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FABIÁN COITO “LA SELECCIÓN JUVENIL DEJÓ DE SER UN TRAMPOLÍN; GENERÓ UN SENTIDO DE PERTENENCIA”




Por Luis Eduardo Inzaurralde

A punto de cumplir una década como entrenador en las selecciones juveniles de Uruguay, en un registro histórico para el fútbol uruguayo y con el inédito registro de 190 partidos dirigidos, Fabián Coito prepara la selección sub 20 que jugará el Sudamericano de Ecuador. Analizó los cambios, el perfil del combinado, el camino que recorren y la curiosa forma en la que con 17 años conoció a Óscar Washington Tabárez.
¿Cómo se prepara Uruguay para el Sudamericano sub 20 de enero, en Ecuador? ¿Qué camino recorrieron en la preparación?

La sub 20 comenzó el año pasado con dos objetivos. Primero, jugar un amistoso ante Rusia, que de camino al Mundial sub 17 en Chile pasó por Uruguay y que sirvió como punto de partida, y al mismo tiempo ese último mes y medio del año 2015 armamos una base de jugadores amplia para ganar en conocimiento con la generación. Dejamos afuera a lo que jugaban en Primera, que ya observábamos en los clubes. Segundo, a partir de marzo comenzamos la siguiente etapa con un conocimiento mayor de la generación de futbolistas. Luego, a lo largo de este año, jugamos amistosos, respetamos descansos y pretemporadas. Hasta la última etapa del 30 de noviembre estuvimos en instancia de observación. A partir del próximo jueves, el día 15, comenzaremos a trabajar con un grupo de 26 o 27 jugadores para definir a fin de año los 23 que van al Sudamericano.
¿Qué características tendrá la sub 20?

El fútbol es muy generacional a nivel juvenil, porque cambia de un grupo a otro. La actual sub 20 se destaca sobre todo en la zona central, donde tiene una riqueza de futbolistas muy importante. Hay jugadores en el exterior y veremos a quién autorizan a venir, pero tenemos a Ramiro Guerra con experiencia de Sudamericano y Mundial sub 20, a Rodrigo Bentancur con su experiencia en Boca, a Federico Valverde con su recorrido en Castilla, más los que juegan en nuestro medio como Carlos Benavídez, Facundo Waller, Rodrigo Amaral, Nicolás de la Cruz, José Alberti, en Primera. A diferencia de otras selecciones uruguayas, en la zona defensiva tenemos pocos jugadores con experiencia en Primera y en ataque hay algunos jugadores, pero no hay un número muy grande de futbolistas que ya hayan explotado.
¿Qué diferencia existe entre un sub 20 que llega del exterior y uno que está en el medio?

Por lo pronto, hay dos tipos de jugadores en el exterior: el que accedió a ese mercado el último año y se encuentra en período de adaptación viviendo un cambio importante entre el fútbol jugado en base a resultados, como el nuestro, y el que se formó en el exterior y que ha vivido una etapa en ese aspecto, en estilo de juego, funcionamiento, que ya tiene más incorporado la idea de jugar al fútbol como juego y no como algo que fue apareciendo en el día a día. Los aportes son buenos, porque vuelven a sus raíces, a sus compañeros y tienen las posibilidades de volcar en este equipo y hacen una pequeña devolución de lo que están viviendo. Quienes llegan del exterior lo hacen con otro ritmo, dinámica y juego, con relación a los del medio.
Uno de los aspectos que les dan valor agregado a las selecciones juveniles en la actualidad son la cantidad de amistosos con las que llegan a los torneos, ¿cómo fue la preparación de la sub 20?

Jugamos 20. Es buen número, porque es difícil hacer amistosos en esta categoría, porque los futbolistas juegan en Primera o en el exterior y es más difícil conseguir la autorización de los jugadores. Íbamos a ir a jugar en octubre un torneo en Arequipa, para vivir la experiencia de la altura, pensando en el Sudamericano de Ecuador, pero debido a que no autorizaron a venir a los futbolistas del exterior y a la mayoría del medio, decidimos no participar. Invitaron a Venezuela y ganó el torneo.
También aporta un plus el hecho de que llegan a la sub 20 con cuatro o cinco años de trabajos continuos en la selección.

Es cierto. Le da otro rodaje al jugador, lo que se transforma en una formación valiosa, pero también para el entrenador es una información muy importante en el momento de tomar decisiones. Le permite ver quién ha evolucionado y quién se estancó. Cuántos jugadores hay que en la sub 15 y sub 17 se destacan, pero luego se quedan. Por eso siempre les digo a los jugadores que tienen condiciones, que ser buen jugador y la madurez radica en ir mejorando a medida que las exigencias son mayores. Si se quedan con las condiciones que traen de los 15 llegará un momento en el que se van a frenar.
¿Cuánto cambió la preparación de las selecciones juveniles a comienzos de los años 2000, incluso en 2007 cuando usted comenzó a trabajar en la AUF, a la actualidad?

Muchísimo. Previo al proyecto del Maestro Tabárez la selección se armaba poco antes de un torneo y se conformaba con jugadores que en su gran mayoría pertenecían al equipo que en esa generación tenía a los mejores, con alguno que se destacaba y poco más. Seguro que se llevaban jugadores buenos, pero no sé si lograba formar un equipo. Eso lo permite el tiempo, las actividades y los viajes. Lo que se hacía era lo mejor bajo esas circunstancias. ¿Cómo podía desestimar el entrenador a un jugador que estaba en buen nivel por otro que podría llegar a ser bueno sin chances de comparar en entrenamientos, en trabajos? Este proceso además de que apunta y hace hincapié en la formación del grupo, del equipo, en el crecimiento del futbolista a nivel de selección adaptándose a un estilo de conducción, también permite que equipos que no aportan tradicionalmente jugadores a la selección puedan en algún momento hacerlo. Se ganan un lugar, que en otras condiciones sería inimaginable. La característica de selección abierta permitió que ingresaran futbolistas que no estaban en la categoría de elegibles, y eso le permite al jugador generar una buena impresión y que se queden en el plantel.
¿Qué le brinda este nuevo escenario al jugador?

Ganar en experiencia al momento de la competencia, porque esa situación la ha podido vivir en forma similar en otros momentos y no solo la recibió a través de una imagen de video, de una charla o de un papel. A los chiquilines les permite equivocarse. Si te expulsan en un amistoso, hay posibilidades de capitalizar esa experiencia.
¿Cuánto cambió la cabeza del jugador con el nuevo proyecto?

Primero, su intención de participar de la selección. De ser parte de ella. Ya no piensan en aprovechar la selección como trampolín, sino con el fin de integrarla y de forma parte. Estar en el complejo, tener sentido de pertenencia. También del hecho de que tarde o temprano tener una charla con los jugadores de la selección mayor y como lo vemos como un proceso, el destino final de cada jugador pasa a ser parte un día de la selección mayor. Al menos así fue la intención del proyecto de Tabárez y el camino que recorrimos, manteniendo un criterio, que generó credibilidad en el proyecto. Porque está bien que Fabián como entrenador se equivocó en alguna decisión, pero todos saben que aquello que comentó un día y lo repitió cada vez que pudo que se iba a hacer hincapié en el grupo, en el crecimiento; eso se mantiene. Y que si bien la condición número uno para llegar a la selección es jugar bien al fútbol, todo lo que hablamos de la parte humana, que el jugador no solo es una futbolista sino lo importante es apuntar a la persona, es así y eso se transmite de un chiquilín a otro. Por esa razón vienen con confianza a la selección, se sienten parte del grupo. Esto los prepara para un futuro, para el fútbol internacional, y también es un cable a tierra para los clubes.
Le sucedió vivir la experiencia de que al final de un proceso se acerquen los jugadores a agradecerle. ¿Algún ejemplo?

Me pasó en los clubes y en la selección. Tuve una experiencia muy linda con Agustín Gutiérrez, el delantero que se destacó en Racing, que jugó poco conmigo en Peñarol, por sus broncoespasmos. Recuerdo que en su momento cuando terminó el año fue el que más me agradecido y todavía guardo un texto que me escribieron él y su madre. ¡Y era de los que menos jugaba en esa Séptima de Peñarol, en 2006! O le puedo contar que hace un tiempo Gastón Pereiro vino por una semana a Uruguay, me visitó y obsequió una camiseta suya. Eso que me quiso transmitir con ese gesto, vale más que la clasificación al Mundial. Incluso cuando con Gastón fue con el que menos compartí en esa selección sub 20, porque su presencia en la primera de Nacional no le permitía estar mucho tiempo en los entrenamientos. También cuando recibís la llamada de algunos de los chiquilines que están en el exterior. También puedo contar una anécdota que me sucedió con Diego Polenta, con quien me une un gran vínculo y cuando nos vemos es como si nos encontráramos todos los días. Jugábamos en el Saroldi un partido con la sub 17 y nos íbamos en el ómnibus, cuando se paró delante y obligó al chofer a frenar porque quería saludarme. Hay muchos casos. También con Juan Cruz Mascia, con Elbio Álvarez.
En muchos casos, se refiere a jugadores que triunfaron, pero hubo otros que no lo hicieron. ¿Qué le dice a los que no se destacan?

No llegar en el fútbol es una frustración personal porque es una ilusión que nos habíamos creado, pero no lo definiría como un fracaso, sino que no llegaron porque no se dieron las condiciones, y en esos casos lo fundamental es que no se debe claudicar porque hay otras posibilidades. Lo que lamentablemente sucede en el fútbol es que a los jugadores los hacemos creer y abandonar todo por esta fantasía de que van a llegar a tal o cual lugar, cuando todos sabemos que hay un número muy reducido de chiquilines que acceden. Sobre ese tema pienso elaborar algo sobre valores estadísticos e intentar interpretar con hechos por qué cracks de la sub 15 no culminan. ¿Es nuestro fútbol? ¿Nuestra cultura deportiva? ¿Si es porque se cansan de ser cracks para la familia, para el entorno? ¿Si nuestro fútbol propone cracks que no lo son y que simplemente son jugadores que tienen un buen momento y creemos que van a concretarlo? ¿O será que los hacemos crecer sin límites y cuando se les ponen límites en sus equipos fracasan porque les hicimos creer que el mundo era de ellos?
¿Hoy tiene una explicación?

Algunas, parciales. Nuestro fútbol de niños es muy competitivo, por tanto el resultado deja de ser relativo para ser casi absoluto para la opinión del equipo y del jugador, y por tanto vivimos fin de semana a fin de semana en busca del resultado deportivo. Esa situación cansa a lo largo del tiempo y desgasta a las personas, que en este caso son niños o adolescentes que no están preparados para llevar esa carga que le impone el entorno, el padre, el representante. Creo que algunos chiquilines se han saturado y en forma inconsciente quieren ser un chiquilín, ir a un baile, y vivir de otra forma. Aun no tengo los datos finales para hacer la evaluación que me gustaría.
¿Apuramos los procesos?

Considero que sí. También le damos al resultado deportivo una importancia desmedida, y además todos nos creemos entrenadores, no te olvides de eso.
¿Es necesario postergar ese espíritu de ganar todos los domingos a tan corta edad?

Una de las claves en nuestro fútbol ha sido esa, y lo destacan en el exterior cuando me han dicho: 'Cómo no van a andar así, si están compitiendo de los seis años, y para ganarle a ustedes hay que matarlos'. Por un lado esa superación personal es buena, pero son contraproducentes las condiciones que le damos para jugar y prepararse, las canchas, la infraestructura pobre y nos formamos de acuerdo a lo que somos.
¿Qué cambió de aquel Fabián Coito que comenzó a trabajar en 2000 con el actual?

Pufff... mucho, muuucho. Te digo una: hoy veo que tener un equipo de jugadores con capacidad en el uno contra uno es determinante, cuando antes creía en que había que pasar la pelota. Pero mantengo la esencia, como todos, porque está en nuestro ADN. La primera generación con la que trabajé, en 2000, nos juntábamos a hacer la leche en polvo y llevaba galletitas del Maestro Cubano. Estimo que me deben recordar más por eso que por lo táctico, pese a que salimos campeones de Cuarta B con la generación de Central Español de Víctor Costella, Julio Mozo, Marcelo Mansilla, Oscar Gallo, Sebastián Díaz, Piojo Rojas. Era un cuadrazo. También, si viera hoy el primer entrenamiento que hice con la selección, diría: este muchacho no sabe nada, porque hice todo en la cancha, había mil arcos, y quería hacer todo. Hoy lo obvio es más importante, no entrenar entrenamiento sino entrenar equipo de fútbol. Es parte de la experiencia. Por eso acepto que el chiquilín se equivoque. Eso sí, si te pasa dos veces es porque no te preparaste.
¿Le ha pasado de intentar transmitirle un concepto sobre la importancia de la formación integral al jugador y chocar con la pared de los padres que quieren de sus hijos jugadores profesionales?

Sí, muchas veces he tenido padres que te dicen que te agradecen lo que les decís, pero ellos consideran que sus hijos van a ser futbolistas. Y a los dos años ya no juegan ni estudian.
¿Puede orientar al padre?

Sin dudas que se puede, pero si están convencidos de otra cosa, no lograrás mucho, salvo hacer entender al chiquilín que hay cosas que solo se ganan en el liceo, como la capacidad de estudiar, de organizar, de madurar intelectualmente. De crecer, de relacionarte con tus pares.
Sumó un entrenador más al grupo de trabajo de la sub 20. ¿Qué va a aportar al grupo?

Es cierto, sumamos a Pablo Alonso, un profesor de matemáticas que está vinculado al fútbol, que tiene un gran vínculo con todo el cuerpo técnico de la sub 20. El tema surgió para aportar un valor agregado a los jugadores a partir de estas preguntas. ¿Te gusta jugar al Play? Bien. ¿Y no te gusta mirarte? ¿No te gusta comparar lo que intentamos con lo que hicimos? ¿Ver dónde estuvo el error? ¿No te gusta que te lleguen a tu Whatsapp tus participaciones en un partido? ¿O recibir la información si sos delantero, que resulta que cuando atacamos no estabas dentro del área? Con esa intención incorporamos a Pablo, quien tiene relación con los adolescentes de toda la vida y le encanta el fútbol. Además, su estilo de vida está alineado con el proyecto de selección. En ese sentido será un gran aporte y ayudará a la maduración del futbolista. Porque es profesor de matemática, pero es del fútbol, inteligente y capaz de capitalizar esa información que adquiere valor superlativo y se la puede hacer llegar al jugador para crecer, mejorar, aprender de sus errores. Esto no es nuevo, se hace a nivel profesional y también en las juveniles en algunos equipos. Sinceramente me gustaría que Rodrigo Amaral, por ejemplo, se mire, se vea y entienda por qué lo que tengo en la cabeza no lo pudo hacer. Que Rodrigo y que todos puedan generar el hábito del profesionalismo, como en cualquier área. Siempre recuerdo un ejemplo: un día Emiliano Velázquez me dijo, no le gustaba ver fútbol. Entonces le respondí que tenía comprometido su futuro. Tiempo después, un día llegó a la selección mayor y me dijo: 'Vivo mirando fútbol, porque tengo que saber cómo juega el 9, cómo se para, como recibe. Vivo mirando fútbol... ¡estoy como loco!'. Entonces, ¿por qué no intentarlo con la sub 20 y por qué no aprovechamos a crecer a recorrer ese camino?
¿Estas situaciones que planteaba con la familia en algunos casos de jugadores se repite con los empresarios?

Sí, y a nivel de técnicos también. Porque necesita al jugador para hoy, el fútbol lo ven como lo más importante y priorizan el partido del domingo.
¿Qué le permitió estar bajo el paraguas del proyecto Tabárez?

Me hizo crecer como persona, primero; como entrenador, muchísimo, porque llevo 190 partidos internacionales, un número impresionante, por tanto estableció un crecimiento, y más allá de ese número y no caigamos en la relatividad de ese número, lo fundamental fue el cambio de vida muy importante. Convivo con gente de muchos valores, principios, coherente.
¿Cómo conoció a Tabárez?

En 1985, cuando estaba jugando en Quinta de Wanderers y él dirigía al plantel principal. Resultó que pretendía mirar al lateral izquierdo de la Quinta, Alfredo Méndez, y me pidieron si podía acompañarlo, ya que vivía cerca del Viera. De tarde debía volver al entrenamiento de la Quinta, porque era lógico que yo no practicara ni jugara. Creo que por caballero, ese día el Maestro me puso 10 minutos. Al final de la práctica nos dijo que volviéramos los dos al otro día. Lo mismo sucedió al día siguiente y a la semana siguiente, también. La anécdota fue que finalmente quedé en Primera y Fredy volvió a Quinta. Él unos años después jugó en Primera. En ese momento tenía 17 años, quedé en el plantel, fui al banco en un Peñarol-Wanderers por el Competencia, en el Estadio, que terminó 1-1. Luego, promediando el año cuando el plantel se enriqueció, bajé a Tercera y poco tiempo después el Maestro se fue, en febrero de 1986. Recuerdo que en abril o mayo de ese año estaba en la casa de unos amigos y uno de ellos me señala una casa lindera y me dice que ahí vivía Tabárez. Fui, golpee la puerta, salió y le pregunté si se acordaba de mí. Me respondió afirmativamente y empezamos a hablar de fútbol. A la semana siguiente volví, y a la otra, y a los 20 días, y nos pasábamos hablando de fútbol, hasta que un día me dijo: 'No sé si vas a ser un gran jugador de fútbol porque eso nadie lo sabe, pero el día que dejes de jugar al fútbol hacé el curso de entrenador porque te gusta hablar de fútbol'. A esta altura tenía 18 años. ¡Lo que son las vueltas de la vida! Era impensado a los 18 años volver a encontrarme con él en un proyecto de este tipo, como también era impensado que en 2007 iba a empezar en este proyecto y que en 2016 nos iba a encontrar preparando un torneo 10 años después con todo intacto, en un lugar donde la historia marca que son momentos.
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