domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (27)


VI (4)

Chiquiño insistió en ir a comprar velas. Como Ita demoraba en salir, decidieron llamarlo. El hombre de los cabellos largos se dirigió a la puerta, y metiendo la mano en una rendija, agrandó el espacio, logrando mirar para adentro. Un quejido salió de su garganta.

-¡La Virgen me perdone!... -dijo dramáticamente. -¡Joi Dió!

Y, tapándose los oídos, despavorido, corrió hacia donde estaban las mujeres.

Chiquiño y Chaves se abalanzaron hacia la puerta, creyendo que algo terrible debía pasar allí dentro. Como ante esos espectáculos terribles en los que, por un extraño fluido, corre el sentido trágico del acontecimiento, los restantes, erizados de curiosidad se precipitaron hacia la puerta del rancho.

Y, como presas de pavor, los dos hombres, el alto de negro, Chaves, y el muchachón recién lanzado a los caminos, ambos pudieron ver la escena que dentro del rancho acababa de descubrir el hombre de los cabellos largos. Ita, el indio milagrero, estaba desnudo, y desnudo el cuerpo de la finada, desnudo el cadáver de la Pancha. Bárbaramente unidos, frenético el indio desde la vida. La mujer, fría. Los brazos de la hembra caían como péndulos de la cama. Iba la boca del indio de un lado a otro del rostro exangüe, besándola, en aquellas últimas nupcias, a la luz de un candil parpadeante y amarillo.

Cuando el indio Ita se hubo despedido de su mujer, cuando quedó rígido el cuerpo de la Pancha a lo largo del catre y con los brazos ahora sobre el pecho; cuando se hubo despedido, definitivamente, abrió la puerta y la noche, enorme y vacía, se le presentó como una inmensa cueva. Lo habían dejado solo.

Oyó un galope lejano. El indio Ita sintió el frío del hocico de su perro. Le lamía una mano. Y se quedó inmóvil, fijo en su sitio, como un símbolo.

Desde aquel episodio, después de ver al indio Ita “jinetear a la muerte” -como decía Chiquiño al contar la historia varios meses después-, desde aquella primera noche de hombre “acoyarau”, no paró.

Las cuchillas lo vieron bordear las cañadas, cruzar los campos, vadear arroyos crecidos. Lo vio la gente galopar bajo la lluvia, portador de un chasque; acompañar a algún forastero, casi siempre contrabandista; servir de guía a la diligencia, cuando esta se veía obligada a salvar un pantano o evitar un encuentro con la policía, si llevaban tabaco.

Sólo tenía un temor: cruzarse con su padre. Si oía hablar de quitanderas o simplemente de fiestas en los boliches, evitaba pasar por el lugar señalado.

Matacabayo seguía rumbo al norte, midiendo leguas al paso cachaciento de la carreta, unas veces dormido sobre el caballo y otras escudriñando luces en el horizonte.

Y se perdió internándose en los pagos donde no había pulperías con pedazos de hierro doblados por sus manos, ni monedas de plata arqueadas con sus dientes.

Se lo llevó el camino.
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