domingo

EL GRITO (13) - RICARDO AROCENA


(Una novela de amor, pasión y muerte en tiempos de la Patria Vieja)

Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018


Una gran diversidad de navíos españoles patrulla los ríos de la Banda Oriental. Cada ensenada, cada codo, cada playada son minuciosamente revisados en procura de insurgentes; las flotillas, sigilosos monstruos marinos, irrumpen imprevistamente y siembran el pánico entre los habitantes de la costa. Una de aquellas escuadras está bajo el mando de Juan Ángel Michelena, un fogueado marino con muchos años de experiencia en la Real Armada. Dirige un ágil y poderoso bergantín que está armado con una docena de piezas de artillería; el enorme velamen, le aporta una gran velocidad, por lo que puede dar alcance a cualquier embarcación. Desde su lugar de mando Michelena reclama a sus hombres un mayor brío en sus tareas:

-Gracias a Dios, los conocimientos que tengan adquiridos en facultad, los he conseguido en veintidós años de continua navegación y con los jefes marinos y de crédito en la Armada: pero estos mismos me hicieron genial el interés, que todo militar debe tener en no perder por su parte un instante en las comisiones que sus jefes le confieren, máxime en la marina, que por un cuarto de hora que se pierda, se pierde una expedición.

Michelena mira a su entorno. No muy lejos destaca, con su única vela desplegada al viento, una pequeña balandra, que es seguida por una ligera zumaca y un práctico falucho. La flota impone su presencia en las costas del Río Uruguay, pero Michelena discrepa con los planes que las autoridades han venido impulsando. Y con rencor protesta ante cada información que le va llegando de los insurgentes.

-Desde enero tengo dicho que para febrero se vería en completa insurrección toda esta campaña, no lo creyeron, pero ya lo vemos y la poca actividad nos va a poner en el último extremo.

La brisa matinal recorre la cubierta del Bergantín y eriza la vela mayor. Es un amanecer espléndido, pero Michelena está contrariado. Sus superiores han hecho oídos sordos a sus presentimientos. Mientras otea la rivera, comenta a uno de sus subordinados.

-Muesas es testigo de lo que públicamente delante de su señora le dije la noche primera que me presenté, cuando cumplí mi retirada, que tantos males nos acarrea…, retirada muy mala…

Llena sus pulmones con la suave brisa. Y agrega:

-¡Pésima y pésima! Yo hubiera cortado en la misma Capilla de Mercedes los vuelos a los insurgentes. ¡Y puedes creer que no hubiera desertado un solo soldado…!

Ha intentado por todos los medios convencer a las autoridades, pero desconfía. Le parece que hay enemigos de la Junta por doquier, incluso en el entorno del Virrey. Ha dicho hasta que lo estima, como forma de alejar cualquier rispidez que pudiera estar pesando. Entre los dos hombres hubo espinosas divergencias en el pasado. Cuando en 1808 Elío instaló la Junta de Gobierno en Montevideo, Michelena no lo apoyó. A partir de ese momento las tensiones entre los dos fueron creciendo, al extremo de que cuando Michelena fue a esa ciudad a asumir como gobernador, el propio Elío lo insultó y golpeó en público. Gobernó durante un año, pero una sublevación encabezada por el ahora Virrey lo hizo huir. Ahora los une una causa común, pero Michelena entrevé que no están avanzando.

-Este es el estado de la campaña. La prueba de su adhesión hacia nosotros es ninguna, ¿quién es un solo hombre, o persona, pues ni mujeres que todo lo hablan, nos vienen a dar noticia alguna? Ni hay quienes se atrevan a salir para investigarlas: yo he gastado muchos pesos y de a pocos días a esta parte nada sé.

Está ansioso. Procurando información, a principios de marzo, despachó a un espía de confianza al Arroyo de la China, pero aún no ha vuelto y sospecha que pueda estar detenido o algo peor. Promedia la mañana y nada mejor para aliviar la incertidumbre que un poco de acción, entonces decide que sus soldados desembarquen y marchen hasta la Calera de Narbona con un cañón volante. Están dispuestos a todo, a robar y a matar. Ya que no encuentran apoyo entre la población, solamente les queda sembrar el terror.

***

Sobre una loma que permite observar el paisaje fluvial, en el siglo XVIII, el inmigrante ibérico Juan de Narbona construyó en un predio de 30 hectáreas limitado por los Arroyos Las Víboras, Sauce y Polanco, un aserradero de monte nativo, una Calera y un Casco de Estancia. La construcción cuenta con un espigado mirador, amplias habitaciones extendidas a lo largo de una galería, una Capilla, un oratorio y celdas para esclavos, que rodean un ancho espacio rectangular, al que se accede por un portón de rejas. Los interiores están revestidos de finas artesanías de madera y el techo de tejas musleras, así llamadas por haber sido realizadas por los esclavos con sus muslos.

En el altar del templo resalta la Virgen de la Candelaria. En su sótano está el sepulcro y el comienzo de una galería secreta de tres kilómetros de largo y dos metros de alto, que desemboca en el Arroyo Las Víboras, justamente el lugar adonde desembarca la Compañía de Infantería enviada por Michelena. Rápidamente, cerca de un centenar y medio de soldados españoles irrumpe en las construcciones, que están protegidas, por su carácter estratégico, por cerca de ochenta orientales comandados por los Capitanes Francisco Bicudo, Gregorio Illescas y Casimiro Camacho. Los dos bandos chocan en el patio de la estancia, pero la inferioridad numérica y el sistemático bombardeo que dirige Michelena desde el Bergantín “Cisne “, obliga a los orientales a huir al monte para reagruparse. Retornan a las dos horas con sesenta soldados más comandados por Félix Rivera y expulsan a los españoles, que procuran reembarcarse. Haciendo un último esfuerzo, Bicudo, desafiando la artillería enemiga, hiere de bala y aprisiona a un soldado que portaba adornos sustraídos de la Capilla.

-Tuvieron la villanía de robar hasta la Corona de la Virgen y ornamentos de decir misa y le rompieron un brazo al niño Dios -denuncia Bicudo a Pedro Viera, cuando días después se reúnen en el campamento de Paso de la Paraguaya, en San Salvador.

Inmediatamente Viera ordena traer ante su presencia al prisionero. Está conmocionado por los informes de las arbitrariedades que hacen los españoles. Cuando lo tiene ante sí lo interroga:

-¿Cuál es el destino de los buques?

-La bajada de Santa Fe -responde escuetamente el prisionero. Está nervioso. Es consciente de que ha participado en abusos y teme las consecuencias.

-¿Quiénes son las cabezas?

-El Comandante del Bergantín es Michelena. En él venía también Antonio Villalba, el Alcalde de las Víboras y Don Andrés Barrera, también de Las Víboras. Estos son cabezas de los españoles que hicieron fuga.

Viera retiene este último nombre. El vecino Alejo Torres al día siguiente de la batalla de Narbona, le informó que la tropa de Michelena, entre la que está Barrera, le incautó a la fuerza carne y otros alimentos. Hay que impedir que continúen los asaltos y por eso, una vez retirado el prisionero ordena a sus subalternos.

-He tomado determinación de que se retire de las costas a todo el vecindario y caballada, para por este medio evitar que el enemigo tenga auxilios.

Deberá informar a las autoridades su resolución. Lo enoja no poder avanzar.

-Por todo esto no puedo pasar adelante hasta que llegue refuerzo de tropa -protesta.

***

Al campamento llegan también buenas noticias.  Los capitanes Francisco Montes Larrea y Don Manuel Artigas están por arribar a Capilla Nueva de Mercedes.  Este último es el primo hermano de Artigas y lo precede una bien ganada fama.

-El patriota Manuel Artigas solo bastaría para acabar la guerra en poco tiempo - exageran algunos.

-Es un patriota de miras elevadas -comentan otros.

Viera es informado de lo que expuso Don Manuel.

-Dice que deja en Paysandú a Don José Artigas, con trescientos hombres y que llegará el treinta a Capilla Nueva; Don Martín Galain se halla en Fray Bentos con quinientos hombres y en Nogoyá las tropas que salieron de esa Capital y que es en número de mil seiscientos hombres, en breves días llegarán.

Perico, contento, ensaya unos pasos de baile. Pensar que todo comenzó para él en Mercedes hace de esto muy poco tiempo, entre las espinas del Monte de Asencio. Una corriente de aire sacude una rama en la que unos tordos reposan. Es el otoño que principia y el verano que se va.

***

El pincel del otoño decora de dorado la fina piel de las hojas, que finalmente caen empujadas por el viento. Con el equinoccio de marzo una pronunciada metamorfosis gana a la naturaleza, la temperatura empieza a descender y comienzan las cosechas. Todo cambia. En los arenales de la costa, los frutos de las anacahuitas van mutando del amarillo al púrpura, parecen querer competir con los apretados ceibales de los montes ribereños, adonde casi al final del verano todavía se pueden recolectar, envueltas entre flores rojas, las oscuras semillas. Los cardos pierden su, por lo general, abundante floración nocturna y entre los animales el Venado de campo, el Guazubirá y el Aguará Guazú, inician su ciclo reproductivo. Las aves emprenden la migración formando ciclópeas flechas en el cielo, sus chillidos a la distancia entristecen los espíritus de los hombres y las mujeres, que sienten en su quehacer cotidiano los cambios.  Ya no tienen que protegerse de los soles incandescentes y aprontan nuevas vestimentas y comidas. Llega el momento en que la tierra se pone pródiga en aceitunas, duraznos, damascos, papas, zapallos y otras especies. Como no puede ser de otra manera, el advenimiento del otoño, es comentado en cocinas y almacenes, en las pulperías y en la Iglesia, pero, esta vez a Mercedes la nueva estación le obsequia buenas noticias: a dos leguas del caserío está esperando una avanzada de cincuenta soldados del Regimiento de Pardos y Morenos, encabezada por Miguel Estanislao Soler. Ramón Fernández va a su encuentro.

-Vengo comisionado por los informes de los males que tengo entendido están amenazando a un crecido número de patriotas.-Informa Soler luego de los saludos de cortesía.

Fernández inmediatamente reúne a los más prominentes del vecindario. El recién llegado les explica que ha sido enviado por Martín Galain, que está a unas leguas de ahí, para proteger a los pobladores. Estos luego de escucharlo, reclaman un Jefe que imponga orden y sosiego y le exigen que asuma como comandante y permanezca con ellos.

-No puedo, absolutamente, por las órdenes con que me hallo de atender otro punto.-Es su primera reacción.

Pese a que Soler está formado en el ámbito militar y a que combatió durante las invasiones inglesas, es un hombre vacilante, presionable, que porque conoce los vericuetos de la política porteña siempre está pendiente de lo que dicen los superiores. Por eso se resiste al principio, pero la presión es mucha y no tiene otra alternativa que hacerse cargo de la comandancia, por lo menos hasta la resolución definitiva del problema por parte de sus jefes. Con los vecinos y Ramón Fernández inmediatamente rumbea hasta el campamento distante seis leguas, para informar de las resoluciones adoptadas. Es de noche. La pequeña delegación llega a la hora de las oraciones y es recibida tanto por los oficiales como por la tropa, con un generalizado aplauso. Pero ni bien comienzan los jefes a discutir el futuro político de Capilla Nueva, un alboroto los interrumpe. Es un chasque que llega  a todo galope. Ha sido enviado por el Comandante Militar de Soriano, Don Celestiano Escalada, porque fueron detectadas las naves de Michelena avanzando sobre la población, con cientos de soldados a bordo

-Cuatro buques de guerra hacen fuerza de entrar al puerto, pedimos que nos auxilien los jefes de estas tropas -transmite el chasque a Soler.

-No me asisten los conocimientos necesarios, pues no sé la posición de Soriano, ni menos la del Puerto, pero atendiendo a las relaciones que prontamente me den, tomaré las providencias.- Responde Soler.

E inmediatamente ordena a quienes lo acompañan:

-¡Dispongan de doscientos hombres armados regularmente, con sus oficiales!

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