martes

FRANCISCO "PACO" ESPÍNOLA - DON JUAN, EL ZORRO (53)


La pulpería (8)


Paró y echó mano a la pistola. Descubría por la puerta el asomo de unas cuantas cabezas.

-¡Para dentro, caracho!

Quedó un momento cabeceando. Y continuó:

-Bueno, pomgamé atención: la orden es que usté haga entrar, sin que nadie, entiendamé, ni los dependientes, paren la oreja, a un soldado que voy a dejarles de Imaginaria. Y que lo esconda como si fuera enchapado en oro y plata. Y, así, novedá que usté pesque, me le pasa el dato, y él procederá según las órdenes que tiene. Ya sabe que usté es responsable. Y debe saber, también, que el Comisario anda con una calentura como para que se haga pororó el que lo toque; y que jura y perjura que no está dispuesto a permitir que pase lo de otras veces, que el vecindario y los pulperos agarren la tutoría del malevaje.

El pulpero se puso colorado y, en seguida, con la palidez del muerto. Pero de falso que hasta con él mismo era, pues nunca, nunca fue capaz de hacer ni una sola vez lo de todito el mundo, siempre…

-Esté -tartamudeó- esté…

Ni el fugaz albor ni la demudación tan intensa que lo siguió fueron advertidos. El Sargento Cuervo no estaba para eso. Llegado a la parte de las instrucciones que el Comisario le impartió para el propietario de “La Flor del Día”, se le despertó la vanidad. Ratos antes, en la Comisaría, se había quedado pasmado al apreciar hasta dónde puede llegar una inteligencia. Y, ahora, deseó hacer pasar aquellas sagacidades como recién nacidas en su cabeza.

-Usté me retira de los estantes las cajas de munición. Hasta las de cartuchos de chumbo, ¡ojo!, porque, aunque no son material de guerra, viene un bruto que no entiende nada de nada y, de bagual, chapa una escopeta y, si lo agarra de cerca a un militar como nosotros, le hace un boquete que… ¡bueno! Y si le tira de lejos, con lezna tienen tienen que pasarse las horas en la Comisaría sacándole los perdigones. Ya sabe, esconda todo como debajo de tierra; y sea quien sea el comprador, usté le contesta derecho que no le quedan ni las cásulas. Ahora, atiéndame bien, y haga de cuenta que lo que le digo se lo entrego escrito en una piedra.

El pulpero adelantó un paso para escuchar mejor. El Sargento continuó:

-Si usté observa que le llega alguno muy mansito y hace su pedido con exageración, paselé el dato al Imaginaria. ¿nunca lleva más de un quilo o quilo y medio de yerba y ahora se le descuelga con una arroba? Al Imaginaria. ¿Nunca pide más de dos o tres paquetes de tabaco o una miseria de peluquilla y ahora le sale comprando como pa ponerle a usté una sucursal…? Al Imaginaria. Y la sal, sobre todo, ¿eh? Vigíleme el despacho de sal. Que ahora, hasta a los que andan a monte ya se les hace cuesta arriba revolver el asado en las cenizas.

-¡Tiene razón! No había caído en la cuenta… ¡pero es claro!

-Al que le pida un despropósito de sal, fileemeló bien, si no es cliente; sonsaquelé el nombre, que es fácil… Y al Imaginaria, en seguida. Esto ya no es sospecha, es una claridá que esa sal va a parar a yo sé cuáles maletas que deben estar rondando cerca.

La imaginación del pulpero, ajetreada en idas y venidas, ahora estaba clavada en el centro de tremendo estupor. Y de allí, los ojos dilatados de admiración, él consiguió salir, diciendo:

-¡Pucha que hay que tener marote! ¡Sargento, lo que usté dice es soberbio!

El Sargento Segundo retrocedió dos pasos a fin de facilitar la contemplación, feliz de sentirse como estatua de plaza, de mirado de arriba abajo.

-Y… sin eso… ¡no hay Autoridá!

-¡La fresca! ¡Qué cabeza! -le daba hasta por el cuello, en gratas ráfagas-. Y eso de la sal… ¡Pero es claro! Después que a uno se lo dicen. ¡Seguro! Eso de tener todavía en esta época el asado en las cenizas… ¡Pero, pero eso es divino!

El Sargento Segundo Cuervo esperó, siempre callado, haciendo así comodidad para que el pulpero siguiera hasta que se cansara. Y cuando este calló, él, sin ganas ningunas, recobró los dos pasos y le dijo:

-Bueno, don, esto está muy lindo; pero usté se hará cargo, yo tengo que cumplir con mi deber. Cualquier cosa de las que le expliqué se produce, y ya usté me le está pasando el dato al Imaginaria, que es ese sin carabina, el de la panza salida, al que todavía, como usté ve, no se le ha podido agenciar un uniforme completo.

Seguido por el pulpero, que recién se había dado cuenta de la presencia del piquete marcial, se adelantó hacia la enramada. Casi al lado de un grupo de cabalgaduras, y al cobijo del solazo, los cinco milicos -cuatro de ellos en bandolera la carabina- permanecían montados. Uno era el Recluta Carpincho.

-¡A ver, vos; echá pie a tierra, maneá ese malacara, que es nerevioso, y te me ponés a las órdenes del señor!

El que con algún desacomodo descabalgó al punto, tenía hasta los ojos el quepis, al cual no seguía la correspondiente chaquetilla sino un saco de particular tan rabón que dejaba ver en todo su contorno al cinturón, del cual pendían una canana vacía y el sable de vaina abollada y ferrugienta. De reglamento, sí, eran las bombachas y las botas.

-¡Maneá de una vez, te digo!

Estaba siendo bastante estorbado por su arreo militar, el Recluta. Su total falta de costumbre hacía que el sable se le metiera por delante al agacharse y pretender ceñir la manea a su malacara. Se incorporó, al fin, soplándole las cejas, y se cuadró, bien atrás la cabeza.

-Obedecelo al señor como un jefe. Y si él te da algún aviso para la Comisaría, te vas, pero muy derecho, sin contestarle a nadie ni a su “Buen día”.

Prominente el vientre por el rígido erguimiento, el Recluta era todo oídos.

-No te preocupés si deshacés el malacara. Tené entendido que nadie te lo va a echar en cara. Ahora no es cuestión de eso sino de llegar como luz. Cuanto más ligero estés, más te vas a lucir, tenelo presente.

El Sargento Segundo Cuervo estribó y quedó en seguida hecho monumento. Y adrede permaneció un momento así.

-¡Hasta más ver! -se despidió cuando decidió encabezar la marcha. Y tomó al trote y, en seguida, al galope.

Los soldados Comadreja, Cigüeña, Guazubirá, Cuzco Bayo, recién se movieron cuando el superior iba ya a media cuadra. Es que la idea de lo lindo que ante sus copas estarían los del mostrador los había absorbido completamente.

También quedó un momento inmóvil el pulpero. Luego, le hizo la señal al Recluta de que se dirigiera hacia atrás de la casa y allí lo esperara. Y entró a su comercio.

Un silencio tan tenso, tan tenso lo recibió, que hasta bien pudo escucharse el rumor de sus zapatillas.

-¡Con permiso! ¡Con permiso! ¡Con permiso!

Mientras se abría paso, al Vizcacha lo embargaba una sensación que no sabía de dónde le venía, pero que obligaba a perder terreno a la imagen del Sargento para dejarle reinante nada más que una de las cosas que este le revelara.

De pronto, riéndose solo, se dijo en lo íntimo.

-¡Sí, esa casa sin Don Peludo al frente, se va barranca abajo!

No advirtió en ese placentero ensimismamiento que todas las miradas se le afirmaban e iban acercándole los respectivos cuerpos. De rodeado con ansias, era ahora él como carozo en sendero de hormigas.

-¡Qué esperanza, caballeros! -marchaba respondiendo a diestra y siniestra y hacia su retaguardia, también-. Completamente nada ha pasado, que yo sepa. El Segundo Cuervo anda de recorrida, no más. Y como somos hermanos… ¡No, qué esperanza! Demoramos hablando de cosas, solito…

Pero ni por los más en tranca fueron aceptadas esas palabras.

Y sucedió lo de siempre en casos semejantes desde que el mundo es mundo. Tal como en la noche van y vienen y se borran y vuelven a presentarse los bichos de luz, así los nombres del Peludo, de Don Juan y hasta el de la Mulita en seguida estuvieron en el aire.

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