domingo

EN PIEZAS / LA TERRORÍFICA MANIPULACIÓN DE LOS ASENTAMIENTOS (8) - FEDE RODRIGO


FEDE RODRIGO

1º edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018


DEL BARRIO 6

El Delirio le inventó a su cabeza una patética luz que ya había desaparecido y él otra vez estaba solo debajo del foco que tiembla.

Lo primero que vio fue el cono naranja al que llamaba gorro apoyado contra el tronco de un árbol. Los flecos de bolsa de nylon gris simulaban canas que lo hacían ver viejo y sabio. “¿Para qué mierda los habré puesto? Viejo ya soy y sabio parece que no voy a ser nunca.”

Con la yema de los dedos blancos se rascó la pelada que brillaba desparejamente bajo el parpadeo del foco. Lo que también brillaba era una vena azul llena de cristales que le cruzaba de oreja a oreja como un río de ignorancia.

El inyectarse el Delirio en el cuello redirigía los estragos haciendo que las manos del Payaso fueran insólitamente impolutas.

“Viejo y sabio. Viejo y sabio. No hubieras ido a la Universidad y hoy serías viejo y sabio. No necesitarías flecos de nylon en tu gorro ni estarías hablando solo en la mitad de la plaza”.

Con dos dedos se golpeó el cuello y se encajó otro pinchazo.


DEL BARRIO 7

Eran las ocho y cuarto de la noche y la luna torpe lo perseguía de cerca. Morales ya había dejado la exuberante limusina en una cochera más amplia que la plaza de los pobres. Ahora caminaba sus siete cuadras por la calle lateral de barro hasta su casa. Una casa con unas pocas habitaciones bien iluminadas y hasta el lujo de un jardincito con olor a paz verde.

Los enormes pulmones de Morales palpitaban con el tranquilo transitar del aire. (ya estaba acostumbrado al olor a bosta de caballo en la calle). Tenía la nuca ancha y los ojos vacíos. Su piel blanca y curtida lo hacía parecer una antigua columna griega erguida entre las ruinas.

Aquel había sido un día muy extraño: el jefe casi había muerto a manos de la Mamá Lucha. (Se besó el crucifijo sólo por recordarlo.) No fue más que un accidente sin consecuencias pero Morales nunca había considerado que el jefe (siendo tan rico) pudiera morir antes que él. Aparte de que por eso le pagaban: por morir para que no muriera el jefe.

El Mancuerna (su compañero) no sabe manejar nada con más de dos ruedas por lo que Morales también se encargaba de los traslados en la limusina. Desde su posición al volante, era más testigo que protagonista de las conversaciones. Sin embargo, se sentía cómodo así: escuchando sin tener que contestar.

-Qué mujer es Mamá Lucha, ¿no te parece, Mancuerna?

-Sí, jefe. ¿Y qué hace una mujer así de divina adentro de esas ropas de segunda?

-Fue todo por ese estúpido accidente de tránsito que tuvo de niña: ese accidente no sólo se llevó a los dos mejores padres que conocí en mi vida sino que cambió la vida de Lucía por completo. Le ha costado pero todo el mundo la quiere.

-Sí. ¿Y ahora que casi lo atropella vamos a tener que matarla?

-Ojo con lo que decís, Mancuerna: mirá que esa negrita de pelo bordó es lo más cerca que he estado de querer a alguien.

-Tranquilo, jefe. Es una broma, no más.

-Guardátela.

-Sí, señor.

En la cabeza calva de Morales resonaba la conversación que había escuchado aquella misma tarde. Es que todavía antes, el jefe había decidido rastrear al pibe del semáforo. A veces creía que el poderoso Darío sentías lástima por los demás, que no andaba cómodo con andar arruinando la vida a niños tan chicos. “Pasamos por una esquina donde la gente morbosa se reunía alrededor de un cadáver chiquito. Es él dijo el jefe y seguimos de largo. Detrás de su mueca vacía seguro tenía que haber dolor.”

La primera vez que vio a aquel niño asesino había sido hace cuatro años: recordaba perfectamente cómo llovía y cómo un relámpago sonó como una carcaja del cielo. El pibe estaba tirado en un cartón de dos plazas al costado de la basura: el Payaso le daba un cacho de pan. Él callaba la dignidad a mosdiscones mientras el Payaso le escarbaba el alma buscando alguna sonrisa.

Falló, se puso el cono que usaba de sombrero y se fue sin sonrisas. El jefe, que los veía desde la limusina, dio la orden de llevarle una botellita al niño (la forma más fácil del placer). “El pibe tenía cinco años. ¡Cinco años! Cinco años es chico hasta para el barrio.”

El Mancuerna le pasó la botellita con la jeringa al jefe y se la dio a Morales para que se le llevara al niño. Cuando intentó agarrarla, la conciencia tomó el control y se le cayó. La recogió enseguida de un zarpazo. Unos minutos después, el gigante que hoy respira en su jardín de paz verde, volvía empapado de culpa con un homicidio programado a largo plazo.

“Pero bueno, así es mi trabajo. Algunos barren la calle, otros enseñan en una escuela, yo mato. Ya sea en el acto o a largo plazo: mato.”

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