martes

CLARISSA PINKOLA ESTÉS - DESATANDO A LA MUJER FUERTE (16)


5 (2)

“¡LEVÁNTENSE! AUN DESPUÉS DE QUE
SE DERRAME LA SANGRE”, DICE LA CONQUISTA,
NUESTRA SEÑORA DE LOS CONQUISTADOS

Masacre de los soñadores:
La Madre Maíz (3)

Si con el tiempo la perdiéramos, la volveríamos a imaginar


¿Saben que los sueños nocturnos a veces parecen ofrecer información deslumbrante? Sí. Nos pasa a todos. Cuando hemos estado viajando o pensando, aprendiendo o leyendo durante el día, de repente nuestros sueños nocturnos parecen más vívidos de lo usual. Es como si nuestro inconsciente escogiera algún detallito en el que hemos estado pensando o viendo con la imaginación, y entonces el alma nos sueña el panorama más amplio, no para que podamos con exactitud “saber” algo más allá de lo obvio, sino para recordar algo importante para el alma; a veces el alma de un ser amado; a veces las almas de una familia o tribu; a veces, quizás, el alma del mundo.

Algo así me ocurrió mientras manejaba por la Carretera Panamericana desde Denver, Colorado, hasta la punta de la selva del Darién, en Panamá:

Había manejado mucho, deteniéndome, quedándome, prosiguiendo mi camino. En realidad me estaba sintiendo muy triste de escuchar por semanas tantas viejas historias con un trasfondo profundo acerca de una muerte grotesca a manos de los conquistadores y de los que vinieron con ellos y después para esclavizar y ocupar.

Así que, una noche, durmiendo justo a la orilla de los maizales en las afueras de Cholula, maizales que olían tan vívidamente verdes, soñé con el otro nombre de Xilonen, la Madre Maíz.

No sé si en realidad este era un nombre antiguo que el sueño intencionado tradujo al español o un nuevo nombre que llegó a la tierra, o un nombre abstracto al azar. Soñé que la Gran Mujer, Madre Maíz, también se llamaba Las Sedas, que significaría algo así como “Cabello Sedoso…”.

En mi sueño, vi cómo Las Sedas envolvía con delicadeza su hermoso pelo dorado y húmedo rodeando por completo cada cilindro de maíz dentro de sus hojas verdes. Entendí en el sueño que su pelo de maíz sedoso era balsámico para los tiernos granos, protegiéndolos. Ella mantenía los granos justo a la temperatura correcta para que pudieran crecer, en lugar de quemarse por completo bajo el sol ardiente.

Las Sedas, dulce madre sin duda para las formas más pequeñas de vida. Una madre tierna que usaba su pelo sedoso para confortar y proteger lo jugoso, lo que crece, lo inocente, las frutas que aun no están listas, así como aquellas listas para la cosecha nutritiva.

En un momento de lucidez en el sueño pensé, Es justo como allá en casa. Allá donde crecí, un viejo y entrecano granjero con camioneta dejaba que los niños corriéramos por sus altos maizales. Pero nos advertía a los pilluelos que no peláramos las hojas de las mazorcas o eso dañaría a las de la planta.

En mi sueño pude mirar hacia atrás en el tiempo a los maizales de mi niñez: tallos de maíz con sus abriguitos verdes revestidos de seda amarilla para evitar que los quemara el sol, pues esta era su única protección para no transformarse, de dulces y tiernos, en secos y muertos.

Pero después, en mi sueño, vi a la dulce Xilonen, no tan dulce, no tan fácil de mirar, sino que, en sus ojos, había cierta combinación de amor y ferocidad ardiente.

Ella extendía su mano para mostrarme algo. “Acércate.” En su palma había terrible belleza, un grano de maíz dorado que goteaba brillante sangre roja.

Podía sentir cómo mi corazón saltaba de dolor, de emoción, ambos. Comencé a entender esto: de alguna manera, aunque enormes maizales se destruyeran en los incendios de la Conquista, incluidos los granos de seres vivos que eran humanos y animales, incluidos los granos que eran plantas y flores, aunque todos ellos fueron destruidos, mientras quedara un grano final de maíz, ese último grano sería nutrido por la sangre misma de la gente injustamente segada.

Este último grano de maíz era de alguna manera la Madre, una semilla de maíz eterna y elemental que yacería en la tierra y sería aplastada por soldados y aun así, desde ella, desde esta sola semilla, surgirían diez mil semillas, y cada una de esas diez mil sería simiente de decenas de miles más. Esta duplicación que produce nueva vida nunca cesaría.

La gente sería alimentada. La gente volvería a prosperar. Lo que fue asesinado volvería en formas danzantes, ondulantes, florecientes y plenas.

Todo esto por una semilla nutrida con la sangre de los asesinados.

Desperté reteniendo apenas lo que pensé que entendía de este sueño. Solíamos hacer concursos de contar semillas en nuestras ferias agrícolas juveniles. Sabía por mi crianza rural que cada mazorca tiene entre setecientos y ochocientos granos, y hasta el maíz más pequeño y enano tiene por los menos cuatrocientos. ¡Imaginen lo que puede salir de una semilla de maíz que brote, si produce por lo menos ocho mazorcas, o sesenta y cuatro mil semillas una sola planta en una temporada de cultivo!

No olvidaría la historia sangrienta, la que el polvo mismo llevaba en Tlaxcala, Cholula, Puebla. Pero en mi sueño, la Madre de tiempos inmemoriales decía que hasta el derramamiento de sangre llevado a cabo para asesinar todo lo sagrado nutriría a esta semilla milagrosa que a su vez alimentaría a la gente.

Podía ver de cierto modo cómo aplicaba esto a los lugares rotos de mi propia vida también. Al mismo tiempo, pensaba qué pasaría si pudiéramos todos ser un poco como Las Sedas: capaces de proteger, envolver con ternura lo que queda de nosotros y de los demás después de largo penar, aun si nos queda solo una lastimera semillita, y además cubierta de sangre.

Qué actitud tan brillante alejarse de las ruinas en algún momento bien justificado y enfocarse en lo que queda ensangrentado. Pensé que Las sedas también mostraba que el fundamento sobrevive a través incluso del derramamiento de sangre, el corazón roto, quemaduras, abandonos, traiciones, ser segados. Como los cimientos de los templos sobre los que se construyeron iglesias de la conquista, siempre estará el fundamento; siempre estará la última semilla, pues representa a Nuestra Madre, La Inextinguible.

Seguí rezando, preguntando: “¿No somos todos personas que han sido en algún tiempo y lugar aplastados de una manera u otra, y que aun así hemos logrado soportar que nos tumben hasta que resta solo un trocito sangriento de nosotros? ¿No hay “algún lugar” dentro o cerca de nosotros donde “algo” se alza para proteger a esa última semilla que queda en nuestras almas?”.

Al siguiente día le conté a Asunción y sus comadres mi sueño de Las Sedas. Estaban tan calladas, tan sombrías, que por un momento pensé que las habían ofendido sin querer y que lo desaprobaban. No era eso. Estaban impactadas. “¿Quién eres?”, preguntaron. “¿Quién eres, en realidad?”, y luego procedieron a ignorar mis balbuceos mientras trataba de contestar una pregunta tan simple y tan difícil. Ya estaban planeando un día de fiesta para Las Sedas.

Sabían justo las comidas perfectas: el maíz fresco cortado de la mazorca con un cuchillo filoso, jugo de granada, algo de agradable chocolate, una rica masa para preparar una especie de tamal con las hojas de Las Sedas.

Para la noche, ya me habían mandado con una oracionadora, una rezandera, para hacer plegarias para La Fiesta de Las Sedas. Nuestra oración iba más o menos así: “Santa Sedas, por favor ayúdanos a sentir orgullo y dignidad por haber sobrevivido, sin importar cómo fue derramada nuestra sangre; a contemplar la última semilla con claridad. Por favor ayúdanos a multiplicar toda bondad, toda amabilidad, toda protección. Ayúdamos a proteger la última cosa buena, que toda la dulzura pueda crecer desde una semilla a muchas semillas, y nos ayude a todos”.

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