domingo

LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (45) - ESTHER MEYNEL


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Nuestra casa, con el tiempo, se iba llenando de instrumentos. A Sebastián le gustaban todos y nunca tenía bastantes. Cuando murió, tenía cinco clavecines y clavicordios, dos láudes-clavecines, una espineta, dos violines, tres violas, dos violoncelos, una viola-bajo, una viola de “gamba” y un laúd. Todos ellos los había ido coleccionando y adquiriendo según sus ingresos se lo permitían, pues nunca contraía deudas, por mucha necesidad que tuviese o por mucho que desease una cosa. Además de estos instrumentos, habían regalado en vida a Juan Cristián, el más joven de sus hijos, tres clavicordios con pedal. Esta donación produjo, a la muerte del padre, una pequeña disputa entre los hermanos, pues los otros no querían reconocer ese regalo pero su protesta no prosperó porque mi hija, su marido el señor Altnikol y yo, estábamos enterados de la forma legal en que Sebastián había hecho aquella donación en vida.

De todos los instrumentos de teclas, después del órgano, el que Sebastián prefería era el clavicordio, porque respondía al ejecutante con más sensibilidad y porque acostumbraba tocar con delicadeza, pues toda presión un poco fuerte producía una sonoridad dura.

-Tocas demasiado fuerte -dijo un día que entró cuando Manuel hacía ejercicios-, parece que está gritando una mujer.

Manuel tomó muy a pecho la observación y llegó a ser célebre, lo mismo que su padre, por la belleza y suavidad de su pulsación. Años más tarde escribió un método sobre el modo correcto de pulsar las teclas, en el que decía: “Algunas personas tocan el piano como si tuviesen los dedos ligados uno a otro, su golpe es horrible y sostienen la tecla mucho rato bajo la presión de sus dedos. Otras, por el contrario, para evitar ese defecto, tocan con demasiada ligereza y suavidad, como si las teclas les quemasen las yemas de los dedos”. Los hijos y los alumnos de Sebastián no necesitaban más que seguir su ejemplo para evitar esas faltas y conseguir un tacto excelente. Su regla principal era que, al tocar el piano, la mano debe permanecer tranquila para obtener una sonoridad perfecta. Sus manos, cuando tocaba, parecía que no se movían más que ligeramente, de derecha a izquierda, como resbalando sobre el teclado. Apreciaba especialmente el bebung, o sea sostener una nota por una nueva presión en la tecla, sin haberla dejado levantarse del todo. El carácter sensible y tierno del clavicordio era muy apropiado para el alma tierna y musical de Sebastián, y le gustaba recordar la descripción que hacía un escritor de ese instrumento, diciendo que era “el consuelo del triste y el amigo del alegre”. Teníamos un clavicordio hasta en nuestra alcoba, y recuerdo que se levantaba con frecuencia hacia la medianoche, se echaba encima un abrigo viejo y tocaba una o dos horas. Lo hacía con tal suavidad que nunca molestó a nuestros dormidos hijos; más bien creo que endulzaba sus sueños, y yo permanecía inmóvil y feliz escuchando las notas que se extendían por la casa silenciosa. Algunas veces, un rayo de luna a través de la ventana venía a posarse sobre su figura tranquila. A mí me parecía que era un cántico de la antesala del cielo, pues por la noche no tocaba más que música ensoñadora, y debo confesar que, a veces, bajo las tiernas melodías que brotaban de sus manos, volvía a dormirme antes de que Sebastián tornase a acostarse.

1 comentario:

Mariana Reboledo dijo...

Hermosa crónica. Me recordó otra pasión, la de un hombre querido. Mi ex marido solía levantarse a las 3 de la madrugada y subía sigilosamente a su escritorio. Cuando en un giro de mi sueño, mi brazo no sentía su cuerpo, era muy natural levantarme y subir a admirar su capacidad para intentar resolver el problema que le desveló. Un Ingeniero, de verdad. La música pegadita a las matemáticas y VICEVERSA. J.L.G. es admirable, toca otro instrumento: la computadora y su cabeza.

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