(Una novela de amor, pasión y muerte en tiempos de la Patria Vieja)
Primera edición
WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018
Una gran
diversidad de navíos españoles patrulla los ríos de la Banda Oriental. Cada
ensenada, cada codo, cada playada son minuciosamente revisados en procura de
insurgentes; las flotillas, sigilosos monstruos marinos, irrumpen
imprevistamente y siembran el pánico entre los habitantes de la costa. Una de
aquellas escuadras está bajo el mando de Juan Ángel Michelena, un fogueado
marino con muchos años de experiencia en la Real Armada. Dirige un ágil y
poderoso bergantín que está armado
con una docena de piezas de artillería; el enorme velamen, le aporta una gran
velocidad, por lo que puede dar alcance a cualquier embarcación. Desde su lugar
de mando Michelena reclama a sus hombres un mayor brío en sus tareas:
-Gracias a Dios,
los conocimientos que tengan adquiridos en facultad, los he conseguido en
veintidós años de continua navegación y con los jefes marinos y de crédito en
la Armada: pero estos mismos me hicieron genial el interés, que todo militar
debe tener en no perder por su parte un instante en las comisiones que sus
jefes le confieren, máxime en la marina, que por un cuarto de hora que se
pierda, se pierde una expedición.
Michelena mira a
su entorno. No muy lejos destaca, con su única vela desplegada al viento, una
pequeña balandra, que es seguida por una ligera zumaca y un práctico falucho.
La flota impone su presencia en las costas del Río Uruguay, pero Michelena discrepa
con los planes que las autoridades han venido impulsando. Y con rencor protesta
ante cada información que le va llegando de los insurgentes.
-Desde enero tengo
dicho que para febrero se vería en completa insurrección toda esta campaña, no
lo creyeron, pero ya lo vemos y la poca actividad nos va a poner en el último
extremo.
La brisa matinal
recorre la cubierta del Bergantín y eriza la vela mayor. Es un amanecer
espléndido, pero Michelena está contrariado. Sus superiores han hecho oídos
sordos a sus presentimientos. Mientras otea la rivera, comenta a uno de sus
subordinados.
-Muesas es testigo
de lo que públicamente delante de su señora le dije la noche primera que me
presenté, cuando cumplí mi retirada, que tantos males nos acarrea…, retirada
muy mala…
Llena sus pulmones
con la suave brisa. Y agrega:
-¡Pésima y pésima!
Yo hubiera cortado en la misma Capilla de Mercedes los vuelos a los insurgentes.
¡Y puedes creer que no hubiera desertado un solo soldado…!
Ha intentado por
todos los medios convencer a las autoridades, pero desconfía. Le parece que hay
enemigos de la Junta por doquier, incluso en el entorno del Virrey. Ha dicho hasta
que lo estima, como forma de alejar cualquier rispidez que pudiera estar
pesando. Entre los dos hombres hubo espinosas divergencias en el pasado. Cuando
en 1808 Elío instaló la Junta de Gobierno en Montevideo, Michelena no lo apoyó.
A partir de ese momento las tensiones entre los dos fueron creciendo, al extremo
de que cuando Michelena fue a esa ciudad a asumir como gobernador, el propio Elío
lo insultó y golpeó en público. Gobernó durante un año, pero una sublevación
encabezada por el ahora Virrey lo hizo huir. Ahora los une una causa común,
pero Michelena entrevé que no están avanzando.
-Este es el estado
de la campaña. La prueba de su adhesión hacia nosotros es ninguna, ¿quién es un
solo hombre, o persona, pues ni mujeres que todo lo hablan, nos vienen a dar
noticia alguna? Ni hay quienes se atrevan a salir para investigarlas: yo he
gastado muchos pesos y de a pocos días a esta parte nada sé.
Está ansioso.
Procurando información, a principios de marzo, despachó a un espía de confianza
al Arroyo de la China, pero aún no ha vuelto y sospecha que pueda estar
detenido o algo peor. Promedia la mañana y nada mejor para aliviar la
incertidumbre que un poco de acción, entonces decide que sus soldados
desembarquen y marchen hasta la Calera de Narbona con un cañón volante. Están
dispuestos a todo, a robar y a matar. Ya que no encuentran apoyo entre la
población, solamente les queda sembrar el terror.
***
Sobre una loma que
permite observar el paisaje fluvial, en el siglo XVIII, el inmigrante ibérico
Juan de Narbona construyó en un predio de 30 hectáreas limitado por los Arroyos
Las Víboras, Sauce y Polanco, un aserradero de monte nativo, una Calera y un
Casco de Estancia. La construcción cuenta con un espigado mirador, amplias
habitaciones extendidas a lo largo de una galería, una Capilla, un oratorio y
celdas para esclavos, que rodean un ancho espacio rectangular, al que se accede
por un portón de rejas. Los interiores están revestidos de finas artesanías de
madera y el techo de tejas musleras, así llamadas por haber sido realizadas por
los esclavos con sus muslos.
En el altar del
templo resalta la Virgen de la Candelaria. En su sótano está el sepulcro y el
comienzo de una galería secreta de tres kilómetros de largo y dos metros de
alto, que desemboca en el Arroyo Las Víboras, justamente el lugar adonde
desembarca la Compañía de Infantería enviada por Michelena. Rápidamente, cerca
de un centenar y medio de soldados españoles irrumpe en las construcciones, que
están protegidas, por su carácter estratégico, por cerca de ochenta orientales
comandados por los Capitanes Francisco Bicudo, Gregorio Illescas y Casimiro
Camacho. Los dos bandos chocan en el patio de la estancia, pero la inferioridad
numérica y el sistemático bombardeo que dirige Michelena desde el Bergantín
“Cisne “, obliga a los orientales a huir al monte para reagruparse. Retornan a
las dos horas con sesenta soldados más comandados por Félix Rivera y expulsan a
los españoles, que procuran reembarcarse. Haciendo un último esfuerzo, Bicudo,
desafiando la artillería enemiga, hiere de bala y aprisiona a un soldado que
portaba adornos sustraídos de la Capilla.
-Tuvieron la
villanía de robar hasta la Corona de la Virgen y ornamentos de decir misa y le
rompieron un brazo al niño Dios -denuncia Bicudo a Pedro Viera, cuando días después
se reúnen en el campamento de Paso de la Paraguaya, en San Salvador.
Inmediatamente
Viera ordena traer ante su presencia al prisionero. Está conmocionado por los
informes de las arbitrariedades que hacen los españoles. Cuando lo tiene ante
sí lo interroga:
-¿Cuál es el
destino de los buques?
-La bajada de
Santa Fe -responde escuetamente el prisionero. Está nervioso. Es consciente de
que ha participado en abusos y teme las consecuencias.
-¿Quiénes son las
cabezas?
-El Comandante del
Bergantín es Michelena. En él venía también Antonio Villalba, el Alcalde de las
Víboras y Don Andrés Barrera, también de Las Víboras. Estos son cabezas de los españoles
que hicieron fuga.
Viera retiene este
último nombre. El vecino Alejo Torres al día siguiente de la batalla de
Narbona, le informó que la tropa de Michelena, entre la que está Barrera, le incautó
a la fuerza carne y otros alimentos. Hay que impedir que continúen los asaltos
y por eso, una vez retirado el prisionero ordena a sus subalternos.
-He tomado
determinación de que se retire de las costas a todo el vecindario y caballada,
para por este medio evitar que el enemigo tenga auxilios.
Deberá informar a
las autoridades su resolución. Lo enoja no poder avanzar.
-Por todo esto no
puedo pasar adelante hasta que llegue refuerzo de tropa -protesta.
***
Al campamento
llegan también buenas noticias. Los
capitanes Francisco Montes Larrea y Don Manuel Artigas están por arribar a
Capilla Nueva de Mercedes. Este último es
el primo hermano de Artigas y lo precede una bien ganada fama.
-El patriota
Manuel Artigas solo bastaría para acabar la guerra en poco tiempo - exageran
algunos.
-Es un patriota de
miras elevadas -comentan otros.
Viera es informado
de lo que expuso Don Manuel.
-Dice que deja en
Paysandú a Don José Artigas, con trescientos hombres y que llegará el treinta a
Capilla Nueva; Don Martín Galain se halla en Fray Bentos con quinientos hombres
y en Nogoyá las tropas que salieron de esa Capital y que es en número de mil
seiscientos hombres, en breves días llegarán.
Perico, contento,
ensaya unos pasos de baile. Pensar que todo comenzó para él en Mercedes hace de
esto muy poco tiempo, entre las espinas del Monte de Asencio. Una corriente de
aire sacude una rama en la que unos tordos reposan. Es el otoño que principia y
el verano que se va.
***
El pincel del
otoño decora de dorado la fina piel de las hojas, que finalmente caen empujadas
por el viento. Con el equinoccio de marzo una pronunciada metamorfosis gana a
la naturaleza, la temperatura empieza a descender y comienzan las cosechas.
Todo cambia. En los arenales de la costa, los frutos de las anacahuitas van
mutando del amarillo al púrpura, parecen querer competir con los apretados
ceibales de los montes ribereños, adonde casi al final del verano todavía se
pueden recolectar, envueltas entre flores rojas, las oscuras semillas. Los cardos
pierden su, por lo general, abundante floración nocturna y entre los animales el
Venado de campo, el Guazubirá y el Aguará Guazú, inician su ciclo reproductivo.
Las aves emprenden la migración formando ciclópeas flechas en el cielo, sus
chillidos a la distancia entristecen los espíritus de los hombres y las mujeres,
que sienten en su quehacer cotidiano los cambios. Ya no tienen que protegerse de los soles
incandescentes y aprontan nuevas vestimentas y comidas. Llega el momento en que
la tierra se pone pródiga en aceitunas, duraznos, damascos, papas, zapallos y
otras especies. Como no puede ser de otra manera, el advenimiento del otoño, es
comentado en cocinas y almacenes, en las pulperías y en la Iglesia, pero, esta
vez a Mercedes la nueva estación le obsequia buenas noticias: a dos leguas del
caserío está esperando una avanzada de cincuenta soldados del Regimiento de Pardos
y Morenos, encabezada por Miguel Estanislao Soler. Ramón Fernández va a su
encuentro.
-Vengo comisionado
por los informes de los males que tengo entendido están amenazando a un crecido
número de patriotas.-Informa Soler luego de los saludos de cortesía.
Fernández
inmediatamente reúne a los más prominentes del vecindario. El recién llegado
les explica que ha sido enviado por Martín Galain, que está a unas leguas de
ahí, para proteger a los pobladores. Estos luego de escucharlo, reclaman un Jefe
que imponga orden y sosiego y le exigen que asuma como comandante y permanezca con
ellos.
-No puedo,
absolutamente, por las órdenes con que me hallo de atender otro punto.-Es su
primera reacción.
Pese a que Soler
está formado en el ámbito militar y a que combatió durante las invasiones
inglesas, es un hombre vacilante, presionable, que porque conoce los vericuetos
de la política porteña siempre está pendiente de lo que dicen los superiores. Por
eso se resiste al principio, pero la presión es mucha y no tiene otra
alternativa que hacerse cargo de la comandancia, por lo menos hasta la
resolución definitiva del problema por parte de sus jefes. Con los vecinos y
Ramón Fernández inmediatamente rumbea hasta el campamento distante seis leguas,
para informar de las resoluciones adoptadas. Es de noche. La pequeña delegación
llega a la hora de las oraciones y es recibida tanto por los oficiales como por
la tropa, con un generalizado aplauso. Pero ni bien comienzan los jefes a
discutir el futuro político de Capilla Nueva, un alboroto los interrumpe. Es un
chasque que llega a todo galope. Ha sido
enviado por el Comandante Militar de Soriano, Don Celestiano Escalada, porque
fueron detectadas las naves de Michelena avanzando sobre la población, con
cientos de soldados a bordo
-Cuatro buques de
guerra hacen fuerza de entrar al puerto, pedimos que nos auxilien los jefes de
estas tropas -transmite el chasque a Soler.
-No me asisten los
conocimientos necesarios, pues no sé la posición de Soriano, ni menos la del
Puerto, pero atendiendo a las relaciones que prontamente me den, tomaré las
providencias.- Responde Soler.
E inmediatamente
ordena a quienes lo acompañan:
-¡Dispongan de
doscientos hombres armados regularmente, con sus oficiales!

























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