domingo

JUANA INÉS DE LA CRUZ - FEMINISMO EN TIEMPOS DE OSCURANTISMO


Por Álvaro Van Den Brule

No tenía mucho encaje en aquel predio. Sobrada de conocimientos, de mirada penetrante y con un prognatismo muy acusado que le daba un plus de altivez, su esbelta figura arrollaba con su incontestable poderío. Era una mujer de belleza salvaje, que a una edad en la que la naturaleza femenina difícilmente se puede mejorar, decidió desaparecer en las profundidades de la mística y de la iluminación. Su afán de saber, su voracidad intelectual, su reto ilimitado a la ignorancia y al patrón de sumisión adjudicado a la mujer en aquellos pagos y en aquel tiempo, la convertirían en compañía poco recomendable a ojos de los que hacían del poder un arma de trepanación colectiva.
O estabas con el convencionalismo más ortodoxo o podías aventurarte a un pronóstico nada halagüeño cerca de alguna hoguera inquieta. En su tiempo, no se veía con buenos ojos que una fémina alimentara curiosidad intelectual o independencia de pensamiento. Se llevaba el estilo sumisa y tontita. Si eras culterana o “ligera de cascos“, ya eras candidata a una lapidación –figurada o literal-, por rebeldía o por mear fuera de tiesto. 

Pero esta mujer plantó cara, abrió camino, se enfrentó a las empobrecidas mentes masculinas de la época, al clero retrógrado reencarnado una y mil veces como una hidra, a una religión estrecha, patriarcal y rancia, la que quemaba por mera venganza y estreñimiento mental a mujeres como Hipatia o las brujas de Zugarramurdi, o a cualquier forma de pensamiento que tuviera más ventilación que la permitida por el pensamiento único.

Como un fermento oculto, esta enorme mujer ha calado en generaciones de mujeres cultas y avanzadas, como lo hicieron los alegatos de Christine de Pizan o de Marie de Gournay en el siglo XVI. Gloria Steinem (la activista pro derechos de la mujer en EE.UU) dijo en una ocasión una frase motora de tremenda actualidad que rinde homenaje a las mujeres que se arriesgaron desde siempre a que se les reconociera un derecho inalienable, tal que es: "Sin saltos de la imaginación, o soñando, perdemos la emoción de la posibilidad. Soñar, al fin y al cabo, es una forma de planificar".
Juana Inés de la Cruz

Juana Inés de la Cruz se enfrentó a las vacas sagradas que habitaban las fosas sépticas del pensamiento humano, encarnadas en esclerotizados personajes habituados a medrar en las cómodas costumbres de los que nunca se enfrentan a la injusticia de sus personajes automáticos y que dan por hecho que nada necesita ser revisado, pues nada hay menos critico que la comodidad.

Habida cuenta de que su vocación religiosa era menos que cero patatero, Juana Inés de la Cruz eligió el convento para no pasar por las Horcas Caudinas del matrimonio y así poder seguir gozando de sus aficiones intelectuales.

Su celda era el punto de convergencia de poetas, intelectuales y curiosos, que en un desfile sin fin prestigiaron la increíble figura de esta mujer. Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente del poeta cordobés Luis de Góngora y del nuevo virrey, Tomás Antonio de la Cerda, cuya esposa, Luisa Manrique de Lara, de la que fue dama de honor y con quien le unió una fraternal amistad, nutrían las filas de sus incondicionales.

Su biblioteca llegó a tener la nada desdeñable cifra de trescientos libros, una cifra incalculable, si entendemos que la imprenta acababa de aterrizar en estos pagos humanos. La filosofía, la mística, música e historia, la criptografía, la cocina y otros vértices del pensamiento, convivían alegremente entre las cuatro paredes del silencio en el que habitaban cuerpo y mente de esta adelantada. Compuso obras musicales, opúsculos filosóficos y una extensa obra que abarcó diferentes géneros; poesía y teatro convivían venerando la herencia de Luis de Góngora y Calderón de la Barca. Sus tertulias improvisadas eran de una erudición talentosa y magnética. Desde el virrey hasta las mentes más inquietas, nadie escapaba de su lucido verbo e hipnótico discurso.
Pero un día, a esta criatura no se le ocurrió otra cosa que tocar ni más ni menos que la teología.

Aunque gran parte de su obra fue quemada y destruida de maneras poco ingeniosas, la osadía de la verdad exploradora se perpetuó en el tiempo para demostrar a la historia que la justicia poética existe. Se conservan escritos en prosa entre los que cabe señalar la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. La tal Sor Filotea no era otro que el lerenda del obispo de Puebla, Manuel Fernández de la Cruz.

El acceso de ellas al conocimiento

En 1690, una obra de Sor Juana Inés, la Carta Athenagórica, en la que esta criatura singular hacía una dura crítica al 'Sermón del Mandato' del afamado jesuita portugués António Vieira sobre las 'Finezas de Cristo', sería el principio del fin del vuelo libre de esta rara avis. El purpurado había añadido a la obra una 'Carta de Sor Filotea de la Cruz', esto es, un texto escrito por él mismo bajo ese pseudónimo en el que recomendaba a esta atípica monja que se dedicara con más pasión a la vida eremitoria y menos a pensar, puesto que según el clérigo, la reflexión teológica era un ejercicio reservado a los hombres. Hasta ahí podíamos llegar.

En la respuesta a Sor Filotea de la Cruz, esto es, al clérigo rancio y poco ventilado de seseras, Sor Juana Inés de la Cruz reivindica el derecho de las mujeres al acceso al conocimiento. La Respuesta es además una bella muestra en prosa poética a través de la cual se pueden concretar muchos de los rasgos personales de la ilustre religiosa. Pero la crítica del obispo de Puebla la afectaría a la postre profundamente. Poco después, Sor Juana Inés de la Cruz se deshizo de su entera biblioteca y de sus escasas pertenencias y entró en el cenobio más profundo y austero. Tras deshacerse de su hatillo terrenal, destinó lo obtenido a la beneficencia y cerró tras de sí la puerta de la libertad.

Una mañana al alba, según despuntaba el sol por el este –la única concesión que había pedido, un mirador hacia la iluminación–, ayudada por sus compañeras en medio de la terrible epidemia de cólera que asoló México hacia el año 1695, entregaría su única posesión a esa luz que todo lo envuelve en un enigma avasallador.

El Barroco literario alcanzó con ella su momento culminante, al tiempo que introdujo elementos narrativos que anticipaban a los poetas de la Ilustración del siglo XVIII. Su obra póstuma, el Fénix de México (1700), anticipa o lega –que más da–, la visión y lucidez de un pensamiento desbordante y atrevido, osado y valiente, no apto para un tiempo de ciegos y sordos

(El Confidencial / 8-7-2017)

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