HUGO GIOVANETTI VIOLA
Primera edición:
Caracol al Galope / elMontevideano Laboratorio de Artes (2009)
Primera edición WEB:
elMontevideano Laboratorio de Artes (2018)
Retrato de portada:
Horacio Herrera.
10 / BELVEDERE
En la novela Creer o reventar, basada
en mi autoexilio europeo, mi alter ego Abel Rosso vuelve borracho a la chambre de un hotel de malísima muerte
después de haber pasado el plato con la guitarra y se tira a escuchar un
cassette donde su padre le grabó dos goles de Liverpool: Lo que me emocionaba hasta el reblandecimiento era aquel tiro libre en
comba que metió Saúl Rivero sobre el final del partido: un gol de cuadro chico
ganando dos a cero en el Estadio, nada menos. Por detrás de la voz aguardentosa
de Solé se producía una dulce explosión de la tribuna que hacía llorar a Abel
indefectiblemente. Era como si el humo de la infancia incendiada no le dejara
ver -durante un largo resoplido de viento en contra- más que sus propios ojos
sin fondo, hasta sin nombre.
Hace unos meses, ya cumplidos mis 59 años, fuimos con mi hermano Sergio a
Belvedere y encontré intacto el mensaje solar horizontalizándose desde el
cerro: a pocas cuadras de la cancha están enterrados nuestros padres y ya no se
ve alzarse desde el cementerio el penacho de humo negriazul que me nubló la
atención durante décadas, porque siempre me imaginé que era el de un
crematorio.
Mi padre estaba seguro de que iba a morirse a los 50 y pico de años igual
que mi abuelo Hugo y murió cuatro días antes de cumplir los 60. Yo empecé a
obsesionarme con el pago culpable de esa continuidad cuando pasé los 30, y
todavía no estoy convencido del todo de que no sea hereditaria, pero al
revisitar Belvedere sentí que por lo menos ya había terminado de vencer a ese
relumbrón sin nombre y sin fondo y sin paz que llamamos infancia. En el segundo
tiempo la tarde se aduraznó sobredorando el telón arbolado y la torre del
convento que da a Gonzalo Ramírez y supe que mi verdadero bel vedere siempre había estado en lo alto de aquella cruz, y
cuando le hicieron el cuarto gol a Liverpool y la tribuna empezó a insultar
enloquecidamente a los jueces y a los directores ténicos y a los jugadores pude
hasta oler la asquerosidad de la camiseta 666 que llevé puesta durante medio
siglo.
Los Rodríguez Giovanetti y los Odello Rodríguez vivía cerca de la cancha y
a mí me gustaba ir aunque hubiéramos perdido porque, hablándolo en Juan Cunha,
en aquel caserón de dos pisos donde mi padre pintó un mural con Collell se
respiraba una satinación de la que no sé
olvidarme.
Y sin embargo tuve que esperar a que muriera mi padre para bucear en el
brillo de su madre y su hermana Katia. Mi abuela Ana era una viejita dulcemente
distante y casi tan hipocondríaca como mi tía, pero en 1981, a los noventa
años, se cayó de cabeza por la escalera y después que salió del coma y se le
deshincharon las bolsas del mascarón violeta se transformó en un semilúcido y
fantasmagórico y avasallante espejo de su interior de loba.
Vivió dos años más y hubo que reformar la casa para que en la planta baja
funcionara una pieza de hospital anexa al comedor donde atendían por turno la
voracidad y la incontinencia de mi abuela, que de repente se acordaba de mi
esposa y de mis hijos y al mismo tiempo me preguntaba, cuando se acercaba
Katia, quién era esa mujer que no la dejaba tranquila. Pero lo fabuloso era la
erección del acero esqueletario que le sobrenaturalizaba los ojos.
A mi primo Oscar también le tocó recibir la antorcha de la Más Dimensión a
los 59 y a los pocos días soñé que me llamaba por teléfono y charlábamos
tranquilos y a mi casa le crecía un balcón insolado por sus tres hijas. Y
cuando se lo conté a Pelusa, su mujer, le pude ver un terciopelo crédulo a
través del teléfono.
La que cuidó a Katia hasta el final fue mi prima Ana María, que escribe
unas preciosas historias de elfos, y me cuenta que mi tía, al darse cuenta que
se moría después que la operaron de la cadera a los 90 años, sonrió como si
nunca le hubiera tenido miedo a ninguna enfermedad y comentó: Ahora voy a reencontrarme con mi hijo.
Y ahora entiendo que la satinación de
mi familia paterna seguramente empezó a irradiar desde aquel único ojo que le
dejó la leva a mi abuelo el
violinista, el asmático, el manso.
Y que en Belvedere el sol llama a los rotos de espíritu para que no se bestialicen
ignorando el verdor que nos regalan las canchas y las alturas donde los hombres
se juntan para creer.
El otro día la vida metió un gol milagroso de esos que uno ni sueña y me
acosté levantando los brazos y como estaba solo pude preguntar en voz alta: ¿Por qué no te ven, Señor? Pero hoy
siento una especie de vergüenza ajena y pregunto: ¿Por qué no te veía?
11 / LA LUCHA
En el libro LA HEROICIDAD URUGUAYA
diálogo con Demian Díaz Torres escribí
esta viñeta: Mi abuelo fue capataz de
obra durante cuarenta años y dirigió y resolvió la reforma de casa
prácticamente solo. Una mañana mi padre se decidió a levantar su primera pared
y de repente escuchamos un alarido de alerta y enseguida un derrumbe. Qué
carajo pasó, me llevó de la mano el viejo
hasta el fondo. La tiré porque se movía, prendió un cigarrillo temblorosamente mi padre: Cuando la terminé
me di cuenta que se movía. Pero me cago en Dios, ladró el viejo: Me olvidé de decirte que así es cuando está bien. Con los años entendí que todo lo verdadero
parece que va a caerse antes de sostener lo que hay que sostener. Y que no hay
que asustarse demasiado.
A fines de los 50 mi padre se decidió a comprar un antiguo chalet de
veraneo que había frente al boliche y a meternos adentro como pudiéramos, y
entonces los empleados del registro sacaron la lotería de Reyes y pudimos
reformar con amplitud y hasta comprarle un Renault Fregate a Horacio Torres.
Ya en 1920 Teilhard de Chardin distinguía con total precisión las dos formas
que tiene Dios de operar en el mundo. Por un lado están los que podríamos
llamar milagros extraordinarios,
porque alteran en una forma científicamente inexplicable la causalidad de la
naturaleza y por otro los que yo siempre llamé, incluso antes de sentirme
religioso, milagros subterráneos. Y
esas intervenciones providenciales se producen exclusivamente cuando hay lucha enamorada, como pasaba en mi
familia, donde ni mis padres ni mis abuelos eran gente ambiciosa. Y aquella lotería fue un verdadero premio subterráneo.
Lope de Vega dixit: Quien lo probó, lo
sabe.
Y a fines de esa década también se inauguró el monumento La lucha de Eduardo Díaz Yepes,
enclavado en el lomo de la Punta Gorda, donde la Plaza Virgilio se incrusta en
el estuario color de león bautizado primero como Mar Dulce y después como Río
de la Plata. Hay que aclarar que tanto el monumento como la plaza fueron
rebautizados por la Armada, pero esos nombres yo no los acepto.
Eduardo Díaz Yepes era un escultor nacido en España que se casó en 1934 en
Montevideo con Olimpia Torres, la hija mayor de don Joaquín, y volvió a Europa
y después de pelear en la guerra civil se radicó definitivamente en el Uruguay
en 1948. Demian Díaz Torres, su hijo mayor, asegura que Yepes se consideraba un escultor uruguayo.
Yo me pasé toda mi adolescencia adorando vagabundescamente el paisaje de la
Punta Gorda y llevo la escultura tatuada igual que la poesía de César Vallejo o
la doctrina de San Juan de la Cruz o los cuadros polifocalistas de Espínola
Gómez o los prados de Mozart, pero recién reporteando a Demian en LA HEROICIDAD URUGUAYA pude
conceptualizar que el trenzamiento
urobórico entre el hombre y su propia base animal discriminada a fuerza de pura
fe y cojones y cultura de la que nunca se enseña en los cirquetes de ningún
oficialismo anquilosadamente religioso o hipócritamente laico moderno o
posmoderno, era la palanca de entrada al
paraíso terrestre: a la completud evolutiva que estamos destinados a parir,
carajo. Y un día que se elegía el abanderado para la fiesta de la piedra
fundamental de nueva escuela 81 me harté del lucimiento de guante blanco y le
pedí a la maestra que nombrara a otro chiquilín muy estudioso con el que nos
pasábamos jugando a la bolita en el recreo y Ángela Vigorito, que era una gran
docente-samurai, me felicitó.
Mi padre también me felicitó. Y esa noche mi madre entró al cuarto y
murmuró mientras arreglaba el placard: Pensar
que yo había rezado para que llevaras la bandera en la fiesta. La verdad es
que no se necesitaba rezar para que me encajaran el mástil que me enanizaba del
todo, pero yo debo haber entendido oscurísimamente que La lucha era brava de veras.
La reforma milagrosa incluía un gran taller que todavía existe en la casa
natal de mis sobrinos Augusto, Leonardo y Martina. Y a veces caía el propio
Yepes, que también vivía en Grito de Gloria, a charla con mi padre. Siempre se
supo que no se habían llevado bien con don Joaquín, que nunca se resignó del
todo a que Olimpia se casara con alguien que ni siquiera tenía temperamento de
clásico.
Me acuerdo que cuando ya le habían diagnosticado el cáncer de pulmón iba
caminando con Olimpia a recuperar fuerza contemplando su propia obra y a la
vuelta ya no se acodaba en el mostrador del boliche a tomarse una caña como en
los primeros tiempos. No era un hombre simpático, pero irradiaba la misma
invencibilidad de piedra de sus figuras, que enseñan a no tenerle demasiado
miedo al miedo.
12 / FERNÁN
Justo con el liceo empezó la pasión por el básquetbol. Mi padre pidió
permiso en el Club Marítimo Punta Gorda para llevarse una columna arrumbada de
la cancha vieja y construyó un tablero y compró un aro reglamentario para armar
una media cancha en el fondo de casa donde chiveamos durante años, pero además
yo perfeccioné una idea de Eduardo y Beto Añón y monté un basquetbolito en un
billar de juguete. Recorté las caras y los nombres de los jugadores de un álbum
deportivo y los pegué en chapitas de refrescos con los colores de los distintos
clubes. En el taller había un banco de carpintero y una sierra mecánica, y mi
padre maqueteó dos tableros y después inventé un reglamento completo y
terminamos jugando entusiasmadísimos campeonatos en barra.
Y un día entró un botija por el patio del costado y casi me ordenó que le
mostrara el basquetbolito: era un año mayor que yo y nos conocíamos nada más
que de vista, pero esa tarde volvió trayendo planillas verdaderas del Marítimo
para anotar los tantos y los fouls y durante cuatro o cinco años se transformó
en un hermano tácito y adoptó a mi padre como maestro y termjnó jugando al
ajedrez y pintando al óleo y escuchando música clásica en el taller a cualquier
hora, aunque no estuviéramos nosotros.
Fernán era el hijo menor del Juez Pucurull. Vivían en Caramurú y Hernani, y
su hermano Nuño es el único plástico que se considera discípulo de mi padre. A
mí me quedó un óleo más modiglianesco que picassiano pintado por Fernán a los
catorce años, y sé que después siguió trabajando con Pepe Montes y en el
velorio del padre le conocí una piecita llena de cuadros abstractos muy
interesantes y me dijo que él hacía un arte esotérico.
Yo no le pregunté qué quería decir eso, porque Fernán se había ido para siempre
de mi vida un año antes, más o menos. Un día dijo Hasta mañana y no volvió jamás.
Lo que sabíamos era que visitaba mucho a Gustavo Perera, un flautista que
llegó a ser inspector de prquesta del Sodre y alquiló el rancho-casilla de al
lado de casa por un tiempo y después se casó con Eva Díaz Torres y edificó una
casita en el fondo del templo torresgarciano.
Pero antes pasó algo. Durante dos temporadas fuimos titulares con Fernán de
los menores del Marítimo que dirigía el inolvidable Pedro Faget: había fundado
una clínica de básquetbol y trabajábamos hasta con pizarrón y aquello era como
si recibieras lecciones helénicas de sincronicidad y amor desinteresado y nos
iba muy bien, por supuesto. Los campeonatos eran zonales y competíamos a la par
con Unión Atlética y clasificamos dos veces para las últimas rondas, donde
aprendimos a rendirnos frente a los cracks con total dignidad. Y un sábado
jugábamos con el poderosísimo Malvín en nuestra cancha y Fernán nos dejó
plantados sin avisar, y recién al otro día supimos que había ido al Sodre a
escuchar a un clavecinista extranjero. Mi padre le habló aparte como hacía con mi hermano y conmigo cuando había algún
problema y no sé lo que le dijo. Pedro Faget, en cambio, lo felicitó en público
en la práctica del lunes y puntualizó que se sentía orgulloso de que uno de sus
jugadores no se hubiese perdido aquel concierto.
Durante un tiempo seguí cruzándome con Fernán por la calle y me saludaba
nada más que bajando la cabeza, aunque sin llegar a sonreír del todo. Y lo
último que supimos era que se había casado y era bibliotecario.
En aquel Uruguay del 69 yo ya había dejado la banda beatlera y estaba por
publicar mi primer libro, y la elaboración de mi izquierdismo todavía se basaba
en la lectura de Marcha, donde las
editoriales de Quijano insistían en que la salvación política uruguaya era
esencialmente paradójica, porque la única posibilidad de concretar el
socialismo pasaba por una revolución armada pero la coyuntura histórica todavía
no permitía dar ese salto.
Y un día estábamos reunidos en lo de Daniel Bentancourt con el Grupo
Universo y veo la foto de Fernán en el diario de la noche: acababan de matarlo
después que el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros tomó Pando. Me
acuerdo que al final de un ataque de nervios sentí algo muy hermoso que podría
definirse como la captación definitiva del vuelo
de Fernán. Y de que más allá de algún defecto de soberbia juvenil
completamente lógico él siempre había levitado con una precocidad de pureza muy
superior a la mía. En el MLN lo consideran un león, y estoy segurísimo que de
haber sobrevivido no andaría declarando payasescamente que fue Robinjú, como le gusta decir a un glamoroso
dirigente histórico actual. Fernán se desangró baleado contra un árbol a los 22
años y en ese pedazo de tierra fermentó vida
eterna.

























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