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LEONILDA GONZÁLEZ (1923 – 2017) - LA HUELLA SÓLIDA


por Oscar Larroca y Gerardo Mantero

Nacida hace 85 años en una zona rural del departamento de Colonia, Leonilda González es una artista que siempre intentó llevar su producción artística a las masas “como condición histórica para poner en práctica la teoría”, como sostiene Gabriel Peluffo, Fundadora del Club de Grabado de Montevideo, esta militante de la cultura debe ser reconocida por su porfiada coherencia: sigue en pie son su trabajo, con su taller, con una novel asociación que lleva su nombre y con su destemplada mirada sobre el mundo y el arte.

SEGUNDA ENTREGA

¿Cómo llegaste al grabado?

Como digo en el libro: el que planta papas tiene derecho a tener una producción mía como yo puedo tener la de él. Y entonces ahí recogí la idea del Club de Grabado brasileño (porque yo no inventé nada) y me dije: “esto es lo que yo quiero”. La técnica la aprendí a los porrazos, pues no había grabadores. El único grabador que supimos que manejaba la técnica era (Fernando) Cabezudo, que estaba en Mercedes. Yo arranqué con linóleo.

¿Puede considerarse la amplitud de los tirajes como una desvalorización cultural del grabado (esto se sostiene por muchos artistas)?

¡Qué esperanza! ¿Sabés quién no numeró nunca? Carlos González. No lo hizo porque supongo que tenía idea cabal de lo que debe ser el grabado. ¿Qué pasa con los grabados de Guadalupe Posada? ¿Los grabados populares del norte brasileño o los grabados del Paraguay? Prevalece la función social por encima de la firma del autor. Lamentablemente desaparecieron planchas y tacos de muchos autores, en museos, en talleres. Tacos de Fosatti, tacos míos que desaparecieron de la sede del Club…

El Club de Grabado estaba imbuido de las utopías colectivas que en ese momento predominaban.

Si, es cierto, pero mirá que no prevalecía la parte política, lo político partidario. Yo estaba afiliada al Partido en esa época y les tenía terror a los comunistas que entraban al Club de Grabado. ¡Terror por que me sectorizaran el Club!

¿Qué nuevos objetivos fueron surgiendo durante el desarrollo del CGM? Llegaron a tener 4000 socios…

Nosotros mismos comenzamos a formar a los grabadores. Apareció Luis Mazzei, Glauco Capozzoli, Luis Solari, Antonio Frasconi. Todos los meses teníamos que hacer un grabado. En los años que yo estuve en el club, hasta que me fui al exilio, nunca faltó el grabado mensual. La Feria del Libro nos permitió adquirir la casa y fue un beneficio, tanto para Nancy Bacelo como para nosotros. El almanaque se convirtió en un éxito, la gente lo esperaba con gran avidez.

Te fuiste del país en 1975. ¿En el exilio seguiste trabajando en el grabado?

Sí. En Lima hice cuatro, nada más, y en México di clases en Servicios Culturales de Bellas Artes. Era un organismo que se ocupaba de las casas de cultura del interior, donde yo impartía clases cada quince días. Ahí produje toda la serie de los “divertimentos”.

¿Cómo empieza a desmantelarse el CGM y qué referencias tenés respecto a sus últimos agónicos años?

Regreso del exilio en 1986, aunque mantuve correspondencia epistolar con Óscar Ferrando. Debido a ciertos enfrentamientos, producto de acciones destempladas (de mi parte) y de gente que no quería que yo volviera, decido retirarme. Pasaron varios directivos (2). Las autoridades fueron rotando hasta que todo quedó reducido a un grupo de delincuentes que desmanteló las instalaciones para hacerse de dinero fácil. Hace pocos años, hablé con Gustavo Alamón (asesor, en ese momento, del área de artes visuales del MEC) y le dije: “pasa esto: el club se está rematando y según los estatutos cuando se disuelva el Club de Grabado, sus pertenencias deben pasar a la Biblioteca Nacional”. Se hizo la denuncia, pasó al MEC, y empezó a caminar. Hasta Tomás de Mattos se encuentra en conocimiento del asunto. En jurídica del Ministerio me dijeron que lo que habían hecho era de un descaro absoluto. Uno de los estafadores había solicitado, en el Banco Comercial, un préstamo por 20 mil dólares en nombre del Club de Grabado. Se presentaron dos sujetos, uno de ellos como presidente y otro como secretario de la institución, y les prestaron el dinero a devolver en seis meses. Hipotecaron el edificio, pero cuando lo fueron a vender aparecieron los estatutos. Igualmente, pergeñaron otra maniobra: formaron un consejo directivo de apuro y decidieron que había que solicitar otro préstamo -con embargo- por 25 dólares. Como estatutariamente una asamblea tenía que apoyar este fraude, inventaron una (convocando a un grupo de gente) que terminó avalando toda la artimaña. No devuelven los 25 dólares -obviamente- y embargan la casa. El Banco Comercial hace el remate, que era lo que ellos buscaban, y se embolsan lo producido por esa liquidación. Además, rompieron y desmantelaron todo. El hermoso vitraux de la casa fue hurtado… las prensas pasaron a manos de una imprenta. Había grabados de Fosatti… Se llevaron (no sabemos quién, exactamente) todo lo que había. Había 35 mil grabados que se los quisieron vender a Peluffo. Parte de esos grabados hoy se están vendiendo en la peatonal Sarandí. Otros fueron a parar como papel de reciclaje y más tarde terminaron en la Feria de Tristán Narvaja. El departamento de jurídica del MEC de entonces se tragó toda la estafa, pero a través de la denuncia penal que hice a comienzos de este año el asunto comenzó el camino de una causa abierta.

¿Si tuvieras que volver a empezar un nuevo CG, cuáles serías las principales medidas a tomar y qué convocatoria harías?

Estamos en eso, aunque no se trata de revivir el otrora Club de Grabado de Montevideo. Estamos en una asociación que se llama “Leonilda González”. Y se llama así porque no pudimos llamarla “Guadalupe Posada”. Cuando gestionamos la personería jurídica con ese nombre nos lo rebotaron, no podíamos debido a los derechos de autor del grabador mexicano. El objetivo de esta asociación pasa por la siguiente pregunta: ¿qué pasa con la obra de los artistas que se mueren? ¿Adónde va a parar ese acervo, ese testimonio? Hemos visto grabados de artistas fallecidos echados a perder. La familia de Antonio Lista, por ejemplo, ¿qué hace con su pintura? Es un “clavo” para la familia, salvo que seas un Torres García. Yo no tengo familiares y si los tuviera tampoco les dejaría la obra. Entonces, ¿qué hago con ella, a quién se la dejo? En un museo no, para que quede encerrada en un sótano. ¿Entonces? Este apartamento es mío y tengo todos los grabados aquí. Si existe una asociación, el día que yo me “vaya”, el taller seguirá funcionando y la obra quedará estatutariamente protegida. Busqué una figura jurídica que preserve todo esto. Otros objetivos pasan por la difusión del grabado y, dentro de esta técnica, la difusión de la xilografía, sobre todo. Las reuniones ya dieron sus primeros pasitos, aunque… ¡cómo le cuesta a la gente el trabajo colectivo! La experiencia de discutir colectivamente no existe. Eso, en nuestra época era normal, fundamental. Ahora cuesta horrores que la gente se manifieste. Esto va despacio… pero va.

Si bien eres afín a la revolución cubana, expresaste que tampoco en Cuba encontraste respuesta a la cuestión de poner las artes plásticas al alcance de la sociedad toda.

Estaban en otra. Esa idea que teníamos nosotros de trabajar por y para la sociedad, no existía -por lo pronto- con las mismas estrategias que tenían aquí el Club de Grabado o el teatro El Galpón. Se pinta, se produce, ¿pero para qué? No había una inserción social del arte. Cuando yo llegué a plantear eso en La Habana, me miraron raro: como que no debía tocar ese tema. El cartel, el afiche sí funcionaba… Pero hace mucho que borré de mi vida las discusiones sobre arte.

¿A qué te referís con eso, Leonilda?

A que no me interesa participar de las discusiones en un escenario donde “todo vale”. Sobre todo después de la pelotera que tuve con el curador del Premio Figari, el crítico Pablo Thiago Rocca. Este curador no quería que se exhibieran mis pasteles (Nota: en la exhibición de las obras de los seleccionados en el Premio Figari, del Banco Central), hasta que finalmente llegamos a un acuerdo. Es una sala tuya, un premio tuyo y vos no podés elegir tu propia obra. ¿Es la dictadura de los curadores? Hay demasiado menjunje para mi gusto, así que me dije: “¿por qué me voy a hacer mala sangre discutiendo de pintura?” No me dan el lugar, ni el espacio, ni tampoco tengo deseos de que me falten el respeto. Y pasé y sobreviví a las discusiones entre los extremistas. Pensé: “se van a la mierda todos”…, no me interesa más nada.

Herbert Read es uno de tus teóricos de cabecera. ¿Creés que sus ideas siguen vigentes?

Me dicen que la artesanía es “esto” y lo “otro”. Arte menor, arte mayor, arte elitista, arte anacrónico, arte popular… ¡Pamplinas! Fijate esto… (Trae de su biblioteca una serie de pequeñas artesanías peruanas y ecuatorianas con diminutos dibujos tallados sobre mates) ¡Esto es arte! Por eso es que me cago de risa con el “nuevo arte” y con todo lo que está pasando en la plástica nacional de la mano de los nuevos popes. Ahora, esta debacle es un fenómeno que afecta a todo el mundo. Creo que eso no pasa -o no pasó- de igual modo que en otros países latinoamericanos. En Perú, por ejemplo (aunque esto que te digo, sólo lo manejo en teoría) cuando fui en el ‘76 estaba muy cerrado, pero toda la pintura que yo veía tenía su sello personal. No fueron contaminados. Ahora ya está contaminado todo, no se salva nadie. El Plan Cóndor no se hizo de gusto: fue una estrategia destructiva también en el plano cultural… La globalización, por su lado, hace lo suyo. Yo, que viví y participé del nacimiento del teatro independiente y de toda la movida cultural del ‘50 y el ‘60, puedo afirmar, sin dejo de nostalgia y sin teoría de escritorio, que muchas cosas quedaron por el camino. Ahora es un “sálvese quien pueda”. El resto no existe: “todo vale”. En la Escuela de Bellas Artes hay gente como Pascual Grippoli, que da clases de grabado pero no sabe grabado. Entonces, ¿qué hacen? Agarran la herramienta y… “hagan”: no existe la menor orientación. Cuatro rayas, nada más. No hay lenguaje. Aquí recibimos alumnos de la Escuela que dan pena. Tengo una esperancita, como que este Samuel Sztern anda mejor orientado con la dirección de la Escuela. En fin, se perdió el respeto por todo: por el arte, por el autor, por el oficio, por los valores mínimos que sostienen la creación. Quizá, hasta los que desvalijaron el Club de Grabado no tengan ni siquiera una pizca de vergüenza.


Notas

(1) El “Grupo de los 8” estuvo integrado, a fines de la década de 1950, por Oscar García Reino, Carlos Páez Vilaró, Miguel Ángel Pareja, Lincoln Presno, Raúl Pavlotzky, Alfredo Testoni, Julio Verdié y Vicente Martín.
(2) Leonilda fue directora del CGB desde su fundación, en 1953, hasta 1972. Luego le sucedieron Arón Vandel (1983-1987), Álvaro Cármenes (1988-1989) y Beatriz Battione (1989-1990), luego de lo cual el marco institucional se degrada.

(La Pupila Nº 4 / octubre 2008)
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