EL REY DEL BOSQUE
I DIANA Y VIRBIO (1)
¿Quién no conoce La rama dorada,
el cuadro de Turner? La escena, bañada en el dorado resplandor con que la
divina imaginación del artista envolvía y transfiguraba hasta el más bello
paisaje, es una visión de ensueño del pequeño lago del bosque de Nemi, llamado
por los antiguos “el espejo de Diana” (Lacus Nemorensis, de 5 y medio
kilómetros de diámetro, 30 metros de profundidad y 90 de farallones sobre el
nivel de las aguas, es un cráter extinto y subsidiario del cráter Albano, al
este del lago de este nombre.) Quien haya contemplado las quietas aguas
encunadas en uno de los verdes repliegues de las colinas albanas, no podrá
olvidarlo. Las dos aldeas italianas típicas, que dormitan en sus laderas, y el
palacio, cuyos jardines en terraplén descienden hasta el lago, apenas rompen la
quietud y la soledad de la escena. Diana misma podría frecuentar aun la
solitaria orilla, aun podría aparecer entre el boscaje.
En la Antigüedad este paisaje selvático fue el escenario de una tragedia
extraña y repetida. En la orilla norteña del lago, inmediatamente debajo del
precipicio sobre el que cuelga el moderno villorrio de Nemi, estaba situado el
bosquecillo sagrado y el santuario de Diana Nemorensis o Diana del Bosque. Lago
y bosque fueron denominados, en ocasiones, lago y bosque de Aricia, aunque el
pueblo de este nombre (modernamente La Riccia) estaba situado unos cinco
kilómetros al pie del monte Albano y separado por una pendiente del lago, que
yace en una concavidad, a modo de cráter, en la falda de la montaña. Alrededor
de cierto árbol de este bosque sagrado rondaba una figura siniestra todo el día
y probablemente hasta altas horas de la noche: en la mano blandía una espada
desnuda y vigilaba cautelosamente en torno, cual si esperase a cada instante
ser atacado por un enemigo. El vigilante era sacerdote y homicida a la vez;
tarde o temprano habría de llegar quien le matara, para reemplazarle en el
puesto sacerdotal. Tal era la regla del santuario: el puesto sólo podía
ocuparse matando al sacerdote y substituyéndole en su lugar hasta ser a su vez
muerto por otro más fuerte o más hábil.
El oficio mantenido de este modo tan precario le confería el título de rey,
pero seguramente ningún monarca descansó peor que este, ni fue visitado por
pesadillas más atroces. Año tras año, en verano o en invierno, con buen o mal
tiempo, había de mantener su guardia solitaria, y siempre que se rindiera con
inquietud al sueño, lo haría con riesgo de su vida. La menor relajación de su
vigilancia, el más pequeño abatimiento de sus fuerzas o de su destreza le
ponían en peligro; las primeras canas sellarían su sentencia de muerte. Su figura ensombrecería el hermoso paisaje a
los sencillos y piadosos peregrinos que se dirigían al santuario, como nube de
tormenta velando el sol en un día luminoso. El ensueño azul de los ciclos italianos,
el claroscuro de los bosques veraniegos y el rielar de las aguas al sol,
concordarían mal con aquella figura torva, siniestra. Mejor aun nos imaginamos
este cuadro como lo podría haber visto un caminante retrasado en una de esas
lúgubres noches otoñales en que las hojas caen incesantemente y el viento
parece cantar un responso al año que muere. Es una escena sombría con música
melancólica: en el fondo la silueta del bosque negro recortada contra un cielo
tormentoso, el viento silbando entre las ramas, el crujido de las hojas secas
bajo el pie, el azota del agua fría en las orillas, y en primer término, yendo
y viniendo, ya en el crepúsculo, ya en la oscuridad, destácase la figura
oscura, con destellos acerados cuando la pálida luna, asomando entre las nubes,
filtra su luz a través del espeso ramaje. Esta extraña costumbre sacerdotal no
tiene paralelo en la antigüedad clásica. No podemos encontrar en ella su
explicación, por lo que habremos de buscarla en otros campos. Probablemente
nadie negará que esta costumbre tiene cierto sabor de edades bárbaras y que,
sobreviviendo en la época imperial, se mantenía fuertemente aislada de aquella
culta sociedad italiana, semejante a una roca primitiva surgiendo del recortado
césped de su jardín. La gran rudeza y la ferocidad de la costumbre nos permiten
abrigar la esperanza de explicarla. En recientes investigaciones de la historia
primitiva del hombre se revela la semejanza esencial de la mente humana, que
bajo multitud de diferencias superficiales elaboró su primera y ruda filosofía
de la vida. En consecuencia, si mostramos que en otros lugares existió una
costumbre bárbara semejante a la del sacerdocio de Nemi, si averiguamos los
motivos que indujeron a su establecimiento, si probamos que estos motivos han
obrado extensa, quizá universalmente, en la sociedad humana, produciendo, según
las diversas circunstancias, una variedad de instituciones de diversa
especie pero genéricamente semejantes y,
por último, si demostrásemos que sus verdaderos motivos, con algunas de sus
instituciones derivadas, actuaron en la antigüedad clásica, entonces podríamos
deducir justificadamente que en tiempos remotos las mismas causas generaron el
sacerdocio de Nemi. Tal consecuencia, a falta de la evidencia directa de cómo s
produjo el sacerdocio, no podrá nunca llegar a demostrarse, pero será más o
menos probable que se llenen o no las condiciones que hemos indicado. El objeto
de esta obra es reunir dichas premisas parta ofrecer una explicación clara y
probable del sacerdocio de Nemi.

























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