domingo

40 POEMAS DE MARCELO SOSA (3)


EL INEVITABLE ABRAZO CON LA TIBURONA

Primera edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes / 2017


Pájaros

A Hoz Goliardo Leudnadez.

Hay un niño con ojos de pájaro
que mira divertido mis intentos de poesía.
Más viejo que su conciencia me saluda y me convida
un trago de lírico tequila.
Hay humanoides con hachas
apuntando a sus alas de ángel en caída,
rozan mis oídos los zumbidos del odio,
enanos zumbidos de toga sucia.

Hay un niño que me mira
como miro sin ojos y sin pájaros
una luna que se fue sin avisar.

He de pasar y dejar flores
a la salud del que no está en la tumba sin nombre.
He de pasar y reírme un rato con su risa,
como una prótesis de pájaro con lunas.

Por las dudas miro
con mis ojos
los pájaros.
Quién dice que no lo encuentre
mirándome en su vuelo.


Serpientes

Sueño con serpientes, con serpientes de mar, 

Con cierto mar, ay, de serpientes sueño yo.  

Silvio Rodríguez

Serpientes de tinta yacen
bajo un sol adolescente.
Se niegan a portar los signos que profiero,
rechazan llevar ese veneno,
aborrecen ese artificio con que enredo
los hilos quebradizos de mis pensamientos.

Serpientes de voces se ahogan
en un mar anciano.
No pueden soportar la carga de mis rezos.
Demasiado peso sobre tan frágil sustancia,
hundiéndose sin remedio en un océano mudo.

Serpientes de luz me sobrevuelan,
claman venganza por sus hermanas.
Hincan en mis ojos sus dientes,
invaden mi garganta en sordo grito,
anidan en perdidos rincones de un alma que ignoraba.

Ahora nos convivo. Ahora está claro.
Sólo dejo que me brillen
y que bailen mis palabras.


Carne, metal, madera

“Eu sou metal, raio, relâmpago e trovão”
Metal contra as nuvens
Legião Urbana.

Soy carne, metal, madera.
El fuego que produzco me consume.
Habito infiernos celestiales, abismos,
lugares circulares, vientre de ouroboros.

Soy metal, madera, carne.
Cuchillo de mi propio fin,
doble filo de mi salvación,
soy la herramienta de mi fe.

Soy madera, carne, metal.
Hay en mis venas gotas del primer día,
la sombra de la primera noche me alimenta,
y crece en mi jardín la semilla del recuerdo
de un mañana que anhelo.

Soy ese anillo y esa cruz,
el cielo del amanecer,
frontera de otro ser que es siempre el mismo.
Nada me puede sorprender
solo tengo que cerrar los ojos y aprender a ver.

Yo soy sólo yo, y sólo debo escribir mi vida
la que será y puede ser.

Yo es sólo un pronombre, que también puede ser vos,
frontera de otro ser que es siempre el mismo.
Nada te puede sorprender.


Debería ser poeta

Las palabras huyen de mi boca
como pájaros de la tormenta.
Es impronunciable
el poema que me ronda y te celebra,
empresa que supera
mi pobre artesanía.
Alguna maldición
cercena el alcance de mi voz,
no pueden mis instrumentos
siquiera rozar tu vestido,
¿cómo pretenden entonces,
falsos profetas,
describir la curva de tus labios?
Debería ser poeta para merecer tu mirada de cielo;
pero apenas tropiezo torpes signos,
juguetes usados
por demasiados niños.
Ahora que ya sé
mis burlones límites,
me queda contemplar tus párpados dormidos
y esperar que con el alba
me regales tu sonrisa.


Cinco balas

No duerme la poesía
en la lengua de la musa.
Se desliza como intrusa
entre las rejas del día,

se mantiene con porfía
bajo la ruleta rusa
de cinco balas. Confusa,
transmuta como jauría

rabiosa sobre el papel.
Cada verso es una herida,
un beso, un accidente.

Al final queda dormida
como libro en anaquel;
dormida pero presente.


Zapatos
                        
Mis zapatos tienen un kilometraje de taxi viejo,
han perdido brillo y belleza
como los ojos de un cínico.
Hace unos días mis zapatos me subieron a un ómnibus
-no los culpo, es difícil soportarme-
y al final descansaron cuando me senté
en los asientos de triste nombre.
Frente a ellos,
coquetos,
blancos calzados deportivos
sostenían a una tenista.
Subió un trabajador y se paró en la plataforma
sus zapatos de puntera de acero
tenían manchas de cal.
Entonces reparé en el polvo de ladrillo
que coronaba los championes
de la muchacha.
Somos la prolongación
de nuestros zapatos,
pensé,
o pensaron mis zapatos viejos.
Al fin y al cabo,
ya no nos distingo.


Katmandú

La nación que duerme en la cima del mundo,
como un gato en los hombros de un gigante,
es ignorada por los plácidos dioses del valle;
pero el paisaje que besa la panza del cielo
a su vez descansa en tectónico conflicto.

¡Ay de su despertar!
¡Ay de nuestra locura!
Qué fácil es ignorar
la muerte de las alturas.

El vientre de la montaña
escupe un monstruo sagrado,
sus manos pueden romper
palacios y hasta el santuario
donde dejamos yacer
los sueños más delicados.

¡Ay de su despertar!
¡Ay de nuestra locura!
Qué fácil es ignorar
la muerte de las alturas.


Chau, Eduardo

Chau, Eduardo.
Contigo se va un penúltimo chau a mi viejo.
Al mundo y al micromundo que compartían.
Ambos me enseñaron que el segundo que corre
era más importante que el segundo que duerme
sin soñar.
Chau, Eduardo.
Te imagino dibujando chanchitos en las nubes,
preguntando dónde para Obdulio,
poniendo vagamundo como profesión
en el último pasaporte.
Chau, Gius.
Si ves a mi viejo por ahí,
contale de su nieta,
hablale del último gol de Suárez,
decile de mi parte que Piriápolis está preciosa.
Chau, Eduardo,
que es decir,
hasta luego.


bancario

mi viejo era bancario
bancario
no banquero
-toda la diferencia del mundo-
cinco días
yilé colonia corbata
buenos días
asiento depósito caja
buenas tardes
hasta que los buenos días sonaron buenas tardes
y clavó la corbata como un símbolo
-nunca supe si era símbolo liso o a rayas-
mi viejo era
mucho más que un número.


Despierta una cólera rota

Despierta una cólera rota
en los ojos de la noche.
Aúlla su dolor,
su soledad de multitudes.
Por ella somos máscaras huecas,
juguetes abandonados de un demonio impúber;
No hay cristales que protejan de soles moribundos
no en esta noche de ojos rabiosos y tristes,
amarillos como lágrimas de bosque profanado.
Esta noche cierra las ventanas
y tu boca con siete candados.
Esta noche la bestia elige cáscara
y puedes ser tú.
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