lunes

HONORÉ DE BALZAC - PAPÁ GORIOT (84)


BURLA-LA-MUERTE (3 / 20)


Eran las doce de la noche y el coche de la señora de Nucingen esperaba abajo. Papá Goriot y el estudiante volvieron a la casa Vauquer hablando de Delfina con un entusiasmo creciente, que produjo un curioso combate de expresiones entre aquellas dos violentas pasiones. Eugenio no podía menos que ver que el amor del padre, que ningún interés personal manchaba, eclipsaba al suyo por su persistencia y por su extensión. El ídolo era siempre puro y hermoso para el padre, y su adoración se extendía al pasado y al porvenir. Enecontraron a la señora Vauquer en el rincón de la estufa, entre Silvia y Cristóbal. La posadera estaba allí como Mario sobre las ruinas de Cartago, y esperaba a los dos únicos pensionistas que le quedaban, desahogando su pena con Silvia. Aunque Lord Byron haya atribuido hermosos lamentos a Tasso, estos están lejos de igualar a los que se hacía la señora Vauquer.

-Silvia, mañana por la mañana no habrá que hacer más que tres tazas de café. ¿No es para morirse ver mi casa desierta? ¿Qué es la vida sin mis pensionistas? Nada. He aquí mi casa desprovista de sus hombres, que eran su vida. ¿Qué delito he cometido para merecer estos desastres? Habíamos hecho provisión de judías y de papas para veinte personas. ¡La policía en mi casa! Tendremos que comer papas solas y habrá que despedir a Cristóbal.

El saboyano, que dormía, se despertó de pronto y dijo:

-¿Señora?

-¡Pobre muchacho! Es fiel como un perro -dijo Silvia.

-En un momento tan malo, porque todo el mundo tiene casa. ¿De dónde van a venir los pensionistas? Yo me volveré loca. Y esa bruja de la Michonneau que se me lleva a Poiret. ¿Qué le dará para que ese hombre le sea tan fiel y la siga como un perrito faldero?

-¡Ah, diantre! -dijo Silvia moviendo la cabeza-. ¡Estas solteronas conocen sus artes!

-Y ese pobre Vautrin, que dicen que es presidiario. Vamos, Silvia, no puedo creerlo. ¡Un hombre tan alegre, que tomaba su gloria de quince francos, para mí, y que pagaba como un príncipe!

-Y que era generoso -dijo Cristóbal.

-Debe haber algún error -añadió Silvia.

-Pero no, él mismo lo ha confesado -repuso la señora Vauquer-. ¡Y decir que todas esas cosas han ocurrido en mi casa, en un barrio donde no pasa un alma! A fe que me parece estar soñando porque, mira, hemos visto morir a Luis XVI, hemos visto caer al Emperador, lo hemos visto volver y caer otra vez, y todo estaba dentro de lo posible, pero no hay medio de destruir las pensiones, porque se puede pasar sin el rey, pero nadie pasa sin comer. Y cuando una mujer honrada, que tienel apellido de Conflans, da de comer convenientemente, a menos que se acabe el mundo… Pero sí, esto es el fin del mundo.

-Y pensar que la señorita Michonneau, que le ha causado todo ese daño, va a recibir, según dicen, mil escudos de renta -exclamó Silvia.

-No me hables de esa infame -repuso la señora Vauquer-. Y por si esto no fuese bastante, aun se va a la casa de la Buneaud. La creo capaz de todo, y en sus buenos tiempos creo que ha debido hacer horrores: matar, robar. ¡Oh, debía de estar en presidio en lugar de ese pobre Vautrin!

En ese momento llamaron Eugenio y papá Goriot.

-¡Ah, ahí están mis dos fieles! -dijo la viuda suspirando.

Los dos fieles, que sólo tenían un ligero recuerdo de los desastres de la pensión, anunciaron sin ceremonia a su patrona que se iban a vivir a la Calzada de Antin.

-¡Ah, Silvia! -dijo la viuda-. ¡Esto es lo único que me faltaba! Señores, me han dado el golpe de gracia. Me parece tener en el estómago una barra de hierro. ¡Oh, este día me hará envejecer diez años! ¡Palabra de honor que me volveré loca! ¿Qué hacer con las judías? ¡Ah, Cristóbal! Si me quedo sola, te irás mañana.

-Pero, ¿qué tiene? -preguntó Eugenio a Silvia.

-¡Diantre, que todo el mundo se ha ido a causa de lo que ha ocurrido, y esto lo ha trastornado! Vamos, ya la oigo llorar. Más vale que se desahogue. Esta es la primera vez que la veo derramar lágrimas desde que estoy a su servicio.

Al día siguiente, la señora Vauquer, según su expresión, había razonado. Si parecía afligida y como trastornada por la pérdida de todos sus pensionistas, gozaba de toda su razón y demostró lo que era el dolor verdadero, el dolor profundo, el dolor causado por los intereses heridos y las costumbres destruidas. La mirada que un amante dirige a los lugares habitados por su amada al abandonarlos no fue, ciertamente, más triste que la de la señora Vauquer dirigió a la mesa vacía. Eugenio la consoló diciéndole que Bianchon, cuyo internado acababa pocos días después, iría sin duda a reemplazarlo; que el empleado del Museo había manifestado muchas veces deseos de tener la habitación de la señora Couture y que en pocos días habría sustituido sus huéspedes.

-¡Dios lo oiga, señor! Pero lo dudo, porque la desgracia ha entrado aquí. Ya verá usted cómo antes de diez días nos visitará la muerte -dijo dirigiendo una lúgubre mirada al comedor-. ¿A quién vendrá a buscar?

-Entonces vale más largarse -dijo en voz baja Eugenio a papá Goriot.

-Señora -dijo Silvia acudiendo asustada-, hace ya tres días que no he visto a Mistigris.

-¡Ah! ¡Dios mío, si mi gato ha muerto, si nos ha abandonado, yo…!

La pobre viuda no pudo acabar la frase, juntó las manos y se dejó caer en su sofá anonada por este terrible pronóstico.

A eso de las doce, hora en que los carteros llegaban al barrio del Panteón, Eugenio recibió una carta, cuyo elegante sobre ostentaba las armas de Beauséant. La carta contenía una invitación dirigida a los señores de Nucingen para el gran baile anunciado hacía un mes, que debía celebrarse en casa de la vizcondesa. A esta invitación iba unidas cuatro letras para Eugenio:

“Caballero: He pensado que tendría usted un gran placer en ser el intérprete de mis sentimientos para con la señora de Nucingen; le envío la invitación que usted me ha pedido, y tendré mucho gusto en conocer a la hermana de la señora de Restaud. Tráigame a esa bonita persona, y haga de modo que no le conquiste todo su afecto, ya que me debe usted alguno a cambio del que yo le profeso.

Vizcondesa de Beauséant.”

-Pero la señora de Beauséant me dice claramente que no quiere ver al barón de Nucingen -se dijo Eugenio volviendo a leer la carta.

Y se fue inmediatamente a casa de Delfina, muy satisfecho de poder procurarle un placer cuyo premio sin duda iba a recibir.

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