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ROBERT WALSER - EL MAESTRO DE KAFKA QUE MENGUÓ TANTO QUE ACABÓ DESAPARECIENDO


Por Marta Medina

Aparecer muerto, ahí, solo, desdibujándose poco a poco bajo una manta de nieve, mientras el resto del mundo atiende a la fanfarria de la mañana de Navidad de 1956. Familias sumergidas en un calor hogareño con olor a especias, en la exaltación costumbrista de la alegría, y a la vez, en los aledaños del sanatorio mental de Herisau, a unos 20 kilómetros de la localidad de -ironías- Rorschach -en otro giro del azar, Hermann Rorschach también murió en Herisau-, Robert Walser ponía fin a su vida, a su obra en potencia y a 23 años de reclusión psiquiátrica, en los que no había escrito ni una sola línea. "Yo aquí no he venido a escribir, sino a volverme loco", cuenta que dijo Enrique Vila-Matas, devoto confeso del escritor suizo, que ha ido dejando rastros más o menos visibles de Walser desde 'Bartleby, el escribiente' o 'El mal de Montano' hasta 'Doctor Pasavento'.

Como un personaje kafkiano, Walser decidió un día hacer el esfuerzo de empezar a menguar, ir haciéndose más y más pequeño hasta acabar desapareciendo a ojos de los demás. Y para sus contemporáneos lo consiguió: era tan sólo un hombre pequeño, de tan diminuto insignificante, una persona minúscula que echaba el rato escribiendo naderías minúsculas -literalmente, el tamaño de sus 'Microgramas' es minúsculo- y que acabaría sus días de lápiz caído, vagando de aquí para allá por los alrededores de un manicomio.

Sesenta años después de su muerte, su nombre invoca la imagen de un escritor imprescindible, autor de autores y de lectores, de esos que, si no incitan a escribir, al menos lo hacen a limpiarse las legañas.

La editorial Siruela, adelantándose en unos meses al centenario de la publicación de 'El paseo', reedita esta novela corta, una de las obras más reconocidas -no por la gran masa- de Walser. Autor "desgraciadamente minoritario", "antecedente de Kafka" y de una "humildad extraordinaria", en boca de Vila-Matas, de una sencillez formal que esconde una mirada aguda y detallada de la vida, de las costumbres y del sentido soterrado y paradójico de las cosas. Una literatura dominada por "una risa infinitamente seria", como recuerda el autor de 'Kassel no invita a la lógica': "Kafka leía en voz alta, paseando con sus amigos, la novela 'Jakob von Gunten' y se reía a carcajadas".

Como su prosa, Walser fue una persona sencilla. Autodidacta, confiaba en la mirada microscópica del buen observador. Un clarividente que vivió en el permanente conflicto de pretender, al mismo tiempo, ser reconocido y pasar desapercibido como autor y como persona. Y como el protagonista de su 'Jakob von Gunten', "él siempre aspiró a ser ayudante, servidor, mayordomo. Todos trabajos subalternos", reflexiona Vila-Matas. Durante algún tiempo, ejerció como mayordomo en Silesia y así encontró algo parecido a la felicidad. "Incluso llegó a trabajar en una cámara para escritores desocupados; allí se dedicaba a clasificar cartas que no habían llegado a su destino". "Pero, ¿quién no ha sido sirviente de alguien alguna vez? Si lo pensamos, todos servimos".

"A pesar de tener fama de ser difícil de leer", Walser era un escritor de "una sencillez exagerada". El propio escritor lo explicaba en un libro de conversaciones, 'Paseos con Robert Walser': "Hoy los escritores aterrorizan a los lectores con sus aburridos ladrillos. No es signo del buen gusto de los tiempos que la literatura tenga estos ademanes imperiales. Antes era humilde, la literatura. Hoy tiene maneras de reina o de soberana. El pueblo debe estar sometido para ellos. Es una evolución insana". Por eso, Vila-Matas cree que "un autor tan sencillo debería estar al alcance de todas las almas sencillas, que son muchas en este país, aunque no lo parezca".

"La lectura de la obra de Robert Walser ha permitido a muchos lectores aprender a ver el mundo desde otra perspectiva", según Reto Sorg, director del Robert Walser Zentrum de Berna. "De ver su propia vida de un modo diferente, de tomársela en serio y analizarla con mucha diligencia, algo que creo que es muy importante en una época en la que muchísima gente se ve atemorizada por la economía. La lectura nos permite cierta libertad y, en particular la de Robert Walser, contiene además un elemento tremendamente político".

Porque en el arte de caminar, de vagar, existe un componente político, una rebelión connatural del hombre primigenio que se niega a ser domesticado, encerrado y catalogado. "En el curso de mi vida me he encontrado sólo con una o dos personas que comprendiesen el arte de caminar, esto es, de andar a pie; que tuvieran el don, por expresarlo así, de 'sauntering' -deambular-", lamentaba Thoreau en su 'Caminar'. Y, si el espacio-tiempo se lo hubiese permitido, Walser hubiese sido una de ellas. En 'El paseo', el suizo escribe: "En las capitales y metrópolis falta el verde y suave adorno de los árboles, el adorno y la acción benefactora de las amables praderas y de muchas hojas suaves y delicadas, y no por último el del dulce aroma de las flores, y eso lo tenía yo aquí. Todo esto, me propuse en silencio mientras me detenía, lo escribiré después en una obra de teatro o en una especie de fantasía que titularé 'El paseo'".

En la euforia descriptiva de 'El paseo' también queda reflejada una de las mayores virtudes de Walser como persona y como observador. "No conocía el odio", afirma Vila-Matas. "Y todos conocemos el odio, si lo pensamos demasiado. Él se parecía a Beckett, que jamás hablaba mal de nadie. Si viviera ahora, en tiempos de Twitter y Facebook, seguiría sin odiar". "Era espontáneo y sincero". Probablemente, no hubiese soportado ser testigo de la temperatura ambiental de las redes sociales. Probablemente, si viviese hoy, hubiese lanzado su ordenador por la ventana y hubiese salido a pasear. "Al diablo con el ansia miserable de parecer más de lo que se es. Es una verdadera catástrofe, que extiende por el mundo el peligro de guerra, la muerte, la miseria, el odio y las heridas y le pone a todo lo que existe una indeseable máscara de maldad y fealdad".

Quienes lo conocieron, insisten en que siempre hablaba sin cesar "de sí mismo en una prolongada cháchara", según Vila-Matas; una paradoja que vuelve a reflejar el carácter contradictorio de una personalidad compleja. También en 'El paseo', Walser insiste en su necesidad de pasar desapercibido: "Me gusta ocultar mis sentimientos a los ojos de mis congéneres, sin que, no obstante, me esfuerce aprensivamente en hacerlo, lo que consideraría un gran defecto y una gran tontería". Era, además, un escritor sin motivo, que escribió cuando precisó hacerlo y cuando no, abandonó. "En sus 'Microgramas' -textos que escribía a lápiz en papelillos- habló de la imposibilidad de la escritura", "que es como una sopa caliente: primero empiezas por los bordes y, cuando quieres llegar al centro, éste ya se ha enfriado".

Los últimos días, como Hölderlin, los pasó entregado al silencio, al retiro total. 23 años en los que no volvió a escribir. Hasta entonces había vivido con ese sentimiento ambivalente de frustración por no ser reconocido como autor, por no haberle acompañado el éxito, al tiempo de sentirse atemorizado por el interés que pudiese despertar. Pero poco o ninguno, despertó en vida. Vila-Matas cuenta la ocasión en la que el director de su manicomio, que escribía libretos teatrales en su tiempo libre, estrenó en el teatro del pueblo. "Ayer estrenaron mi obra, debería usted ir a verla: ha tenido un éxito extraordinario". Y ahí, en esa simple frase, quedó condensado su sino.
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