de valle y cubiertos de césped como un parque, y luego llegaba a una meseta donde alternaban los pastos con los campos de labranza. A la orilla del camino, entre la maleza de espinos, se alzaban los acebos -aquí y allá un gran árbol muerto trazaba un zigzag con sus ramas en el aire azul.
Casi siempre descansaban en un prado, con Deauville a la izquierda, El Havre a la derecha y enfrente la alta mar. Ésta brillaba al sol, lisa como un espejo, tan apacible que apenas se oía su murmullo; piaban gorriones invisibles y la bóveda inmensa del cielo lo cubría todo. La señora de Aubain, sentada, trabajaba en su labor de costura; Virginia, a su lado, trenzaba juncos; Felícitas recogía flores de alhucema; y Pablo, que se aburría, quería irse.
Otras veces, después de cruzar el Toucques en bote, buscaban conchillas. La marea baja dejaba en descubierto erizos, caracolas y medusas, y los niños corrían para apoderarse de los copos de espuma que se llevaba el viento. Las, ondas adormecidas caían sobre la arena y se extendían a lo largo de la playa, que se prolongaba hasta perderse de vista, aunque por el lado de la tierra la limitaban las dunas, separándola del Marais, extensa pradera en forma de hipódromo. Cuando volvían por allí, Trouville, en el fondo sobre la pendiente del cerro, se agrandaba a cada paso, y con todas sus casas desiguales parecía dilatarse en un desorden alegre.
Los días en que hacía demasiado calor no salían de su habitación. La claridad deslumbradora del exterior ponía barras de luz entre las varillas de las persianas. Ningún ruido en la aldea. Y nadie abajo, en la acera. Ese silencio expandido aumentaba la tranquilidad de las cosas. A lo lejos, los martillos de los calafateadores carenaban las embarcaciones y una brisa pesada traía en un soplo el olor de la brea.
Tenía que atender exclusivamente a Virginia, quien, a consecuencia del susto, sufrió una afección nerviosa. El señor Poupart, el médico, aconsejó los baños de mar en Trouville.
En esa época no eran frecuentes. La señora de Aubain se informó, consultó a Bourais e hizo preparativos como para un largo viaje.
Su equipaje salió la víspera en el carro de Liébard. Este llevó al día siguiente dos caballos, uno con silla de mujer y respaldo de terciopelo, y el otro con una manta enrollada como asiento en la grupa. La señora de Aubain montó en él detrás de Liébard. Felicitas se encargó de Virginia, y Pablo montó a horcajadas en el asno del señor Lechaptois, que se lo prestó con la condición de que lo cuidara bien.
El camino era tan malo que sus ocho kilómetros exigieron dos horas. Los caballos se hundían hasta las ranillas en el barro, y para salir de él hacían movimientos bruscos con las ancas, o bien tropezaban en los baches; otras veces, tenían que saltar. La yegua de Liébard se paraba de pronto en ciertos lugares. El esperaba pacientemente a que volviera a ponerse en marcha, y hablaba de las personas cuyas propiedades se hallaban al borde del camino, agregando a su relato reflexiones morales. Por ejemplo, al llegar a Toueques, al pasar bajo las ventanas rodeadas de capuchinas, dijo, con un encogimiento de hombros:
-He ahí una, la señora Lehoussais, que en vez de elegir un joven...
Felicitas no oyó el resto: los caballos trotaban, el asno Y galopaba; todos enfilaron un sendero, giró una barrera, aparecieron dos mozos, y se apearon ante el estiércol en el umbral mismo de la puerta.
La tía Liébard, al ver a su ama, prodigó las manifestaciones de alegría. Les sirvió un almuerzo en el que había un solomillo, mondongo, morcilla, guisado de pollo, sidra espumante, una tarta de compota y ciruelas en aguardiente, acompañándolo todo con cumplidos a la señora, que parecía gozar de muy buena salud; a la señorita, que se había puesto "magnífica"; al señorito Pablo, hecho un buen mozo; sin olvidar a sus abuelos difuntos que los Liébard habían conocido, pues estaban al servicio de la familia desde hacía muchas generaciones. La granja tenía, como ellos, aspecto de antigüedad. Las vigas del techo estaban carcomidas; las paredes, ennegrecidas por el humo; los vidrios, grises de polvo. Un aparador de roble sostenía toda clase de utensilios: jarras, platos, escudillas de estaño, cepos para lobos, esquiladoras para las ovejas, y una jeringa enorme que hizo reír a los niños. En los tres patios no había un árbol que no tuviera setas al pie, o una mata de muérdago en las ramas. El viento había derribado muchos, que volvían a brotar por el medio, y todos se encorvaban bajo el peso de la gran cantidad de manzanas. Los techos de paja, parecidos a terciopelo oscuro y de espesor desigual, resistían a las borrascas más fuertes. Sin embargo, la carretería estaba completamente arruinada. La señora de Aubain dijo que se ocuparía de ello y ordenó que volvieran a aparejar los caballos.
Tardaron otra media hora en llegar a Trouville. La pequeña caravana se apeó para pasar los Écores; era un acantilado desde donde se dominaba las embarcaciones; y tres minutos después, al final del muelle, entraron en el patio de El Cordero de Oro, propiedad de la vieja David.
Desde los primeros días, Virginia se sintió menos débil como consecuencia del cambio de aire y de la acción de los baños. Los tomaba en camisa, a falta de traje de baño, y su niñera la vestía en una caseta de aduanero que utilizaban los bañistas.
Por las tardes iban con el asno hasta más allá de Roches Noires, por el lado de Hennequeville. El sendero subía al principio por terrenos ondulados a modo de valle y cubiertos de césped como un parque, y luego llegaba a una meseta donde alternaban los pastos con los campos de labranza. A la orilla del camino, entre la maleza de espinos, se alzaban los acebos -aquí y allá un gran árbol muerto trazaba un zigzag con sus ramas en el aire azul.
Casi siempre descansaban en un prado, con Deauville a la izquierda, El Havre a la derecha y enfrente la alta mar. Ésta brillaba al sol, lisa como un espejo, tan apacible que apenas se oía su murmullo; piaban gorriones invisibles y la bóveda inmensa del cielo lo cubría todo. La señora de Aubain, sentada, trabajaba en su labor de costura; Virginia, a su lado, trenzaba juncos; Felícitas recogía flores de alhucema; y Pablo, que se aburría, quería irse.
Otras veces, después de cruzar el Toucques en bote, buscaban conchillas. La marea baja dejaba en descubierto erizos, caracolas y medusas, y los niños corrían para apoderarse de los copos de espuma que se llevaba el viento. Las, ondas adormecidas caían sobre la arena y se extendían a lo largo de la playa, que se prolongaba hasta perderse de vista, aunque por el lado de la tierra la limitaban las dunas, separándola del Marais, extensa pradera en forma de hipódromo. Cuando volvían por allí, Trouville, en el fondo sobre la pendiente del cerro, se agrandaba a cada paso, y con todas sus casas desiguales parecía dilatarse en un desorden alegre.
Los días en que hacía demasiado calor no salían de su habitación. La claridad deslumbradora del exterior ponía barras de luz entre las varillas de las persianas. Ningún ruido en la aldea. Y nadie abajo, en la acera. Ese silencio expandido aumentaba la tranquilidad de las cosas. A lo lejos, los martillos de los calafateadores carenaban las embarcaciones y una brisa pesada traía en un soplo el olor de la brea.
La principal diversión era el regreso de las barcas. Apenas pasaban las balizas comenzaban a bordear. Sus velas descendían hasta los dos tercios de los mástiles, y con la mesana inflada como un globo, avanzaban, deslizándose entre el cabrilleo de las olas hasta el centro del puerto, donde caía de golpe el ancla. Luego, la embarcación se colocaba junto al muelle. Los marineros arrojaban por encima de la borda los peces palpitantes; una fila de carros los esperaba, y mujeres con gorro de algodón se abalanzaban para tomar las cestas y abrazar a sus hombres.
Un día, una de ellas se acercó a Felicitas, quien un rato más tarde entró en la habitación radiante de alegría. Había encontrado a una hermana, y Nastasia Barette, esposa de Leroux, se presentó con un nene al pecho, otro niño asido a su mano derecha, y a la izquierda un grumetillo con los puños en las caderas y la boina sobre la oreja.
Al cabo de un cuarto de hora la señora de Aubain los despidió.
Se los encontraba siempre en las cercanías de la cocina o en los paseos que daban. El marido no se dejaba ver.
Felicitas se encariñó con ellos. Les compró una manta, camisas y un hornillo; evidentemente la explotaban. Esa debilidad irritaba a la señora de Aubain, a quien por otra parte no le gustaban las familiaridades del sobrino, que tuteaba a su hijo; y como Virginia tosía y el tiempo no era ya bueno, volvió a Pont-l'Évêque. El señor Bourais le aconsejó respecto a la elección de colegio. El de Caen pasaba por ser el mejor. Allí enviaron a Pablo, quien se despidió muy animoso, contento porque iba a vivir en una casa donde tendría compañeros.
Un día, una de ellas se acercó a Felicitas, quien un rato más tarde entró en la habitación radiante de alegría. Había encontrado a una hermana, y Nastasia Barette, esposa de Leroux, se presentó con un nene al pecho, otro niño asido a su mano derecha, y a la izquierda un grumetillo con los puños en las caderas y la boina sobre la oreja.
Al cabo de un cuarto de hora la señora de Aubain los despidió.
Se los encontraba siempre en las cercanías de la cocina o en los paseos que daban. El marido no se dejaba ver.
Felicitas se encariñó con ellos. Les compró una manta, camisas y un hornillo; evidentemente la explotaban. Esa debilidad irritaba a la señora de Aubain, a quien por otra parte no le gustaban las familiaridades del sobrino, que tuteaba a su hijo; y como Virginia tosía y el tiempo no era ya bueno, volvió a Pont-l'Évêque. El señor Bourais le aconsejó respecto a la elección de colegio. El de Caen pasaba por ser el mejor. Allí enviaron a Pablo, quien se despidió muy animoso, contento porque iba a vivir en una casa donde tendría compañeros.
La señora de Aubain se resignó a separarse de su hijo porque era indispensable. Virginia se acordaba de él cada vez menos. Felicitas echaba de menos su alboroto. Pero una nueva tarea la distrajo: desde la Navidad, llevó a la niña diariamente al catecismo.

























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