domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (23)


IV (2)

-¿Vamo hasta las casas? -propuso Rosa.

Secundina paró la oreja, y cuando Leopoldina, la otra chinita entusiasta, incitaba al resto a dar un paseo por el boliche, la mujer se interpuso:

-¡No, no! Ya saben que la Mandamás soy yo -dijo con tono enérgico-. Tenemos que dir primero con Clorinda. Después van ustedes.

Clorinda no respondió. Se dejaba llevar, embargada por una pena inesperada. Pensaba en don Pedro, entre rejas, solo, abandonado, y le vinieron ganas de llorar.

Chiquiño largó los caballos al callejón. No bien terminó la tarea, se hizo presente Matacabayo. Montaba pingo escarceador.

Pocas palabras para entenderse con Secundina.

-¡Nos están esperando! ¡Vamos!

Clorinda no se opuso y marchó al caserío animada por la curiosidad.

A caballo el hombre. Las dos mujeres al paso, por el ancho camino.

Petronila y Rosa, preparadas las camas, se echaron a dormir. Bajo el carromato, Chiquiño y Leopoldina tomaban mate.

No se cruzaron una sola palabra, no se miraron una sola vez. Los ojos de ambos estaban fijos en la pequeña lumbre. Al pasarse el mate, o arreglaban un tizón evitando mirarse o se acomodaban alguna de las pilchas de su vestimenta. Chiquiño lo saboreaba hasta hacer ruido con la bombilla. Revolvía la yerba, hurgaba sin necesidad y volvía a llenarlo para pasárselo a la muchacha, Cada vez que ella se inclinaba para alcanzar el mate, dejábase ver sus senos firmes dentro del corpiño abundante. El muchacho parecía rehuirle, esquivar la mirada, empeñado en mantener el fuego del fogón agonizante.

Leopoldina era pequeña, baja de estatura, invariablemente pálida y ojerosa. Empolvada con exceso, tenía polvo hasta en las cejas y las pestañas. En las manos lucía tres sortijas. Un cinturón le ajustaba la cintura partiendo su cuerpo en dos. Arriba los senos túrgidos. Abajo, las piernas gruesas, muslos de gran curva hacia adelante. Dos o tres veces se puso de pie, para verificar si Rosa y Petronila se habían dormido. Al volver a sentarse, cuando cruzaba las piernas, le saltaban las rodillas de bajo las faldas, como dos caras de recién nacidos.

No se dijeron una sola palabra; no se miraron cara a cara ni una sola vez. El uno buscaba los ojos del otro. Antes bien, evitaban el encuentro, como si mutuamente temiesen reprocharse algo.

Poco a poco se fue apagando la luz de la lumbre. Quedaron dos tizones ardiendo y un humo azulado de leña verde subía hasta las dos caras, irritándoles los ojos. El agua estaba fría; no obstante, seguían mateando. Sin decir palabras, sin cambiar una mirada, inmóviles el uno frente al otro, tizones por medio, el humo entre ambos. Chiquiño, con la mirada baja, los ojos adormecidos, sobre la frente el sombrero, defendía su ánimo cobarde. La mujer, aparentemente fría, dibujaba círculos en la ceniza con la punta de una ramita.

Se quedaron sin lumbre. Apenas se distinguían las caras. En la penumbra, aprovechando aquella semioscuridad que ensombrecía los rostros, de pronto se miraron. Se miraron fijo, como si se hubiesen arrepentido al unísono; Chiquiño forzó una rápida sonrisa. Se le aclararon las facciones a la muchacha y picarescamente aguzó la mirada.

Fijos los ojos, mantuvieron la mirada, transformándose, cambiando los rasgos fisonómicos. Al “gurí” le pareció demasiado penoso mirar. Breve en cambio, a Leopoldina, cuyo coraje se afilaba, en un amago de sonrisa.

Titubearon sin saber por qué, en un indeciso malestar, sin fuerzas para salir del oscuro trance.

Movidos por idéntico pensamiento, como si temiesen ser descubiertos, a un mismo tiempo tornaron ambos la cabeza, escudriñando la noche que se interponía entre el carro y las luces del boliche. El oído atento no recogió un solo eco. Buscaban el ruido anunciador, la pisada delatadora de algunos pasos. La noche reducía el camino al tamaño de una senda. La soledad les dio un valor inesperado que se hizo deseo en Leopoldina; impulso en el muchacho.

-¡Vení, vení!... -alcanzó a articular la boca de la mujer. Y no había terminado su invitación cuando Chiquiño la hacía rodar sobre el pasto. Como dos sombras unidas, proyectadas por una luz que cambia de lugar, se apretujaron contra una de las ruedas del carro. Luego la vibración del cuerpo de Chiquiño y el largo suspiro de Leopoldina, sin palabras ya, dominando el deseo tartamudeante del muchacho.

El campo exhalaba un olor fuerte, a yuyo quebrado y húmedo.

La lumbre tenía dos puntas de fuego en los tizones. Y una nubecilla de polvo cruzó por el humo, dorando la pálida claridad.
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